En su nueva universidad en Suecia, Axel propone un experimento cruel: demostrar que cualquiera puede protagonizar un cuento de hadas, incluso la chica más invisible del campus. Así llega a Liv, una joven pelirroja, dulce, soñadora y completamente ajena al mundo superficial que la rodea.
Ella cree en la magia.
Él, en las reglas.
Lo que comienza como un juego cuidadosamente planeado, lleno de sonrisas calculadas y emociones manipuladas, pronto se convierte en algo que Axel no puede controlar. Porque Liv no sigue ningún guion… y porque, sin darse cuenta, es ella quien empieza a enseñarle lo que significa realmente vivir.
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Cocinando.
Dos minutos después…
—¿Por qué el aceite está saltando como si tuviera vida propia? ¡Axel, apágalo! —gritó Liv, cubriéndose detrás de la puerta del refrigerador.
—¡Te dije que la sartén estaba demasiado caliente! ¡Esto está fuera de control! —exclamó Axel, perdiendo la compostura por primera vez mientras saltaba hacia atrás para evitar las microexplosiones de grasa.
—¡Te lo advertí! ¡El aceite de París es traicionero!
—¡Esto no estaba en el maldito plan!
—¡En TU plan de junior perfecto!
Ambos se miraron en medio de la cocina llena de humo, con la harina flotando en el aire y el aceite chisporroteando en la estufa. La fachada de Axel se derrumbó por completo y, de pronto, una risa incontenible le brotó desde el pecho. Liv se unió de inmediato. Rieron de verdad, sin control, con las lágrimas asomándose en sus ojos, compartiendo un desastre que el dinero de los Von Lindberg no podía comprar ni limpiar.
El intento número cuatro ocurrió al día siguiente en un rincón apartado de la biblioteca universitaria. Axel lo bautizó formalmente como “Clase de citas analítica”.
—Esto es sumamente importante para el desarrollo de tus habilidades sociales —dijo Axel, recuperando su tono serio de mentor, aunque el recuerdo de la cocina seguía fresco.
—Tengo miedo —admitió Liv, sentada frente a él en una mesa oculta tras los estantes de literatura gótica—. Cada vez que dices que algo es importante, termino en el suelo o casi incendiando mi casa.
Axel ignoró el comentario con un gesto de la mano.
—Punto número uno para proyectar seguridad en una cita: el contacto visual sostenido. Tienes que mirar al objetivo para demostrar que no te intimida su presencia. A ver, hazlo conmigo.
Liv tragó saliva. Enderezó la espalda y clavó sus ojos marrones directamente en los grises de Axel. Lo miró fijamente. Demasiado fijamente. Sin pestañear, con las pupilas dilatadas por el esfuerzo y una intensidad que parecía más bien la de un felino acechando a su presa.
Pasaron cinco segundos incómodos.
—Parpadea, por favor —pidió Axel, sintiendo una extraña tensión en el cuello.
—No. Dijiste contacto sostenido.
—Es incómodo, Liv. Pareces un androide a punto de fallar.
—Quiero hacerlo bien. No me voy a rendir.
—No es un concurso de resistencia ocular.
—En mi mente, todo lo que viene de ti es un concurso.
Axel soltó un suspiro, rindiéndose. Se inclinó un poco más hacia ella sobre la mesa de madera, reduciendo el espacio entre sus rostros hasta que pudo notar el aroma a vainilla que ella siempre despedía.
—Bien… Olvida los ojos por un momento. Ahora, sonríe. Una sonrisa que invite a la conversación.
Liv intentó cumplir la orden, pero los nervios y la cercanía física de Axel la traicionaron. Tensó los labios y mostró todos los dientes de una forma completamente forzada y antinatural.
—Eso parece más una amenaza de muerte que una invitación, Liv.
—¡Estoy sonriendo con entusiasmo!
—Estás asustando a los estudiantes de la mesa de al lado.
—¡Es que no sé cómo hacerlo de forma normal cuando me estás presionando tanto con esa cara de juez de concurso! —protestó ella, bajando los hombros, frustrada. Sus defensas cayeron por completo y su rostro adoptó una expresión de suave resignación, una timidez natural, genuina y terriblemente hermosa.
Axel se quedó completamente en silencio. El aire de la biblioteca pareció volverse denso. Contempló la curva natural de sus labios, la honestidad desarmante de su mirada y la forma en que el sol de la tarde iluminaba sus pecas. Algo dentro de su pecho dio un vuelco violento.
—Eso… —susurró Axel, con la voz un tono más baja de lo habitual—. Justo así.
Liv parpadeó, perdiéndose por un instante en la intensidad de los ojos grises del alemán.
—¿Así? ¿De verdad?
—Sí. Así.
—¿Lo hice bien esta vez, junior?
Axel dudó apenas un milímetro antes de apartar la mirada, sintiendo que el corazón le latía demasiado rápido dentro de la camisa.
—Demasiado bien, Liv. Olvida lo que dije. Ya terminamos por hoy.
El intento número cinco fue bautizado como “Aprender a ser espontánea”. Ocurrió dos días después, mientras caminaban por los jardines del campus bajo una ligera nevada que empezaba a cubrir París de blanco.
—Haz algo inesperado, Liv —le sugirió Axel, caminando con las manos en los bolsillos—. Rompe las malditas reglas de tu rutina. Lo primero que se te pase por la cabeza.
Liv se detuvo. Lo pensó durante dos segundos. Tres segundos. Su mirada pasó de los ojos de Axel al suelo helado.
Y de pronto, antes de que el cerebro analítico del junior pudiera procesarlo, Liv se agachó, tomó un puñado de nieve suelta y se la lanzó directamente a la cara.
Silencio absoluto en el jardín. La nieve impactó en la perfecta mejilla de Axel, escurriéndose por su cuello. Axel parpadeó, completamente congelado por el impacto y la audacia.
—¿Acabas de… lanzarme una bola de nieve? —preguntó, con una voz que prometía venganza.
Liv dio dos pasos hacia atrás, soltando una risa nerviosa pero absolutamente feliz.
—¡Tú dijiste que hiciera algo espontáneo, Von Lindberg! ¡Fue un impulso creativo!
Axel se agachó lentamente, tomando una cantidad considerable de nieve entre sus manos expertas y dándole forma con una sonrisa peligrosa.
—Corre, Liv. Corre por tu vida.
—¡No! ¡Es trampa! ¡Soy asmática simulada!
Muy tarde.
—¡AXEL! —gritó ella entre risas mientras esquivaba el primer impacto.
Terminaron corriendo por todo el parque universitario, resbalando en el césped congelado, riendo a carcajadas y lanzándose proyectiles de nieve como si no fueran dos estudiantes de una de las universidades más prestigiosas y estiradas de Europa. A Axel no le importó que su ropa de marca se mojara, ni que su cabello rubio terminara deshecho.
Liv tropezó con una rama oculta y cayó de espaldas sobre la nieve, riendo con tanta fuerza que le dolía el estómago. Axel se detuvo justo encima de ella, jadeando ligeramente, mirándola desde arriba con las mejillas encendidas por el frío y la adrenalina.
—Perdiste —declaró él, ofreciéndole la mano para levantarla.
—No era una competencia, alemán arrogante…
—En mi mundo, todo es una competencia, cenicienta. Y acabo de ganarte.
Liv tomó su mano, pero antes de levantarse, lo miró fijamente con una sonrisa dulce que le derritió el hielo del pecho.
—Entonces te equivocas. Esta vez gané yo.
Axel frunció el ceño.
—¿Por qué según tú?
—Porque logré hacerte reír de verdad. Sin esa máscara de chico malo que usas para que nadie se acerque a ti.
Silencio. El viento frío sopló entre los árboles del campus. Axel no respondió con ninguna de sus frases sarcásticas. Pero tampoco tuvo el valor de negarlo.
A lo lejos, desde los ventanales del edificio principal, el grupo observaba la escena. Erik sostenía una tableta, pero su mirada estaba fija en el jardín.
—Esto ya no parece un juego de seducción de los tuyos, Lindberg —murmuró, casi para sí mismo.
Freja, que estaba apoyada contra el marco de la ventana con los brazos cruzados, no apartó los ojos de la silueta de Axel ayudando a Liv a sacudirse la nieve de la espalda. Su rostro era una máscara de hielo.
—Es solo parte del experimento —respondió ella, aunque su tono de voz carecía por completo de la seguridad habitual—. Tiene que serlo. Axel sabe perfectamente lo que se juega con su padre si vuelve a armar un escándalo.
Pero en el fondo de su mente elitista, Chloé sabía que la farsa se estaba desmoronando.
Esa noche, en la penumbra de su enorme departamento parisino, Axel se sentó en el sofá de piel. Su teléfono no dejaba de vibrar sobre la mesa de centro.
Grupo: Sistema
Erik: Se están divirtiendo demasiado, hermano. Cuidado con los cables.
Louis: Sí, pareces un adolescente enamorado en una comedia barata.
Freja: No olvides qué es esto, Axel. Recuerda Berlín. Recuerda a tu padre. Tienes dos semanas para terminar el juego o yo misma le contaré a la becada cómo empezó todo.
Axel clavó la mirada en la amenaza de Freja. Un frío real, muy diferente al de la nieve, le recorrió la espina dorsal. Abrió el teclado y escribió de forma mecánica, intentando convencerse a sí mismo:
Todo sigue bajo estricto control. Sé perfectamente lo que hago.
Miró el mensaje antes de enviarlo. El cursor parpadeaba, como una acusación silenciosa. Cerró los ojos y la risa libre de Liv en la cocina inundó su mente. Recordó cómo lo había mirado en el parque, con esa confianza pura de quien no oculta nada, de quien entrega un corazón de oro sin pedir nada a cambio.
Apagó el celular de golpe, arrojándolo sobre el sofá sin responder nada más al grupo.
Se frotó las sienes con frustración, sintiendo que las paredes del peso de su apellido se le venían encima. Por primera vez en su impecable trayectoria de casanova, Axel Von Lindberg no sabía si estaba jugando el juego a la perfección… o si estaba empezando a perder la partida más importante de su vida.
me gustó mucho