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La Menor De Los Sergeyev

La Menor De Los Sergeyev

Status: En proceso
Genre:Mafia / Omegaverse / Romance
Popularitas:328
Nilai: 5
nombre de autor: milu carrera

Isabella Sergeyev huyó de Rusia después de la muerte de su abuela, cargando una culpa que la convirtió en una alfa fría y despiadada. Tres años después, un problema relacionado con la explotación de omegas la obliga a regresar al mundo que abandonó. Pero entre enemigos ocultos, secretos y una guerra que crece en silencio, Sasha se convierte en la única persona capaz de romper las murallas que Isabella construyó alrededor de sí misma.

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capitulo 10

La noticia de la explosión en Chicago no tardó en llegar a Moscú.

  Konstantin Volkov observó el informe sin cambiar la expresión. El almacén no era importante. El dinero tampoco. Lo que realmente importaba era el gesto.

  Isabella no estaba jugando a la defensiva.

  Estaba marcando territorio.

  —Interesante —murmuró, apoyando los dedos sobre el escritorio de roble oscuro—. La niña aprendió.

  Uno de sus hombres se mantuvo en silencio.

  —Prepara el siguiente movimiento —ordenó Volkov—. Si no viene a Rusia… traeremos Rusia a ella.

  En Nueva York, Isabella observaba la ciudad desde el ventanal de su despacho.

  La expansión de los nuevos clubes avanzaba rápido. Tres ubicaciones estratégicas. Contratos legales impecables. Seguridad privada reforzada. Protocolos estrictos de consentimiento.

  No era altruismo.

  Era estructura.

  Si Volkov quería acusarla de hipocresía, no encontraría grietas.

  Milan entró sin anunciarse.

  —Chicago fue un éxito. Sus hombres están nerviosos.

  Isabella no sonrió.

  —Nervioso no es suficiente. Necesito que dude.

  —Ya duda.

  Ella giró lentamente.

  —No. Necesito que pierda el control.

  Milan la observó con atención.

  —Eso puede hacerlo peligroso.

  —Ya es peligroso.

  El silencio cayó pesado.

  —Padre llamó —añadió Milan finalmente.

  El aire cambió apenas.

  —¿Y? —preguntó Isabella.

  —Sabe que Volkov se está moviendo. No mencionó tu nombre… pero lo insinuó.

  Isabella apretó la mandíbula.

  Aleksander Sergeyev no era un hombre que insinuara sin intención.

  —¿Está molesto? —preguntó.

  —Está preocupado.

  Eso fue peor.

  Isabella se acercó al escritorio.

  —No puede intervenir.

  —Lo sé.

  —Si lo hace, Volkov gana. Convertirá esto en guerra abierta entre familias.

  Milan asintió.

  —Entonces ¿qué hacemos?

  Isabella respiró hondo.

  —Esperamos.

  En la residencia, Sasha recorría el jardín interno con pasos lentos.

  Aún se sorprendía del silencio.

  De la ausencia de música forzada.

  De no sentir miradas evaluando su valor.

  Pero la paz era frágil.

  Sabía que algo se estaba gestando más allá de los muros.

  Cuando Isabella apareció en el sendero, Sasha la notó de inmediato.

  —No sabía que te gustaban los jardines —dijo Sasha suavemente.

  —No me gustan.

  —Entonces ¿por qué estás aquí?

  Isabella se detuvo frente a ella.

  —Porque es el único lugar donde no hay cámaras visibles.

  Sasha ladeó la cabeza.

  —¿Y eso es importante?

  —Sí.

  El viento movió ligeramente el cabello oscuro de Sasha.

  Isabella la observó en silencio unos segundos.

  Había fuerza allí.

  No la fuerza explosiva de una alfa.

  Sino la persistente.

  La que sobrevive.

  —Volkov sabe que estás aquí —dijo Isabella finalmente.

  Sasha no retrocedió.

  —Lo imaginaba.

  —Intentará usar eso.

  —¿Para herirte?

  Isabella sostuvo su mirada.

  —Para desestabilizarme.

  Sasha dio un paso más cerca.

  —Entonces no le des ese poder.

  La respuesta fue tan simple que casi dolió.

  —No es tan sencillo —respondió Isabella.

  —Lo es —replicó Sasha—. No soy tu debilidad si no me conviertes en una.

  El silencio que siguió fue denso.

  Porque Sasha tenía razón.

  El problema no era que Volkov supiera de ella.

  El problema era lo que Isabella sentía.

  Esa noche, un mensaje llegó al teléfono privado de Isabella.

  Un número ruso.

  Sin identificación.

  Solo una frase:

  ¿Cuánto vale una omega libre?

  El pulso de Isabella no cambió.

  Pero sus ojos se oscurecieron.

  —Milan —llamó.

  Su hermano apareció en segundos.

  Ella le mostró el mensaje.

  —Ya empezó —dijo él.

  —No.

  Isabella bloqueó el teléfono.

  —Ahora empezó de verdad.

  En Moscú, Volkov sonrió al no recibir respuesta.

  —Ignorar es una forma de miedo —comentó uno de sus hombres.

  —No en su caso —respondió él—. Ignorar es cálculo.

  Se levantó y caminó hacia la ventana.

  —Envíen el paquete.

  Dos días después, un sobre llegó a una de las oficinas legales de Isabella.

  No tenía remitente.

  Dentro había fotografías antiguas.

  Moscú.

  Un barrio residencial.

  Una niña de cabello oscuro jugando en la nieve.

  Sasha.

  Isabella sostuvo las imágenes con manos firmes.

  Al reverso, una nota:

  Todos pertenecemos a alguien.

  El aire se volvió pesado.

  —¿Es ella? —preguntó Milan.

  Isabella asintió lentamente.

  —Entonces Volkov la conoce desde antes.

  —No —corrigió Isabella—. La vigilaba.

  Esa diferencia lo cambiaba todo.

  No era casualidad que Sasha hubiera terminado en manos de Viktor.

  No era azar.

  Era movimiento.

  —Esto no empezó en Nueva York —murmuró Isabella.

  —Empezó en Rusia.

  En la residencia, Sasha notó el cambio antes de que le dijeran nada.

  Los guardias se duplicaron.

  Las rutas se modificaron.

  La tensión se podía oler.

  Cuando Isabella entró en la sala, llevaba las fotografías en la mano.

  —Necesito que veas algo.

  Sasha las tomó.

  El color desapareció de su rostro.

  —Yo… no recordaba esto.

  —Volkov sí.

  Sasha levantó la mirada.

  —¿Quién es?

  —Un enemigo de mi familia.

  Silencio.

  —¿Me utilizó para llegar a ti?

  Isabella no suavizó la verdad.

  —Sí.

  Sasha respiró hondo.

  No lloró.

  No tembló.

  Solo cerró los ojos un instante.

  —Entonces no soy coincidencia.

  —No.

  —Soy estrategia.

  La palabra cayó dura.

  Isabella dio un paso adelante.

  —Fuiste estrategia para él.

  Sasha la miró fijamente.

  —¿Y para ti?

  La pregunta atravesó cualquier defensa.

  Isabella sostuvo su mirada.

  —Para mí… fuiste elección.

  El silencio cambió.

  Más profundo.

  Más íntimo.

  Sasha dio un paso más cerca.

  —Entonces no huyas otra vez.

  Isabella sintió el golpe.

  —No estoy huyendo.

  —Lo hiciste antes.

  La referencia a Rusia fue clara.

  —No esta vez —dijo Isabella con firmeza.

  Y por primera vez desde que empezó todo, supo que era verdad.

  Esa misma noche, una reunión privada se llevó a cabo en el despacho principal.

  Solo Isabella y Milan.

  —Tenemos que considerar volver a Moscú —dijo él.

  Isabella permaneció en silencio.

  —No para atacar —continuó Milan—. Para mostrar presencia.

  —Si voy, Volkov lo interpretará como reacción.

  —Si no vas, seguirá moviendo piezas aquí.

  Isabella caminó lentamente por la habitación.

  Cada paso medido.

  Cada pensamiento calculado.

  —Si regreso —dijo finalmente—, no será para defenderme.

  —¿Entonces?

  Sus ojos se endurecieron.

  —Será para cerrar algo que debí cerrar hace tres años.

  Milan la observó.

  —Padre estará involucrado.

  —Lo sé.

  —Y madre.

  Isabella bajó la mirada apenas.

  Idris.

  Su padre omega.

  El más afectado por su desaparición.

  La culpa volvió a asomar.

  Pero esta vez no la paralizó.

  —No puedo seguir dejando que otros definan mi historia —murmuró.

  En Moscú, Volkov recibió un informe.

  —Sus nuevos clubes están funcionando mejor de lo esperado.

  —Lo imaginé —respondió él.

  —La opinión pública empieza a verla como reformadora.

  Volkov sonrió levemente.

  —Entonces atacaremos la opinión pública.

  Al amanecer, titulares digitales comenzaron a circular.

  Imperio nocturno disfrazado de ética.

  ¿Puede una mafia hablar de consentimiento?

  Campañas anónimas.

  Acusaciones veladas.

  Nada ilegal.

  Pero sí corrosivo.

  Milan lanzó una carpeta sobre el escritorio.

  —Está intentando mancharte.

  Isabella observó las pantallas sin alterarse.

  —Déjalo.

  —¿Qué?

  —Déjalo.

  Se volvió hacia él.

  —Cuanto más ataque, más evidente será su desesperación.

  —Eso es arriesgado.

  —Siempre lo ha sido.

  Esa noche, Sasha encontró a Isabella sola en el despacho.

  Sin pantallas encendidas.

  Sin informes.

  Solo silencio.

  —Estás pensando en volver —dijo Sasha.

  Isabella no negó.

  —Sí.

  —¿Por mí?

  La pregunta era directa.

  Isabella la miró.

  —Por mí.

  Sasha asintió lentamente.

  —Entonces ve.

  El corazón de Isabella dio un golpe fuerte.

  —¿No tienes miedo?

  Sasha sonrió apenas.

  —Claro que sí. Pero el miedo no decide por mí.

  Isabella se acercó.

  Demasiado cerca para ser casual.

  —Si voy, esto cambiará.

  —Ya cambió.

  Silencio.

  Respiraciones compartidas.

  Y entonces, sin anuncio, sin orden, sin dominio…

  Isabella apoyó su frente contra la de Sasha.

  Un gesto simple.

  Humano.

  No alfa.

  No posesivo.

  Solo real.

  —No volveré a desaparecer —susurró.

  Sasha cerró los ojos.

  —Entonces regresa.

  Y en ese momento, Isabella Sergeyev entendió algo fundamental:

  No se trataba de territorio.

  Ni de Volkov.

  Ni siquiera de Moscú.

  Se trataba de reclamar su apellido sin que la culpa lo definiera.

  Se trataba de elegir quedarse.

  Y por primera vez en tres años…

  Isabella no sentía que estuviera huyendo.

  Sentía que estaba avanzando.

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