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El omega abandonado por su alfa

El omega abandonado por su alfa

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / CEO / ABO / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:176
Nilai: 5
nombre de autor: Majo R.

Durante dos años, Gael Luján fue el esposo invisible de Adrián Ferrer, un poderoso alfa de clase S. Como beta, su única función parecía ser ayudarlo durante el rut. Pero todo cambió cuando Gael se diferenció tardíamente como omega, recibió una marca completa y quedó embarazado.
Por primera vez, creyó que podía tener una familia de verdad.
Se equivocó.
Tres días después de dar a luz, mientras su hijo luchaba por sobrevivir, Gael recibió los documentos de divorcio. Adrián ya había decidido su futuro por él: quedarse con el bebé y expulsarlo de sus vidas.
Meses después, Gael regresa decidido a recuperar a Neno y a no volver a entregar el corazón. Sin embargo, una marca completa no desaparece con una firma. Sus cuerpos aún se reconocen, sus feromonas continúan buscándose y Adrián descubre demasiado tarde que aquel omega al que desechó era la única persona a la que realmente quería.
Ahora el alfa está dispuesto a utilizar la convivencia, el vínculo con su hijo y hasta sus propios instintos para recuperarlo.
Pero Gael ya no es el hombre obediente que abandonó.
Entre celos, deseo, heridas todavía abiertas y un lazo biológico imposible de ignorar, ambos tendrán que descubrir si algunas marcas pueden convertirse en amor… o si solo sirven para recordar quién fue el primero en hacer daño.

NovelToon tiene autorización de Majo R. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Capítulo 8

Adrián había regresado una hora antes de lo previsto. Gael no supo cómo consiguió acercarse.

Evitó sus ojos. La mirada bajó a su nariz, luego a sus labios y terminó en el suelo.

—¿Pasa algo?

Adrián lo examinó. Ya no tenía el rubor de la fiebre ni parecía demasiado débil para sostenerse. Tampoco percibió el rastro dulce.

—¿Vino el doctor Beltrán?

Rara vez hablaban frente a frente. Gael estaba nervioso.

—Sí. Dijo que la fiebre podía deberse a un desequilibrio de feromonas.

Las cejas de Adrián se movieron apenas.

—¿Feromonas?

Gael se apresuró a explicarse.

—No mías. Por el rut… Hubo demasiados cambios estos días. Dijo que probablemente no es grave, pero que podría hacerme estudios en el hospital.

—¿Eso fue todo?

Adrián terminó de cambiarse los zapatos y le entregó el abrigo sin pensar. Gael tardó dos segundos en reaccionar, pero lo recibió por reflejo.

—¿Todavía te duele algo? —preguntó Adrián mientras entraba.

El aroma frío de la madera llegó a Gael en cuanto abrazó la prenda. Bajó la mirada, desconcertado, y la pregunta hizo que el corazón le latiera con fuerza.

—No. Ya estoy bien.

La educación rigurosa de Adrián le permitía mantener una cortesía impecable. Fuera del rut, pocas veces dejaba ver la violencia bajo su apariencia elegante.

Respondió con un sonido breve. Gael buscó desesperadamente otro tema mientras el silencio llenaba la sala.

El mayordomo los observaba desde la entrada. Adrián no subió de inmediato; se sentó en el sofá. El hombre suspiró y se acercó.

—Señor Ferrer, Iván Linares devolvió el carro. Aquí están la computadora, los documentos y la tarjeta adicional que pidió.

Adrián casi había olvidado la orden.

—Si necesitas ampliar el límite, díselo al mayordomo. Mi asistente se encargará. Deja los documentos en el estudio y lleva la cena arriba.

De pronto, Gael tenía una tarjeta negra entre las manos.

—¡Espere!

Nunca había levantado tanto la voz en esa casa. Adrián lo miró con impaciencia, pero Gael se obligó a acercarse.

—Gracias, señor Ferrer, pero no la necesito. Buscaré un trabajo con mejor horario. No volveré a quitarle tiempo.

—Haz lo que quieras.

Adrián subió sin discutir. Gael quedó junto a la escalera, aferrado a la tarjeta. Al pasar, el mayordomo negó discretamente con la cabeza.

Gael no quería aceptarla. Sabía que Adrián no intentaba humillarlo, pero aquel dinero lo ponía nervioso.

Esperó a que el mayordomo regresara.

—Si el señor Ferrer se la dio, consérvela —dijo él con calma—. No tiene nada en contra de usted. Son los Luján quienes vuelven difícil la situación. ¿Lo entiende?

Lo entendía mejor que nadie. Era viernes. Al día siguiente debía cenar con su familia.

—Haré que se mantengan lejos. No dejaré que molesten al señor Ferrer.

El mayordomo pareció aliviado. Miró el abrigo que Gael todavía sostenía.

—La cena aún no está lista. Vuelva a su cuarto. Yo guardaré eso.

Gael se lo entregó y se alejó. A los pocos pasos regresó casi corriendo.

—¿En la habitación del señor Ferrer usan alguna fragancia?

Desde el inicio de aquel rut, percibía un aroma extraño cuando estaba medio dormido. Como beta, no sabía reconocer las feromonas de un alfa. Solo sabía que aquel olor le provocaba una sensación difícil de explicar.

—Hay difusores en todas las habitaciones, pero el señor Ferrer no los usa a diario.

—¿Huele a abeto?

El mayordomo frunció el ceño.

—¿Usted ha olido abeto?

Las feromonas de Adrián tenían el aroma del abeto blanco. La casa evitaba comprar fragancias similares.

Gael empezó a dudar de sus recuerdos. El olor aparecía durante instantes y, aunque estaba a dos pasos del abrigo, ya había desaparecido.

—Tal vez sea por la fiebre. Gracias. Volveré a mi cuarto.

El mayordomo se quedó pensativo antes de dirigirse a la cocina.

Adrián había llevado trabajo a casa. El mayordomo le sirvió la cena en el estudio mientras Gael buscaba dónde esconder la tarjeta.

Su habitación era casi vacía. Revisó cada rincón y terminó guardándola al fondo del clóset.

—Ni trabajando desde otra vida ganaría todo lo que hay aquí.

El mueble barato, la ropa gastada y la tarjeta negra parecían pertenecer a mundos distintos. Gael la sacó, volvió a mirarla y la guardó de nuevo.

—No importa. Se la devolveré cuando esté de buen humor.

Hasta entonces no la usaría.

No tenía hambre, pero quería preguntar a qué hora llegaría el sastre. Todo lo ocurrido le resultaba ajeno. Estaba acostumbrado a vivir en un rincón, resolver solo sus problemas y pasar inadvertido.

Tampoco entendía por qué Adrián se la había dado. ¿Era una compensación por el rut?

Aun así, era el primer objeto que recibía directamente de él. Cerró el clóset con cuidado.

En el estudio, Adrián seguía una reunión por computadora. Miraba la pantalla con frialdad mientras el mayordomo acomodaba los platos sobre una mesa lateral.

—Envíeme el informe del trimestre —ordenó por los audífonos—. Mañana a las diez estará en mi oficina para explicar por qué no alcanzaron la utilidad prevista.

Adrián no acostumbraba gritar a sus empleados. No lo necesitaba.

Cuando terminó la reunión, abrió otro documento. El mayordomo intervino antes de que su expresión empeorara.

—La cena está servida.

—Bien.

—Kevin Morales llegará a las siete para tomar las medidas.

El mayordomo cuidaba a Adrián desde la adolescencia. Cuando este dejó la casa de sus padres para instalarse solo, lo acompañó.

Adrián cerró el archivo.

—Haz que Gael suba esta noche.

—Sí, señor. Sobre la tarjeta…

Para Adrián no era un regalo importante. Tenía dinero de sobra; entregar una tarjeta resultaba más fácil que dedicar tiempo a elegir algo. Gael todavía no merecía tanto esfuerzo.

—Perdí el control durante el rut —dijo mientras tomaba asiento—. Es una compensación por haberlo enfermado.

Después de un año de matrimonio, reconocía que Gael era fácil de manejar. Salvo por los problemas de su familia, el beta era discreto, tímido y sabía respetar límites.

El mayordomo bajó la vista. En todos sus años con los Ferrer, nunca había visto a Adrián ofrecer por iniciativa propia una tarjeta adicional.

Se quedó para recoger los platos. No era una tarea que le correspondiera, pero había llevado la cena personalmente para medir la actitud de su patrón.

Un año bastaba para reconocer la sinceridad. En su opinión, Gael era una buena persona. No abundaban quienes podían tolerar el carácter de Adrián.

Gael comió algo en la cocina. Solo había tomado arroz por la mañana y debería haber tenido hambre, pero la fiebre le había quitado el apetito.

Todavía le dolían los huesos, aunque menos que antes.

Esperó al mayordomo y, al no verlo, se masajeó la cintura. Pensaba volver al cuarto y presentar su renuncia a Mariano.

No llevaba diez minutos acostado cuando tocaron a la puerta.

—Señor Luján, el señor Ferrer y el sastre lo esperan arriba.

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