Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.
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Capítulo 6
...AITANA ...
A las cuatro en punto de la tarde, yo ya estaba sentada frente a la mesa de roble, con mis carpetas organizadas y el estómago hecho un nudo.
El Presidente no me había contratado para repasar geografía básica; mi puesto era el de Mentora de Estrategia Humana e Idiomas, encargada de preparar a Mía para el circuito diplomático y corporativo internacional. Un trabajo de élite, pero con una alumna que sabía que sería un dolor de cabeza.
La puerta se abrió a las cuatro y diez. Mía Montenegro entró con una parsimonia exasperante, recién llegada de sus clases regulares en la academia.
No traía su tableta, ni intenciones de estudiar; solo una elegancia perezosa idéntica a la de su hermano Henrry. Se sentó frente a mí, sacó su teléfono de última generación y, simplemente, me ignoró. Subió el volumen de sus audífonos y empezó a deslizar el dedo por la pantalla con total desdén.
—Buenos días, Mía. Soy Aitana Vega, tu nueva tutora —dije, manteniendo la voz firme—. Hoy iniciaremos el módulo de Análisis Geopolítico Avanzado y Negociación Internacional, complementado con tu primera sesión de fluidez en francés técnico.
Ni se mutó. Sonreí de lado.
Toque de advertencia número uno.
Me levanté despacio, estiré la mano y le arrebaté el teléfono de los dedos.
Mía se quitó los audífonos de golpe, clavándome una mirada fría y altanera.
—¿Qué haces? —escupió, con suficiencia—Dame eso. No sabes quién soy, ¿verdad? Soy Mía Montenegro.
—Y yo soy tu tutora —le respondí, dejando el teléfono en mi extremo de la mesa—. En mis clases no hay pantallas. Abre el libro en la página doce. Ahora.
Mía soltó una risa cínica y se recostó en la silla, entrelazando los dedos. La máscara de niña rica aburrida se transformó en algo mucho más macabro.
—Aitana Vega... —repitió mi nombre de forma masticada—. Tu currículum es brillante, de verdad. Pero anoche me aburría y decidí investigar a la mujer a la que mi abuelo le va a pagar una fortuna. Hablemos de Julián, tu exnovio. Qué trágico lo del fraude bancario, ¿no? Actualmente cumple condena en una prisión de mediana seguridad. Qué irónico que vengas a enseñarme valores cuando compartías tu vida con un criminal.
El golpe me dio directo en el estómago. Julián había sido el peor error de mi vida, una traición de la que no tuve idea hasta que la policía tocó a su puerta. Sentí las manos heladas, pero me tragué el orgullo herido.
Si dejaba que una mocosa de catorce años me viera temblar, estaba acabada.
En lugar de ponerme a la defensiva o justificarme, abrí lentamente mi carpeta, saqué una fotografía impresa y la deslicé con elegancia sobre el roble, justo frente a sus ojos.
—Yo también te investigué, mocosa —le solté, cruzándome de brazos y regalándole una sonrisa cargada de la misma suficiencia que ella usaba—No eres la única que sabe hacer el trabajo.
Mía bajó la mirada a la foto y toda la palidez de la aristocracia le inundó el rostro. La suficiencia se le evaporó en un segundo.
La imagen era de ayer por la tarde. Se veía a Mía, con el uniforme de la academia a medio desabrochar, besándose con un muchacho de una forma bastante... indecente y apasionada contra la reja de una propiedad.
—Ayer te vi salir sospechosamente sola de la academia y me pareció muy raro ver a una Montenegro caminando por esos barrios de estrato medio —continué, inclinándome hacia adelante, apoyando los codos en la mesa—. Así que te seguí para saber qué pasaba. Y vaya, vaya. Resulta que la niña perfecta tiene un noviecito en los suburbios. Estos niños de ahora... no pierden el tiempo.
Mía tragó saliva, mirando la foto como si fuera una granada activa. El muchacho no era pobre; la foto mostraba de fondo una casa linda, grande, con un jardín impecable en uno de los sectores residenciales de clase media más bonitos de la ciudad, pero para los estándares de los Montenegro, aquello era el equivalente a vivir en la indigencia.
—¿Le... le mostraste esto a mi padre? —preguntó Mía. Su voz, por primera vez, sonó como la de una niña asustada de catorce años.
—No, todavía no. Además, el señor Augusto Montenegro ya conoce mi pasado con Julián, mi amor, su equipo de seguridad me investigó antes de contratarme —mentí con un descaro monumental, sosteniéndole la mirada—. Pero dudo mucho que tu padre sepa que su futura heredera anda restregándose en la vía pública con un chico de clase media. Así que hagamos un trato de profesionales: tú guardas tu carpetita sobre mi ex, abres el libro en la página doce, y yo me guardo esta bonita fotografía en mi bolsa. ¿Tenemos un acuerdo, Mía?
Mía se quedó muda, con la mandíbula tensa y los ojos encendidos de rabia. Había querido extorsionarme y terminó extorsionada. Supo perfectamente que la había acorralado.
Con un movimiento brusco, tomó su libro de historia, lo abrió de un azote y clavó la mirada en las páginas, bufando de pura frustración.
—Página doce —masculló, roja de la ira.
—Excelente —sonreí, guardando la foto y devolviéndole su teléfono—. Empecemos.
Me senté bien en mi silla, sintiendo el subidón de adrenalina. No me había ganado su respeto, pero le había demostrado que yo tenía más colmillo que ella.
El primer día había sido una victoria.
...…...
Apreté el paso por el pasillo, con la foto bien guardada en mi bolsa y el corazón latiéndome a mil por hora.
Sí, la había usado para frenarle el carro a Mía y salvar mi primer día de clases, pero ni loca me iba a quedar callada con algo así.
Una cosa era jugar a las estrategias de poder dentro de la biblioteca, y otra muy diferente era la seguridad de una niña de catorce años.
Yo era una persona adulta, era su tutora y, por encima de cualquier contrato millonario, mi responsabilidad ética era la integridad de Mía. Andar escabulléndose sola por la ciudad, esquivando escoltas para verse con un novio... era un peligro monumental para alguien con su dinero.
Tenía que decírselo al Presidente. Directo y sin anestesia.
Caminé decidida hacia el ala de las oficinas, pero antes de llegar al despacho de Augusto, una puerta lateral se abrió de golpe. Henrry salió al pasillo revisando unos papeles, con el ceño fruncido y cara de pocos amigos. Al verme, se detuvo en seco, cruzándose de brazos con ese fastidioso semblante suyo.
—Vaya, Vega. Sigues viva —soltó Henrry, con una sonrisa perezosa que no le llegaba a los ojos—. ¿Qué pasa? ¿La niña ya te hizo llorar o vienes a pedirle un aumento a mi padre por soportar a su hija una tarde entera?
Me detuve frente a él. La rabia, la adrenalina de la clase y la preocupación se me juntaron en la garganta.
—No me pagan para llorar, Montenegro, me pagan para educar. Algo que en esta casa les hace mucha falta —le solté, dándole un paso al frente que lo obligó a borrar su sonrisita—. Y no voy con tu padre por un aumento. Voy a enseñarle esto.
Abrí mi bolsa de un tirón, saqué la fotografía y se la planté a la altura de los ojos.
Henrry bajó la mirada, esperando probablemente un folleto de pedagogía, pero en cuanto reconoció a Mía en la imagen, su rostro se transformó por completo.
Sus ojos se abrieron de par en par, fijos en la reja de esa casa de estrato medio y en la actitud de la niña. Un destello de furia, mezclado con puro pánico, cruzó por su mirada.
—¿De dónde demonios sacaste esto? —preguntó, y su voz bajó a un tono ronco y peligrosamente bajo. Me arrebató la foto de los dedos con una fuerza que casi rompe el papel.
—La seguí ayer cuando salió de la academia. Me pareció sospechoso verla sola por esos rumbos —respondí, cruzándome de brazos—. Tu hermana está usando la extorsión conmigo, Henrry, y está saltándose la seguridad para besarse indecentemente en la vía pública con un chico. Es una irresponsable. Al ser una adulta y su tutora, ni loca me voy a guardar esto. Voy a dársela al Presidente ahora mismo para que tome cartas en el asunto. Es peligroso que ande en estas.
Hice el amago de rodearlo para seguir mi camino hacia el despacho de Augusto, pero Henrry reaccionó con una velocidad impresionante. Se interpuso en mi camino, bloqueándome el paso con su cuerpo, y me tomó firmemente del antebrazo.
—Tú no le vas a dar nada a mi padre —siseó Henrry, mirándome desde arriba con una intensidad que me hizo dar un paso atrás. Había una desesperación real en sus ojos que me descolocó por completo—. No tienes idea de lo que estás haciendo, Vega. No conoces a Augusto Montenegro. Si él ve esto, la va a encerrar en un internado en Suiza antes del anochecer. Destruirá su vida.
—¡Es por su seguridad, señor Montenegro! —le reclamé, intentando zafar mi brazo, aunque él no me soltaba—. ¡La niña está expuesta! ¿Qué prefieres? ¿Que la encierren o que la secuestren por andar jugando a la rebelde en barrios suburbanos?
—Prefiero manejarlo yo —respondió él, dándole un apretón final a mi brazo antes de soltarme. Respiraba agitado, como si la foto fuera una bomba de tiempo—. Yo soy su... soy su hermano mayor. También es mi responsabilidad, no solo la de mi padre. Déjame esto a mí, Aitana. Te lo ruego.
Me quedé helada. Fue la primera vez que no me llamó "Vega", la primera vez que no usó su tono cínico, y la primera vez que vi al playboy de Nueva York romperse por completo, mostrando a un hombre que parecía dispuesto a quemar el mundo con tal de proteger a Mía de su propio padre.