Sara regresa a la granja de sus padres para cuidar a su madre en campania de su esposo Alejandro,
Al llegar Sara comienza a ver el fantasma de una niña en sus sueños y comienza a caminar dormida, despertando cada mañana, en un lugar diferente, cada vez más alejada de la granja
Alejandro pronto trata de investigar lo que esta pasando y poco a poco comienza a descubrir los oscuros secretos del pasado que oculta su Esposa
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LA PERDIDA
El aire se volvió denso y frío cuando Alejandro se lanzó al agua, el grito de Sara resonando en su mente como un eco aterrador. La corriente era feroz, un monstruo voraz que trataba de arrastrarlo junto a su amada. Con cada brazada, el agua helada le golpeaba el rostro y le robaba el aliento, pero su determinación era más fuerte que el miedo. “¡Sara, aguanta!” gritó, su voz ahogada por el rugido del río. La visión de su esposa cayendo al abismo se repetía en su mente, y con cada segundo que pasaba, sentía que el tiempo se deslizaba entre sus dedos.
Con un esfuerzo titánico, logró alcanzar el cuerpo de Sara, que flotaba inconsciente, su cabello oscuro danzando en el agua como algas marinas. La abrazó con fuerza, sintiendo su fragilidad. “No, no, no,” murmuró, mientras luchaba contra la corriente. La desesperación lo invadía, pero el amor lo mantenía a flote. Con cada movimiento, su corazón latía con más fuerza, como si quisiera salir de su pecho y salvarla. “No te vayas, por favor,” rogó, mientras sus manos se aferraban a ella, tratando de arrastrarla hacia la orilla.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, Alejandro logró arrastrar a Sara hasta la orilla. El agua la había dejado pálida y fría, como una muñeca de porcelana. Con gran esfuerzo, la colocó sobre la tierra húmeda y comenzó a realizar maniobras de resucitación, su mente en un torbellino de miedo y esperanza. “Sara, despierta. ¡Por favor, despierta!” Su voz sonaba como un susurro desesperado, mientras su corazón se llenaba de una mezcla de pánico y amor. La brisa nocturna acariciaba su rostro, pero no había consuelo en su alma.
El sonido de sirenas resonó en la distancia, y cuando finalmente llegaron los paramédicos, Alejandro sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor. “¡La necesito viva!” les gritó, mientras ellos la colocaban en una camilla. Su mirada se encontró con la de uno de los paramédicos, quien asintió con gravedad. “Haremos lo que podamos,” le respondió, pero Alejandro ya no podía escuchar. Su mente estaba atrapada en un ciclo de recuerdos: risas, sueños compartidos, planes para el futuro. Todo eso estaba en peligro de desvanecerse.
En el hospital, el tiempo se volvió un enemigo implacable. Alejandro esperó en la sala de emergencias, las paredes blancas y frías pareciendo cerrarse a su alrededor. Cada sonido, cada susurro de los médicos, lo hacía saltar. Finalmente, una doctora salió, su rostro grave como el cielo antes de una tormenta. “Lo siento,” dijo, y el mundo de Alejandro se desvaneció. “Sara ha fallecido, pero su bebé ha logrado sobrevivir.” Las palabras fueron un golpe en el pecho, un dolor que lo atravesó como un cuchillo. “¿Cómo? ¿Por qué?” balbuceó, sintiendo que su vida se desmoronaba.
Los días siguientes fueron un tormento. Alejandro se aferró a la idea de su hija, una pequeña que había llegado al mundo sin su madre. En la habitación del hospital, la niña lloraba, un sonido que lo llenaba de una mezcla de tristeza y esperanza. “Te cuidaré,” le prometió, mientras la miraba con ojos llenos de lágrimas. “Nunca te dejaré sola.” La pequeña parecía un reflejo de Sara, con su cabello oscuro y su piel suave. Era un recordatorio constante de lo que había perdido, pero también de lo que aún podía amar.
Pasaron los años, y Alejandro se mudó a Nueva York, donde su arte floreció. Se convirtió en un pintor reconocido, sus obras llenas de vida y emoción. Sin embargo, su corazón siempre llevaba la sombra de la pérdida. La pequeña, a quien llamó Sara en honor a la madre que nunca conoció, creció rodeada de amor. Alejandro la cuidaba con devoción, cada trazo de su pincel reflejando la belleza de la vida que había luchado por preservar. “Eres mi razón,” le decía cuando la miraba jugar, sus ojos brillando con la inocencia de la infancia.
A Medida que pasaban los años, Alejandro comenzó a notar cosas extrañas. A veces, Sara hablaba de sueños en los que veía a una mujer con un vestido blanco, una figura que la miraba con ternura. “¿Quién es, papá?” preguntaba, sus ojos llenos de curiosidad. Alejandro se sentía atrapado entre la realidad y lo sobrenatural, como si la sombra de Mariana estuviera más cerca de lo que pensaba.