¿Y si el mayor fracaso de tu vida fuera, en realidad, el comienzo de tu historia de amor?
Valeria creyó que reprobar una materia era el fin de su camino. Mientras veía a sus compañeros avanzar, ella tuvo que regresar a un salón que jamás imaginó volver a pisar.
Gabriel, un estudiante que apenas iniciaba su primer semestre de medicina, llegó con la ilusión de cumplir el sueño de convertirse en médico. Lo que no esperaba era encontrar a una joven de mirada melancólica que, sin proponérselo, cambiaría su vida para siempre.
Entre clases interminables, noches de estudio, guardias, cafés compartidos y el peso de una carrera que exige el corazón tanto como la mente, nacerá un amor capaz de demostrar que el destino nunca se equivoca.
Porque hay encuentros que no ocurren por casualidad.
Hay personas que llegan justo cuando creemos haberlo perdido todo.
Y, a veces, la materia que más duele repetir... es la misma que termina enseñándote la lección más importante de tu vida.
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Dos corazones, dos silencios
Capítulo 24
Dos corazones, dos silencios
El campus nunca había parecido tan grande.
Los mismos pasillos donde Gabriel y Valeria solían caminar tomados de la mano ahora se sentían interminables. Las escaleras, la cafetería, la biblioteca e incluso el parque donde habían compartido su primer beso parecían guardar el eco de una historia que, por primera vez, había quedado en pausa.
Habían pasado cinco días desde que decidieron terminar la relación.
Cinco días sin mensajes de buenos días.
Cinco días sin cafés compartidos.
Cinco días fingiendo que todo estaba bien.
Pero nada lo estaba.
Aquella mañana, Gabriel llegó temprano por costumbre. Compró dos cafés y, solo cuando el vendedor le entregó el segundo vaso, recordó que ya no tenía a quién dárselo.
Se quedó inmóvil unos segundos.
Después sonrió con tristeza.
—Supongo que todavía me cuesta acostumbrarme...
Daniel, que acababa de llegar, observó la escena.
—¿Todavía compras dos?
Gabriel bajó la mirada.
—Sin darme cuenta.
Daniel tomó uno de los vasos.
—Entonces hoy me salvarás del sueño.
Gabriel dejó escapar una pequeña risa.
—Al menos alguien lo aprovechará.
Aunque intentaba mostrarse fuerte, Daniel notaba el cansancio en sus ojos. Dormía poco y hablaba menos.
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En otro edificio de la facultad, Valeria estudiaba junto a Lucía, Camila, Sofía y Mariana.
Tenía el libro abierto, pero llevaba varios minutos leyendo la misma página.
—Vale... —dijo Lucía con suavidad—. No estás leyendo.
Ella cerró el libro lentamente.
—Lo intento.
—Lo sabemos.
Camila tomó su mano.
—No tienes que fingir con nosotras.
Los ojos de Valeria se llenaron de lágrimas.
—Lo extraño demasiado.
Mariana la abrazó.
—¿Entonces por qué terminaron?
Valeria respiró profundamente.
—Porque sentíamos que la presión nos estaba cambiando. Pensé que alejarnos unos días nos ayudaría a no destruir todo lo bonito que habíamos construido.
Sofía suspiró.
—El problema es que ahora también están sufriendo separados.
Valeria bajó la cabeza.
—Lo sé...
Y duele más de lo que imaginé.
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Esa tarde comenzaron las actividades del congreso.
Los estudiantes de distintas universidades llenaban el auditorio principal.
Gabriel y Valeria estaban sentados en filas diferentes.
Era extraño.
Meses atrás habrían buscado sentarse juntos.
Ahora apenas se dedicaron un pequeño saludo con la cabeza.
El profesor de la facultad los reunió antes de entrar.
—Recuerden que representan a nuestra universidad. Confío plenamente en ustedes.
Todos respondieron con un firme:
—Sí, profesor.
La primera prueba fue exigente.
Casos clínicos, decisiones rápidas y trabajo bajo presión.
Gabriel resolvió cada situación con serenidad.
Valeria hizo lo mismo en su equipo.
Pero, aunque ambos daban lo mejor de sí, había algo que les faltaba.
Al terminar la jornada, el profesor se acercó a Gabriel.
—Excelente trabajo.
Él sonrió con educación.
—Gracias.
Sin embargo, por dentro no sentía ninguna alegría.
Buscó a Valeria con la mirada.
La encontró al otro lado del auditorio.
Ella también lo estaba observando.
Durante unos segundos, ninguno apartó la vista.
Después cada uno siguió su camino.
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Aquella noche, el grupo decidió cenar junto antes de regresar al hotel donde se hospedaban.
Daniel intentó animar el ambiente.
—Propongo que hoy nadie hable del examen.
Lucía sonrió.
—¿Y de qué hablamos?
—De cualquier cosa.
Hasta de recetas de cocina, si hace falta.
Las risas aparecieron, pero duraron poco.
El vacío que dejaba la ausencia de Gabriel y Valeria como pareja era evidente para todos.
Cuando terminaron de cenar, Gabriel salió solo a caminar por el jardín del hotel.
El lugar estaba iluminado por pequeñas luces entre los árboles.
Se sentó en una banca y sacó del bolsillo una fotografía.
Era la imagen que se habían tomado el día que comenzaron a ser novios, en el parque cerca de la facultad.
Sonrió con nostalgia.
—Te extraño...
Susurró para sí mismo.
En ese mismo momento, Valeria salió al balcón de su habitación.
Llevaba entre las manos la libreta azul que Gabriel le había regalado semanas atrás.
La abrió por primera vez.
En la primera página encontró una frase escrita con la letra de Gabriel.
"Si algún día dudas de ti, recuerda que yo vi tu luz incluso cuando tú solo podías ver oscuridad."
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
Cerró la libreta y la abrazó contra su pecho.
—¿Por qué tenía que ser tan difícil?
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Al día siguiente, antes de iniciar la segunda jornada del congreso, ocurrió algo inesperado.
Uno de los profesores pidió voluntarios para resolver un caso clínico frente a todos los asistentes.
El silencio llenó el auditorio.
Entonces el profesor pronunció dos nombres.
—Gabriel Herrera.
—Valeria Morales.
Ambos levantaron la vista al mismo tiempo.
—Necesito que trabajen juntos.
Durante unos segundos, ninguno se movió.
Daniel observó la escena desde el fondo del auditorio.
Lucía sonrió discretamente.
Camila le susurró a Sofía:
—Tal vez el destino todavía no terminó con ellos.
Gabriel caminó hacia el escenario.
Valeria hizo lo mismo.
Quedaron frente a frente por primera vez desde la ruptura.
No sabían si serían capaces de trabajar juntos.
No sabían si el dolor les permitiría pensar con claridad.
Pero una cosa era segura.
El destino acababa de volver a reunirlos en el mismo lugar donde todo había comenzado: uno al lado del otro, enfrentando un nuevo desafío.
Y quizás, sin que ninguno de los dos lo sospechara, aquella sería la primera oportunidad para descubrir que algunas historias de amor no terminan con un adiós... sino con la valentía de volver a escucharse.