Ayzel descubre que su novio le es infiel después de tres años de relación. Ella quiere destruirlo y para eso utilizará a su suegro, un CEO muy famoso y millonario.
Lo que Ayzel no sabe es que su suegro, desde hace mucho la desea y no le importaría que ella lo use mientras se quede a su lado.
¿Podrán Ayzel llegar a enamorarse perdidamente de su suegro o solo seguirá con el plan original?
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Capítulo 10: La reina entra en juego
Los días siguientes fueron una mezcla de calma tensa y preparativos. Alexander contrató a un equipo de ciberseguridad para rastrear el origen del mensaje anónimo, pero el remitente era hábil. Usaba servidores en el extranjero, direcciones IP falsas y programas de cifrado que dificultaban cualquier rastreo. Era evidente que no se trataba de un aficionado, sino de alguien con recursos y conocimientos.
Ayzel apenas podía concentrarse en el trabajo. Pasaba horas mirando la pantalla del ordenador sin ver realmente lo que escribía. La amenaza de "la reina" se había clavado en su mente como una espina. ¿Quién era? ¿Qué quería? ¿Y qué relación tenía con Laura?
—Necesito salir de aquí —dijo una tarde, levantándose de su escritorio—. Me estoy volviendo loca encerrada.
Alexander la miró, preocupado.
—No es seguro. Todavía no sabemos quién envió ese mensaje.
—No puedo quedarme encerrada para siempre, Alexander. Necesito respirar aire fresco. Sentirme normal, aunque sea por un rato.
Él dudó, pero finalmente asintió.
—De acuerdo. Pero iremos juntos. Y con escolta.
—Está bien.
Salieron a dar un paseo por el Tiergarten, el enorme parque en el centro de Berlín. Era un día soleado de invierno, el cielo despejado, y la nieve crujía bajo sus pies. Caminaron en silencio, tomados de la mano, disfrutando de la tranquilidad. El escolta los seguía a una distancia prudente, sin entrometerse.
—Gracias por entenderlo —dijo Ayzel, rompiendo el silencio.
—Siempre voy a entenderte. —Alexander apretó su mano—. Solo quiero protegerte.
—Lo sé. Y te lo agradezco. Pero no puedes encerrarme en una burbuja. Tengo que aprender a enfrentar mis miedos.
—Lo sé. Y lo estás haciendo bien.
Se detuvieron junto a un lago congelado, donde unos patos nadaban en el agua que aún no se había helado por completo. Ayzel observó las aves, perdida en sus pensamientos.
—¿Crees que algún día podremos tener una vida normal? —preguntó.
—Defino "normal" como estar contigo. Eso es todo lo que necesito.
Ella sonrió, apoyando la cabeza en su hombro. Por un momento, todo parecía posible.
Pero entonces, el teléfono de Alexander sonó. Era Richter.
—Señor Woodgreen, tenemos novedades. Hemos identificado a la mujer que entró en su casa para instalar la cámara.
—¿Quién es?
—No es Laura. Es otra mujer. Morena, de unos treinta años. La hemos identificado por las cámaras de seguridad de la tienda donde compró la cámara. Se llama Ingrid Schneider. Tiene antecedentes por allanamiento y robo.
—¿Trabajaba para Laura?
—Eso creemos. Pero hay algo más. Ingrid ha desaparecido. No la encontramos en su domicilio ni en los lugares que frecuenta. Alguien la está escondiendo.
Alexander frunció el ceño.
—¿Creen que pueda estar en peligro?
—O que esté trabajando para alguien más. Voy a mantenerlos informados.
Colgó. Ayzel lo miró, preocupada.
—¿Qué ha pasado?
—Han identificado a la mujer que instaló la cámara. Pero ha desaparecido. Alguien la está protegiendo.
—¿Crees que sea "la reina"?
—Es posible. —Alexander la tomó del brazo—. Vamos. Volvamos a casa. No me gusta esto.
Regresaron a la mansión, pero la sensación de amenaza los envolvía como una niebla espesa.
Esa noche, Ayzel no podía dormir. Se levantó sigilosamente y fue al estudio, donde comenzó a revisar los archivos que había recopilado sobre Laura. Buscaba algo, cualquier cosa, que pudiera darle una pista sobre la identidad de la reina.
Y entonces lo encontró.
En una de las capturas de pantalla de los mensajes de Laura, había una conversación con un contacto guardado como "R". El mensaje decía: "La reina está contenta con tu trabajo. Sigue así."
Ayzel sintió un escalofrío. "La reina". No era una metáfora. Era el nombre real de la persona que dirigía la operación.
Buscó más información sobre ese contacto, pero no había nada. Solo la inicial "R". Podía ser un nombre, un apellido, o un apodo.
Pero era algo.
A la mañana siguiente, compartió su descubrimiento con Alexander.
—"R" —repitió él, pensativo—. Podría ser cualquiera. Pero al menos sabemos que la reina existe y que está coordinando esto desde las sombras.
—¿Y cómo encontramos a esa persona?
—Hablando con Laura. Ella sabe quién es. Si la presionamos, puede que hable.
—¿Crees que hablará? Está protegiendo a alguien.
—Todos tienen un precio, Ayzel. Solo tenemos que encontrar el suyo.
Decidieron visitar a Laura en la prisión preventiva. Richter gestionó los permisos, y al día siguiente, se presentaron en el centro penitenciario de Berlín.
Laura los recibió en una sala de visitas, separada por un cristal. Lucía demacrada, sin maquillaje, el cabello sucio. Ya no quedaba rastro de la mujer arrogante que los había chantajeado.
—¿Qué queréis? —preguntó, con voz cansada.
—Queremos saber quién es "la reina" —dijo Alexander, sin rodeos.
Laura palideció.
—No sé de qué habláis.
—Sabemos que te comunicabas con alguien llamado "R". Sabemos que no actuabas sola. —Ayzel la miró fijamente—. Danos un nombre, Laura. Y tal vez podamos ayudarte a reducir tu condena.
Laura calló durante un largo momento. Finalmente, suspiró.
—No sé su nombre real. Solo la conozco como "Reina". Es una mujer mayor, de unos sesenta años. Muy elegante, pelo blanco, siempre vestía de negro. Me contactó hace un año. Me ofreció dinero a cambio de información sobre la familia Woodgreen.
—¿Información? —preguntó Alexander.
—Sí. Quería saber todo. Sus rutinas, sus contactos, sus debilidades. Especialmente las tuyas, Alexander. Y las de tu hijo.
—¿Y qué quería con nosotros?
—No lo sé. Nunca me lo dijo. Solo me pagaba y me daba instrucciones. Cuando me arrestaron, pensé que me abandonaría. Pero me envió un mensaje desde la cárcel. Decía que no me preocupara, que ella se encargaría de todo.
Ayzel sintió un nudo en el estómago. La reina no solo existía, sino que seguía operando desde las sombras.
—¿Cómo puedo contactarla? —preguntó Alexander.
—No puedes. Ella siempre contacta contigo. Usa mensajes cifrados, teléfonos desechables. Es muy cuidadosa.
—¿Y para qué quería la información?
—No lo sé. Pero una vez la oí hablar por teléfono. Dijo algo como "lo que me hicieron a mí, se lo haré a ellos". —Laura los miró—. Tiene una cuenta pendiente con vosotros. Y no descansará hasta saldarla.
La visita terminó. Salieron de la prisión con más preguntas que respuestas.
—¿Quién puede tener una cuenta pendiente contigo? —preguntó Ayzel, mientras caminaban hacia el coche.
—No lo sé. He tenido muchos enemigos en los negocios. Pero ninguno que encaje con esa descripción.
—Una mujer mayor, de sesenta años, pelo blanco... —Ayzel se detuvo en seco—. Alexander, ¿conoces a alguien así?
Él negó con la cabeza.
—No. Pero voy a investigar. Y si esta "reina" quiere jugar, jugaremos.
Ayzel lo miró, y por primera vez en días, vio determinación en sus ojos. La tormenta se acercaba, pero esta vez, estaban listos para enfrentarla.
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