Otto Bonanno no conoce límites. Don de la Cosa Nostra, él es la ley y la sentencia, un hombre formado para mandar con la fuerza, el miedo y la sangre. Para él, nada es más importante que el poder… hasta ver a Aurora.
Ella no es más que una nueva bailarina contratada para el club. Un rostro delicado, un cuerpo que se mueve en perfecta sincronía con la música —y una luz que no debería desear. Pero Otto no es hombre de resistirse. Es hombre de tomar.
Aurora buscaba un nuevo comienzo, lejos de las marcas del pasado, pero acabó cayendo directamente en las garras del depredador más peligroso de la ciudad. Ahora, cada paso, cada suspiro y cada mirada suya le pertenecen.
Entre el placer prohibido y la prisión de un amor obsesivo, ella tendrá que elegir: rendirse al Don o luchar contra un enemigo imposible de derrotar.
Porque Otto Bonanno no se enamora.
Él domina.
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Capítulo 24
Aurora
La puerta se cerró tras de mí con un golpe seco que resonó por toda la mansión.
Sola. Finalmente sola.
Mi cuerpo aún temblaba, como si cada gota de lluvia que se había deslizado por mi rostro hubiera marcado mi piel con un frío que nada conseguiría calentar.
El corazón latía demasiado rápido, doliendo demasiado, y quería culparme por cada palpitación que aún pulsaba por mi cuerpo. Por cada recuerdo de sus ojos, de la mano firme que había sujetado mi nuca, del sabor de sus labios…
Quería odiarlo.
Debería odiarlo.
Pero lo que sentí no era odio.
Era una asfixia.
Un nudo imposible de deshacer, una tormenta interna que me aplastaba.
Caminé por el corredor, arrastrando los pies, el mundo pareciendo inclinarse sobre mi cabeza.
Su habitación apareció frente a mí, silenciosa y sombría como él. Entré. Cerré la puerta tras de mí y la bloqueé.
El clic de la llave fue como la última línea entre mí y el caos que él llevaba conmigo a donde quiera que fuera.
Apoyé la espalda en la puerta, deslizándome hasta el suelo, y dejé que el cuerpo cayera, temblando.
Las manos fueron instintivamente al rostro, intentando alejar la imagen de él, intentando expulsar el olor, el tacto, la posesividad que aún quemaba dentro de mí.
Pero no había forma.
Todo lo que él hacía… todo lo que él era… me asfixiaba.
Y, aún así, había algo en mí que echaba de menos.
Aun queriendo negarlo, echaba de menos su presencia.
De la intensidad que me aplastaba, que me asustaba, que me hacía querer huir y, al mismo tiempo, desear quedarme.
El pecho dolía. Cada respiración parecía insuficiente.
Mi cuerpo recordaba su tacto, aunque jurara a mí misma que no quería.
Y la rabia que intenté cultivar contra él comenzó a mezclarse con algo más cruel: deseo.
Deseo que no podía admitir.
Deseo que me aterrorizaba.
Las lágrimas vinieron, calientes y amargas, resbalando sin que pudiera impedirlo.
Porque cada gota cargaba todo lo que no quería sentir.
Todo lo que él me había arrancado sin pedir permiso.
Mis dedos apretaron el tejido del bikini mojado contra la piel, y quise arrancarlo todo, ahogar aquel calor que aún me quemaba, pero nada funcionaba.
Ni gritar. Ni llorar. Ni huir.
Él estaba en mí. En cada músculo, en cada latido de corazón.
Y era injusto. Era incorrecto. Era sofocante.
El silencio de la habitación parecía burlarse de mí.
Yo sabía que no podía contarle eso a nadie. Ni a mí misma.
Pero el cuerpo no mentía.
El corazón no mentía.
Y cada recuerdo de él, cada toque, cada palabra cruelmente honesta… me asfixiaba.
Me senté en el borde de la cama, abrazando las rodillas contra el pecho, intentando convencerme de que respirar era suficiente.
Que alejarme de allí era suficiente.
Pero no lo era.
Porque Otto no era solo un hombre.
Él era una tempestad.
Y yo estaba en el ojo de ella, impotente, temblorosa, y extrañamente dependiente de esa destrucción que él traía.
La habitación estaba oscura, pero aún así yo podía ver todo de él.
No visualmente, sino en la memoria, en el calor que aún quemaba en mis manos, en el peso de su cuerpo sobre mi mundo.
Y la sensación era sofocante.
Pero yo no podía ceder.
No podía admitir que sentía algo por él.
No podía.
Cerré los ojos y respiré hondo, intentando expulsar cada fragmento de deseo que insistía en aferrarse.
Pero, por dentro, la verdad dolía más que cualquier herida física: aun queriendo negarlo, aun queriendo huir, yo aún sentía.
Y sentir era sofocar.
Sofocar era querer.
Querer era perderse.
Y yo no podía perderme.
No aún.
Me quedé allí, sola, encerrada, temblando e intentando procesar todo.
Pero una cosa estaba clara: por más que intentase liberarme de él, Otto no necesitaba tocarme para poseerme.
Él ya me tenía.
En el aire, en los pensamientos, en el corazón.
Y esa posesión dolía más que cualquier herida que él pudiera infligirme físicamente.
Porque el dolor real… era querer odiarlo.
Y no conseguirlo.