Natalia Serrano ha estado casada con Damián Santillán durante tres años. Un matrimonio construido por medio de un contrato con su familia y aunque durante ese tiempo, ella creyó que Damián podría llegar a amarla, estaba equivocada.
Con el regreso de Jimena, el primer amor de Damián, este solo muestra preferencias hacia ella sin importarle el dolor que causa en Natalia. Pero, justo cuando Natalia decide que ya no puede más y decide darle su libertad, Damián se niega a dejarla a ir, pero, aun así, no le da su lugar, sigue siendo frío, hiriente y le da el favoritismo a Jimena. ¿Qué es lo que realmente quiere Damián de ella?, ¿Por qué seguirla atando a un matrimonio que la hace sufrir?
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Capítulo 10
Capitulo 10
Al día siguiente me fui a la costa.
Vale lo llamo vacaciones de emergencia. Adrián lo llamo extracción humanitaria. El doctor Santiago Medina, amigo de Adrián, solo dijo que me convenia respirar aire que no tuviera el apellido Santillán flotando encima.
No discutí.
Empaque dos vestidos, la cámara de mi madre y el convenio de divorcio. No sabia por que lo llevaba. Tal vez porque ya se había vuelto mi amuleto: un montón de hojas que probaban que todavía existía una salida.
Tomamos un vuelo a Huatulco.
El mar me recibió con una luz brutal.
Azul, abierto, indiferente a mis dramas.
Vale correo hacia la arena con los zapatos en la mano.
--Nati, mira esto. Esto cura divorcios.
--Todavía no estoy divorciada.
--Detalles administrativos.
Adrián se rio y le quito mi maleta al chofer.
--Tu solo camina, prima. Si te caes, Santiago cobra barato.
El doctor lo miro.
--No cobro barato.
Por primera vez en días, me reí sin que doliera.
Pasamos la tarde sin hablar de Damián. Eso fue el regalo. Caminamos por la playa, tomamos agua de coco, comimos pescado a la talla en una palapa donde nadie sabia quien era yo ni a quien había amado mal.
Santiago me tomo el pulso después de comer.
--Sigues tensa.
--Estoy en la playa.
--Tu cuerpo no se entero.
No supe que contestar.
Él no insistió. Solo me paso una botella de agua.
--Descansa. No tienes que estar bien para que esto valga la pena.
Esa noche subimos a una lancha para ver las luces del puerto desde lejos. El cielo estaba lleno de estrellas. Vale cantaba mal. Adrián la grababa para chantajearla después. Santiago miraba el mar con esa calma de gente que sabe esperar.
Yo pensé en mi luna de miel con Damián.
No quería.
Pero la memoria no pide permiso.
Recordé Islandia, el frio, su mano abrochándome la bufanda. Recordé Europa, una habitación con balcón, su voz diciéndome que yo merecía todo lo bueno del mundo. Recordé haberle creído.
--¿Estas aquí? --pregunto Vale, tocándome la rodilla.
--Si.
Mentira pequeña.
Mentira necesaria.
Al volver al hotel, abrí la puerta de mi suite y la luz se encendió sola.
Damián estaba sentado en el sofá.
Traje oscuro, ojos rojos, la camisa abierta en el cuello. Parecía no haber dormido.
El corazón se me fue al estomago.
--¿Qué haces aquí?
--Vine por mi esposa.
Cerré la puerta detrás de mi.
--Tu esposa esta de vacaciones.
--Con un hombre.
--Con mi amiga, mi primo y un médico.
--Vi las fotos.
Claro.
Mi publicación: yo sonriendo frente al mar, Adrián atrás haciendo una mueca, Vale levantando dos dedos, Santiago apenas en una esquina.
Damián había visto lo que quería ver.
--Entonces también viste que estoy bien.
--Te ves feliz.
--Lo estaba.
La palabra lo golpeo.
--¿Con él?
--Sin ti.
Sus ojos se oscurecieron.
--Cuidado con lo que dices.
Deje la cámara sobre la mesa.
--No estoy en tu casa. No estoy en tu empresa. No esta Jimena para llorarte en el pecho. Aquí no tienes público.
--Tu no sabes nada de Jimena.
--Se demasiado.
--No. Solo escuchas lo que te conviene.
--Y tú solo oyes cuando te estoy dejando.
Damián cruzo la habitación en dos pasos.
Me acorralo contra la pared.
No me toco al principio.
Eso fue casi peor.
--Sigues siendo mi esposa.
--No por mucho.
--Mientras lo seas, compórtate como tal.
La rabia me subió limpia.
--¿Cómo tu te comportas como esposo?
Su mano golpeo la pared junto a mi cabeza.
Me estremecí.
Él lo noto.
Y aun así me beso.
No fue un beso tierno. Fue una reclamación. Una pregunta sin derecho. Una manera desesperada de callar lo que no quería escuchar.
Lo empuje.
--Damián, basta.
Él me levanto en brazos y me llevo hacia la cama.
El miedo llego tarde, pero llego entero.
--Estoy en mis días --dije, con la voz quebrada--. No puedes obligarme.
Se detuvo.
Como si lo hubiera abofeteado.
--¿Eso crees de mi?
Me aparte, agarrando mi blusa contra el pecho.
--Ya no se que creer.
Su cara se rompió un segundo.
Después se endureció.
--No te creas tanto, Natalia. ¿Qué tienes tú para que yo tenga que obligarte? Tres años contigo y ya me canse. No le llegas ni a los talones a Jimena.
No grito.
Por eso dolió mas.
Me quede mirando su boca.
Esa boca que me había dicho que yo era lo mejor del mundo.
Ahora me dejaba en el piso.
Damián salió.
Yo no me moví hasta escuchar el elevador.
Entonces me senté junto a la cama, abrace mis rodillas y llore como si por fin alguien hubiera apagado la ultima luz.