Su padre debía millones.
Él necesitaba una esposa.
Ella fue la garantía.
Cuando Alessia Lombardi es obligada a casarse para pagar la deuda millonaria de su padre, descubre que su nuevo esposo no es solo un hombre frío y poderoso, sino el heredero de una de las organizaciones más peligrosas del país. El contrato es claro: un año de matrimonio, sin amor y sin sentimientos. Pero nadie les advirtió que el odio puede transformarse en algo mucho más intenso.
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CAPITULO-1
...LA DEUDA...
El día que mi padre perdió todo, yo también dejé de ser libre.
La casa estaba en silencio, pero no era un silencio normal. Era pesado. Tenso. Como si las paredes supieran algo que yo aún no entendía.
—Alessia, baja —ordenó mi padre desde el despacho.
Su voz no temblaba, pero estaba más grave de lo habitual.
Bajé las escaleras con el presentimiento incómodo instalado en el pecho. Al llegar, lo vi sentado frente a dos hombres vestidos de negro. Trajes impecables. Miradas frías. No parecían abogados. Tampoco policías.
Eran algo peor.
Uno de ellos estaba de pie, junto a la ventana. Alto. Espalda recta. Manos dentro de los bolsillos del pantalón oscuro. No necesitaba hablar para imponer presencia.
Cuando giró ligeramente el rostro, el aire en mis pulmones se volvió más denso.
Ojos oscuros. Fríos. Analíticos.
Me estaba evaluando.
—Siéntate —dijo mi padre.
No pregunté. Obedecí.
—Alessia —continuó él—, necesitamos hablar de algo importante.
Sentí que algo se rompía antes incluso de escuchar la explicación.
—Tu padre tiene una deuda —intervino el hombre sentado frente a nosotros. Su tono era sereno, casi educado—. Una deuda considerable.
Miré a mi padre.
Él evitó mis ojos.
—¿Cuánto? —pregunté, aunque sabía que no me gustaría la respuesta.
—Cinco millones —respondió el hombre de pie, finalmente hablando.
Su voz era profunda. Segura. Sin emoción.
Cinco millones.
El número no parecía real.
—Eso es imposible —susurré.
—No lo es —replicó él—. Y tampoco es negociable.
El despacho se hizo más pequeño.
—He ofrecido propiedades —dijo mi padre con desesperación—, acciones, todo lo que tengo.
—No es suficiente —respondió el hombre de pie, ahora mirándolo con frialdad absoluta.
—Entonces ¿qué quieren? —pregunté, sintiendo cómo el miedo empezaba a transformarse en rabia.
El silencio que siguió fue calculado.
El hombre alto dio un paso hacia adelante.
—Una solución alternativa.
Mi corazón golpeaba con fuerza.
—Mi organización no suele ser paciente con las deudas —continuó—. Sin embargo, estoy dispuesto a aceptar un acuerdo diferente.
—¿Qué tipo de acuerdo? —pregunté, aunque en el fondo ya temía la respuesta.
Sus ojos se clavaron en los míos.
No en mi padre.
En mí.
—Matrimonio.
La palabra cayó como un disparo.
—¿Qué? —me levanté de inmediato—. Esto es una broma.
Nadie sonrió.
—Un año —explicó con calma—. Matrimonio legal. Público. Sin interferencias. Al finalizar el contrato, la deuda quedará completamente anulada.
Miré a mi padre, esperando que negara todo.
Pero no lo hizo.
—No puedes estar considerando esto —mi voz comenzó a quebrarse—. Dime que no estás considerando esto.
—Es la única forma —murmuró él, derrotado.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—No soy un objeto —dije, girándome hacia el hombre de traje oscuro—. No puedes comprarme.
—No te estoy comprando —respondió con frialdad—. Estoy ofreciendo una solución.
—Es lo mismo.
—No exactamente.
Se acercó un poco más. Lo suficiente para que pudiera percibir el aroma limpio y elegante de su perfume.
—Te convertirías en mi esposa. Legalmente. Con todas las protecciones que eso implica.
—¿Protecciones? —reí con incredulidad—. ¿De qué exactamente?
—Del mundo real.
Su tono no era arrogante. Era seguro.
Eso lo hacía más peligroso.
—No quiero tu mundo —repliqué.
—No es cuestión de quererlo.
Mi padre se levantó entonces.
—Alessia… si no aceptas, no sé qué harán.
Lo miré.
Y entendí.
Esto no era una propuesta romántica. Ni siquiera era un simple acuerdo.
Era una amenaza disfrazada de contrato.
—¿Y si me niego? —pregunté, volviendo a mirarlo.
El hombre sostuvo mi mirada sin pestañear.
—No te obligaré físicamente —dijo—. Pero tu padre no podrá pagar. Y las consecuencias no serán agradables.
El mensaje era claro.
Si decía que no, mi padre pagaría el precio.
Y no en dinero.
Mi orgullo quería gritar.
Mi miedo quería correr.
Pero mi familia…
Mi familia me había criado sola después de que mi madre muriera. Había cometido errores, sí. Muchos. Pero seguía siendo mi padre.
Cerré los ojos un segundo.
Cuando los abrí, ya no era la misma chica que había bajado esas escaleras.
—Un año —dije con voz firme—. ¿Y después?
—Serás libre —respondió él.
—¿Sin condiciones ocultas?
—El contrato será claro. No compartiremos habitación si no lo deseas. No interferiré en tus estudios. No tocaré nada que no sea mío.
—¿Y qué exactamente sería tuyo? —pregunté, desafiándolo.
Su mirada se oscureció apenas.
—Eso lo discutiremos después de la firma.
Silencio.
Mi padre respiraba con dificultad.
Yo estaba al borde de un abismo invisible.
—Dime tu nombre —exigí.
Si iba a arruinar mi vida, al menos quería saber cómo se llamaba.
—Thiago Russo.
El nombre encajaba con su presencia.
Poderoso. Cortante.
—Alessia Lombardi —respondí, aunque ya lo sabía.
—Lo sé.
Claro que lo sabía.
—Quiero ver el contrato —dije finalmente.
Mi padre dejó escapar un suspiro tembloroso.
Thiago hizo un gesto y el otro hombre colocó una carpeta sobre el escritorio.
Cláusulas. Fechas. Firmas requeridas.
Todo era real.
Todo estaba preparado.
—Parece que ya estabas seguro de que aceptaría —murmuré.
—No hago propuestas sin calcular probabilidades.
Arrogante.
Frío.
Pero no mentía.
Tomé el bolígrafo.
Mi mano tembló apenas, pero la mantuve firme.
Si iba a entrar en su mundo, no lo haría como una víctima.
Firmé.
El sonido de la tinta deslizándose sobre el papel fue más fuerte de lo que esperaba.
Thiago observó cada movimiento.
Cuando terminé, él tomó el bolígrafo y firmó con calma absoluta.
Listo.
Un matrimonio sellado sin vestido blanco.
Sin amor.
Sin elección.
Se acercó lo suficiente para que solo yo pudiera escucharlo.
—A partir de ahora —murmuró—, eres mi esposa.
Lo miré directamente.
—Es solo un contrato.
Una leve sombra de algo —diversión, quizá— cruzó su expresión.
—Eso lo veremos, Alessia.
Y en ese momento entendí algo que me heló la sangre.
Yo había firmado un año de matrimonio.
Pero tal vez acababa de firmar algo mucho más peligroso.