Camila nunca imaginó que el hombre que marcó su adolescencia regresaría a su vida de la forma más inesperada. Leví, ahora un hombre poderoso y rodeado de sombras, no solo reclama su atención, sino que la arrastra a un mundo donde el peligro y la pasión caminan de la mano. Entre secretos familiares y una red de poder, Camila deberá decidir si proteger su corazón o entregarse al hombre que siempre fue su destino.
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CAPÍTULO 10 – PROMESAS ENTRE LÍNEAS
La promesa no dicha entre los muros de la vieja biblioteca quedó suspendida en el aire, vibrando como una cuerda de violín recién tocada. Mientras ambos salían del recinto, el eco de sus pasos sobre la madera vieja parecía marcar el ritmo de un nuevo comienzo.
Afuera, la tarde comenzaba a enfriar de golpe. Un viento suave y persistente los empujaba a caminar más cerca el uno del otro. No necesitaban tomarse de la mano; bastaba la cercanía de sus hombros y la sincronía de sus respiraciones para entender que el vacío de los años se estaba llenando.
—¿Tienes planes para mañana? —preguntó Leví mientras se acercaban al auto, su voz rompiendo el silencio con una suavidad inusual.
—Solo contigo —respondió Camila sin pensarlo. Al notar la honestidad brutal de sus propias palabras, bajó la mirada, sintiendo cómo el calor subía por sus mejillas.
Leví sonrió de esa forma que desarmaba cualquier defensa. Se adelantó para abrir la puerta del coche con un gesto caballeroso, casi antiguo, pero cargado de un poder protector. Ella subió, agradecida, y el silencio que los envolvió en el trayecto no era el vacío incómodo de antes; era un silencio lleno de posibilidades y de todo lo que estaba por venir.
Al día siguiente, la rutina de Camila se vio interrumpida por un mensajero que dejó un sobre color crema sobre su escritorio. Dentro, encontró una entrada doble para una exposición de arte contemporáneo en el salón más exclusivo de la ciudad, un lugar donde solo entraban los nombres que movían los hilos del país.
Junto a las entradas, una nota escrita a mano con una caligrafía firme y elegante:
“A veces las sombras también son arte. Te veo a las siete. – L.”
Camila pasó el resto de la tarde con una sonrisa difícil de ocultar. Para la ocasión, eligió un vestido sobrio, pero impecable, negro como la tinta china, que resaltaba su silueta sin esfuerzo. Dejó su cabello suelto, cayendo en ondas naturales sobre sus hombros, tal como recordaba que a él le gustaba.
Cuando llegó al lugar y lo vio allí, esperándola entre la multitud con una rosa de un rojo tan oscuro que parecía negra, supo que esa noche marcaría un antes y un después definitivo.
El evento era un laberinto de luces tenues y lienzos que parecían gritar secretos prohibidos. Caminaron despacio, ignorando las miradas curiosas de la élite social. En una de las salas más apartadas, se detuvieron frente a un cuadro hipnótico: una figura femenina caminando entre sombras espesas, apenas tocada por un rayo de luz cenital.
—Me recuerda a ti —dijo Leví, manteniendo la vista fija en la obra—. Fuerte, incluso cuando los demás solo son capaces de ver la penumbra que te rodea.
Camila sintió que algo dentro de ella se abría, rompiendo la última capa de miedo que le quedaba. Se dio cuenta de que Leví no solo veía su presente, sino que entendía su lucha.
Más tarde, escapando del ruido de la recepción, salieron a caminar cerca del río. La ciudad se extendía frente a ellos como un manto de joyas brillantes. Camila se detuvo frente al barandal, observando cómo el agua oscura reflejaba los colores neón de los rascacielos.
—¿Crees que somos demasiado diferentes ahora, Leví? —preguntó de repente, con la duda asomando en su voz.
—Creo que somos justo lo necesario el uno para el otro —respondió él, acortando la distancia hasta que sus hombros se rozaron—. Los polos iguales no crean chispa, Camila.
Ella sonrió, y él la tomó suavemente de la barbilla, obligándola a sostenerle la mirada. No la besó, aunque el aire entre sus labios quemaba. Solo la miró con una intensidad que le recorrió la columna.
—Prométeme una cosa —susurró él—. Si algún día vuelves a dudar de nosotros... recordarás este momento.
—¿Y tú? ¿Podrás recordarlo tú también cuando el mundo se vuelva ruidoso? —preguntó ella con un brillo vulnerable en los ojos.
—Es imposible olvidarte —contestó él con voz ronca—. Lo intenté durante años, Camila... y fracasé todos y cada uno de mis días.
La noche terminó sin el beso que ambos ansiaban, pero con promesas invisibles firmadas en el alma. Porque lo verdaderamente especial no siempre es lo grandioso o lo público. A veces, es lo que se queda atrapado en la garganta. Lo que se siente justo al borde de un gesto que lo cambia todo.
Y esa noche, bajo el cielo de la ciudad, se sintieron más vivos que nunca.