Morir traicionado fue lo de menos.
Vincent Moretti vivió como un depredador en las calles de Nueva York: sin miedo, sin remordimientos… y con una sola regla: nunca confiar.
La rompió una vez. Y lo pagó con la vida.
Pero la muerte no fue el final.
Despierta en un mundo que no reconoce… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada, vendida por su propia familia a un viejo repugnante como si fuera mercancía.
Débil. Invisible. Encerrada en una vida que no eligió.
Error.
Porque bajo esa piel suave y ese cuerpo que todos subestiman… sigue latiendo el alma de un criminal.
Y Vincent no sabe ser víctima.
Ahora tiene que aprender nuevas reglas:
un cuerpo que no responde, un mundo moderno lleno de cámaras, enemigos con poder… y una familia que cree que puede seguir controlándola.
Pero ellos no entienden algo.
La chica que compraron ya no existe.
Y lo que regresó en su lugar…
es mucho más peligroso.
Entre mafias, traiciones, deseo y venganza, Emilia no solo va a sobrevivir.
Va a
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CAPÍTULO 12: Ronquidos, blazers y una guerra de estilos.
Vincent se despertó abrazado a algo cálido, firme y que respiraba.
Tardó tres segundos en procesar la información: su cara estaba enterrada en un pecho que no era una almohada, sus brazos rodeaban un torso que definitivamente tenía músculos, y una de sus piernas gordas estaba enredada entre las piernas de alguien que olía a jabón caro y a paciencia agotada.
No. No. No. No.
Se desenredó tan rápido como el cuerpo de Emilia se lo permitió, que no fue rápido en absoluto, sino más bien un forcejeo torpe de extremidades gordas y tela de pijama de vaca que casi lo tira de la cama. Antonov no estaba dormido. Estaba acostado boca arriba con los ojos abiertos, mirando el techo con la expresión de un hombre que lleva horas despierto contemplando sus decisiones de vida.
—Buenos días —dijo Vincent, sentándose de golpe al borde de la cama y evitando el contacto visual como si Antonov fuera el sol.
Antonov no contestó. Se levantó, caminó hacia el baño y antes de cerrar la puerta dijo, con una voz que arrastraba la falta de sueño como quien arrastra cadenas:
—Roncas.
—No ronco.
—Roncas como un motor de camión averiado. Llevas toda la noche roncando. Y además te mueves como si estuvieras peleando con alguien en sueños, me diste un codazo a las tres de la mañana y a las cinco me desperté contigo prácticamente encima de mí con la capucha de vaca en mi cara.
La puerta del baño se cerró y Vincent se quedó sentado en la cama procesando la humillación con la dignidad que le permitía un overol de vaca arrugado y el pelo de Emilia convertido en algo que parecía un arbusto después de un huracán.
Ronco. Genial. En mi cuerpo anterior no roncaba. O al menos nadie tuvo las agallas de decírmelo.
Escuchó la ducha abrirse y cerrarse en tiempo récord, luego a Antonov salir vestido y peinado en menos de diez minutos con la eficiencia de un hombre que tiene cosas más importantes que hacer que compartir espacio con una vaca roncadora, y finalmente la puerta de la habitación cerrándose.
Se había ido a desayunar sin esperarla.
Perfecto. Más tiempo para prepararme.
Vincent se metió a la ducha, se tomó su tiempo y luego se plantó frente al vestidor con la determinación de un hombre que va a vestirse para una guerra. Porque eso era lo que era: cada día en esta mansión era un campo de batalla y la ropa era la armadura.
Pasó los vestidos de largo sin mirarlos. Pasó las faldas. Pasó las blusas con encaje y las cosas con volantes y todo lo que gritaba "mujer decorativa que se sienta bonita y no molesta". Al fondo del armario encontró lo que buscaba: pantalones de vestir, camisas de manga larga, blazers. Ropa seria, ropa de estructura, ropa que le recordaba a los trajes que usaba en los años veinte cuando tenía que ir a una reunión con Don Alessio y quería que todo el mundo supiera que él no estaba ahí para servir copas.
Se puso unos pantalones oscuros que le quedaron justos pero dignos, una camisa blanca que tuvo que abrochar con cuidado porque los botones del pecho eran una negociación diplomática con las tetas de Emilia, y un blazer negro que le sentó como si hubiera sido hecho para ella. Se miró en el espejo y por primera vez desde que despertó en este cuerpo vio algo que reconoció: autoridad. No la belleza que vendía esta época ni la fragilidad que la familia Mendoza intentó imponerle a Emilia durante veintiséis años, sino la presencia sólida de alguien que entra en una habitación y espera que la escuchen.
Encontró una corbata entre la ropa. Se la puso por instinto, porque durante treinta y cuatro años se puso corbata cada vez que el momento lo requería, y los dedos de Emilia la anudaron con una memoria muscular que no era de Emilia sino de Vincent, un nudo Windsor perfecto que le salió al primer intento.
Se miró otra vez.
No. La corbata es demasiado. Parece que voy a una junta de la mafia y no a un desayuno.
Se la quitó con cierto pesar, porque verse con corbata le había devuelto un pedazo de identidad que llevaba semanas extrañando, y la dejó colgada en el armario para otro día.
El pelo fue el desastre de siempre. Lo intentó con un moño, que salió torcido. Lo intentó suelto, que le tapaba media cara. Se rindió y se hizo una cola de caballo tirando todo hacia atrás, que no era elegante pero al menos le despejaba la cara y le daba un aire de "no tengo tiempo para estupideces" que encajaba con el resto del look.
Maquillaje ni tocarlo. Los frascos y tubos del baño la miraban como artefactos de un planeta que no hablaba su idioma.
Se miró una última vez: pantalones, camisa, blazer, cola de caballo torcida, cero maquillaje, zapatos planos. Una gorda vestida como ejecutiva de Wall Street que se quedó dormida antes de terminar de arreglarse.
No es perfecto. Pero es mío.
Bajó al comedor.
La mesa del desayuno estaba casi vacía. Antonov ya se había ido, el abuelo aparentemente desayunaba en sus habitaciones, y los hermanos y primos habían desaparecido a lo que fuera que hiciera esta gente con sus mañanas. La única persona sentada a la mesa, con una taza de té verde y una tostada sin mantequilla que parecía más un acto de penitencia que un desayuno, era Natasha.
La esposa de Dimitri la vio entrar y la recorrió con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en cada detalle con la precisión de un escáner: los zapatos planos, los pantalones, el blazer, la cola de caballo, la cara sin maquillaje. Cada detalle registrado, catalogado y juzgado en menos de cinco segundos.
—Buenos días, Emilia —dijo con esa voz suave que usaba como un bisturí—. Dormiste bien, espero. Aunque por la cara que trae Vicente esta mañana, diría que alguien no lo dejó descansar mucho.
Vincent se sentó frente a ella, le hizo un gesto a la empleada que esperaba en la esquina y pidió café y lo que hubiera de desayunar. Sin prisa, sin responder al comentario, dejando que el silencio hiciera su trabajo.
Natasha esperó. Cuando vio que Vincent no iba a morder el anzuelo, cambió de táctica.
—Sabes, Emilia, si quieres puedo recomendarte a alguien que te ayude con... —hizo un gesto vago que abarcaba todo el cuerpo de Vincent, desde el pelo hasta los zapatos— ...todo esto. Porque entiendo que vienes de un entorno más sencillo, pero ahora eres la esposa de Vicente Antonov y hay ciertos estándares. El maquillaje, por ejemplo, hace milagros. Y un buen vestido, algo femenino, con un poco de tacón, te haría ver menos...
Dejó la frase colgando como un cuchillo sobre una mesa, esperando que Vincent la completara con su propia inseguridad.
Vincent le dio un sorbo al café que la empleada acababa de traerle, se tomó su tiempo para saborearlo, y dijo:
—¿Menos qué?
—Menos... masculina, cariño. Pareces una contadora que se equivocó de edificio.
—Prefiero parecer contadora a parecer una muñeca que no come —dijo Vincent mirando la tostada sin mantequilla de Natasha con una compasión que era peor que cualquier insulto—. Pero gracias por la oferta. Tendré en cuenta tus consejos el día que los necesite.
Se terminó el café, se comió el desayuno completo —huevos, tostadas con mantequilla, fruta, todo lo que Natasha miraba como si fuera veneno— y se levantó de la mesa justo cuando una empleada se acercó.
—Señora Antonov, su esposo la espera en el despacho.
El despacho de Antonov era una habitación con estanterías de madera oscura, un escritorio del tamaño de la cama donde habían dormido y una ventana que daba al jardín trasero. Antonov estaba sentado detrás del escritorio hablando por teléfono, y cuando Vincent entró le hizo un gesto para que se sentara sin interrumpir la llamada.
Vincent se sentó y esperó, porque si algo sabía hacer era esperar.
Antonov colgó, dejó el teléfono sobre el escritorio y la miró. La miró de verdad, no el vistazo rápido de la boda ni la mirada incrédula de la pijama de vaca, sino una evaluación completa, de esas que hace la gente que toma decisiones sobre personas como parte de su trabajo diario.
—¿Siempre te vistes así? —preguntó.
—¿Así cómo?
—Como si fueras a una reunión de negocios en lugar de a desayunar.
—Prefiero estar vestida de más que de menos. Así me siento cómoda.
—Te ves bien —dijo, y lo dijo con el tono neutro de quien constata un hecho sin cargarlo de emoción—. Pero para ser mi esposa en los eventos y reuniones que vienen, necesitas algo más. No digo vestidos de gala ni tacones de quince centímetros, pero faldas, algo más femenino, algo que no le dé a mi familia más excusas de las que ya tienen para hablar de ti.
Vincent lo miró con una expresión que habría hecho retroceder a hombres más grandes que Antonov, pero que a Antonov le resbaló como agua sobre mármol.
—No me voy a poner vestidos ni faldas —dijo—. Este es mi estilo. Lo puedo ajustar, lo puedo pulir, pero no voy a convertirme en algo que no soy para que tu familia deje de hablar. Tu familia va a hablar de mí me ponga lo que me ponga, y si crees que un vestido va a cambiar eso, no conoces a las víboras con las que vives.
Antonov la miró durante unos segundos con esa cara indescifrable que tenía, la cara que era la de Vincent pero sin las grietas, sin las cicatrices, sin la vida que las produce.
—Tienes razón en eso —concedió—. Pero al menos necesitas alguien que te ayude a sacarle provecho a lo que ya tienes. El pelo, la cara, los detalles. No te estoy pidiendo que cambies, te estoy pidiendo que afines.
Sacó una tarjeta del cajón del escritorio y la deslizó sobre la mesa.
—Sofía Herrera. Es la mejor estilista de la ciudad. Discreta, profesional y no hace preguntas. Dile lo que quieras y lo que no quieras y ella trabajará con eso. La cuenta va a mi nombre.
Vincent agarró la tarjeta y la miró. Un nombre, un número, un logo discreto.
—No voy a ponerme faldas —repitió.
—No te estoy pidiendo que te pongas faldas. Te estoy dando una herramienta. Úsala como quieras.
Vincent se guardó la tarjeta en el bolsillo del blazer y se levantó. En la puerta se detuvo y sin girarse dijo:
—Para que conste: estoy cansada de hacer lo que todo el mundo quiere que haga. Lo hice toda mi vida y me trajo hasta aquí. A partir de ahora voy a hacer lo que yo quiera, vestirme como yo quiera y verme como yo quiera. Si eso te funciona, perfecto. Si no, recuerda que prometiste darme un bate.
Salió del despacho y caminó por el pasillo de la mansión de los Antonov con la tarjeta en el bolsillo y algo nuevo dándole vueltas en la cabeza, algo que no era un plan de venganza ni una estrategia de supervivencia sino algo más sencillo y más complicado al mismo tiempo.
Emilia vivió veintiséis años dejando que otros le dijeran cómo vestirse, cómo verse, cómo existir. Le compraban ropa que no le quedaba a propósito, le negaban el maquillaje, le destruían la autoestima pieza por pieza hasta que se miraba al espejo y solo veía lo que ellos querían que viera: una gorda fea que no merecía nada.
Se detuvo frente a un espejo del pasillo y se miró: pantalón, blazer, cola de caballo torcida, zapatos planos, cero maquillaje, cara redonda con ojos grandes que empezaban a mirar diferente.
Tal vez no se trata de ponerme vestidos o faldas o lo que sea que este mundo espera de una mujer. Tal vez se trata de que por primera vez en la vida de este cuerpo, alguien decida cómo quiere verse y lo haga sin pedir permiso.
Sacó la tarjeta y miró el número.
No para ser lo que ellos quieren. Para ser lo que yo decida.
Guardó la tarjeta y siguió caminando.
Alguien se esta haciendo pasar por el muerto.
El viejo Reencarno!