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El Precio De Una Promesa

El Precio De Una Promesa

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Traiciones y engaños / Amor eterno / Completas
Popularitas:844
Nilai: 5
nombre de autor: Marion Cecilia Coloma Aguirre

En las calles de Maipú, una promesa sellada con el corazón se convierte en un vínculo que ni siquiera la muerte puede vencer

NovelToon tiene autorización de Marion Cecilia Coloma Aguirre para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 19 Cuando el nombre desaparece

Pasaron dos días sin que ella apareciera.

Cada mañana me vestía y me dirigía al colegio con una pequeña esperanza escondida en lo más hondo del pecho, una esperanza que yo mismo sabía irracional: tal vez solo estaba enferma, tal vez necesitaba unos días para recuperarse y pronto volvería a su puesto, a su risa, a llenar de nuevo el lugar que le pertenecía.

Pero la realidad se encargó de desmentirme una y otra vez.

A la tercera mañana, cuando entramos al aula, el profesor llegó con el libro de matrículas en la mano, como hacía al inicio de cada semana para pasar lista.

El silencio se hizo en el salón, y yo me enderecé en mi asiento, con los músculos tensos, esperando escuchar su nombre como siempre.

“Nicole…”,

y que se oyera su voz clara respondiendo “Presente”.

El profesor fue leyendo uno por uno, en orden alfabético, y cuando llegó a la letra que correspondía a su apellido, pasó de largo sin detenerse.

Siguió con los demás nombres, cerró el libro y dijo simplemente.

—Esta semana se han actualizado las listas. Los cambios ya están anotados.

No pude quedarme quieto.

En cuanto terminó de hablar, me acerqué a su escritorio, con el corazón a punto de salírseme por la garganta, y le pregunté con voz entrecortada.

—Disculpe, profesor…

¿Por qué no leyó el nombre de Nicole?

¿Ya no está en el curso?

El hombre me miró con expresión seria y un poco de lástima, como si ya supiera lo que había pasado entre nosotros.

Pasó una hoja del libro y señaló con el dedo la lista que estaba frente a mí.

Allí, donde antes figuraba con claridad su nombre completo, su número de matrícula y todos sus datos, ahora solo había un espacio vacío, una línea tachada con una nota al margen.

“Retirada por sus padres”.

—Así es, Nicolás —me respondió con calma—. Ayer llegaron sus padres y formalizaron su retiro definitivo.

Ya no pertenece a este establecimiento, ni a este curso.

Por eso ya no aparece en la lista.

Me quedé paralizado, con la mirada fija en ese espacio vacío.

Leí una y otra vez, esperando que fuera un error, que en cualquier momento su nombre volviera a aparecer, pero no.

Ya no estaba.

Su nombre, que había visto escrito tantas veces en cuadernos, en libros, en papeles del colegio, había desaparecido de la lista, igual que ella había desaparecido de mi vida.

En ese preciso instante sentí que algo se rompía definitivamente en mi interior.

Hasta ese momento, por más que me dijeran que se había ido, que no quería verme, que me habían cerrado la puerta, siempre me quedaba un hilo de esperanza: pensaba que quizás con el tiempo, cuando pasara la rabia, cuando se supiera la verdad, todo podría volver a ser como antes.

Pero al ver su nombre borrado de la lista, comprendí que no.

Ese trámite, ese papel oficial, era la confirmación más clara de todas: la había perdido para siempre.

Regresé a mi asiento como si caminara sobre algodones, con la cabeza dando vueltas.

Miré el puesto vacío a mi lado, el que antes estaba lleno de sus cosas, de sus colores claros y rosados, y ahora solo quedaba el espacio frío y sin vida.

Ya no compartiríamos clases, ni exámenes, ni caminos, ni recreos, ni nada de lo que habíamos construido durante años.

Ya no éramos compañeros, ni pareja, ni nada.

Solo éramos dos personas que habían caminado juntas y que yo mismo había separado con mis propias manos.

Durante el resto de la jornada no pude escuchar nada más.

Cada vez que miraba la pizarra, veía en mi mente ese espacio vacío en la lista.

Cada vez que abría mis libros, recordaba cómo ella me ayudaba a estudiar.

Cada vez que alguien pronunciaba un nombre parecido, me estremecía esperando oír el suyo, pero nunca llegaba.

Al salir del colegio, caminé despacio por las calles de Maipú, bajo el sol que antes nos calentaba a los dos y que ahora me parecía demasiado fuerte, demasiado brillante para lo que sentía.

Me repetía una y otra vez lo que acababa de ver: ya no está en la lista, ya no estudia aquí, ya no forma parte de mi mundo.

Y con esa certeza llegó también el peso total de mi culpa: yo había sido el causante de que tuviera que irse, de que tuviera que dejar su colegio, sus amigos, su rutina, todo lo que le era familiar, solo para alejarse de mí y del daño que le había hecho.

Llegué a casa y me dejé caer en el sofá, rodeado de los muebles negros que yo había elegido y de los adornos rosados que ella había dejado atrás.

Ahora todo tenía un significado nuevo: ya no era el equilibrio de nuestra vida, sino el recuerdo de lo que había roto.

Sabía que desde ese día en adelante, cada vez que pasara por el colegio, cada vez que viera una lista de alumnos, cada vez que escuchara hablar de estudios, me vendría a la mente esa imagen: su nombre ya no estaba, y con él se había ido también cualquier posibilidad de volver a tenerla cerca.

Había perdido a la mujer que amaba, había perdido su confianza, el respeto de las familias, y ahora incluso había perdido el lugar donde podíamos coincidir.

La lección era dura, pero real: lo que se destruye con tanta facilidad, cuesta toda una vida volver a construir…

si es que alguna vez se puede.

 

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