A los cuarenta y cinco años, Raquel Sanromán lo perdió todo en una sola noche.
Su esposo Miguel murió en un accidente de tráfico... acompañado de su amante. Pero la traición no terminó ahí. El testamento reveló la verdad más devastadora: durante años, Miguel planeó huir del país con Valeria Ochoa, llevándose millones robados de la empresa familiar y dejando a Raquel en la bancarrota absoluta.
Ahora es madre soltera de cinco hijos, dueña del veinticinco por ciento de una empresa en ruinas, y tiene quince días antes de perder su casa. Su hijo mayor la culpa por la caída de la familia. Las deudas la ahogan. Y Valeria, la amante que sobrevivió, ahora es dueña del cincuenta por ciento de lo que alguna vez fue su vida... y no descansará hasta verla mendigando en la calle.
Pero en su cumpleaños, en una noche de máscaras y champán, Raquel decide olvidarlo todo. Solo por unas horas. Solo para sentirse viva de nuevo.
Y entonces conoce a él.
Julian Harrington. Veintisiete años. Multimillonario.
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Capítulo 12: Posesión Creciente
Pov Julian
Eran las once y media de la noche del domingo cuando decidí que no podía esperar hasta el martes.
Había pasado el viernes sabiendo que Raquel estaba con su familia, que su hijo le presentaba a su novia, que ella estaba siendo la madre perfecta mientras yo me quedaba solo en mi apartamento como un adicto necesitando su siguiente dosis.
Y me estaba volviendo loco.
Tomé las llaves de mi auto y conduje hacia su casa sin pensar en las consecuencias. Sin importarme que era medianoche. Sin importarme que sus hijos podrían estar despiertos.
Solo sabía que necesitaba verla. Tocarla. Tenerla.
Estacioné a una cuadra de su mansión y caminé por las sombras hasta su jardín trasero. Las luces de la casa estaban apagadas excepto por una en el segundo piso. Su habitación.
Saqué mi teléfono y le escribí.
"Estoy afuera. En tu jardín trasero. Déjame entrar."
Pasaron dos minutos eternos antes de que respondiera.
"¿Estás loco? Son casi las doce de la noche. Mis hijos están durmiendo."
"Entonces tendré que trepar a tu ventana como un adolescente. ¿Cuál es tu habitación?"
"Julian, no puedes estar aquí."
"Demasiado tarde. Ya estoy aquí. Y no me iré hasta que te vea."
Vi cómo la luz de su habitación se apagaba. Luego, cinco minutos después, la puerta trasera se abrió silenciosamente.
Raquel estaba ahí, en pijama de seda, con el cabello suelto cayendo sobre sus hombros y una expresión entre furiosa y aterrada.
—Estás completamente loco —susurró con vehemencia mientras me jalaba dentro y cerraba la puerta con pestillo—. ¿Qué parte de "tengo cinco hijos en esta casa" no entendiste?
—La parte donde pensé que podía pasar cuatro días sin tocarte —respondí, acorralándola contra la puerta—. Resulta que no puedo.
—Julian...
La besé antes de que pudiera protestar más. Un beso desesperado, hambriento, que le dejó claro exactamente cuánto la había extrañado.
Cuando me separé, ambos estábamos sin aliento.
—Esto es una locura —susurró ella, pero sus manos ya estaban en mi camisa, desabrochando botones.
—Lo sé.
—Si nos descubren...
—No nos descubrirán —dije, tomándola de la mano y siguiéndola hacia las escaleras—. ¿Dónde están todos?
—Los trillizos en su habitación. Marcela en la suya. Ángel salió con Isabella y probablemente no volverá hasta mañana.
Subimos las escaleras en completo silencio, cada crujido del piso de madera sonando como una alarma. Pasamos por la habitación de los trillizos donde podía escuchar la respiración suave de los niños durmiendo.
La habitación de Raquel estaba al final del pasillo. Entramos y ella cerró la puerta con pestillo inmediatamente.
—No puedes hacer ruido —advirtió—. Las paredes no son tan gruesas.
—Entonces tendrás que morderte los labios —dije, quitándole el pijama con movimientos rápidos—. Porque no planeo ser suave.
La recosté en la cama, esa cama matrimonial donde alguna vez había dormido con su marido, y la idea me llenó de una posesividad primitiva.
—Esta cama —dije, besando su cuello—. ¿Aquí dormías con él?
—Julian, no...
—Respóndeme.
—Sí —susurró—. Pero eso fue...
—No me importa —la interrumpí, mordiéndole el hombro—. Porque ahora es mía. Tú eres mía. Y voy a hacer que olvides que alguien más te tocó alguna vez.
Mi boca descendió por su cuerpo, besando, lamiendo, mordiendo. Marqué cada centímetro de su piel que nadie más vería. Sus pechos. Su estómago. El interior de sus muslos.
Cuando mi lengua la tocó donde más lo necesitaba, ella tuvo que morder la almohada para no gritar.
La devoré con hambre, con desesperación, con esa necesidad oscura de poseerla completamente. Sus caderas se arquearon contra mi boca, sus dedos se enterraron en mi cabello, tirando de él mientras intentaba mantener los gemidos dentro.
—Julian... por favor... necesito...
—¿Qué necesitas? —pregunté, introduciendo dos dedos dentro de ella mientras mi lengua trabajaba su clítoris—. Dímelo.
—A ti... te necesito a ti...
Me incorporé y me quité la ropa rápidamente. Tomé un condón de mi bolsillo y me lo puse mientras ella me miraba con ojos oscurecidos por el deseo.
Entré en ella de una sola embestida profunda. Ella ahogó un grito contra mi hombro, mordiéndome lo suficientemente fuerte como para dejar marcas.
—Nadie más te toca —gruñí contra su oído mientras me movía dentro de ella—. Nadie más te tiene así. Solo yo.
—Solo tú —repitió ella, y escuchar esas palabras me volvió salvaje.
Las embestidas se volvieron más duras, más profundas, más posesivas. La cama crujía con cada movimiento y sabía que deberíamos ser más cuidadosos, pero no podía detenerme.
—Dilo de nuevo —ordené—. Di que eres mía.
—Soy tuya —susurró contra mi boca—. Dios, Julian, soy tuya.
Cambié el ángulo, golpeando ese punto dentro de ella que la hacía temblar. Su cuerpo se tensó, sus paredes apretándome mientras el orgasmo la atravesaba.
La besé profundamente para ahogar sus gritos mientras me corría dentro de ella, perdiéndome en esa sensación de completitud que solo encontraba con esta mujer.
Nos quedamos así, respirando agitadamente, sudorosos, completamente agotados.
Y entonces me di cuenta de algo.
No quería irme.
No quería escabullirme en la noche como un ladrón. No quería despertar en mi cama vacía mañana.
Quería despertar junto a ella.
—Quédate —susurró Raquel, como si hubiera leído mi mente—. Solo esta noche. Pero tienes que irte antes del amanecer.
—Me quedaré.
Nos acomodamos bajo las sábanas, su espalda contra mi pecho, mi brazo rodeándola posesivamente.
—Esto fue una locura —murmuró ella, pero sonaba adormilada, satisfecha.
—Lo sé.
—No puedes volver a hacer esto. No puedes aparecer así.
—Lo haré cada vez que no pueda soportar estar lejos de ti.
—Julian...
—Shh. Duerme.
Y para mi sorpresa, ambos nos quedamos dormidos.
Un golpe suave en la puerta me despertó abruptamente. La habitación estaba todavía oscura, pero podía ver los primeros rayos de luz filtrándose por las cortinas.
—¿Mami? —la voz pequeña de una niña desde el otro lado de la puerta—. ¿Estás despierta?
Raquel se incorporó de golpe, sus ojos enormes de pánico.
—Es Sofía —susurró—. Dios mío, Julian, tienes que esconderte.
Me bajé de la cama silenciosamente y busqué mi ropa dispersa por el suelo.
—¿Mami? —la voz de nuevo, esta vez acompañada de otro golpe—. Tuve una pesadilla.
—Ya voy, mi amor —respondió Raquel con voz temblorosa—. Dame un segundo.
Me vestí en tiempo récord mientras Raquel se ponía su pijama rápidamente. Señaló el baño y yo me metí ahí, cerrando la puerta sin hacer ruido.
Escuché cómo Raquel abría la puerta de la habitación.
—Hola, mi cielo. ¿Qué pasó?
—Soñé que había un monstruo en el jardín —dijo la vocecita—. ¿Puedo dormir contigo?
Mi corazón se detuvo. Si la niña entraba a la habitación, vería mi saco todavía colgado en la silla. Mis zapatos junto a la cama.
—¿Sabes qué, mi amor? —escuché decir a Raquel—. ¿Qué tal si mejor vamos a tu cuarto y yo me quedo contigo? Podemos hacer una fortaleza con tus hermanos.
—¿En serio?
—En serio. Vamos.
Escuché sus pasos alejándose por el pasillo. Esperé cinco minutos que se sintieron como una eternidad antes de salir del baño.
Miré el reloj. Cinco de la mañana. Tenía que salir de aquí antes de que alguien más despertara.
Tomé mis cosas y me dirigí hacia la puerta. Justo antes de salir, miré la cama donde había estado con Raquel hace apenas unas horas.
Valió completamente la pena.
Bajé las escaleras como un ladrón, salí por la puerta trasera, y crucé el jardín hacia mi auto estacionado a una cuadra.
El sol apenas comenzaba a salir cuando arranqué el motor.
Mi teléfono vibró. Un mensaje de Raquel.
"Casi nos descubren. NUNCA vuelvas a hacer eso."
Sonreí mientras respondía.
"Lo haría mil veces más. Valió cada segundo."
"Estás loco."
"Por ti. Completamente loco por ti."
No respondió, pero sabía que estaba sonriendo del otro lado.
Conduje de regreso a mi apartamento con la certeza de algo que había estado negando durante semanas.
Esto ya no era solo sexo.
Esto ya no era solo un acuerdo.
Me estaba enamorando de Raquel Sanromán.
Y eso me aterraba más que cualquier junta de negocios o trato millonario.
Porque por primera vez en mi vida, había algo que quería y que no estaba seguro de poder tener.
No completamente.
No de la forma en que realmente quería.
Pero diablos si no iba a intentarlo.
Raquel Sanromán era mía.
Y haría lo que fuera necesario para mantenerla.
Aunque eso significara escabullirme de su casa a las cinco de la mañana como un adolescente.
Aunque eso significara arriesgar todo lo que había construido.
Porque ella valía ese riesgo.
Valía cualquier riesgo, al menos eso me dije a mí misma.