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EL GLACIAR Y LA SALSA

EL GLACIAR Y LA SALSA

Status: Terminada
Genre:Comedia / Mujer poderosa / Romance de oficina / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Una CEO implacable, fría y adicta al control que vive bajo la sombra de una traición pasada. Un técnico de mantenimiento alegre, gigante y de espíritu libre que contagia ritmo de salsa y sonrisas a cada paso. Cuando los mundos opue stos de Ariadna Riquelme y Jonathan Guedez chocan en los pasillos de un corporativo de lujo, el caos está garantizado. Entre hojas de cálculo imposibles, miradas que queman y un choque cultural inminente, Jonh pondrá de cabeza la perfecta y fría rutina de la jefa... demostrando que la armadura más dura a veces solo necesita un buen golpe de sabor y un corazón dispuesto a latir sin permiso.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA TORMENTA PERFECTA

​El martes en el Corporativo Riquelme amaneció con una tensión eléctrica, precursora de la tormenta que se avecinaba. Ariadna, enfundada en un impecable traje sastre de color azul marino, símbolo de autoridad y profesionalismo, se dirigió a su oficina con paso firme. La sombra de Elena, aunque combatida por el amor de Jonh, seguía proyectando una oscuridad que intentaba empañar su felicidad.

​A las diez en punto, la puerta de su despacho se abrió sin previo aviso. Apareció Elena, su prima, la mujer que había destrozado su mundo hace una década. Llevaba un vestido rojo ajustado, provocativo y elegante, que resaltaba su belleza cínica y calculadora. Su sonrisa, una mueca de suficiencia helada, no llegaba a sus ojos.

​—¡Hola, primita! —dijo Elena, con un tono meloso y venenoso—. Veo que te has reconstruido un pequeño imperio. Y por lo que me han contado… también te has reconstruido la vida amorosa. ¡Un técnico de mantenimiento! ¡Qué exótico! ¿Te gustan los desafíos, verdad?

​Ariadna, con el corazón latiéndole con fuerza, mantuvo la compostura. Su voz, fría y calculadora, resonó en la oficina.

​—¿Qué quieres, Elena? No tengo tiempo para tus juegos. Si has venido a "colaborar", como le dijiste a Daniela, te has equivocado de puerta. Esta es una empresa seria.

​Elena soltó una carcajada cínica, acercándose al escritorio de Ariadna.

​—¡Seria, dice! Ariadna, querida, nos conocemos desde que éramos niñas. Sé que detrás de esa fachada de CEO de acero, sigues siendo la misma niña insegura y celosa de siempre. Y ahora… te has buscado a un hombre que te adora, que te hace sentir deseada. Un hombre que, curiosamente, me recuerda mucho a aquel chico. ¿Te acuerdas? Aquel que me prefería a mí.

​Ariadna sintió una punzada de rabia y dolor. Las palabras de Elena, afiladas como dagas, buscaban su herida más profunda.

​—¡Cállate, Elena! —espetó Ariadna, con voz temblorosa—. No te atrevas a mencionar el pasado. Jonh no es como él. Jonh me ama por quien soy, no por lo que tengo. Y yo lo amo a él.

​Elena, con una sonrisa triunfante, vio la fisura en la armadura de Ariadna.

​—¿Lo amas? ¡Por favor! Ariadna, estás desesperada. Has encontrado a alguien que te suba el ego, alguien a quien puedes manipular. Pero en el fondo, sigues siendo la misma mujer fría y calculadora que ahuyenta a todos los que se acercan. Y en cuanto a Jonh… ¿crees que un hombre como él, un hombre de la calle, se quedará contigo para siempre? Cuando se canse de tus exigencias, de tu perfeccionismo, de tu mundo de lujo, se buscará a alguien más… sencillo. Alguien como yo, quizás. Porque, querida, el pasado siempre vuelve. Y los hombres… bueno, los hombres son predecibles.

​Las palabras de Elena, cargadas de veneno y veneno, golpearon a Ariadna con una fuerza devastadora. El miedo, enterrado bajo el amor de Jonh, resurgió con fuerza. ¿Y si Elena tenía razón? ¿Y si Jonh se cansaba de ella? ¿Y si, en el fondo, ella seguía siendo el Glaciar imposible de amar?

​A las seis de la tarde, Ariadna bajó al estacionamiento. Jonh la esperaba con su sonrisa deslumbrante, apoyado en su viejo sedán americano. Pero cuando vio la cara de Ariadna, pálida, desencajada y con los ojos rojos por el llanto contenido, su sonrisa se borró.

​—¡Mi amor! —exclamó Jonh, con voz asustada, corriendo hacia ella—. ¿Qué pasa? ¿Te encuentras bien? Elena… ¿te ha hecho daño?

​Ariadna, con el corazón lleno de dolor y miedo, y con las palabras venenosas de Elena resonando en su mente, no pudo soportarlo más. La inseguridad y los celos, avivados por las insinuaciones de su prima, explotaron en una reacción visceral.

​—¡Déjame en paz, Jonh! —gritó Ariadna, apartándose bruscamente de él—. Estoy harta. Harta de todo. Harta de Elena, harta de ti, harta de esta farsa.

​Jonh, con el rostro desencajado por la sorpresa y el dolor, la miró con incredulidad.

​—¿Farsa? Ariadna, ¿de qué estás hablando? ¡Te amo! ¡No entiendo nada!

​Ariadna, ciega por la inseguridad y las palabras de Elena, soltó cosas que nunca quiso decir, cosas que brotaron de lo más profundo de su miedo y dolor.

​—¡Que me amas! ¡Por favor! —espetó Ariadna, con una crueldad que la asustó incluso a ella—. Soy una CEO, Jonh. Una mujer de éxito. Y tú… tú eres un técnico de mantenimiento. Un hombre que arregla aires acondicionados. ¿De verdad crees que podemos tener un futuro juntos? Elena tenía razón. Eres un hombre de la calle. Cuando te canses de mí, de mi mundo, te buscarás a alguien como tú. Alguien más sencillo. Alguien que no te haga sentir inferior. Porque, en el fondo, eso es lo que eres. Un hombre inferior a mí. Y yo… yo no puedo estar con alguien así. Me das vergüenza.

​Las palabras de Ariadna, afiladas y crueles, golpearon a Jonh con una fuerza brutal. El Músculo de Oro, el hombre que la había amado incondicionalmente, el hombre que había derretido su Glaciar, se quedó paralizado, con el rostro desencajado por el dolor más profundo que jamás había sentido. El amor y la admiración que brillaban en sus ojos se transformaron en una mezcla de incredulidad, desilusión y una tristeza infinita.

​Ariadna, al ver el dolor en el rostro de Jonh, se dio cuenta de lo que había hecho. El mundo pareció detenerse. El miedo, los celos, las palabras de Elena… todo se desvaneció, dejando paso a la cruda realidad de su crueldad.

​—¡Jonh! —susurró Ariadna, con voz rota por el horror y el arrepentimiento—. ¡No! ¡Por Dios, no quise decir eso! ¡No! ¡Perdóname! ¡Por favor!

​Jonh, sin decir una palabra, la miró a los ojos por última vez. Una mirada llena de una tristeza desgarradora que le perforó el alma a Ariadna. Luego, se dio media vuelta, subió a su viejo sedán americano y, arrancando con un rugido, se alejó del estacionamiento, dejando a Ariadna sola, en medio de la oscuridad, con el corazón destrozado por sus propias palabras, palabras que habían creado la tormenta perfecta para destruir su felicidad. El Glaciar había vuelto, pero esta vez, no era de hielo, sino de un dolor abrasador y una soledad infinita.

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