Una vez creí en los cuentos de hadas, pero tarde me di cuenta de que solo eran una mentira que nos cuentan de niños para desviarnos de la maldad de este mundo en el cual por desgracia y caí y morí sabiendo que él no me amaba.
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Capítulo 7: El deseo de Ayla
AYLA
Abrí el libro con manos más firmes de lo que me sentía por dentro. Luego de un rato no supe en qué momento dejé de leer como espectadora. Las páginas del libro avanzaban con cada palabra que leía, pero no eran palabras únicamente. Eran emociones que se metían bajo la piel, recuerdos que no eran míos, y aun así, dolían como si lo fueran.
Nikolay había cambiado. No de la manera en que todos esperaban. No se volvió un monstruo de la noche a la mañana, no. Fue mucho peor. Se convirtió en alguien que dejó de esperar. Alguien que entendió que el amor no siempre salva, que algunas veces solamente deja ruinas más profundas.
El libro continuaba describiendo la frialdad de Nikolay de manera inquietante: impecable, calculador, temido. Un hombre que había levantado muros difíciles de atravesar, no eran para protegerse, sino para no volver a sentir.
Pero entre líneas... entre cada gesto descrito, cada silencio, cada decisión cruel... podría verlo. Podía verlo a él... A un hombre que amó sin medida. Alguien que fue abandonado cuando más lo necesitaba. Mis dedos se aferraron a la hoja.
—No eres así...—Murmuré, apenas era consciente de mi propia voz. Porque lo comprendía. Vaya que sí lo comprendía.
Sarai continuaba apareciendo en su vida como un eco del pasado que se negaba a desaparecer. Y cada encuentro entre los dos era peor que el anterior. No hubo gritos, no hubo escenas dramáticas... solo miradas cargadas de todo lo que nunca se resolvió.
Todo lo que se rompió. Y entonces... Llegó esa parte. Esa parte que me dejó sin aliento.
Sarai, frente a él, temblando. No era por miedo, sino por culpa. Tratando de acercarse, haciendo el esfuerzo de hablar, intentar arreglar algo que ya no tenía arreglo.
Y Nikolay... se quedó inmóvil. Silencioso. Con el rostro marcado, irreconocible para el mundo. Pero no para ella. Porque ella sabía quién era. Siempre lo supo.
—¿Por qué volviste?—le preguntó él. No había rabia en sus palabras y eso fue lo que más dolió. Había algo peor. Vació.
Cerré los ojos un segundo, sintiendo cómo mi pecho se apretaba. Porque esa pregunta... No era solo para ella. Era para cualquiera que alguna vez se fue. Que eligió irse. Creyó que podría volver luego, como si el tiempo no dejara cicatrices. Seguí leyendo, pero cada palabra me pesaba más.
Sarai trató de explicarle. Intentó hacerle ver que nunca dejó de amarlo, que las circunstancias... el miedo... que—
Pero él no la interrumpió. No levantó la voz. Solo dijo algo que me atravesó por completo:
"El amor que huye... no vuelve igual."
Sentí un nudo formarse en mi garganta. Porque era verdad. Lo había vivido. Yo también había hecho el intento de sostener algo que ya estaba roto. Mis ojos se humedecieron sin darme cuenta de ello. Y entonces... algo en mí cambió.
No era un pensamiento claro. Era más bien... una sensación, una punzada de profunda empatía que me llenó el pecho de golpe. Miré el libro, como si pudiera ver más allá de las páginas. Como si él... pudiera escucharme.
—Solo...—susurré, con la voz apenas firme—solo necesitas a alguien que no se vaya.—, tragué saliva.—Alguien que sepa ver más allá de tus cicatrices, más allá del dolor, más allá de lo que te hicieron creer que eres.—Apreté el libro contra mí, cerrando los ojos. Mi voz se quebró.
—Eres alguien que sufrió mucho. No eres un monstruo.
Y por un instante... Solo un instante. Deseé algo imposible. Que Nikolay encontrara a alguien que en verdad lo amara. Que no huyera. Que no le temiera. Que eligiera quedarse.
El silencio en mi departamento se hizo más profundo. Más pesado. Como si mis palabras no se hubieran perdido en el aire... sino que hubieran sido escuchadas.
Abrí los ojos lentamente. No pasó nada. Nadie cambió. Pero algo... se sentía diferente. Negué con la cabeza, intentando sacudir esa sensación extraña.
—No, no. Solo debo de estar cansada...—Murmuré.
Volví a mirar el libro, aún quedaban páginas. Recordé la advertencia.
"Léelo hasta el final..."
Pero mis párpados pesaban. El cuerpo ya no me respondía igual. Me acomodé en el sofá, sosteniendo el libro entre mis manos, como si temiera que desapareciera si lo soltaba.
...****************...
El sonido de mi alarma me hizo despertar de golpe. Parpadeé varias veces, desorientada. La luz de la mañana se filtraba por la ventana, bañando el departamento con una calma engañosa. El libro seguía conmigo.
Cerrado. En silencio. Lo miré unos segundos.
—Después...—dije en voz baja. Me levanté, me preparé casi en automático, como si mente aún estuviera atrapada entre esas páginas. Salí.
La ciudad ya estaba despierta.
La gente caminaba, los autos pasaban, el ruido constante de la rutina que no se detiene por nadie. Caminé en dirección al trabajo, pero algo dentro de mí seguía inquieto. Como si hubiera dejado algo inconcluso. Como si... no debiera de haber cerrado el libro.
Negué con la cabeza pensando en que eso era ridículo. Fue entonces que lo oí. Una voz grave, familiar. Muy familiar. Al oír esa voz mi cuerpo se tensó antes de que mi mente pudiera reaccionar.
Me detuve. Y levanté la vista.
—Ayla.
El mundo entero se detuvo. Mi corazón dio un golpe seco contra mi pecho.
No era posible. No podía ser...
Esa voz...
Apenas giré. Y no vi el auto. El impacto fue instantáneo. Brutal.
El sonido, el dolor, el aire escapando de mis pulmones... todo sucedió en una fracción de segundo.
Luego nada...
Solo oscuridad.