Durante dos años, Arabella lo dio todo por el hombre al que amaba: su jefe, el frío y poderoso heredero del Grupo Altamira. Creyó en cada beso a escondidas, en cada promesa susurrada dentro del ascensor. Hasta la mañana en que otra mujer abrió la puerta del apartamento de él... y lo llamó "cariño".
Traicionada y con un secreto latiéndole en el vientre, Arabella desaparece sin dejar rastro. No habrá aborto, no habrá súplicas, no habrá una segunda humillación: se marcha para reconstruirse lejos, dispuesta a criar sola a su bebé.
Cinco años después regresa convertida en otra mujer: una diseñadora exitosa, dueña de sí misma y de una niña de sonrisa idéntica a la del hombre que la abandonó. Pero la capital es pequeña para dos corazones rotos, y Mateo —arrepentido, obsesionado, decidido a recuperar lo que perdió— está a punto de descubrir que la mujer a la que dejó ir nunca estuvo sola.
Él quiere una segunda oportunidad. Ella quiere justicia. Y entre los dos hay una niña que no piensa compartir a su papá con nadie.
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Náuseas
Arabella deseaba poder devolver el tiempo atrás, a cuando aún no conocía a un hombre llamado Mateo Altamira. Pero ya no había vuelta; parecía que el destino le había trazado ese camino, y ahora solo le quedaba lamentar su error y aguantar por lo que estaba por venir.
Después de descansar en casa, Arabella quiso ir a ver a sus padres, que estaban vendiendo. También los echaba de menos.
Aunque, en el fondo, sentía mucho miedo al pensar en su verdadera situación.
Caminó unos quince minutos. Cada vez que se cruzaba con alguien, mostraba su dulce sonrisa; y aunque sonriera con naturalidad, para quien la miraba, Arabella tenía en verdad una sonrisa encantadora.
—¿Ara? ¿Arabella?
Se detuvo al ver a una mujer de edad parecida a la suya que la saludaba y se paraba frente a ella.
—Tú eres Ara, ¿verdad? La hermana de Samuel —insistió la mujer.
—Eh, sí. ¿Y tú? —Arabella la recordaba a medias: la cara le sonaba, pero no el nombre.
La mujer sonrió.
—Soy Viviana. ¿No te acuerdas de mí?
Arabella cayó en la cuenta y, sí, recordó de golpe que Viviana era su vecina, la que vivía a cuatro casas de la suya.
—Viviana, la que está enamorada de Sam.
Viviana se sonrojó, avergonzada de que la hermana del chico que le gustaba lo dijera así.
—Eh, no lo digas tan fuerte, qué pena —protestó Viviana, mirando a un lado y al otro—. ¿Acabas de volver de la ciudad?
Arabella sonrió.
—Sí, recién llegué. Voy al puesto de papá.
—Te acompaño, de paso compro albóndigas —se ofreció Viviana.
—¿Vas a comprar albóndigas o a mirar al que ayuda a venderlas? —la picó Arabella.
—Ay, tú —Viviana volvió a sonrojarse.
En las oficinas del Grupo Altamira, a Mateo le palpitaba la cabeza de dolor. Desde hacía dos días se sentía mal, como si algo le fallara en la salud.
—Uf, qué mareo tan fuerte. —Un sudor frío le perlaba la frente. Mateo recostó la cabeza en el respaldo de la silla.
Un clic en la cerradura.
—Señor, la reunión es en quince minutos —dijo Darío, que acababa de entrar en el despacho—. ¿Se siente mal, señor? —preguntó al ver a su jefe con los ojos cerrados y la frente sudorosa.
—Llévame al apartamento.
Al llegar al puesto, Arabella sonrió al ver a sus padres atareados atendiendo a unos clientes; todavía no se habían dado cuenta de que estaba de pie a sus espaldas.
Samuel, su hermano, solo negaba con la cabeza al ver a su hermana empeñada en darles la sorpresa a sus padres.
—Señora, quiero unas albóndigas y una naranjada. Las albóndigas sin fideos ni cebolla frita. Y una cosa más: sin cebollín —pidió Arabella con una sonrisa.
—Qué raro, ese pedido es igual al de... —murmuró la madre de Arabella, acordándose de su hija. El pedido que acababa de oír era idéntico al que Arabella hacía cuando comía albóndigas.
Intrigada por saber quién pedía así, la madre se dio la vuelta para ver, porque la voz también le resultaba familiar.
—¡Ara! —exclamó al ver a la hermosa muchacha que le sonreía con dulzura.
—¿Mamá?
Rompió a llorar de emoción al reencontrarse con su hija; toda la añoranza contenida se desbordó en un abrazo cálido.
—Ara, volviste, hija. —El padre de Arabella también sonreía, conmovido de tener a su hija ante sus ojos.
—Sí, papá. Ara los extrañaba mucho.
Arabella no pudo contener las lágrimas, entre la alegría y la emoción de reencontrarse con sus padres; pero en el fondo también sentía dolor y angustia al pensar en lo que tendría que confesarles sobre su estado.
—Perdonen a Ara, papá, mamá —dijo entre sollozos.
—No pasa nada, hija, entendemos que tardaste tanto en volver porque estabas ocupada —dijo su madre, acariciándole la cara.
Arabella sollozó aún más. Aquel perdón no era solo por no haber vuelto a menudo, sino también por lo que había hecho. Se había dejado arrastrar por el bello espejismo del amor, que la hundió en un abismo profundo.
—Estás más rellenita, ¿no, hija? —observó la madre, examinando el cuerpo algo más lleno de su hija.
Arabella esbozó una sonrisa agria.
—Es que últimamente Ara come mucho, mamá —se excusó, sin atreverse aún a decir la verdad.
Después del abrazo que aplacó la añoranza, Arabella prefirió ayudar a sus padres a atender a los clientes, con la ayuda de Sam. Los dos hermanos se compenetraban de maravilla en momentos así.
—Ya está bien, Ara, déjame a mí —doña Ana quiso quitarle el jabón de lavar los platos que sostenía su hija.
—No pasa nada, mamá, Ara puede.
—Pero acabas de llegar, seguro estás cansada —insistió doña Ana, apenada por su hija.
—Déjala, mamá, en la ciudad solo comía, dormía y trabajaba; seguro que nunca hacía ni una tarea de la casa —dijo Sam con una sonrisa burlona.
Arabella le lanzó una mirada de reojo a su hermano, que la subestimaba.
Además de comer, dormir y trabajar, también hacía ejercicio... en la cama, por ejemplo.
Al cabo de un rato terminaron de vender y se agotó todo. Se pusieron a recoger el puesto para volver a casa.
De pronto, Arabella se tapó la boca al percibir un olor que le revolvió el estómago al instante.
Corrió a un costado del puesto y vomitó todo lo que tenía dentro.
—Ara, ¿qué te pasa, hija? ¿Te dio un aire? —preguntó doña Ana, masajeándole la nuca.
Las lágrimas le rodaron de golpe por las mejillas; le costaba hasta respirar de la opresión que sentía.
¡Estoy embarazada, mamá!, gritó con amargura en su interior.