Karol Bellandi lo perdió todo en cuestión de semanas. La empresa que levantó con años de esfuerzo está al borde de la quiebra, las deudas la persiguen y el embargo de su casa termina de destruir el mundo que construyó con sacrificio.
Sin opciones y desesperada por salvar lo único que le queda de su padre, acepta buscar ayuda del frío y poderoso empresario Nathanael Moretti.
Nathanael no cree que asociarse con Karol sea una buena inversión. Para él, ella solo es una empresaria en caída libre. Sin embargo, intrigado por la determinación de Karol, le propone un trato: si logra conquistar al cliente más importante del próximo proyecto, considerará firmar el contrato que podría salvar su empresa.
Obligada a convivir con él después de quedarse sin hogar, Karol descubre que detrás de la arrogancia de Nathanael existe un hombre marcado por secretos y heridas del pasado. Lo que comienza como un acuerdo estrictamente profesional pronto se convierte en una tensión imposible de ignorar.
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Capitulo 22
Esa tarde, mientras ordenaba unas viejas cajas que había traído de la casa de su padre, Karol encontró una libreta de apuntes olvidada en el fondo. Al pasar las hojas, vio que no eran notas de trabajo: eran pensamientos escritos por él, años atrás. Se sentó en el sofá para leerla, y poco a poco todo lo que no entendía de Bianca empezó a cobrar un sentido doloroso pero claro.
Nathanael se sentó a su lado al ver su expresión.
—¿Qué encuentras? —le preguntó suavemente.
—Palabras de papá —respondió ella con voz baja—. Dice aquí que cuando Bianca era pequeña, se esforzaba demasiado por llamar la atención, que quería que la viera igual que a mí… pero él no sabía cómo hacerlo. Creía que dándole oportunidades y educación le bastaría, sin darse cuenta de que ella necesitaba sentirse elegida.
Karol pasó otra hoja, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Aquí escribe: «Bianca cree que todo es una competencia. No entiende que el cariño no se divide, se suma. Temo que algún día sienta que lo que es de Karol, le ha sido quitado a ella».
Levantó la vista hacia Nathanael, comprendiendo al fin la raíz de todo.
—No es solo por la empresa, ni por el dinero, ni por ti —dijo con tristeza—. Es un rencor que lleva dentro desde que éramos niñas. Siempre sintió que papá me daba el lugar que ella quería ocupar. Ahora que tengo la posibilidad de recuperar lo que él construyó, y que he encontrado a alguien que me valora… ella ve todo como lo que le debí haber correspondido a ella. Quiere destruir lo que yo valoro, porque cree que así recuperará lo que siente que le faltó.
—Eso explica su dolor —admitió Nathanael—, pero no justifica su crueldad. El rencor no es un derecho para hacer daño.
—Lo sé —asintió Karol—. Pero ahora entiendo que no lucha contra mí: lucha contra su propia sombra, contra esa niña que se sintió olvidada. Y por eso es tan peligrosa: no busca ganar algo, busca desquitarse de todo lo que creyó perder.
Cerró la libreta con cuidado, sintiendo que ya no había rabia en su corazón, solo una inmensa compasión.
—Ojalá pudiera decirle que el lugar de cada uno no se arrebata —murmuró—. Que ella podría haber construido el suyo, en lugar de intentar derribar el mío. Pero ya veo que no quiere escucharlo.
Nathanael le tomó la mano, dándole calor.
—Esa es su carga, no la tuya. Tú solo tienes que cuidar lo que has recibido con amor. Y nadie te lo podrá quitar.
Karol apretó la libreta contra su pecho. Por fin entendía el origen de la tormenta, y aunque no podía detenerla, ya no le temía: sabía que su valor no dependía de lo que Bianca pensara o quisiera arrebatarle.
Guardó la libreta en el estante más alto, como quien guarda un recuerdo que ya no necesita cargar en la mano. Se volvió hacia Nathanael y, por primera vez en mucho tiempo, no había confusión en su mirada, solo una paz nueva y serena.
—Ya no le guardo rencor —dijo suavemente—. Pero tampoco esperaré nada de ella. Entiendo que su camino es otro, y yo tengo que seguir el mío.
Él le acarició la mejilla, orgulloso de la entereza que había encontrado.
—Ese es el verdadero perdón —respondió él—: dejar que cada quien se haga cargo de lo suyo, sin que su sombra te impida brillar.
Karol asintió, sintiendo que por fin cerraba una puerta que se había quedado abierta demasiado tiempo. Y aunque el camino seguía adelante, ahora lo hacía ligera de equipaje, acompañada de quien veía en ella todo lo que ella misma empezaba a valorar.