Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
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Capítulo 4: La Llamada del Eclipse
En el Gran Salón de la Manada Colmillo de Plata, la música folclórica y las risas ahogaron rápidamente el recuerdo del destierro de Astra. Los barriles de hidromiel corrían libres y los guerreros golpeaban sus jarras contra las mesas, celebrando la nueva era de prosperidad militar que Irina Volkov traería al trono.
Logan permanecía de pie junto a su nueva Luna, recibiendo los brindis de los comandantes. Irina reía con delicadeza, entrelazando sus dedos con los de él, asegurándose de que toda la corte viera las suntuosas joyas que ahora adornaban sus manos. Todo era perfecto. El poder político estaba consolidado y la molesta Omega ya no era más que un desecho en la frontera.
De repente, a mitad de una frase, el color abandonó el rostro de Logan.
Una punzada de dolor, tan fría y afilada como un iceberg, le atravesó el centro del pecho. El vaso de cristal que sostenía resbaló de sus dedos, estrellándose contra el suelo de piedra.
—¿Logan? —Irina ladeó la cabeza, su sonrisa desvaneciéndose al notar la repentina rigidez de su Alpha— ¿Qué ocurre?
Logan no pudo responder. Su garganta se cerró por completo mientras una agonía fantasma e inexplicable lo doblegaba. Se llevó ambas manos al pecho, desgarrando la tela de su uniforme militar en un intento desesperado por respirar. El dolor mutó; ya no era un pinchazo, sino la sensación de que su propia esencia biológica se estaba pudriendo desde el interior.
Ante el horror de los invitados, el futuro Alpha cayó de rodillas, golpeando el mármol. Su pecho se convulsionó violentamente y, tras una dolorosa arcada, escupió un hilo de sangre negra y espesa que salpicó el suelo.
El lazo espiritual que acababa de cortar a la fuerza no era el de una Omega ordinaria. Al arrancar el vínculo sagrado, Logan no había liberado una carga; había dejado una herida abierta, infectada y purulenta en su propia alma de Alpha. La magia de la manada comenzó a desestabilizarse en sus venas, devorando su fuerza mística a una velocidad alarmante.
Mientras el caos se apoderaba de la Manada Colmillo de Plata, a kilómetros de distancia, la tormenta invernal golpeaba las torres góticas del Castillo de Ceniza. El lugar, una imponente fortaleza oculta por la niebla perpetua de las tierras neutrales, parecía deshabitado por el mundo de los vivos.
En lo más profundo de las catacumbas, donde el silencio reinaba desde hacía casi medio siglo, el aire se volvió repentinamente denso.
En el centro del mausoleo real reposaba un pesado sarcófago de piedra negra, sellado con runas de sangre ancestral. Allí dentro descansaba un mito. Una pesadilla que las manadas de lobos y las cortes de vampiros usaban para asustar a sus cachorros: Valerius, el Rey Hereje. El único híbrido ancestral sobreviviente, nacido de la unión prohibida entre un vampiro puro y una licántropo exiliada.
De pronto, una vibración telúrica sacudió las paredes de la cripta.
Las runas de sangre sobre el sarcófago comenzaron a brillar, no con el rojo habitual, sino con un destello dorado y opaco. El aire dentro de la tumba se calentó hasta el punto de ebullición. El pecho de Valerius, dormido en un letargo que debía durar cien años más, se expandió con una bocanada de aire salvaje. Una quemadura mística, ardiente y violenta, acababa de encender su corazón inmortal.
Las runas estallaron. El ataúd de piedra se fragmentó en mil pedazos, enviando metralla de roca contra las columnas de la cripta en una explosión de poder puro.
De entre el polvo y los escombros de la piedra destruida, Valerius se levantó.
Su presencia física era colosal, midiendo casi dos metros de pura musculatura letal y piel pálida como el mármol. El cabello oscuro le caía desordenado sobre los hombros, y al abrir los párpados, sus ojos carmesí brillaron en la penumbra con la intensidad de dos brasas ardientes. Un aura de terror puro, una mezcla asfixiante de la sed de sangre de un depredador nocturno y el dominio territorial de un lobo Alfa, emanó de su cuerpo, haciendo que los murciélagos de las catacumbas cayeran muertos al suelo por el shock espiritual.
Valerius exhaló un suspiro pesado, sus afiladas garras extendiéndose de sus dedos mientras apretaba los puños. Su mente seguía nublada por décadas de sueño, pero su cuerpo respondía a un instinto mucho más antiguo que su propia existencia.
Se llevó una mano temblorosa al pectoral izquierdo. La piel allí le ardía, humeando levemente.
Frente a sus ojos, una marca mística comenzó a grabarse a fuego directo en su carne inmortal. El tejido se abrió en líneas oscuras, silbando por el calor, dando forma al diseño prohibido: un lobo rugiendo, envuelto por una luna negra en eclipse total.
El Lazo de Eclipse. La profecía del Tercer Linaje se había activado. Las venas de Valerius se tiñeron de un color negro azulado mientras una sed biológica, incontrolable y posesiva, se apoderaba de su juicio. No era sed de sangre ordinaria. Era la necesidad absoluta de reclamar, proteger y devorar al alma gemela que el universo le acababa de asignar.
Valerius subió las escaleras de la cripta con zancadas felinas, llegando al balcón principal del castillo que daba hacia el Bosque de las Cenizas. La tormenta de nieve y lluvia azotaba su rostro pálido, pero él ni siquiera parpadeó.
Cerró los ojos e inhaló profundamente, expandiendo sus sentidos sobrenaturales a través de los kilómetros de naturaleza salvaje.
El viento traía mil olores, pero entre todos ellos, una fragancia específica golpeó su cerebro como un mazo: el aroma a sangre pura, a lluvia dulce y a ceniza mística. Era el rastro de su compañera. Pero junto a ese olor divino, también venía el hedor rancio de los Lobos de la Sombra y el aroma del miedo absoluto.
Valerius abrió los ojos, sus pupilas devoradas por un rojo carnívoro y salvaje. Siseó con una voz ultraterrenal que hizo temblar los cimientos de la fortaleza:
—Mi mate... está muriendo.
Antes de que el eco de su propia voz se apagara, el cuerpo de Valerius se disolvió en una sombra borrosa y compacta. Saltó desde el balcón de la torre, desafiando la gravedad, y salió disparado a la velocidad del rayo hacia las profundidades del bosque prohibido, listo para masacrar a cualquier criatura que osara tocar lo que ahora le pertenecía.