Algo crudo y nuevo, un reflejo de los problemas en la vida real.
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El Fin del Imperio.
El bajo pesado y distorsionado de una marcha militar rota retumbaba en las sienes de Leo, un ritmo furioso y mecánico que marcaba cada paso que daba sobre los adoquines helados de la explanada sur. A su lado, Kassandra avanzaba con el rostro endurecido por una calma absoluta, con las manos firmemente abrochadas a los arneses de sus armas. No había palabras. No hacían falta negociaciones ni parlamentos solemnes con un imperio que llevaba semanas devorándose a sí mismo.
A cien pasos frente a ellos, los gigantescos portones de hierro forjado del primer anillo de Aethelgard se alzaban como una última y patética barrera, con las almenas repletas de arqueros imperiales que apuntaban con los nudillos blancos y el aliento congelado.
—¡Alto ahí! ¡Identifíquense o serán abatidos! —bramó un oficial desde la garita superior, con la voz quebrada por el eco del pánico que intentaba disimular a gritos.
Leo ni siquiera se detuvo. Metió la mano en el fardo que llevaba al hombro y sacó un par de cargas de demolición rústicas, un artefacto de pólvora compacta y metralla que el propio Garrik les había preparado para abrir portillos de esta clase. Con un movimiento seco, encendió la mecha con una chispa rápida, dejando que el chispazo chisporroteara con un brillo rojo e hipnótico contra el gris del cielo.
—Saluda al rey de mi parte —murmuró Leo para sí mismo.
Lanzó la carga con la precisión de un relojero, incrustándola de lleno entre los goznes principales de la enorme puerta de roble y hierro.
El estallido que siguió no fue un simple sonido; fue un trueno metálico que hizo temblar los cimientos de la calle entera, desgarrando la madera en astillas gigantescas y abriendo un boquete humeante de fuego y metal retorcido. Los centinelas de las almenas salieron disparados por los aires o cayeron al vacío entre gritos ahogados, devorados por la onda expansiva y una densa nube de humo negro que lo cubrió todo.
Al compás del riff furioso que estallaba en la mente de Leo, las puertas cedieron y se derrumbaron hacia adentro con un estruendo ensordecedor.
Kassandra desenfundó sus armas con un par de chasquidos metálicos idénticos, y los revólveres de Leo salieron de sus fundas con la fluidez letal de una máquina diseñada exclusivamente para matar. Cruzaron el umbral humeante de la capital imperial, pisando los escombros humeantes del primer anillo, con los ojos fijos en el interior de la ciudad. El espectáculo que los recibió era un cementerio a cielo abierto: calles desiertas, olor a pólvora y carne quemada, y el eco lejano de las campanas de palacio repicando a muerto.
El imperio había querido cerrar el mundo para protegerse de ellos. Ahora tendrían que aprender a vivir con las consecuencias.
El polvo y las astillas aún llovían sobre el suelo calcinado cuando la verdadera carnicería táctica comenzó a desplegarse.
Mientras el humo del boquete principal servía como una gigantesca cortina de distracción, atrayendo las miradas aterrorizadas y los cañones de las pocas defensas restantes hacia Leo, un movimiento sincronizado y letal se materializó por el flanco izquierdo. Kassandra no había cruzado junto a él por el portón reventado; su mente estratega ya había trazado el verdadero movimiento de pinza.
Saliendo de entre los callejones laterales y trepando con agilidad por las estructuras secundarias que flanqueaban el primer anillo, una línea de milicianos veteranos avanzó en silencio bajo su mando directo. No iban cargados con espadas desenvainadas, sino con pesadas ballestas de asedio y arcos reforzados.
Kassandra se alzó sobre una saliente de piedra rota, con el rostro frío y los ojos verdes fijos en las almenas superiores del muro circundante, donde los últimos arqueros imperiales intentaban reorganizarse tras la explosión.
—¡Fuego a discreción! ¡No dejen que levanten la cabeza! —ordenó Kassandra con voz cortante, al tiempo que ella misma alzaba su ballesta y accionaba el gatillo con una precisión quirúrgica.
El zumbido seco y letal de las saetas cortó el aire embravecido. En cuestión de segundos, una lluvia cerrada de proyectiles metálicos barrió las pasarelas superiores. Los centinelas imperiales, que apuntaban hacia abajo esperando un asalto frontal tradicional, cayeron abatidos uno tras otro desde las alturas, desplomándose pesadamente contra los adoquines exteriores en un estertor seco.
La irrupción por el flanco rompió por completo el sistema nervioso de la defensa. Los pocos oficiales que intentaban dar órdenes a gritos en la plaza interior se encontraron atrapados en un fuego cruzado implacable: al frente, la presencia intimidante y despiadada de Leo avanzando entre los escombros con las Peacemaker humeantes; y a los flancos, la disciplina miliciana de Kassandra destrozando cada torre de vigilancia y cada nido de tiradores antes de que pudieran disparar un solo virote.
El imperio ya no tenía a dónde mirar, y cada sombra en las esquinas de Aethelgard se había convertido en un ejecutor.
El humo denso y acre de la explosión sirvió de sudario para la entrada de Leo. Avanzó a través de la brecha humeante con paso firme y deliberado, envuelto en la penumbra y el olor a pólvora quemada, transformándose en la encarnación misma de la pesadilla que el imperio llevaba meses intentando conjurar.
Apenas las siluetas de los primeros guardias imperiales comenzaron a recortarse entre la neblina, gritando órdenes frenéticas y levantando los rifles, el infierno se desató.
Las dos Peacemaker rugieron al unísono en sus manos con un estruendo metálico y ensordecedor. No hubo advertencias ni llamados a la rendición; cada movimiento era una coreografía letal y milimétrica nacida de años de experiencia y supervivencia. Doce tiros en total, una docena de piezas de plomo y fuego distribuidas con una precisión quirúrgica que destrozó la línea de defensa improvisada en segundos.
¡Bang!
El primer oficial que intentaba apuntar con su pistola cayó de espaldas, con el pecho perforado antes de que su dedo pudiera apretar el gatillo.
¡Bang! ¡Bang!
Los destellos naranjas de los cañones cortaban la oscuridad del humo, iluminando por fracciones de segundo el rostro impasible y helado de Leo. Cada giro de los cilindros y cada martillazo accionado con el pulgar se sucedían con una velocidad aterradora. A su izquierda, dos soldados con armaduras de la guardia real se desmoronaron contra el suelo empedrado antes de comprender de dónde venía la muerte; a su derecha, el eco de los impactos rebotaba contra los muros de piedra de la avenida principal como un trueno continuo.
El cargador de doce balas se vació en un parpadeo de fuego, humo y casquillos humeantes que tintineaban al caer sobre los adoquines. Cuando el último eco del martillo golpeando en vacío resonó en la calle, el silencio se apoderó de la plaza por un segundo eterno. Frente a Leo, la primera línea de resistencia de Aethelgard yacía completamente deshecha, convertida en una masa inerte de metal y sangre.
Con un movimiento fluido, mecánico y aprendido de memoria, Leo giró las muñecas para liberar los tambores vacíos de ambas armas, dejando caer los casquillos calientes al suelo, mientras sus dedos ágiles ya deslizaban los nuevos cartuchos en las recámaras con la misma calma con la que un relojero ajustaba sus engranajes. El camino hacia el corazón de la capital estaba abierto, y la música de fondo seguía sonando en su cabeza, marcando el ritmo de un final inevitable.
Con los tambores de las Peacemaker recién recargados y chasqueando con una perfección mortal, Leo no se detuvo ni un solo segundo a recuperar el aliento. Cruzó la cortina de humo restante con el paso pesado de una apisonadora humana, internándose en las callejuelas estrechas que conectaban el primer anillo con los dominios interiores de la capital.
El eco de los disparos aún rebotaba en las fachadas de piedra cuando el sonido de una armadura arrastrándose reveló la presencia de un superviviente. Un oficial de la guardia real, con el peto destrozado y el rostro cubierto de hollín y sangre, tambaleaba saliendo de un soportal con un sable pesado en la mano, intentando interceptarlo en un último y patético estertor de lealtad.
Leo no levantó las pistolas. En su lugar, con un movimiento fluido y desprovisto de cualquier vacilación, deslizó la mano izquierda hacia su pecho y arrancó del arnés un cuchillo de combate de hoja ancha y oscura.
No era un arma común; forjado con acero recuperado en los hornos más profundos y oscuros de las zonas mineras del este, aquel cuchillo parecía absorber la luz del entorno. Tenía un filo desgastado pero aterradoramente letal, una reliquia cruda nacida en las entrañas del sufrimiento que el imperio mismo había desatado, y que ahora regresaba para cobrar la factura.
El oficial imperial lanzó un grito desesperado y se abalanzó con el sable en alto.
Leo esquivó la estocada con un giro seco de hombros, adentrándose en el punto ciego del soldado con la precisión de un depredador experimentado. Antes de que el hombre pudiera girar el brazo, Leo ya le había cruzado el pecho con el cuchillo infernal, abriendo una brecha limpia y profunda bajo la coraza.
El oficial boqueó buscando aire que nunca llegó, con los ojos inyectados en sangre mientras el frío acero oscuro le arrancaba la vida en un suspiro. Leo lo sostuvo un instante por el hombro antes de dejarlo caer pesadamente sobre el fango y la nieve sucia de la calle, sin dedicarle ni una sola mirada de desdén. Limpió el filo negro contra la manga de su abrigo, donde la hoja apenas retuvo una mancha oscura, y volvió a avanzar hacia el palacio. Las puertas del poder definitivo estaban a la vuelta de la esquina.
La capital se había convertido en un laberinto de muerte y piedra, y Leo avanzaba a través de él como una tormenta desatada. Ya no era solo una marcha táctica; era una carrera frenética hacia el corazón del régimen, impulsada por la furia contenida de años de exilio y sangre.
Al doblar la esquina hacia la gran avenida que conectaba el segundo anillo con la ciudadela imperial, un pelotón de la guardia de élite descendió en desbandada para cortarle el paso. Llevaban armaduras de placas completas y pesadas alabardas, formando una muralla de acero dispuesta a aplastarlo.
Leo no frenó. Se lanzó hacia adelante, rompiendo la distancia con una velocidad letal.
Con un revólver en cada mano y el cuchillo infernal fuertemente sujeto entre los dientes por la empuñadura, vació los primeros disparos a quemarropa. Las balas perforaron las viseras y las coyunturas de las armaduras de los dos primeros guardias, haciéndolos caer de rodillas con estrépito. El tercero intentó descargar un hachazo vertical con su alabarda, pero Leo se deslizó por el suelo en una rodada perfecta que pasó rozando el filo del arma enemiga.
Al levantarse de la pirueta, recuperó el cuchillo de la hoja oscura de un movimiento rápido con la mano libre, convirtiéndose en una sombra implacable entre las piernas de los caballeros.
Zas.
Un tajo limpio y brutal contra el tendón del talón del guardia más cercano. El enorme soldado imperial aulló de dolor, perdiendo el equilibrio al instante y desplomándose pesadamente sobre los adoquines cuando su pierna derecha dejó de sostenerlo. Antes de que el compañero de al lado pudiera girarse para asistir al herido, Leo saltó apoyándose en el escudo del caballero caído, impulsándose en el aire para esquivar otra estocada.
En pleno vuelo, giró el cuerpo, disparando los últimos cartuchos de sus Peacemaker hacia los tiradores apostados en los balcones superiores, acallándolos de inmediato, mientras caía en picada justo detrás del último oficial en pie. Con un movimiento seco, arrastró el cuchillo forjado en las brumas del infierno a lo largo de los tendones del tobillo del oficial, inhabilitándolo en cuestión de milisegundos.
El soldado cayó de rodillas, intentando inútilmente aferrarse a sus botas mientras la sangre teñía la nieve de rojo oscuro. Leo ni siquiera aminoró el paso. Cruzó por encima de los cuerpos caídos con las tres armas humeantes y listas, con la mirada clavada en las imponentes puertas del palacio principal que ya se alzaban a pocos metros, esperando el golpe final.
El eco de los disparos retumbaba como un trueno metálico en las paredes del patio interior, donde la última línea de la guardia personal del emperador intentó lo imposible: cerrar el círculo. Media docena de soldados con armaduras ceremoniales y escudos pesados se abalanzaron sobre Leo, acorralándolo en el centro de la plaza cubierta de ceniza y escombros.
Leo no retrocedió ni un solo milímetro. Con una calma helada y una velocidad casi inhumana, levantó las dos Peacemaker y desató una tormenta de plomo sin piedad alguna.
¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!
Los disparos consecutivos rugieron en una secuencia furiosa, perforando los escudos de madera reforzada y destrozando las corazas a quemarropa. Cada latido del tambor era una sentencia de muerte; las balas reventaban cascos, rompían extremidades y abrían brechas mortales en la formación enemiga. El humo de la pólvora cegaba el entorno, pero Leo giraba sobre su propio eje, vaciando los cilindros con una precisión quirúrgica, convirtiendo el desesperado círculo de hierro en un cementerio improvisado de acero humeante y sangre. Ninguno de los guardias logró cruzar la cortina de fuego.
Mientras los estallidos lejanos sacudían los cimientos de la gran ciudadela, el sonido amortiguado de la guerra penetró los gruesos muros de piedra del salón real.
Dentro de las dependencias privadas, en medio de la penumbra dorada de los tapices antiguos, el rey Valerius se encontraba de pie frente a un espejo de cuerpo entero. Con las manos temblorosas pero decididas, abrochaba las correas de su vieja armadura de campaña, la misma coraza ajada y marcada por mil batallas que había usado en su juventud, cuando el Imperio aún se forjaba a fuego y conquista, mucho antes de que la paranoia y la sangre lo consumieran todo. El metal crujía con rigidez bajo sus dedos.
A pocos pasos de distancia, la princesa observaba la escena en completo silencio, con el rostro pálido pero con una fría determinación reflejada en los ojos, sosteniendo la pesada espada real entre sus manos.
—Están aquí, ¿verdad? —preguntó la princesa con voz firme, aunque el eco de los disparos que resonaba desde el patio principal hacía inútil cualquier intento de engaño.
Valerius ajustó la última hebilla del peto y se giró lentamente hacia su hija, con los ojos hundidos por el insomnio y la locura, pero con el orgullo intacto de un soberano dispuesto a caer junto a su trono.
—Sí, hija mía... han venido a cobrar la cuenta —respondió el rey con una sonrisa amarga, tomando la empuñadura de la espada que ella le tendía—. Dicen que los fantasmas siempre regresan por lo que es suyo. Es hora de demostrarles de qué estamos hechos los reyes de Aethelgard.
El bajo pesado y vertiginoso de Ace of Spades comenzó a taladrar el aire como un motor enloquecido, marcando el compás exacto de una ejecución inminente.
Entre los cuerpos humeantes de la guardia real que acababa de derribar, Leo se detuvo en seco en medio del patio del palacio, con el humo de la pólvora todavía rizándose alrededor de sus botas. No había un segundo que perder. Con un movimiento felino y una fluidez insultante nacida de la pura adrenalina, lanzó los tambores vacíos de las Peacemaker hacia afuera, dejándolos colgar de sus ejes mientras giraba las muñecas en un giro seco y perfectamente sincronizado.
Sujetó un par de cargadores rápidos entre los dedos con la precisión de un tahúr en plena timba de medianoche. Sus manos volaron en un destello metálico: introdujo los seis cartuchos relucientes en el cilindro izquierdo con un chasquido seco, y repitió la maniobra con el derecho en un santiamén. Con un golpe de muñeca tan ágil como violento, hizo chasquear los revólveres al aire, cerrando los tambores de golpe con un giro de inercia mientras el ritmo frenético de la guitarra eléctrica estallaba en su cabeza.
Doce balas de plomo puro listas para la acción.
Ajustó las empuñaduras firmemente en sus palmas, con los ojos oscuros clavados en las imponentes puertas dobles del salón del trono que se alzaban al fondo de la escalinata. El imperio entero se caía a pedazos, y él era el huracán encargado de barrer los escombros.
El grito desgarró el aire cargado de humo, resonando con la fuerza de un trueno en la gran plaza central del palacio:
—¡Valerius! ¡Pagarás por tus crímenes y todo lo que le has hecho a estos ciudadanos!
Al tiempo que su voz retumbaba contra las estatuas de mármol y la gran fuente ornamental del centro —el mismo lugar donde, años atrás, los cortesanos y los guardias lo miraban con desprecio y lo señalaban como un bicho raro por no encajar en su miserable corte—, Leo desató el infierno.
Las dos Peacemaker escupieron fuego en una secuencia ininterrumpida, barriendo sin piedad a los últimos batallones que intentaban atrincherarse en los flancos de la plaza. Los disparos consecutivos sonaban como latigazos de trueno. ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! Cada bala encontraba su blanco con una precisión implacable, destrozando las formaciones defensivas que alguna vez lo habían marginado. Los guardias caían uno tras otro sobre los adoquines manchados de nieve y sangre, desplomándose junto a los bordes de la misma fuente donde antaño lo habían humillado con miradas de desdén.
Girando sobre sus talones con una agilidad letal, haciendo girar los revólveres con los dedos y vaciando los tambores con una furia fría y justiciera, Leo arrasó con todo lo que se interponía en su camino. Ya no quedaba rastro del marginado al que despreciaban; solo quedaba el verdugo.
Con los cañones humeantes y el eco de los doce disparos todavía rebotando en las paredes del palacio, Leo dio el paso definitivo hacia la escalinata principal, dejando atrás una plaza completamente limpia de tiranos y con la mirada fija en las grandes puertas de roble que conducían directamente al salón del trono.
A pocos metros de la plaza principal, el flanco occidental de Aethelgard se desmoronaba bajo una lluvia de fuego y metralla.
Kassandra se mantenía firme sobre una plataforma elevada de piedra, con el rostro cubierto de hollín y el arco de asedio firmemente sujeto contra su hombro. A su alrededor, la línea de milicianos desplegados en los tejados y callejones adyacentes operaba con una precisión implacable, convirtiendo la avanzada táctica en una demolición a escala industrial.
—¡Carguen con las cargas especiales! ¡Que no quede una sola vía de escape! —ordenó Kassandra con voz cortante, mientras ajustaba una flecha gruesa provista de un cartucho de dinamita compacta en la punta.
Encendió la mecha con una rápida chispa de pedernal y tensó la cuerda hasta el límite de la resistencia de la madera. Apuntó directamente a la base de los contrafuertes que sostenían los muros perimetrales del segundo anillo.
—Fuego.
El zumbido seco del arco fue seguido de inmediato por una docena de saetas incendiarias que cruzaron el aire en un arco perfecto. Los proyectiles se empotraron con fuerza en las grietas de la mampostería y en las estructuras defensivas secundarias.
Un segundo después, una cadena de detonaciones ensordecedoras sacudió los cimientos de la capital.
¡BOOM! ¡BOOM!
Los muros enteros de piedra maciza estallaron en mil pedazos, levantando una gigantesca muralla de polvo, rocas deshechas y fuego que sepultó las barricadas imperiales. Las torres de vigilancia colapsaron como castillos de naipes, arrastrando en su caída a los últimos defensores que intentaban reorganizarse. Con los muros reducidos a escombros humeantes, la retaguardia enemiga quedó completamente cegada y aislada, abriendo una autopista de destrucción directa hacia el corazón del palacio para reunirse con Leo.
Ya no quedaba espacio para la táctica defensiva ni para la cautela; Leo se había convertido en un huracán de plomo y furia desatada que recorría las entrañas de Aethelgard como un demonio vengador.
Corría a toda velocidad por los pasillos abovedados y los patios interiores del palacio, rompiendo esquemas con una agilidad letal. Se abalanzaba directamente contra los grupos de caballeros imperiales, disparando sus Peacemaker a quemarropa, reventando viseras y destrozando rostros con una cercanía brutal que no dejaba margen al error. Cada vez que el camino se ponía espeso, pateaba la puerta de una recámara, cruzaba la habitación a toda carrera y salía volando a través de los cristales de una ventana hacia el siguiente balcón, disparando a diestra y siniestra sin detenerse ni un solo segundo.
La ventaja era abrumadora y la diferencia tecnológica era una sentencia de muerte para el régimen. Mientras los guardias imperiales cargaban con pesadas espadas ceremoniales y ballestas lentas y toscas que tardaban una eternidad en tensarse, Leo blandía una tormenta de fuego automatizada en las palmas de sus manos.
Atravesaba los salones imperiales como un espectro enloquecido: saltabitaba sobre las largas mesas de banquetes, rodaba por el suelo esquivando estocadas torpes de acero oxidado y devolvía el fuego de inmediato a la cara de cualquier incauto que se atreviera a bloquearle el paso. No importaba hacia dónde huyeran los soldados o cuántos intentaran cerrar filas; el excomandante barrió la ciudadela de un extremo a otro, dejando un rastro implacable de casquillos humeantes, armaduras vacías y caballeros caídos que jamás volverían a levantarse. Ninguno quedó en pie.
El salón principal del palacio parecía un nido de víboras acorraladas. Los pesados tapices carmesí, que alguna vez habían ostentado con orgullo el blasón dorado de los águilas imperiales, colgaban ahora rasgados por el terror y el eco sordo de las explosiones que hacían temblar las vidrieras venecianas. Los pocos nobles y consejeros que aún quedaban en la corte corrían de un lado a otro como sombras enloquecidas, chocando contra las columnas de mármol mientras los criados abandonaban bandejas de plata y huían hacia los sótanos.
En medio de ese torbellino de pánico, el rey Valerius dio un paso al frente sobre el estrado elevado, con el peso de su vieja armadura de campaña rechinando en cada movimiento. Sujetaba con ambas manos la empuñadura de la espada real, apoyando la punta de la hoja contra el suelo de parqué mientras intentaba mantener una fachada de soberanía que ya se desmoronaba.
—¡Alto! ¡Detengan esa histeria de inmediato! —bramó el rey, con la voz ronca y quebrada por la rabia, haciendo que un grupo de cortesanos que huían hacia las puertas laterales se detuvieran en seco por puro instinto de obediencia—. ¡Nadie abandona el salón! ¡Este palacio no ha caído!
—¡Su Majestad, las puertas del primer anillo han volado en mil pedazos! ¡Los milicianos y ese... ese demonio están masacrando a la guardia real en los patios! ¡Ya no hay ejército que nos proteja! —chilló un alto consejero, con las manos temblorosas y la librea manchada de hollín, señalando hacia los ventanales donde el humo negro ya teñía de rojo el cielo de la tarde.
La princesa, de pie a un costado del trono con el rostro tan pálido como el mármol de las columnas, apretó los dientes con una furia helada. Dio un paso al frente, interponiéndose entre su padre y el consejero aterrorizado, mientras desenvainaba un pesado puñal de combate de la cintura.
—Si el ejército ha caído, es porque pasaron décadas construyendo un imperio sobre tumbas y mentiras —espetó la princesa con voz cortante, clavando una mirada de desprecio puro en el cortesano cobarde—. Así que guárdate los gritos, lord Alistair, porque si vas a morir esta noche, lo harás con la dignidad que este maldito trono se olvidó de tener hace años.
Valerius miró a su hija de reojo, con una mezcla de sorpresa y amarga resignación brillando en sus ojos hundidos.
—Tiene razón, Alistair... —murmuró el rey, enderezando los hombros y ajustándose el viejo casco de hierro bajo el brazo con una lentitud deliberada—. El juicio ha llegado. Y si ese exiliado quiere reclamar lo que queda de las cenizas, tendrá que arrancárnoslas de las manos a nosotros mismos.
Fuera de la cámara, los disparos consecutivos y el estrépito de la madera astillada comenzaron a sonar justo al otro lado de los pesados portones de roble del salón del trono. El monstruo venía por ellos, y ya no quedaba a dónde correr.
El estruendo de las maderas astillándose al otro lado de los portones principales hizo que el general Vane, uno de los últimos veteranos de alta graduación que aún conservaba su placa dorada, perdiera por completo los estribos. Tenía la coraza abollada, el yelmo perdido y una herida sangrante en la frente que le manchaba medio rostro de rojo oscuro.
Al ver que los sirvientes y cortesanos bloqueaban las salidas laterales en un aturdimiento de pánico, Vane estalló. Dio un paso al frente, desenvainó su espada con un chirriante y desesperado movimiento, y apuntó con la hoja directamente hacia el estrado donde el rey Valerius sostenía su vieja espada de campaña.
—¡Se acabó! ¡Se acabó esta locura! —gritó el general, con la voz quebrada por un ataque de histeria colectiva, mientras giraba para encarar tanto al monarca como al resto de los oficiales paralizados—. ¡Ese demonio no viene por el reino, viene por la cabeza de este anciano loco!
El rey Valerius entrecerró los ojos, apretando la mandíbula con una furia sorda, pero antes de que pudiera levantar la hoja para ejecutar al insubordinado, Vane escupió al suelo con desprecio y bramó con el rostro desencajado por el terror:
—¡Si ellos quieren al rey, entonces lo tendrán! ¡No pienso morir aquí por tu maldito orgullo, Valerius! ¡Entréguenlo y salven sus putas vidas!
El grito desesperado resonó como un latigazo en el salón, quebrando el último vestigio de disciplina y lealtad que mantenía unida a la guardia personal. Dos de los suboficiales que custodiaban el estrado dudaron un segundo, intercambiaron miradas de pánico y, en un parpadeo de traición, dieron un paso hacia el rey con las espadas listas para cumplir la sentencia del general amotinado.
La traición estalló más rápido que un disparo. Antes de que el rey Valerius pudiera reaccionar ante el desafío del general Vane, los dos suboficiales de la guardia personal que flanqueaban el estrado arrojaron sus picas ceremoniales al suelo con estrépito. Desenvainaron sus espadas cortas con un chasquido metálico y siniestro, dando un paso al frente amenazante no hacia la puerta, sino hacia el anciano monarca.
—¡Muerte al tirano y al que lo siga! —bramó uno de los guardias, con el rostro desencajado por el miedo y la adrenalina del momento—. ¡Entregaremos su cabeza al exiliado!
—¡Guardias! ¡Mátenlos! —gritó lord Alistair desde un rincón, con la voz atiplada por el terror, aunque nadie se movió para obedecerlo.
Valerius soltó una carcajada amarga que resonó en el salón en silencio, levantando lentamente su vieja espada mellada.
—¿Así termina el imperio más grande de la historia? —murmuró el rey para sí mismo con una calma helada, con los ojos hundidos clavados en sus propios soldados que lo encañonaban—. ¿Con un puñado de cobardes traidores temblando ante un solo hombre? Pues muy bien. ¡Si quieren su corona, tendrán que ganársela sobre mi cadáver!
—¡No sobre el tuyo solo, padre! —intervino la princesa con voz de acero, interponiéndose entre el rey y los guardias amotinados. Alzó su daga de combate con una destreza letal, adoptando una postura de guardia impecable, con los ojos verdes brillando de puro desprecio hacia los traidores—. ¡Tendrán que pasar primero por mí, escoria!
En ese instante exacto, el estruendo de la batalla en el patio principal cesó de golpe. Un silencio pesado y sepulcral se apoderó del mundo entero. Solo se escuchaba el siseo de la pólvora quemada y el tic-tac metálico de las armas de Leo enfriándose en la distancia.
El silencio se rompió con un sonido gutural y ensordecedor. Las bisagras de bronce de los inmensos portones de roble del salón del trono, marcadas por impactos de bala, cedieron con un crujido lastimero. Las puertas dobles se abrieron de par en par con violencia, estrellándose contra las paredes laterales de piedra.
En el umbral, recortada contra la luz anaranjada y humeante del atardecer, emergió la figura solitaria de Leo. Su abrigo oscuro estaba empapado en hollín y sangre, y sus dos Peacemaker aún humeaban ligeramente en sus manos, cargadas de muerte. Sus ojos oscuros, fríos e impasibles, recorrieron la escena en un segundo: los nobles aterrorizados, la princesa desafiante protegiendo a su padre, y los guardias que habían bajado sus armas para apuntar sus hojas hacia el monarca.
—Llego temprano a la fiesta —dijo Leo con una voz ronca, gélida y afilada como el filo de un cuchillo, que heló la sangre de todos los presentes en la sala—. Veo que se están divirtiendo bastante ustedes mismos antes de que yo llegue a la parte divertida.
Dio un paso lento y deliberado hacia el interior de la sala, con el sonido metálico de sus botas resonando en el suelo de parqué como una sentencia de muerte anunciada. El imperio entero había caído, y el último juez acababa de entrar a su propia corte.
El sonido de las botas de Leo resonó en el salón del trono como el tictac de un reloj de la muerte. Cada paso que daba hacia el interior de la sala estaba impregnado de una calma absoluta, una serenidad aterradora que contrastaba con el caos absoluto que reinaba en el ambiente. A su alrededor, los nobles acurrucados en las esquinas apenas se atrevían a respirar, temblando bajo el peso de una mirada que no prometía clemencia, sino una retribución largamente esperada.
Leo se detuvo a mitad de la sala, justo bajo la gran lámpara de araña de cristal que colgaba del techo abovedado. Con un movimiento fluido y milimétricamente ensayado, dejó colgar los cañones de ambas Peacemaker sobre sus dedos índices mientras giraba los tambores en el aire con un chasquido metálico y rítmico que cortaba el silencio.
Sin apartar los ojos oscuros y fijos del general Vane y de los guardias amotinados que seguían apuntando al monarca, sus manos volaron con la velocidad de un tahúr profesional. Con un golpe de muñeca seco, expulsó los casquillos gastados que aún humeaban, dejando que cayeran tintineando sobre el suelo de parqué, y deslizó de sus arneses un par de cargadores rápidos. Un clic seco, preciso e implacable selló la recámara de ambas armas, que volvieron a quedar listas para escupir fuego en un parpadeo.
Pero el ritual letal no terminó ahí. Con la misma mano izquierda que sostenía el arma derecha, deslizó suavemente la empuñadura del cuchillo forjado en las brumas del infierno. La hoja oscura y ancha, manchada con la sangre negruzca de los caballeros imperiales que había masacrado en los pasillos, brilló bajo la penumbra dorada del salón. Con una parsimonia deliberada, Leo levantó el borde de su abrigo oscuro y limpió el filo lentamente, pasando la tela de un extremo a otro mientras el sonido sordo del acero rozando el tejido helaba la sangre de los presentes.
—Veo que la lealtad en este imperio duró exactamente lo mismo que el suministro de pólvora —dijo Leo con una voz ronca, profunda y cortante como el hielo del páramo, rompiendo el silencio sepulcral—. Y pensar que gastaron décadas persiguiéndome por romper sus leyes, cuando al final eran ustedes mismos los que estaban dispuestos a devorarse desde adentro.
El general Vane, con el rostro desfigurado por el terror y la sangre seca de su herida, dio un paso tambaleante hacia atrás, bajando la punta de su espada al ver que la atención de la muerte se había posado directamente sobre él.
—¡Tú... tú no entiendes nada! —bramó Vane, intentando enmascarar su desesperación tras una fachada de falsa autoridad que se desmoronaba por segundos—. ¡Ese anciano destruyó el continente! ¡Nos obligó a marchar hacia una guerra perdida! ¡Nosotros solo queríamos sobrevivir!
Leo detuvo sus movimientos por un instante. Giró ligeramente el rostro, clavando en el general una mirada tan fría que parecía capaz de congelar el aire.
—¿Sobrevivir? —respondió Leo con una sonrisa torcida, casi imperceptible, cargada de un veneno insondable—. Eso mismo decían los hombres a los que mandaste a ejecutar en los pozos del sur mientras yo miraba desde el exilio. La supervivencia no te da derecho a reclamar una corona que manchaste de barro, Vane. Solo te convierte en el siguiente de la lista.
Sin darle tiempo a replicar, Leo levantó ligeramente el cañón derecho de su Peacemaker.
¡Bang!
El estruendo del disparo sacudió los cristales de las ventanas. Una sola bala, precisa y devastadora, atravesó el hombro del general Vane, haciéndole soltar un grito desgarrador mientras su espada caía al suelo con estrépito y él mismo se desplomaba de rodillas, gimiendo de dolor y sujetándose la carne destrozada.
Los dos suboficiales que lo habían secundado en el amotinamiento palidecieron al instante, mirando el cuerpo de su superior y luego las dos armas humeantes que Leo sostenía con total naturalidad. El terror los paralizó por completo; ya no había escapatoria, ni órdenes que obedecer, ni estandartes que defender. Solo quedaba el juicio final del hombre al que una vez habían considerado un paria.
Leo dio otro paso al frente, con el cuchillo oscuro brillando de nuevo en su mano libre, mientras el eco del disparo se apagaba lentamente en los rincones más oscuros del gran salón del trono.
El disparo que derribó al general Vane aún resonaba contra los artesonados de madera dorada cuando el resto de los guardias amotinados intentaron retroceder, con los ojos abiertos de par en par por un pánico irracional. Pero ya no había a dónde correr.
Leo no parpadeó. No hubo vacilación, ni advertencias, ni un ápice de piedad en sus facciones esculpidas por el frío y la metralla. Con la misma frialdad mecánica con la que un verdugo ejecuta una sentencia rutinaria, levantó ambas Peacemaker y desató una última y fulminante ráfaga a quemarropa.
¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!
Los fogonazos iluminaron las caras despavoridas de los dos suboficiales y de los últimos caballeros que habían osado levantar sus armas contra el trono. Las balas los atravesaron limpiamente, arrancándoles la vida antes de que sus cuerpos siquiera tocaran el suelo pulido del salón. En cuestión de segundos, los traidores y los defensores de la última hora yacían desparramados en charcos de sangre y metal retorcido, silenciados para siempre.
El humo de la pólvora comenzó a disiparse lentamente bajo la gran lámpara de araña, revelando que en el centro de la inmensa sala ya solo quedaban dos figuras de pie: el rey Valerius, aferrado con nudillos blancos a su vieja espada mellada sobre el estrado, y la princesa, que mantenía su daga en alto con una fiereza inquebrantable, protegiendo el flanco de su padre.
Leo caminó entre los cadáveres humeantes sin apartar la mirada de ellos. Sus botas dejaron marcas oscuras sobre el suelo inmaculado. Al llegar frente al estrado, se detuvo. Con un movimiento fluido y deliberado, deslizó las dos Peacemaker de vuelta a sus fundas de cuero con un chasquido metálico que selló el fin de la balacera.
El silencio que siguió fue absoluto, pesado y cortante.
Leo introdujo los dedos en el arnés de su pecho y extrajo lentamente el cuchillo forjado en las brumas del infierno. La hoja oscura y ancha relució con un brillo siniestro bajo la penumbra del palacio. Con la mano firme, comenzó a pasar la hoja ligeramente contra la palma de su otra mano, sintiendo el filo rugoso y letal mientras una sonrisa lenta, sombría y cargada de una década de recuerdos oscuros se dibujaba en su rostro.
—Bien... ya estoy aquí —murmuró Leo, con una voz profunda, ronca y helada que pareció congelar el aire de la sala.
Dio un paso hacia la escalinata del estrado, clavando sus ojos oscuros directamente en los de Valerius antes de mirar de reojo a la princesa, dejando escapar un susurro cargado de una promesa de dolor ineludible:
—No tienes ni idea de cómo voy a disfrutar esto...
El eco de las últimas palabras de Leo se extinguió en el vasto y silencioso salón del trono, dejando que el siseo de la pólvora que aún humeaba en las esquinas fuera el único sonido tangible. La tensión era tan densa que parecía cortarse con el filo del cuchillo oscuro que sostenía en la mano.
El rey Valerius, pese al temblor apenas perceptible en los nudillos con los que aferraba su vieja espada de campaña, enderezó la espalda bajo la pesada armadura. Dio un paso al frente en el estrado, ignorando los charcos de sangre de los traidores que manchaban el suelo a pocos metros, y clavó sus ojos hundidos y febriles en el rostro de Leo.
—¿Crees que con esto limpias el pasado, muchacho? —La voz del monarca sonó áspera, teñida de un orgullo oscuro y agónico que se negaba a doblegarse—. ¿Crees que masacrar a unos cuantos perros cobardes en este salón cambia el hecho de que este mundo nació podrido desde el día en que decidimos gobernarlo con hierro?
Leo no se inmutó. Detuvo su avance a los pies de la escalinata, girando ligeramente la hoja del cuchillo mientras la luz de la gran lámpara de araña parpadeaba sobre el metal negro.
—No vine a limpiar nada, Valerius —respondió Leo con una calma glacial, casi susurrada—. El pasado está muerto y enterrado bajo las cenizas de los pueblos que quemaste. Yo solo vine a cerrar el círculo. Y a asegurarme de que el arquitecto de toda esta mierda pague el precio exacto antes de irse al infierno.
—¡El imperio no le pertenece a un exiliado vengativo! —intervino la princesa de golpe, dando un paso al frente para flanquear a su padre. Su voz se elevó con una ferocidad inquebrantable, apretando la empuñadura de su daga hasta blanquearse los dedos—. Si buscas un culpable, búscalo en el espejo. Nos convertimos en monstruos porque este continente no entendía otro idioma que la crueldad. ¡Si vas a matarnos, hazlo de una maldita vez, pero no vengas a fingir que eres el salvador de nadie!
Leo la miró de reojo, evaluando la fiereza en los ojos de la joven antes de desviar de nuevo su atención hacia el rey anciano. Una sonrisa sombría y desprovista de cualquier atisbo de alegría cruzó por sus labios.
—¿Salvar a alguien? —soltó una risa seca, corta y sin humor—. A estas alturas, princesa, lo único que quiero salvar es la paz mental de saber que ya no respiran el mismo aire que la gente que dejaron atrás en los pozos. No hay redención aquí. Solo cuentas pendientes.
Valerius apretó los dientes, ajustando el agarre de su espada mientras la respiración se le tornaba más pesada bajo la coraza.
—Entonces ven y cóbralas, maldito perro exiliado... —espetó el rey, levantando la hoja mellada con un temblor de furia contenida—. ¡Demuestra si tus manos tienen el valor de derramar la sangre de un rey, o si solo eres un cobarde con un par de pistolas!
Una risa corta, seca y cargada de un veneno helado brotó de la garganta de Leo, rebotando contra los muros de piedra y los tapices desgarrados del salón. Fue un sonido que congeló la poca sangre que le quedaba en las venas a los cortesanos agazapados en las esquinas.
Leo levantó la vista, fijando sus ojos oscuros en el monarca con una lástima tan transparente y destructiva que valía más que cualquier insulto.
—¿Tiemblas por la edad, Valerius, o es porque al fin te diste cuenta de que ya no hay ejércitos, ni murallas, ni guardias cobardes que te salven de mí? —replicó Leo, girando el cuchillo infernal con total soltura entre sus dedos, como si el arma fuera una prolongación natural de su propia furia—. Me llamas cobarde a mí, cuando el gran soberano de Aethelgard se esconde tras una armadura vieja y la furia prestada de su hija para no enfrentar su propio espejo.
Dio un paso lento hacia la escalinata, marcando el ritmo con el roce de sus botas sobre el parqué ensangrentado. El metal del cuchillo brilló en la penumbra con un parpadeo siniestro.
—No necesito un ejército para arrancarte esa corona, anciano. Solo necesito tiempo —susurró Leo, deteniéndose a apenas un metro de los escalones, con la mirada clavada en los ojos aterrorizados del rey—. Y créeme que pienso tomarme todo el del mundo contigo.
El crujido de la bota de Leo al pisar el primer escalón del estrado sonó en el gran salón como el primer compás de una marcha fúnebre. No hubo carga apresurada ni gritos de guerra; solo el avance metódico, implacable y absolutamente aterrador de un hombre que había cruzado el infierno de ida y vuelta únicamente para cobrar ese preciso instante.
La princesa intentó interponerse, levantando su daga con un grito de desafío y arrojándose hacia él con la velocidad de una fiera cornerada.
Leo ni siquiera se detuvo. Con un movimiento seco, desvió la estocada con el antebrazo protegido por el arnés de cuero, empujándola con la fuerza justa para desestabilizarla y enviarla a estrellarse contra las columnas de mármol del fondo. Quedó sin aliento, deslizándose por la piedra con la daga suelta de la mano, mientras la furia en sus ojos se transformaba en una impotencia amarga y desesperada.
—¡No te metas donde no te llaman, princesa! —advirtió Leo con voz glacial, sin apartar los ojos del monarca.
Valerius, con el rostro contraído por el pánico y la rabia, rugió un último estertor de orgullo herido y se lanzó hacia adelante, blandiendo su vieja espada de campaña en un tajo torpe pero desesperado directo al cuello de Leo.
El metal chocó con un estruendo seco. Leo había cruzado el cuchillo infernal con una velocidad inverosímil, bloqueando la hoja mellada del rey a escasos centímetros de su rostro. La fuerza del impacto sacudió los brazos de ambos, pero mientras los nudillos de Valerius temblaban y su armadura crujía bajo el esfuerzo, Leo mantenía el pulso firme, imperturbable, con una sonrisa helada dibujada en los labios.
—Se acabó el juego, Valerius —susurró Leo, inclinándose hacia adelante hasta que sus rostros quedaron a pocos centímetros de distancia, reflejando el fin de una era en sus ojos oscuros—. Esto es por los que enterraste en el barro. Esto es por los que olvidaste.
Con un giro violento de muñeca, Leo quebró la guardia del rey, apartando la pesada espada de un golpe seco que la hizo volar por los aires hasta estrellarse contra los ventanales lejanos. Valerius quedó completamente expuesto, tambaleándose hacia atrás sobre el estrado, con la respiración rota y el pecho agitado bajo la vieja coraza de campaña.
Leo subió los últimos escalones, con la hoja oscura del cuchillo brillando bajo la luz moribunda del atardecer imperial, listo para dictar la última sentencia.
El rey Valerius tropezó hacia atrás, sus botas chocando torpemente contra el borde del estrado tallado en madera de caoba mientras intentaba recuperar el equilibrio. Su vieja armadura de campaña, esa reliquia oxidada con la que había intentado invocar el fantasma de sus años mozos, ahora no era más que una jaula de metal inútil que pesaba sobre sus hombros como una condena. Con el pecho agitando la coraza y la respiración convertida en un silbido ronco y desesperado, el monarca estiró una mano temblorosa buscando desesperadamente la empuñadura de su espada, pero el arma yacía a metros de distancia, rota y olvidada entre los fragmentos de cristal de los ventanales destrozados.
Leo se detuvo justo en el centro del estrado, a solo un paso del soberano de Aethelgard. La luz rojiza del atardecer, filtrándose a través de las cortinas rasgadas y el humo espeso del exterior, proyectaba una sombra alargada y amenazante sobre su silueta cubierta de hollín. No levantó ninguna de sus Peacemaker. Las armas de fuego descansaban en silencio en sus fundas, mudas testigos de la carnicería que acababa de protagonizar en los pasillos y la plaza. En su mano derecha, el cuchillo forjado en las brumas del infierno goteaba rítmicamente, marcando el compás de una ejecución largamente postergada.
Inclinó ligeramente la cabeza, estudiando al hombre que durante décadas había gobernado con mano de hierro, dictado sentencias de muerte desde la comodidad de su trono y reducido continentes enteros a campos de concentración y ceniza. La expresión de Leo era un abismo de fría indiferencia; ya no quedaba espacio para la ira ciega, solo para la aplastante certeza de la justicia poética.
—Ahora, ¿quién es el cobarde? —espetó Leo, su voz baja y áspera resonando con una autoridad absoluta en el vasto salón vacío—. Sin ejércitos. Sin guardias leales que mueran por tus mentiras. Sin aliados a los que sacrificar para salvar tu propio pellejo.
Valerius abrió la boca para articular una réplica, un último insulto o una exigencia de respeto basada en el derecho divino de su sangre, pero las palabras se le ahogaron en la garganta ante el peso de la mirada de su verdugo.
Leo dio medio paso más hacia adelante, elevando ligeramente el cuchillo oscuro mientras la hoja relucía con un brillo macabro bajo las llamas moribundas de los candelabros.
—Y lo más divertido de todo esto... —continuó Leo, con una sonrisa fría y torcida que no alcanzaba a tocar sus ojos— ...es que ni siquiera necesité desplegar todo mi arsenal para desmoronar tu preciado imperio. Ni fuego cruzado, ni tácticas de asedio complejas. Solo necesité un maldito cuchillo, un poco de fuerza y la paciencia suficiente para verte suplicar en el suelo.
A unos metros de distancia, apoyada contra la columna de mármol donde Leo la había arrojado, la princesa apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron completamente blancos. Las lágrimas de rabia e impotencia surcaban su rostro manchado de hollín, pero el terror le impedía dar otro paso al frente. El núcleo del poder imperial, la cúspide de la dinastía que había dominado el mundo conocido con terror y opresión, se reducía ahora a un anciano acobardado en la esquina de un estrado de madera, a merced de un exiliado al que una vez intentaron borrar de la historia.
—Hazlo de una vez... —logró exhalar Valerius, con la voz quebrada por la humillación, mientras intentaba erguir el mentón en un último vestigio de orgullo herido—. Termina con esto y conviértete en el monstruo que siempre dijimos que eras.
Leo se cernió sobre él, con la hoja del cuchillo oscureciendo el rostro aterrorizado del rey.
El estrépito de un cristal estallando en mil pedazos cortó el aire del salón como un trueno.
Desde lo alto de los ventanales abovedados que daban a los jardines exteriores, Kassandra atravesó el vitral central en un salto acrobático perfecto, envuelta en una lluvia de cristales multicolores que brillaban bajo la luz del atardecer. Cayó con una agilidad felina sobre el borde del estrado, amortiguando el impacto con una ligera flexión de rodillas y levantando una ráfaga de polvo y ceniza alrededor de sus botas.
Tenía el arco de asedio colgado a la espalda, el rostro manchado de hollín y una sonrisa feroz dibujada en los labios. Con un movimiento rápido, desenvainó su propia arma secundaria —un hacha táctica de hoja ancha y oscura— mientras se colocaba flanqueando a Leo a solo un par de pasos del rey acorralado.
Echó un rápido vistazo al monarca temblando en el suelo y luego a la princesa, que intentaba incorporarse apoyándose en la columna.
—Vaya, veo que llegué justo a tiempo para la mejor parte del espectáculo —dijo Kassandra con una risa corta, ligera y cargada de una adrenalina desbordante, sin apartar los ojos de Valerius—. ¿De verdad ibas a dejar que se divirtiera solo, Leo? Casi me pierdo el acto final por culpa de los últimos imbéciles que intentaron bloquear la puerta del ala este.
Leo mantuvo el cuchillo suspendido a pocos centímetros del pecho del rey, deteniendo el golpe por una fracción de segundo mientras de reojo dedicaba una mirada cómplice a su compañera. El contraste entre la furia contenida de Leo y la energía desenfrenada de Kassandra convirtió el estrado en un altar definitivo de retribución, donde el imperio agonizante ya no tenía a dónde mirar.
La desesperación tiene rostros tan afilados como el acero, y la princesa ya no tenía nada que perder. Al ver a Kassandra aparecer en el estrado y unirse a la burla sobre la caída de su padre, el último vestigio de cordura en la mente de la joven se rompió por completo.
Con un grito desgarrador, una mezcla de furia ciega, dolor y la rabia contenida de toda una dinastía derrumbándose, se lanzó hacia adelante con una velocidad desesperada. Tenía la daga de combate firmemente sujeta en la mano, apuntando directamente al punto ciego de la recién llegada.
Kassandra giró la cabeza apenas a tiempo, pero el impulso de la carga fue imparable. El filo de la hoja penetró con un crujido seco y profundo directamente en el hombro de Kassandra, arrancándole un grito ahogado de sorpresa.
La princesa soltó una carcajada estridente, maníaca y desprovista de toda humanidad, mientras empujaba con todo el peso de su cuerpo. El impacto desequilibró por completo a Kassandra, quien, con los ojos abiertos de par en par por el dolor y la inercia del golpe, dio un tropiezo hacia atrás en el borde del estrado.
Perdió el equilibrio y cayó de espaldas pesadamente sobre el suelo de parqué del salón, levantando una nube de polvo y arrastrando consigo un fragmento de la cortina rasgada, mientras la sangre comenzaba a teñir de rojo oscuro su hombro herido.
El tiempo pareció fracturarse en el mismo instante en que Kassandra cayó hacia atrás sobre el parqué, con la sangre comenzando a brotar y manchar la tela de su ropa. El sonido sordo del cuerpo golpeando el suelo resonó como un trueno sordo en los oídos de Leo, eclipsando el crepúsculo, el humo y los gritos ahogados de los cortesanos agazapados en las esquinas.
Los ojos oscuros de Leo se abrieron de par en par, fijos en la escena por el lapso de una décima de segundo. No hubo gritos de desesperación, ni lamentos. Lo que inundó sus facciones fue una furia gélida, absoluta y desprovista de cualquier atisbo de clemencia, una transformación instantánea que heló la atmósfera del salón del trono hasta los huesos. La pequeña tregua mental que, en algún rincón oscuro de su memoria, aún guardaba un atisbo de respeto por la joven que una vez conoció en los días previos a la locura del imperio, se hizo añicos de golpe.
La princesa seguía de pie sobre el estrado, con la daga todavía goteando sangre en su mano derecha. Su pecho subía y bajaba con violencia, y en sus labios se dibujaba una mueca de triunfo salvaje, una risa histérica y rota que brotaba de las entrañas de su propia perdición.
—¡¿Ves?! ¡Nadie sale indemne de esta casa, exiliado! —bramó la princesa, con los ojos desorbitados y la voz quebrada por un éxtasis enfermizo, mientras levantaba aún más el arma—. ¡Nacimos para gobernar o para arder con el mundo, pero jamás nos arrodillaremos ante...
Leo ni siquiera la dejó terminar la frase.
Sus movimientos dejaron de ser humanos para convertirse en el destello puro de un depredador accionado por la venganza. Sin pestañar un solo segundo, con una velocidad tan violenta que desafiaba la física del momento, su mano izquierda abandonó la empuñadura del cuchillo y voló hacia la cartuchera de su cadera con la precisión de un rayo.
La pesada Peacemaker emergió de la funda en un movimiento fluido, apuntando directamente, sin titubeos ni advertencias, al centro de la frente de la princesa.
El rey Valerius, que yacía semiinmovilizado y acobardado contra el borde de la tarima, dejó escapar un grito gutural y ahogado, abriendo los ojos con horror puro mientras estiraba una mano temblorosa hacia su hija.
—¡No! ¡Detente! ¡Mátame a mí, maldito se a... —su voz se quebró en un estertor de puro espanto al ver el cañón de acero negro fijado a quemarropa.
Leo la miró a los ojos, con la mandíbula tensa y una frialdad tan densa que el mundo entero pareció detenerse a su alrededor. Su voz brotó desde lo más profundo de su garganta, ronca, cortante y letal como una sentencia de muerte escrita en piedra:
—Bastarda... Pensé que aún quedaba un fragmento de humanidad en ti, que podías salvarte de este infierno. Pero veo que el veneno de tu padre te consumió el alma por completo. Ya no queda nada que rescatar.
La princesa abrió los ojos de par en par, y por primera vez desde que la confrontación había comenzado, el falso orgullo de su estirpe se desvaneció, reemplazado por la fría y brutal certeza del final. Su risa se cortó en seco, ahogada en el fondo de su garganta.
—Se acabó el juego, princesa —susurró Leo con una calma aterradora, apretando el gatillo.
¡BANG!
El estampido del revólver sacudió los cimientos del salón del trono con la fuerza de un cañón a corta distancia, haciendo añicos lo que quedaba de los vitrales y rebotando en un eco interminable contra los muros de piedra. El fogonazo iluminó por un instante el rostro despavorido del rey Valerius y la silueta de Kassandra intentando incorporarse en el suelo.
Un segundo después, el cuerpo de la princesa se desplomó pesadamente sobre el estrado, inerte, sellando con un golpe seco el fin de la línea de sucesión del imperio de Aethelgard.
El eco del disparo aún zumbaba en las paredes cuando Leo soltó el revólver y se precipitó hacia el suelo del estrado, ignorando por completo la figura colapsada del rey Valerius.
—¡Kass! —espetó con una urgencia que quebraba su habitual frialdad.
Se arrodilló junto a su compañera, cuyos labios esbozaban una mueca de dolor mientras se presionaba la mano contra el hombro herido para contener la hemorragia. La sangre oscura brotaba con fuerza entre sus dedos, manchando el suelo de parqué y tiñendo de rojo las fibras de su ropa táctica.
Sin perder ni un solo segundo, Leo desgarró con una fuerza felina una tira de tela gruesa del forro interior de su propio abrigo desgastado. Con movimientos rápidos, precisos y entrenados para la supervivencia en el frente de batalla, cruzó la tela alrededor del hombro lesionado de Kassandra, ajustando un nudo ciego con la tensión exacta para cortar el flujo sanguíneo de la herida abierta.
—Maldita sea, no te mueras ahora que viene la mejor parte del espectáculo —gruñó Leo con la voz tensa, mientras apretaba el torniquete con firmeza, logrando que el sangrado comenzara a desacelerar de inmediato—. ¿Estás conmigo, o vas a dejar que termine esto solo?
Kassandra apretó los dientes con fuerza, aguantando el dolor punzante, y dejó escapar una risa corta, ahogada y cargada de esa misma ferocidad desatada que las unía.
—Ni loca... me perdería el final de este maldito circo —respondió ella con la respiración agitada, apoyando su mano sana sobre el antebrazo de Leo para sostenerse mientras el dolor empezaba a ceder por la presión.
El eco del estampido y el sonido del cuerpo de la princesa desplomándose sobre la madera parecieron arrancar los últimos pedazos del alma de Valerius. El antaño temido soberano del imperio quedó reducido a una figura patética y encorvada, con la espalda apoyada contra el borde de la tarima y la mirada completamente perdida en el vacío.
Ya no quedaba orgullo imperial, ni coronas doradas, ni ejércitos dispuestos a inmolarse por su nombre. Solo el silencio sepulcral de un salón del trono teñido de sangre, donde el monarca respiraba de forma rápida y superficial, con el pecho agitando rítmicamente la vieja y pesada coraza de campaña.
Con una lentitud dolorosa, Valerius levantó la vista. Sus ojos hundidos, inyectados en sangre y brillando con un terror febril, se posaron primero en el cuerpo inerte de su hija y luego en la silueta de Leo, que acababa de asegurar el torniquete en el hombro de Kassandra y se ponía lentamente de pie. El frío destello de las Peacemaker y la hoja oscura del cuchillo que pendía de su mano derecha no dejaban lugar a dudas sobre lo que venía a continuación.
—Mátame... —la voz del rey salió convertida en un susurro áspero, roto y tembloroso, muy lejos de los bramidos de autoridad con los que solía dictar sentencias desde ese mismo estrado—. Hazlo de una vez... Has ganado, exiliado. El imperio está muerto.
Leo dio un paso al frente, con las botas crujiendo sobre los casquillos vacíos y el polvo del salón. Se detuvo al pie de la escalinata, mirando hacia abajo al hombre que había construido un mundo sobre el sufrimiento ajeno y que ahora suplicaba un final rápido para acabar con su propia pesadilla.
—¿Matarte? —replicó Leo con una voz gélida y cortante que hizo eco en cada rincón de la sala—. Eso sería demasiado misericordioso para alguien que pasó décadas condenando a otros a pudrirse en vida. No, Valerius. La muerte es lo único que no te voy a regalar todavía.
El rey tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo el peso de su propia historia se derrumbaba definitivamente sobre sus hombros.
El silencio en el salón del trono se volvió aún más pesado, interrumpido únicamente por el goteo constante de la sangre que manchaba la madera y el fuego moribundo que consumía los tapices lejanos.
Leo dio otro paso hacia el estrado, con las botas marcando un ritmo implacable sobre el parqué ensangrentado. Guardó el cuchillo de combate en su funda con un chasquido seco y metálico, dejando que sus manos quedaran libres, relajadas pero listas para cualquier reacción. Su mirada no albergaba la furia desatada de unos minutos atrás; en su lugar, había una frialdad matemática, un desapego absoluto que convertía al monarca en un simple espectador de su propia condena.
—Matarte nunca estuvo en mis planes, Valerius —dijo Leo, con una voz baja, ronca y resonante que llenó cada rincón del espacio vacío—. Ni siquiera la princesa... Ella cavó su propia tumba en el momento en que decidió atacar.
El rey Valerius, encorvado contra la tarima y con la respiración rota, levantó lentamente la vista hacia él, con el terror y la confusión parpadeando en sus ojos hundidos.
—¿Qué... qué pretendes hacer entonces? —logró exhalar el monarca, con los labios temblando y la voz convertida en un hilo de desesperación—. Si no vas a matarnos... ¿a qué has venido? ¿A qué juegas, exiliado?
Leo se detuvo justo al borde de los escalones, a pocos centímetros del rey derrotado, y dejó escapar una sonrisa sombría, gélida y afilada.
—Vine a darte algo mucho peor que la muerte —respondió Leo con una calma aterradora—. Vine a dejarte vivir. Quiero que mires alrededor, que respires este humo, que camines entre las cenizas de todo lo que construiste sobre la sangre de los inocentes. Quiero que cargues con el peso de este trono vacío el resto de tus días, sabiendo que el imperio que tanto amaste se desmoronó porque no fuiste capaz de sostenerlo.
Kassandra, apoyada contra una columna cercana mientras el torniquete contenía el dolor de su hombro, esbozó una sonrisa torcida y aprobatoria ante la sentencia.
—La muerte es un alivio demasiado grande para un cobarde como tú, Valerius —agregó Kassandra con voz cortante, escupiendo un hilo de sangre seca en el suelo—. Vas a vivir para ver cómo el mundo que intentaste aplastar renace sobre tus ruinas.
El eco de las palabras de Leo se proyectó a través de las altas bóvedas del salón del trono con la contundencia de un martillo golpeando un yunque. En ese instante exacto, desde algún punto desconocido entre los escombros de los aposentos reales o los gramófonos destrozados de la guardia, las notas iniciales de una vieja y melancólica melodía comenzaron a filtrarse a través del aire denso y humeante. Los acordes de cuerdas y metales suaves de My Way of Life de Frank Sinatra empezaron a sonar a un volumen fantasmal, una banda sonora irónica y decadente para el funeral de una dinastía.
Leo se inclinó ligeramente hacia adelante, con los ojos fijos en el monarca destrozado, y dejó caer la sentencia definitiva que cerraba el círculo de una década de persecución y tiranía:
—Valerius... por mi ley y por orden de este continente al que condenaste a las sombras, quedas exiliado. No habrá ejecuciones piadosas ni muertes rápidas para ti. Vas a caminar desde este maldito trono hasta las afueras del reino en ruinas, paso a paso, mientras todo el pueblo al que esclavizaste presencia tu caída.
El rey abrió la boca en un estertor de absoluta desesperación. Para un soberano criado en la soberbia del poder absoluto, la idea de la humillación pública, de ser expuesto ante las miradas de los supervivientes como un mendigo despojado de su manto, era infinitamente peor que el filo de cualquier espada. Intentó aferrarse al borde de la madera tallada, pero sus manos temblaban de forma incontrarrestable.
—¡Prefiero la muerte! ¡Mátenme aquí mismo, malditos perros! —bramó Valerius con lo último que le quedaba de voz, desgarrándose la garganta en un grito patético que la música de Sinatra se encargó de devorar lentamente.
Kassandra, sosteniéndose el hombro herido donde el torniquete ya había detenido el flujo de sangre, se inclinó un poco hacia adelante con una sonrisa fría y torcida en los labios, disfrutando del espectáculo de la desesperación ajena.
—La muerte se reserva para los que tienen agallas, viejo —espetó Kassandra con desprecio, escupiendo a un lado de la tarima—. Vas a vivir cada segundo de esa caminata. Vas a escuchar los murmullos, vas a ver las caras de los huérfanos que dejaste atrás, y vas a entender lo que se siente estar verdaderamente solo en el mundo.
Leo dio media vuelta, dejando que el rey quedara postrado en su propia miseria, y caminó unos pasos para ayudar a Kassandra a enderezarse por completo. Las notas de la canción continuaban elevándose en el ambiente, creando un contraste bizarro y electrizante entre el lujo decadente del salón destruido y la cruda justicia que acababa de consumarse.
Afuera, más allá de los ventanales rotos donde el cielo de la tarde se teñía de un rojo ceniciento, el pueblo de Aethelgard comenzaba a congregarse entre los escombros, atraído por el silencio repentino del asedio. El telón del imperio caía, no entre aplausos, sino bajo el peso inevitable de la historia y el ritmo implacable de una caminata hacia el destierro absoluto.