Ellos son enemigos mortales en la escuela tras morir juntos en un accidente renacen en una novela dónde son los villanos
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capitulo 19
El salón imperial todavía estaba lleno de emociones.
La verdadera princesa permanecía junto a la emperatriz, quien no dejaba de acariciarle la mano, como si quisiera recuperar en unas horas todos los años que habían pasado separadas.
Alma las observó en silencio.
No sentía celos.
Era extraño, porque sabía que la Juner original habría considerado aquella escena una humillación. Para ella, perder el título de princesa habría significado perder su valor, su posición y el derecho a recibir el cariño de la emperatriz.
Pero Alma no pensaba de esa manera.
No necesitaba ser una princesa para vivir bien. Tampoco quería aferrarse a una identidad que no le pertenecía.
Además, si quería sobrevivir, lo mejor era mantenerse lejos de las luchas por el poder.
De pronto, tuvo una idea.
—Madre…
La emperatriz volvió el rostro hacia ella.
—¿Qué sucede, hija mía?
Alma sonrió suavemente.
—Debemos organizar una fiesta de bienvenida para mi hermana.
La joven princesa abrió los ojos con sorpresa.
La emperatriz también se quedó mirándola.
—¿Una fiesta de bienvenida?
—Sí. Mi hermana debe recuperar su nombre, su identidad y el lugar que le corresponde. Todo el imperio debería saber que la verdadera princesa ha regresado a casa. No podemos permitir que su regreso pase inadvertido.
La emperatriz apretó los labios, emocionada.
Había temido que sus dos hijas terminaran enfrentadas. Después de todo, una había crecido en el palacio y la otra había pasado años lejos de su familia. Era natural que existieran sentimientos complicados.
Sin embargo, Alma no solo había aceptado la verdad, sino que estaba pensando en cómo ayudar a su hermana.
La emperatriz le acarició la mejilla.
—Eres una buena niña.
Alma sonrió, pero antes de que la mujer pudiera decir algo más, añadió:
—Y también debemos anunciar oficialmente que ella recuperará su nombre. No debería seguir siendo conocida únicamente como la princesa que regresó. Merece que todos sepan quién es realmente.
La verdadera princesa bajó la mirada. Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
—Hermana, yo…
—No tienes que agradecerme —la interrumpió Alma con una sonrisa—. Es lo que corresponde.
Después se volvió hacia la emperatriz.
—Madre, hay algo más que debemos decidir.
La expresión de la mujer se volvió cautelosa.
—¿Qué cosa, hija mía?
Alma respiró hondo.
—¿Y yo?
El salón quedó en silencio.
La emperatriz la miró, desconcertada.
—¿Tú?
—Ahora que sabemos la verdad, ya no puedo seguir ocupando el lugar de la verdadera princesa. No sería correcto. —Alma hizo una pequeña pausa—. Quiero renunciar a ese título.
La emperatriz palideció ligeramente.
—¡Juner!
La joven levantó la cabeza.
Era la primera vez que utilizaba aquel nombre delante de la emperatriz.
—Yo solo seré su hija adoptiva, madre. Y mi nombre será Alma.
La mujer la contempló con los ojos muy abiertos.
—¿Hija adoptiva?
—Sí. Usted me crió, me protegió y me dio un hogar. No quiero negar todo eso solo porque no compartimos la misma sangre. Pero tampoco quiero quitarle a mi hermana lo que le pertenece.
La emperatriz comenzó a temblar.
—Hija mía…
—No tiene que preocuparse por mí. Seguiré siendo su hija, aunque ya no sea una princesa.
Alma intentó sonreír con naturalidad, pero la emperatriz no pudo soportarlo más.
La abrazó con fuerza.
—¡No digas eso como si estuvieras perdiendo algo!
Alma se quedó sorprendida.
—Madre…
—Escúchame bien. Aunque seas mi hija adoptiva, jamás haré diferencias entre ustedes dos. —La emperatriz le sostuvo el rostro entre las manos—. Las amo por igual. ¿Me has entendido? ¡Por igual!
Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas.
—No importa quién te haya dado a luz. Yo te crié, te vi crecer y te he amado todos estos años. No puedes pensar que, por haber encontrado a mi hija biológica, voy a dejar de quererte.
Alma sintió un nudo en la garganta.
No había esperado que la emperatriz reaccionara de aquella manera.
Había pensado que aceptar la verdad significaría separarse de la familia imperial, perder su posición y marcharse con dignidad.
Pero la mujer que tenía delante no quería perderla.
No estaba preocupada por los títulos ni por las apariencias.
Estaba preocupada por su hija.
Alma bajó los ojos durante unos segundos.
Después levantó las manos y abrazó a la emperatriz.
—Lo sé, madre.
La mujer se aferró a ella todavía más.
—No, creo que no lo sabes. De lo contrario, no hablarías como si tuvieras que marcharte de mi lado.
Alma sonrió débilmente.
—Usted es una emperatriz y una madre justa. Sé que no trataría a ninguna de sus hijas como si valiera menos que la otra.
La emperatriz se apartó apenas para mirarla.
—¡Por supuesto que no!
—Entonces no tiene que preocuparse por mí.
Alma le limpió una lágrima de la mejilla.
—Podemos organizar la ceremonia para reconocer a mi hermana como la verdadera princesa y, al mismo tiempo, anunciar que yo seré su hija adoptiva. No quiero que la gente piense que estamos enfrentadas.
La emperatriz guardó silencio.
Era una propuesta razonable.
La verdadera princesa recuperaría su identidad y su lugar legítimo, mientras Alma conservaría el vínculo familiar que había construido con la mujer que la había criado.
Sin embargo, la emperatriz todavía parecía tener miedo de que Alma terminara alejándose de ella.
—¿Y seguirás visitándome? —preguntó en voz baja.
Alma parpadeó.
—¿Qué?
—¿Vendrás al palacio? ¿Seguirás llamándome madre? ¿Me permitirás preocuparme por ti? ¿O te marcharás y dejarás de verme porque ya no eres una princesa?
Alma la miró con incredulidad.
Después soltó una pequeña risa.
—Madre, ¡no voy a desaparecer!
La emperatriz se quedó inmóvil.
—¿De verdad?
—¡Por supuesto! Usted sigue siendo mi madre. ¿Por qué dejaría de visitarla?
La mujer volvió a abrazarla, esta vez con una sonrisa entre lágrimas.
—¡Mi niña!
A unos pasos de ellas, la verdadera princesa observaba la escena.
Había regresado al palacio pensando que encontraría una hermana que la odiaría por reclamar su lugar. Incluso se había preparado para soportar insultos y humillaciones.
Pero Alma no había intentado defender su posición.
Al contrario, había sido la primera en reconocerla y ahora estaba ayudándola a recuperar su identidad.
La princesa se acercó tímidamente.
—Madre… hermana…
Ambas se volvieron hacia ella.
La emperatriz extendió una mano y la atrajo hacia su lado.
—Ven aquí, hija mía.
La joven obedeció.
Alma le tomó la otra mano.
Durante un momento, las tres permanecieron juntas.
La emperatriz tenía una hija biológica y una hija adoptiva. Las dos eran diferentes, sus vidas habían seguido caminos distintos y todavía tenían mucho que aprender la una de la otra.
Pero, al menos en aquel instante, ninguna tenía que luchar por recibir cariño.
—Cuando se celebre la fiesta —dijo Alma—, quiero que mi hermana sea la protagonista. No hace falta que me den un lugar especial.
La emperatriz la miró con seriedad.
—Tú también tendrás un lugar.
—Madre…
—No voy a permitir que te apartes de tu propia familia para demostrar que eres generosa. Tu hermana recuperará su identidad y tú seguirás siendo mi hija. Ambas estarán presentes en la ceremonia.
Alma suspiró.
—Está bien. Pero no quiero que la gente crea que intento competir con ella.
—Entonces tendrás que demostrarlo con tus acciones, como ya lo has hecho hoy.
La verdadera princesa apretó suavemente la mano de Alma.
—Yo tampoco quiero que nos convirtamos en enemigas.
Alma la miró.
Y esta vez sonrió de verdad.
—Entonces no lo seremos.
Cuando Alma abandonó el salón imperial, el rey regente seguía observándola desde su lugar.
No había intervenido durante la conversación familiar, pero había escuchado cada palabra.
La mujer que antes conocía como Juner siempre había estado obsesionada con su posición. Su orgullo la llevaba a interpretar cualquier cambio como una amenaza.
Sin embargo, ahora había renunciado voluntariamente al título de princesa.
No había exigido recompensas.
Ni siquiera había intentado obtener una ventaja política con su generosidad.
El rey regente entrecerró los ojos.
—Qué mujer tan extraña…
El príncipe, que permanecía cerca de él, escuchó el comentario.
—¿Se refiere a Juner?
—Ahora insiste en que la llamen Alma.
El príncipe miró hacia la puerta por la que ella acababa de salir.
—Quizá haya comprendido que no necesita un título para conservar el cariño de la emperatriz.
El rey regente no respondió.
No confiaba fácilmente en las personas, y menos aún en alguien cuyo comportamiento había cambiado tanto.
Pero había algo que no podía negar.
Alma acababa de evitar una disputa que podría haber avergonzado a la familia imperial ante toda la corte.
Y lo había hecho sin levantar la voz ni derramar una sola lágrima para exigir compasión.
El rey regente se volvió hacia un eunuco.
—Preparen los documentos para el reconocimiento oficial de la verdadera princesa. Y organicen la ceremonia como corresponde.
—Sí, su majestad.
El hombre se marchó.
El rey regente permaneció pensativo.
La historia que conocía parecía estar tomando un rumbo inesperado.
Y todavía no sabía si aquel cambio terminaría salvando al imperio…
O provocando una catástrofe mucho mayor.