Somos seres divinos, dicen.
Pero la divinidad no es luz eterna. Es resistencia.
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CAPITULO 10: "MAHUA"
La primera vez que Mahua se acercó a mí fue durante una tormenta.
No una tormenta cualquiera.
De aquellas que hacían desaparecer el mundo.
El viento rugía tan fuerte afuera de la cueva que parecía que algo gigantesco respiraba sobre las montañas. La nieve golpeaba las piedras con violencia y el frío atravesaba incluso el fuego.
Yo estaba sentada contra la pared, abrazándome las piernas cubiertas por pieles mal cosidas, observando las llamas como si mirar el fuego pudiera mantenerme cuerda.
Mahua permanecía al otro lado de la cueva.
Siempre lejos.
Siempre observándome.
Sus ojos brillaban suavemente entre las sombras.
Aurora boreal.
Nunca dejé de pensar eso.
Incluso herido, incluso cubierto de sangre y nieve, había algo hermoso en él. Algo imposible de explicar. Como si aquella criatura no perteneciera del todo a ese mundo cruel.
Habían pasado semanas desde que lo encontré.
O meses.
El tiempo comenzaba a deformarse en mi cabeza.
Ya no sabía exactamente cuánto llevaba atrapada allí.
Solo sabía que seguía viva.
Y que él también.
Mahua apoyaba el peso sobre tres patas mientras la rota terminaba de sanar lentamente. A veces lo veía intentar caminar sin cojear y fruncía el hocico frustrado cuando fallaba.
Nunca lo ayudaba.
No porque no quisiera.
Sino porque entendí rápidamente algo importante:
las criaturas salvajes odiaban sentirse débiles.
Y Mahua… era salvaje.
Aunque cada vez menos.
El viento volvió a golpear la entrada de la cueva.
El fuego crujió.
Yo cerré los ojos intentando ignorar el hambre.
Ese día no había encontrado nada.
Ni restos de animales.
Ni frutas congeladas.
Ni siquiera cadáveres abandonados por las bestias más grandes.
Nada.
Mi estómago dolía tanto que sentía náuseas.
—Genial… —murmuré con una risa vacía—. Vamos a morir.
Mahua levantó apenas la cabeza al escucharme hablar.
Siempre hacía eso.
Como si intentara entender mis palabras.
Abrí los ojos lentamente y lo miré.
—¿Sabes qué extraño más?
Él permaneció inmóvil.
Yo sonreí apenas.
—El pan.
Mi voz salió rota.
—Daría cualquier cosa por comer pan caliente otra vez…
El fuego iluminaba las paredes húmedas mientras hablaba sola como una loca.
Pero ya no me importaba.
Porque el silencio era peor.
Muchísimo peor.
—También extraño el ruido… los autos… las personas gritando… incluso extraño el olor horrible del tren…
Mahua inclinó levemente la cabeza.
Escuchándome.
O fingiendo hacerlo.
—Allá afuera la nieve nunca termina… pero antes existían estaciones, ¿sabes? El verano era cálido… y el cielo tenía otros colores…
Mi garganta se cerró un poco.
—Había flores.
El viento rugió nuevamente.
Y entonces ocurrió.
Mahua se levantó lentamente.
Yo me tensé enseguida.
Todavía podía matarme.
Nunca olvidaba eso.
La pequeña criatura avanzó con cuidado alrededor del fuego hasta detenerse a unos pasos de mí.
Sus ojos seguían observándome desconfiados.
Yo apenas respiraba.
Mahua olfateó el aire.
Después… se acostó.
Cerca.
No demasiado cerca.
Pero muchísimo más de lo habitual.
Sentí algo extraño romperse dentro de mi pecho.
Algo pequeño.
Doloroso.
Humano.
Porque entendí lo que significaba aquel gesto.
Confianza.
La primera que recibía en muchísimo tiempo.
Lentamente extendí una mano hacia él.
Mahua mostró apenas los dientes.
Me detuve.
—Está bien…
Susurré.
—Todavía tienes miedo.
Yo también.
El fuego siguió ardiendo entre nosotros.
Está vez, desde que desperté en aquel mundo…
no me sentí completamente sola.
Los días comenzaron a cambiar después de eso.
No el mundo.
El mundo seguía siendo horrible.
Seguía nevando eternamente.
Las criaturas continuaban aullando entre los árboles durante la noche y el hambre seguía persiguiéndonos como una sombra.
Pero nosotros cambiamos.
Poco a poco.
Mahua empezó a seguirme cuando salía de la cueva.
Primero a la distancia.
Desapareciendo entre los árboles oscuros mientras yo avanzaba sobre la nieve.
A veces creía haberlo perdido y entonces veía aquellos ojos brillando detrás de alguna roca.
Observándome.
Protegiéndome.
O vigilándome.
Quizá ambas.
Aprendimos juntos.
Eso era lo extraño.
Ninguno sabía realmente cómo sobrevivir.
Yo aprendía observando el bosque.
Mahua aprendía observándome a mí.
Descubrimos qué animales podían comerse.
Qué zonas debíamos evitar.
Qué sonidos significaban muerte.
Había árboles huecos donde dormían criaturas enormes durante las tormentas más fuertes. Lagos completamente congelados bajo cuya superficie se movían sombras gigantescas. Algunas noches escuchábamos golpes debajo del hielo.
Como si algo quisiera salir.
Nunca nos acercábamos.
Jamás.
Mahua comenzó a traerme cosas.
Al principio pensé que era casualidad.
Pequeños huesos.
Restos de comida.
Una vez dejó un animal muerto frente a la entrada de la cueva y se quedó observándome como esperando algo.
Yo lo miré incrédula.
—¿Eso es para mí?
Él movió apenas las orejas.
Recuerdo haberme reído.
Una risa real.
Tan repentina que me dolió el pecho.
—Creo… creo que acabas de adoptarme.
Mahua hizo un ruido extraño desde la garganta.
Parecía ofendido.
Y por primera vez en años…
reí hasta llorar.
El invierno jamás terminó.
Ese fue el verdadero horror de aquel mundo.
No existía primavera.
No existía lluvia cálida.
No existían hojas verdes.
Solo nieve.
A veces caía lentamente como polvo brillante.
Otras veces descendía tan fuerte que el cielo desaparecía durante días enteros.
Aprendí a reconocer cuándo venía una gran ventisca observando el comportamiento de Mahua.
Él siempre lo sabía antes que yo.
Se ponía inquieto.
Miraba el horizonte.
Olfateaba el aire.
Y entonces corríamos hacia la cueva antes de que el infierno blanco cubriera las colinas.
Durante esas tormentas permanecíamos juntos frente al fuego.
Muy juntos.
Mahua terminó durmiendo a mi lado porque el frío se volvía insoportable incluso con las pieles. Su cuerpo irradiaba calor constantemente, mucho más de lo normal.
Al principio temblaba cada vez que lo tocaba.
Porque seguía siendo una criatura desconocida.
Pero con el tiempo aprendí el sonido exacto de su respiración al dormir.
Aprendí cuándo tenía miedo.
Cuándo estaba hambriento.
Cuándo estaba feliz.
Sí.
Feliz.
Nunca pensé que una criatura de aquel lugar pudiera verse feliz.
Pero Mahua sí.
Sobre todo cuando descubríamos algo nuevo.
Una noche encontramos un cielo despejado.
Completamente despejado.
Habíamos caminado lejos de la cueva siguiendo un grupo de luces extrañas entre la nieve y terminamos en la cima de una colina enorme.
Recuerdo el momento exacto en que levanté la vista.
El cielo explotaba de estrellas.
Miles.
No.
Millones.
Jamás había visto algo así.
En el mundo real las ciudades devoraban el cielo con luces artificiales. Pero allí…
allí el universo entero parecía abierto sobre nosotros.
Y entonces apareció la aurora boreal.
No como las luces suaves que muestran las fotografías.
Esto era diferente.
Gigantesco.
Vivo.
Corrientes verdes y azules comenzaron a atravesar el cielo como océanos luminosos moviéndose entre las estrellas. Las luces danzaban lentamente sobre las montañas nevadas mientras el mundo entero quedaba cubierto de colores imposibles.
Mahua levantó la cabeza observándolas fascinado.
Sus ojos brillaron exactamente igual que el cielo.
Aurora boreal.
Sí.
Ese nombre jamás habría podido pertenecerle a otra criatura.
Me senté sobre la nieve sin importar el frío.
Y lloré.
Otra vez.
Pero no de tristeza.
Porque después de tantos años de oscuridad…
había olvidado que el mundo todavía podía ser hermoso.
Mahua se acercó lentamente y apoyó la cabeza sobre mi hombro.
Yo cerré los ojos.
—Creo que voy a llamarte Mahua.
La criatura movió apenas las orejas.
—Necesitas un nombre… algo para que entiendas cuándo hablo contigo…
Lo miré sonriendo débilmente.
—Mahua.
Repetí.
—¿Te gusta?
Él soltó un pequeño sonido grave.
Y decidí que eso significaba sí.
Los años comenzaron a pasar.
De verdad.
Años enteros.
Y nosotros seguíamos allí.
Sobreviviendo.
Al principio llevaba la cuenta marcando las paredes de la cueva.
Después las piedras ya no alcanzaron.
Entonces empecé a usar trozos de madera.
Después dejé de hacerlo.
Porque el tiempo dejó de tener sentido.
Mi cuerpo no cambiaba.
Y eso empezó a asustarme más que las criaturas.
Veía mi reflejo deformado en lagos congelados y seguía siendo la misma joven que despertó en la nieve.
Las heridas continuaban desapareciendo.
El hambre seguía doliendo.
El frío seguía quemando.
Pero yo no envejecía.
Mahua tampoco.
Eso fue peor.
Mucho peor.
Porque significaba que algo estaba profundamente mal en aquel mundo.
Recuerdo el día que lo entendí completamente. Solo sé que fue una noche, ya no logro recordarla, pero se extendió y durante los días siguientes continuó creciendo.
Subiendo por mi brazo como raíces negras.
Entré en pánico.
Pensé que estaba enferma.
Que finalmente iba a morir.
Pero no ocurrió.
La marca simplemente siguió extendiéndose lentamente hasta detenerse en mi pecho.
Mire a Mahua en silencio.
Creyendo que lo dejaría nuevamente solo en este mundo extraño.
Pero no fue así... Porque mi dolor, era su dolor.
Me di cuenta de que estábamos conectados.
De alguna manera horrible e imposible… aquel mundo nos había unido.
Después de eso comenzaron los sueños.
Sueños extraños.
Bosques gigantescos.
El tren.
El día en que todo se retorció.
Pasaron décadas.
Décadas enteras.
La pequeña criatura herida que había cargado contra mi pecho desapareció hace mucho tiempo. Su cuerpo oscuro atravesaba la nieve como una sombra viva y sus ojos seguían brillando con aquellos colores imposibles.
Pero jamás me hizo daño.
Nunca.
Se convirtió en mi hogar.
Y yo me convertí en el suyo.
Hablábamos constantemente aunque él jamás respondiera con palabras.
Le contaba historias del mundo real.
Ciudades enormes.
Música.
Océanos.
Trenes.
Le describía la lluvia cálida porque allí no existía.
Le hablé sobre el olor de las panaderías.
Sobre el verano.
Sobre las personas.
A veces me preguntaba si empezaba a olvidar rostros importantes.
Y eso me aterraba.
Porque significaba que aquel mundo me estaba borrando lentamente.
Pero Mahua permanecía.
Siempre.
A mi lado.
Hubo años terribles.
Años donde las tormentas destruyeron parte de la cueva.
Años donde criaturas enormes comenzaron a aparecer cerca de las colinas obligándonos a escondernos durante semanas enteras.
Una vez vimos algo caminar entre la ventisca.
Algo gigantesco.
Tan grande que los árboles temblaban a su paso.
Nunca vimos su cuerpo completo.
Solo una silueta imposible perdiéndose entre la nieve.
Mahua tembló.
Yo también.
Y entendí que incluso los monstruos de aquel mundo le tenían miedo a otras cosas.
Ciento cincuenta años.
Decirlo parece absurdo.
Imposible.
Pero los vivimos.
Cada invierno.
Cada tormenta.
Cada noche interminable.
Juntos.
Y aun así…
seguíamos sintiéndonos solos.
Porque el mundo entero estaba vacío.
O eso creíamos.
Hasta el día en que encontramos las huellas.
Recuerdo perfectamente aquella mañana.
El viento estaba tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Mahua caminaba delante de mí entre árboles cubiertos de hielo cuando de pronto se detuvo.
Su cuerpo entero se tensó.
Yo también.
—¿Qué pasa…?
Entonces las vi.
Marcas sobre la nieve.
No eran patas.
No eran garras.
Eran huellas humanas.
Mi corazón dejó de latir por un instante.
Me acerqué lentamente.
Temblando.
Una.
Dos.
Tres.
Recientes.
Muy recientes.
Mahua soltó un gruñido bajo.
Y yo…
yo sentí miedo.
Pero también algo peor.
Esperanza.
Porque después de ciento cincuenta años…
Quizás finalmente ya no éramos las únicas criaturas perdidas en aquel mundo congelado.