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La gordita y el mafioso

La gordita y el mafioso

Status: Terminada
Genre:Mafia / Autosuperación / Matrimonio arreglado / Romance oscuro
Popularitas:159
Nilai: 5
nombre de autor: Lenardt

A los diecinueve años, Joana solo conoce el hambre, los golpes y el desprecio: en su propia casa la tratan como a una sirvienta, la llaman "gorda" y le hacen creer que no vale nada. Cada noche traba la puerta de su cuarto con una silla y sueña con desaparecer.

Lo que no sabe es que, todas las mañanas, el hombre más peligroso de la ciudad la observa desde la mesa de la cafetería donde trabaja.

Sócrates Grizantemo es el Don de la mafia: frío, implacable, capaz de la peor crueldad con sus enemigos… y tiene los días contados para casarse o perder su imperio. Cuando decide comprar la mano de Joana para saldar la deuda de su padre, cree que solo cierra un trato conveniente. Ninguno de los dos imagina que ese matrimonio arreglado despertará en él una ternura que jamás mostró a nadie, y en ella, una mujer fuerte, deseada y libre que no sabía que llevaba dentro.

Pero el pasado de Joana esconde secretos que exigen sangre, y la nueva familia que empieza a amarla guarda los suyos: traiciones que llegan hasta lo más alto, un amor prohibido entre quienes se criaron como hermanos y una conspiración capaz de destruirlos a todos.

En un mundo donde el amor se paga con lujo y las deudas con la vida, Joana tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por los suyos.

NovelToon tiene autorización de Lenardt para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

Respiré hondo, tratando de mantenerme sereno frente a ella, aunque por dentro estuviera explotando.

—Joana, necesito que me lo cuentes. Dijiste que tu padre lo sabía, ¿fue él? ¿Él te tocó?

Me miró un instante y negó con la cabeza.

—Mi padre es una persona mala y me maltrató mucho, pero jamás me hizo algo así.

—Sé que debe de doler hablar de esto, pero por favor, cuéntame qué pasó.

—Igual me voy a morir, así que qué más da, ¿no? —Me levanté y me senté más cerca de sus piernas y le tomé las manos.

—No te vas a morir, prometo que no te haré nada malo, tienes mi palabra. Pero aun así necesito saber qué pasó. —Le costó hablar, las lágrimas le caían, y aquello, al mismo tiempo que me hería, alimentaba a un Sócrates que nadie querría conocer.

—Estaba en casa, sola, y llegó mi hermano. Había bebido, se le notaba. Entró en mi cuarto, me insultó, me golpeó, después me rasgó la ropa y me sujetó contra la cama. Intenté forcejear, intenté huir, pero no pude, y entonces él… él… —El llanto le salió con fuerza, con un dolor inimaginable.

—DESGRACIADO. —Grité levantándome del sofá y descargando un puñetazo en la mesita de vidrio que había en un rincón, haciéndola trizas. Intenté contenerme, pero oír esas palabras y verla llorar así me golpearon de una forma que no fui capaz de aguantar.

Joana me miraba asustada, sin pronunciar palabra.

—Perdóname por esto, pero no puedo creer que te haya hecho eso. Y tu padre, ¿no hizo nada? —Le costó volver a hablar, pero enseguida continuó.

—Cometí la estupidez de contárselo a mi padre, creyendo que me ayudaría. Pero en vez de eso, me dijo cosas horribles, me golpeó y dijo que, si me habían tocado, fue porque me insinué, aunque solo insinuándome muchísimo alguien podría gustar de una gorda como yo, y que, al no ser ya pura, me vendería a un burdel para lavar retretes, porque ni siquiera para prostituirme serviría. Al fin y al cabo, ¿quién querría a una gorda así?

Respiré hondo, tratando de guardar todo ese odio para lo que pienso hacerle a Elano y a Emerson. Los dos van a pagar, por cada maldita palabra y cada maldito toque que le dieron a Joana. Y no solo eso: los dos van a arrepentirse de haber nacido.

—Mi hermano era buena gente, crecimos juntos, pero a partir de cierto momento empezó a volverse una persona mala. Aun así, yo tenía esperanzas de recuperar a mi hermano. Pero mis esperanzas por él murieron cuando asesinó a nuestra madre. —Se derrumbó a llorar y yo la atraje hacia mis brazos—. Jamás esperé eso de él; ¿será que hice algo mal como hermana, algo que le diera la sensación de que podía hacer lo que me hizo?

—Oye, nunca más digas eso. —Hablé haciéndola girar para poder mirarnos a los ojos—. Eres la mujer más perfecta de este mundo, y nada, absolutamente nada que una mujer haga le da a otra persona el derecho de hacer lo que él hizo. La culpa jamás será tuya.

—Gracias. Creo que, de alguna forma, necesitaba oír eso.

—Levántate, vamos, lávate la cara y sacúdete el polvo, porque tenemos una boda que preparar. —Me miró confundida.

—Pero yo pensé que…

—Olvídalo, nos vamos a casar. Y en cuanto a la sábana, ya me encargaré yo de eso.

—Pero no sé si algún día lograré dar ese paso contigo, Sócrates. No mereces casarte con una mujer incapaz de entregarse y de darte hijos.

—Oye, primero: no eres incapaz de absolutamente nada, jamás vuelvas a decir eso. Segundo: voy a esperarte, bella, el tiempo que sea. Puedo esperar una hora, un día, un mes, un año, una década, eso a mí no me importa.

—Pero eres hombre, oí decir que los hombres tienen sus necesidades.

—Voy a contarte algo que jamás le conté a nadie. Absolutamente nadie sabe de esto. —Ella se enderezó para escucharme con más atención.

—Yo nunca tuve sexo, nunca me acosté con ninguna mujer.

—Por favor, no mientas para que yo me sienta mejor.

—No es mentira, bella, es algo mío, algo que no me sentí cómodo haciendo. El sexo, para mí, es algo demasiado íntimo como para hacerlo con cualquiera. Cuando se dice eso de una mujer es común, y de un hombre lo toman como una tontería, pero me pareció importante esperar para tener ese momento. Solo que jamás pude compartirlo con nadie, porque sería el chiste del siglo: el Don virgen.

—¿Hablas en serio?

—Totalmente. He salido con mujeres, pero nunca pasó de cenas y charlas sin importancia. Lo máximo que hice fue besar, nada más.

—Pero eso lo vuelve todo aún peor. Mereces una mujer pura, que se entregue solo a ti, que ese momento sea único para ambos.

—Sí, y esa mujer eres tú. No perdiste tu pureza por lo que pasó y, además, hasta donde sé, no te entregaste a nadie. Te arrebataron algo, y eso no define absolutamente nada. Si yo ya hubiera tenido experiencias con varias mujeres, ¿eso cambiaría algo para ti? —Ella negó con la cabeza—. Pues para mí es lo mismo, no cambia nada, no cuando hablamos de nosotros dos. Ahora, cuando hablamos de tu familia, ahí sí, cambia todo, Joana, porque puedes tener la certeza de que van a pagar por todo el mal que te hicieron, te lo prometo.

—A pesar de la rabia inmensa que estoy sintiendo por esos dos desgraciados, me alegra que me lo hayas contado.

—Solo quisiera que nadie más lo supiera, por favor.

—Hay una persona que va a tener que saberlo.

—¿Quién?

—Mi hermana.

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