Un milagro de Dios.
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Los años dorados.
Los años que siguieron a la infancia de Jade transcurrieron con la serenidad de un río que ha superado los rápidos y fluye manso hacia el mar. Daniel y Valeria, que ya peinaban canas y lucían con orgullo las arrugas que el tiempo había dibujado en sus rostros, contemplaban el crecimiento de su hija con una mezcla de orgullo y nostalgia. Cada etapa superada era un triunfo, pero también una despedida silenciosa de la niña que habían acunado en sus brazos durante aquellas noches de insomnio feliz.
Jade se había convertido en una adolescente esbelta y serena, de mirada profunda y sonrisa tranquila. Sus ojos verde esmeralda, aquellos que tanto recordaban a la piedra que Valeria guardaba como un tesoro, seguían teniendo la capacidad de ver más allá de las apariencias. Pero había aprendido a controlar su don, a dosificar su energía, a no sentirse abrumada por las luces y las sombras que percibía en las personas. El profesor Castell, cada vez más anciano y de movimientos más lentos, le había enseñado durante años a filtrar sus percepciones, a protegerse del cansancio espiritual y a usar su carisma con prudencia.
—Eres como una radio muy potente —le explicó una tarde, durante una de sus visitas—. Puedes sintonizar muchas emisoras, pero no puedes escucharlas todas a la vez. Tienes que aprender a seleccionar. A centrarte en lo importante y dejar pasar el resto.
—¿Y cómo sé qué es lo importante? —preguntó Jade.
—Lo sabrás. Tu corazón te lo dirá. Y cuando no estés segura, pregúntate: ¿esto ayuda a alguien? ¿Esto alivia un sufrimiento? ¿Esto acerca a las personas a la luz? Si la respuesta es sí, entonces merece la pena.
El instituto fue una etapa de descubrimientos y de alguna que otra dificultad. Jade destacaba en los estudios, especialmente en las asignaturas de letras y ciencias sociales. Le fascinaba la psicología, la filosofía, la historia de las religiones. Sus profesores la describían como una alumna excepcionalmente madura para su edad, con una capacidad de análisis y una empatía poco comunes.
—Tienes madera de psicóloga —le dijo su tutora en una ocasión—. O de trabajadora social. O de médica. Tienes el don de conectar con la gente.
Jade sonrió para sus adentros. Si aquella mujer supiera hasta qué punto podía conectar con la gente, probablemente no daría crédito.
Pero no todo fue fácil. La adolescencia es una etapa de turbulencias incluso para quienes poseen un don espiritual, y Jade no fue una excepción. Hubo días en que se sintió abrumada por las emociones ajenas que percibía sin querer. Días en que la tristeza de un compañero, la rabia de un profesor, el miedo de una amiga, se colaban en su interior como un torrente imparable.
—Hoy no puedo más, mamá —confesó una noche, dejándose caer en el sofá con los ojos cerrados—. Hay un chico en mi clase, David, que está pasando por algo muy duro. Sus padres se están divorciando y él no lo sabe gestionar. He estado toda la tarde absorbiendo su angustia sin querer.
Valeria se sentó a su lado y le acarició el pelo, como hacía cuando era pequeña.
—¿Recuerdas lo que te enseñó el profesor Castell? No puedes cargar con el dolor de todo el mundo. Solo puedes acompañar. Estar ahí. Escuchar. Pero el dolor es de cada uno, y cada uno tiene que aprender a gestionarlo.
—Lo sé. Pero a veces es muy difícil.
—Lo es. Pero también es un regalo. Porque gracias a ese don, puedes ayudar a David de una forma que nadie más podría. Puedes entenderle sin necesidad de palabras. Y eso, hija, vale más que todos los libros de psicología del mundo.
Aquellas palabras calaron hondo en Jade. A la mañana siguiente, se armó de valor y se acercó a David en el recreo. No le dio consejos, no le hizo preguntas indiscretas. Simplemente se sentó a su lado y le dijo:
—Si necesitas hablar, aquí estoy.
Y David habló. Durante más de una hora, desgranó sus miedos, su rabia, su confusión. Jade escuchó sin interrumpir, asintiendo de vez en cuando, ofreciendo su presencia silenciosa como único bálsamo. Cuando terminó, David tenía los ojos enrojecidos pero una expresión más ligera.
—Gracias —dijo—. No sé por qué te he contado todo esto. Apenas nos conocemos.
—A veces es más fácil hablar con alguien que no te juzga —respondió Jade.
—Eso es verdad. Eres... diferente. No sé explicarlo.
—Me lo dicen mucho.
Esa experiencia se repitió muchas veces a lo largo de los años de instituto. Jade se convirtió, sin proponérselo, en la confidente de su clase. La que siempre estaba dispuesta a escuchar, la que nunca juzgaba, la que parecía entender lo que los demás sentían incluso antes de que lo expresaran.
—Vas a terminar harta de nosotros —le dijo una compañera, medio en broma.
—Nunca me canso de ayudar —respondió Jade.
Y era verdad. Porque cada vez que ayudaba a alguien, cada vez que veía una luz apagada que volvía a brillar, sentía que su propia luz se intensificaba. La guardiana le había enseñado que el amor es la única energía que se multiplica cuando se reparte. Y Jade comprobaba cada día que aquella enseñanza era cierta.
Cuando llegó el momento de decidir su futuro académico, no tuvo ninguna duda. Quería estudiar psicología. No por el prestigio de la profesión, ni por las salidas laborales, sino por una vocación profunda que latía en su interior desde que era niña. Quería entender la mente humana, sí, pero sobre todo quería ayudar a aquellos que, como decía ella, tenían la luz escondida bajo capas de dolor.
—Es una carrera muy bonita —le dijo Daniel, durante una conversación en el jardín, bajo el joven olmo que había reemplazado al viejo—. Pero también muy dura. Vas a enfrentarte a mucho sufrimiento.
—Lo sé, papá. Pero es para lo que me he estado preparando toda la vida.
—Eso es cierto. Desde que naciste, has estado lidiando con los problemas de los demás. Al menos ahora tendrás un título que lo acredite.
Jade rió. Su padre siempre tenía un comentario pragmático para equilibrar la trascendencia de los momentos importantes.
—¿Y tú, mamá? —preguntó, girándose hacia Valeria—. ¿Qué opinas?
—Opino que vas a ser una psicóloga maravillosa. Pero sobre todo, opino que vas a ser una persona que hará del mundo un lugar un poco mejor. Y eso, hija, es lo único que importa.
Con la bendición de sus padres, Jade presentó la solicitud en la universidad de la capital, la misma donde años atrás Daniel había construido el complejo cultural que tanto prestigio le había dado. Fue admitida sin problemas, con una beca por su excelente expediente académico. El sueño empezaba a tomar forma.
La víspera de su partida, Jade se sentó en el jardín, junto a la lápida donde reposaban las tres piedras de jade. El joven olmo mecía sus ramas con la brisa de septiembre, y el cielo estaba cuajado de estrellas.
—¿Estás ahí, guardiana? —susurró.
No hubo respuesta. Pero una estrella, más brillante que las demás, pareció titilar con más intensidad por un instante. Jade sonrió.
—Gracias. Por todo. No te defraudaré.
Y con aquella promesa silenciosa, se fue a dormir. Al día siguiente, una nueva etapa comenzaría. Los años dorados de la infancia quedaban atrás, pero el futuro se abría ante ella como un horizonte lleno de luz.