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La Frecuencia Del Barro

La Frecuencia Del Barro

Status: En proceso
Genre:Apoyo mutuo / Mundo de fantasía / Polos opuestos enfrentados / Sci-Fi
Popularitas:122
Nilai: 5
nombre de autor: Pluma Magna

Ji-Hoon Kang, un genio de la acústica de Seúl, vive atrapado en una corporación que produce buen sonido. Se cansa del mundo frío y artificial de León, Nicaragua, y vive en un universo diferente que está vivo, es imperfecto y está lleno de recuerdos de estos lugares y de cada uno de ellos. Allí Xiomara Aguilar, arquitecta que lidia con su memoria emocional de los espacios, y tanto ella como Ji-Hoon lo ayudan a reconstruir el Teatro de la Merced, un lugar donde el barro y la madera forman un sonido fantástico. Pero su antigua corporación quiere usar esa esencia para comercializarla. Entre los viejos túneles y el poder de la tierra, Ji-Hoon debe decidir qué camino elegir: regresar a lo artificial o quedarse como el "Ingeniero de Barro" y proteger una frecuencia que puede cambiar la forma en que el mundo escucha la vida.

NovelToon tiene autorización de Pluma Magna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 12: La Frecuencia de la Eternidad

Seis meses después, León no solo olía a polvo y sol; olía a jazmín y a madera de cedro recién pulida. El Teatro de la Merced se erguía en la esquina de la calle real no como una reliquia del pasado, sino como un faro del futuro. Las paredes de adobe, reforzadas con la "mezcla brava" que Ji-Hoon había aprendido a batir con sus propias manos, lucían un blanco inmaculado que reflejaba la luz de la luna llena de octubre.

Ji-Hoon estaba en el foso de la orquesta, ajustando el último de los resonadores de ámbar. Vestía una guayabera de lino blanco, un regalo de Doña Esperanza, y sus manos, aunque ya no tenían ampollas, conservaban la calosidad del hombre que ha construido su propio destino.

—Faltan diez minutos, Custodio —dijo una voz burlona desde arriba.

Ji-Hoon levantó la vista. Xiomara estaba apoyada en la baranda del primer balcón. Llevaba un vestido azul cobalto que resaltaba sus rizos y una sonrisa que, para Ji-Hoon, era la única frecuencia que importaba en el universo.

—El sistema está estable, Xiomara-ssi —respondió él, subiendo las escaleras de dos en dos—. La humedad relativa es del 65%, la temperatura es de 24°C. La velocidad del sonido es de 345.6 m/s. Es... perfecto.

—No es perfecto porque los números lo digan, chele —dijo ella, tomándolo de las manos al llegar a su lado—. Es perfecto porque afuera hay una fila de tres cuadras de gente que quiere oírnos. Hasta Doña Chilo cerró la carnicería temprano para venir.

El Mensaje del Otro Lado del MarAntes de que las puertas se abrieran, el Licenciado Montoya se acercó a Ji-Hoon con un sobre de papel arroz, grueso y elegante, que contrastaba con el entorno.

—Esto llegó hoy a la oficina por mensajería privada desde Seúl —dijo Montoya, entregándoselo con una mirada comprensiva—. No tiene el sello de la corporación. Solo un nombre personal.

Ji-Hoon se apartó hacia un rincón sombreado del vestíbulo. Abrió el sobre. No era de su padre. Era de su madre, una mujer que siempre había vivido bajo la sombra del Director Kang, comunicándose a través de silencios y miradas cómplices.

"Ji-Hoon-ah:

He visto las noticias en los portales internacionales sobre el 'Milagro Acústico de León'. Tu padre no dice nada, pero ha pasado las últimas tres noches en su estudio escuchando grabaciones de orquestas antiguas. Ayer, lo encontré mirando tu foto de graduación. No te pedirá perdón, su orgullo es su propia cárcel, pero quiero que sepas que me ha pedido que te envíe esto.

(Adjunto un cheque personal a nombre de la Fundación del Teatro de la Merced).

Él dice que es una 'inversión técnica', pero yo sé que es su forma de admitir que tu sonido llegó hasta aquí. Sé feliz, hijo mío. Construye puentes donde él solo vio muros. Te quiere, Eomma."

Ji-Hoon sintió un nudo en la garganta. No era el perdón total, pero era un cese al fuego. Guardó el sobre en el bolsillo de su guayabera, justo sobre el corazón, y sintió que el último hilo de tensión que lo unía a Seúl se transformaba en un puente de luz.

El Concierto de las Sombras y las LucesA las ocho en punto, las puertas se abrieron. La élite de León, los estudiantes de la universidad, los vendedores del mercado y los campesinos de las faldas del volcán se mezclaron en las butacas de madera. No había zonas VIP; el sonido, gracias al diseño de Ji-Hoon, era igual de democrático en la primera fila que en el último rincón del "gallinero".

Xiomara subió al escenario. El silencio que cayó sobre la sala no fue impuesto; fue un acto de respeto colectivo.

—Este teatro no le pertenece a ninguna empresa —dijo ella, su voz clara y potente—. Le pertenece a cada mano que paleó arena y a cada corazón que no se rindió cuando nos quitaron el dinero. Hoy, León vuelve a cantar.

La orquesta municipal, reforzada por músicos locales, empezó a tocar. No fue una pieza coreana, ni una sinfonía europea. Fue "Ruinas", el vals de José de la Cruz Mena.

Ji-Hoon cerró los ojos y se concentró. Activó mentalmente el mapa acústico que conocía de memoria. El sonido de los violines subió por las paredes de adobe, chocó con las vigas de cedro y fue filtrado por los resonadores de ámbar. No era música amplificada; era música viva. El sonido envolvía al público como una caricia física.

En un momento dado, la orquesta bajó el volumen hasta un murmullo casi imperceptible. Ji-Hoon pudo oír el suspiro colectivo de la audiencia, el crujido sutil del edificio respirando con la música, y el latido de Xiomara, que estaba sentada a su lado en la fila de honor.

Fue entonces cuando ocurrió el milagro. El sonido no solo se escuchaba; se sentía como si las piedras mismas estuvieran contando la historia de Nicaragua: las guerras, las risas, los volcanes y la esperanza. La gente empezó a llorar, no de tristeza, sino de la emoción de reconocerse en un espacio de belleza absoluta.

La Última ResonanciaCuando la última nota se desvaneció, el silencio duró casi diez segundos. Fue un vacío lleno de significado. Luego, el teatro estalló en una ovación que se escuchó hasta la plaza central. La gente se puso de pie, gritando y aplaudiendo, no a los músicos, sino al edificio mismo.

Ji-Hoon y Xiomara salieron al escenario al final, llamados por el público. Él, el ingeniero de Seúl que buscaba el orden; ella, la arquitecta de León que amaba el caos. Se tomaron de la mano frente a la multitud.

—Lo lograste, Custodio —le susurró ella al oído, entre el estruendo de los aplausos.

—Lo logramos, Xiomara —respondió él, mirándola con una devoción que ninguna ecuación podría describir—. Yo solo puse los sensores. Tú pusiste el alma.

Esa noche, después de que la última persona se fuera y las luces se apagaran, Ji-Hoon y Xiomara se quedaron solos en el centro del escenario. El teatro, ahora en penumbra, conservaba el calor de la gente y la vibración de la música.

Ji-Hoon sacó su cuaderno de cuero. Estaba casi lleno. Se acercó a la mesa técnica, tomó un bolígrafo y escribió las últimas palabras:

"Epílogo: Seúl es una ciudad de cristal que intenta tocar el cielo. León es una ciudad de barro que ha aprendido a abrazar la tierra. Ya no busco el silencio perfecto. He aprendido que la vida más hermosa es aquella que resuena con los demás, con sus grietas, sus ruidos y su calor. Mi nombre es Ji-Hoon Kang, y mi hogar es una frecuencia llamada León."

Cerró el cuaderno y lo dejó sobre el podio del director de orquesta como una ofrenda. Luego, tomó la mano de Xiomara y caminaron juntos hacia la salida, cerrando las pesadas puertas de madera detrás de ellos.

Afuera, el aire de la noche era fresco y olía a lluvia lejana. En lo alto, las estrellas brillaban con una intensidad tropical, y el eco de la música parecía seguir flotando sobre los techos de teja de la ciudad que nunca se rinde. El "Chele" y la "Rizos" se perdieron en las sombras de la calle real, dos frecuencias que finalmente habían encontrado su sintonía perfecta en el corazón de Nicaragua.

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