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La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

Status: Terminada
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Edad media / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.

Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.

Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La mujer que existió antes de tiempo.

La mujer vestida de blanco sonrió.

No era una sonrisa amable ni una expresión de triunfo. Era algo mucho más inquietante: la sonrisa de alguien que había esperado durante siglos y que, finalmente, veía cumplirse aquello que había deseado.

Evelyn no podía apartar la mirada de su rostro.

Era como contemplarse en un espejo antiguo. Los mismos labios, la misma forma de la nariz, las mismas facciones. Sin embargo, aquella mujer tenía algo que Evelyn jamás había visto en su propio reflejo: unos ojos completamente negros, sin iris ni pupila, como dos agujeros abiertos hacia un lugar donde la luz no podía entrar.

—¿Dónde está mi hija? —preguntó Evelyn.

La mujer ladeó la cabeza.

—Siempre empiezas por ella.

—¡Te he preguntado dónde está!

—Y yo te he dicho, en todas tus vidas, que las preguntas equivocadas nunca te conducirán a las respuestas que necesitas.

Evelyn avanzó un paso.

—No me importa quién seas ni cuántos siglos lleves escondida. Si le has hecho daño a Elara…

—¿Qué harás? —La mujer soltó una risa suave—. ¿Me matarás? ¿Volverás a morir tú también? ¿Le pedirás al tiempo que te conceda otra oportunidad?

Evelyn se quedó inmóvil.

La desconocida se acercó a la cuna y deslizó una mano sobre la madera.

—Es curioso. Has vivido tantas veces que deberías haber aprendido algo. Sin embargo, sigues creyendo que amar a alguien significa mantenerlo a salvo de todo.

—Amar significa no utilizar a las personas como herramientas.

Por primera vez, la sonrisa de la mujer desapareció.

—¿Eso crees?

—Sí.

—Entonces dime, Evelyn Ashbourne… ¿por qué regresaste?

Evelyn apretó los puños.

—Porque quería cambiar mi vida.

—¿Y qué querías cambiar?

La respuesta parecía sencilla, pero las palabras no salían de su boca.

Quería haber amado de otra manera. Quería no haber desperdiciado tantos años. Quería no haber terminado sola, recordando a un hombre al que nunca se había atrevido a elegir.

Pero aquella mujer conocía cada rincón de sus recuerdos.

—Querías regresar por Adrian —dijo la desconocida—. Querías encontrarlo antes de que fuera demasiado tarde. Querías ser joven otra vez, tener la oportunidad de decir que sí cuando antes habías dicho que no.

Evelyn sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—No sabes nada de mí.

—Sé que moriste a los setenta y seis años deseando otra vida. Sé que, cuando tu corazón dejó de latir, pronunciaste un nombre. Sé que no pediste riqueza, ni poder, ni juventud. Pediste volver a verlo.

La mujer se inclinó hacia ella.

—Y yo te escuché.

Un escalofrío recorrió la espalda de Evelyn.

—¿Tú me devolviste la vida?

—Te devolví el comienzo. Lo que hiciste con él fue decisión tuya.

Desde el suelo, Adrian intentó incorporarse. La herida de su costado seguía sangrando, pero el miedo había desplazado al dolor de su rostro.

—Aléjate de ella.

La mujer lo miró.

Y entonces ocurrió algo que ninguno de los presentes esperaba.

Sus ojos negros se llenaron de lágrimas.

—Adrian…

El duque se quedó paralizado.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Porque te he visto nacer más veces de las que puedes imaginar.

La desconocida levantó una mano y acarició el aire, como si tocara el rostro de un niño invisible.

—Te he visto llorar por primera vez. Te he visto aprender a caminar. Te he visto buscar a tu madre cuando las tormentas golpeaban las ventanas del castillo. Te he visto crecer y convertirte en un hombre que cree que debe cargar con el sufrimiento de todos.

Adrian palideció.

—¿Quién eres?

La mujer lo observó con una tristeza que parecía auténtica.

—Alguien que también te amó.

Lucien dio un paso adelante.

—No la escuches, Adrian. No es quien dice ser.

La desconocida se volvió lentamente hacia él.

—Y tú sigues creyendo que tienes derecho a decidir quién merece ser escuchado.

Lucien apretó la mandíbula.

—Sé lo que eres.

—No. Tú conoces una parte de mi historia. La parte que te permití recordar.

—Tú me prometiste que Evelyn podría vivir sin volver a sufrir.

—Y vive.

—¡Ha sufrido en cada vida!

La mujer no respondió.

Lucien se acercó a ella, con una ira que parecía contener siglos de dolor.

—Me dijiste que, si aceptaba el pacto, podría devolverle la vida. Nunca me dijiste que tendría que verla morir una y otra vez.

—Porque nunca me lo preguntaste.

Lucien se quedó en silencio.

La desconocida volvió a mirar a Evelyn.

—Todos ustedes quieren culparme. Es más fácil creer que existe una criatura malvada detrás de cada desgracia que aceptar que el amor puede convertirse en una prisión cuando se mezcla con el miedo.

Evelyn sintió que aquellas palabras la atravesaban.

Porque, en el fondo, sabía que había algo de verdad en ellas.

Ella había querido regresar. Adrian había querido salvarla. Lucien había querido conservarla. Thomas había querido proteger a su familia. Cada uno había hecho algo terrible convencido de que estaba evitando una tragedia.

Y, sin embargo, Elara había sido la que había pagado el precio.

—¿Dónde está mi hija? —repitió Evelyn, esta vez con una calma peligrosa.

La mujer la observó durante varios segundos.

Finalmente, señaló la cuna.

—Donde siempre estuvo.

Evelyn miró dentro.

Estaba vacía.

—¡Me estás mintiendo!

—No. Elara no ha desaparecido. Solo ha dejado de estar donde tú esperabas encontrarla.

La mujer extendió la mano.

En la palma apareció una pequeña cinta azul.

La misma que Evelyn había encontrado en una de sus primeras visiones.

La misma que la había conducido hasta los registros de Whitmore.

—Tu hija no es una prisionera —dijo la desconocida—. Es la llave.

—¿La llave de qué?

—Del lugar donde comenzó el pacto.

Thomas soltó un gemido.

Todos se volvieron hacia él.

El anciano había retrocedido hasta la pared. Su rostro estaba completamente blanco y sus manos temblaban tanto que apenas podía sostener el bastón.

—No puede ser —murmuró—. Ese lugar fue destruido.

La mujer lo miró con desprecio.

—Los hombres siempre creen que destruir una puerta significa destruir lo que hay detrás.

Thomas cayó de rodillas.

—Yo hice lo que me pediste. Oculté los documentos. Cambié los nombres. Me aseguré de que Evelyn nunca supiera…

—Te aseguraste de que Evelyn nunca recordara —lo corrigió la mujer—. No es lo mismo.

Evelyn se volvió hacia su abuelo.

—¿Qué documentos?

Thomas no respondió.

—¡Abuelo, mírame!

El anciano levantó lentamente la cabeza.

Durante un instante, Evelyn volvió a ver al hombre de su infancia. El abuelo que le había enseñado a montar a caballo, que le llevaba dulces a escondidas y que se sentaba junto a su cama cuando tenía pesadillas.

Pero aquella imagen desapareció cuando Thomas habló.

—Hay un libro, Evelyn. Un registro que contiene los nombres de todas las personas que han regresado por culpa del pacto.

—¿Dónde está?

—En la primera casa de los Whitmore.

Lucien negó con la cabeza.

—Esa casa no existe desde hace siglos.

—Existe —susurró Thomas—. Pero no está en el mismo lugar que el resto del mundo.

La mujer de blanco sonrió.

—Por fin recuerdas algo útil.

Evelyn sintió una presión detrás de los ojos.

—¿Y qué tiene que ver Elara con ese libro?

Thomas miró a la desconocida.

—La primera vez que intentamos romper el pacto, descubrimos que cada persona que regresaba dejaba una parte de sí misma en aquel lugar. Sus recuerdos, sus promesas, sus arrepentimientos… Todo quedaba escrito en el libro.

—¿Y Elara?

El anciano tragó saliva.

—Elara fue la primera persona que no pertenecía a una sola vida. Su nombre aparece en todas las páginas.

Evelyn sintió que el corazón se le detenía.

—¿Cómo es posible?

—Porque la niña nació del pacto —respondió Thomas—. No en el sentido de que fuera creada por él, sino porque fue la primera vida que el tiempo intentó devolver sin conseguir completar el proceso.

La mujer de blanco se acercó a Evelyn.

—Elara es el recuerdo que no pude borrar. La única persona que siguió existiendo incluso cuando las historias cambiaron.

—¿Por qué?

Por primera vez, la desconocida apartó la mirada.

—Porque fui su madre.

El silencio que siguió pareció absorber todo el aire de la cámara.

Evelyn negó lentamente.

—No.

—Sí.

—Elara es mi hija.

—También lo es.

La mujer levantó los ojos negros.

—En una vida fui su madre. En otra, fui la mujer que intentó salvarla. En otra, fui la desconocida que la entregó a las sombras. El tiempo ha repetido tantas veces nuestra historia que los papeles se han mezclado. Pero hay algo que nunca ha cambiado: Elara siempre regresa cuando alguien intenta borrar su nombre.

Evelyn recordó la inscripción de la cámara.

No busquéis su tumba. Buscad a quien todavía pronuncia su nombre.

Ahora comprendía que no se refería solamente a una persona.

Se refería a todas ellas.

A todas las mujeres que habían sido madres de Elara, a todas las vidas que la habían amado y a todas las versiones de sí mismas que habían intentado salvarla.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Evelyn.

La desconocida permaneció inmóvil.

—Ya lo sabes.

—No. Quiero oírlo de tu boca.

La mujer cerró los ojos.

Durante unos segundos, su rostro pareció cambiar. Las facciones se suavizaron y sus ojos negros recuperaron un brillo grisáceo. Pareció más joven, casi idéntica a Evelyn.

Cuando volvió a hablar, su voz sonó cansada.

—Me llamaba Seraphine Whitmore.

Thomas se cubrió el rostro.

—Dios nos perdone…

—Pero ese no fue mi primer nombre —continuó ella.

Evelyn sintió que el medallón se calentaba entre sus dedos.

—¿Cuál fue?

Seraphine abrió los ojos.

—Eleanor.

Adrian soltó un grito ahogado.

—¡Mi madre!

La mujer lo miró con una ternura devastadora.

—Sí, hijo mío.

Adrian intentó levantarse, olvidándose de la herida.

—No. Mi madre murió cuando yo tenía diecisiete años. Yo vi su cuerpo. La enterramos. Recuerdo…

—Recuerdas lo que te permitieron recordar.

—¡No!

La palabra de Adrian resonó en la cámara.

—¡No puedes ser mi madre! ¡Eleanor era una mujer de carne y hueso! Tenía una voz, una sonrisa, unas manos que me acariciaban el cabello cuando era pequeño. ¡No puedes aparecer ahora y decirme que todo fue mentira!

Seraphine no intentó acercarse.

Solo lo observó llorar.

—Nada de eso fue mentira, Adrian. Yo te amé en cada una de las vidas que pude recordar. Te sostuve cuando eras un bebé. Te canté cuando tenías fiebre. Y cuando llegó el momento de morir, intenté evitar que el pacto te reclamara.

Adrian apretó los dientes.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque quería que tuvieras una vida que no estuviera construida alrededor de mi muerte.

El duque se quedó sin palabras.

Evelyn sintió que las piezas de aquella historia comenzaban a encajar de una manera terrible.

Eleanor había muerto. Margaret había intentado salvarla. Thomas había ocultado la verdad. Arthur había utilizado el pacto. Alexander había sido borrado de los registros. Y Elara había regresado una y otra vez.

Pero faltaba algo.

—Si eres Eleanor —dijo Evelyn—, ¿por qué tienes mi rostro?

Seraphine la miró.

—Porque tú eres mi descendiente.

—¿Qué?

—No naciste de la nada, Evelyn. Tu familia desciende de una de las ramas de los Whitmore. Durante generaciones, los nombres cambiaron, los documentos fueron destruidos y los matrimonios se arreglaron para ocultar el vínculo. Pero el rostro, la memoria y el pacto sobrevivieron.

Evelyn negó con la cabeza.

—Eso no explica por qué somos idénticas.

Seraphine se acercó al retrato de la anciana Evelyn.

—Porque el pacto no solo devuelve vidas. También intenta devolver aquello que cree haber perdido.

Tocó el marco.

La imagen de la anciana comenzó a desvanecerse.

En su lugar apareció una mujer joven vestida de blanco, sosteniendo a una niña en brazos.

Evelyn reconoció a Elara.

Y reconoció también el rostro de la mujer.

Era el suyo.

No el de Seraphine.

El suyo.

Pero la joven del retrato tenía una pequeña marca en forma de media luna bajo el ojo izquierdo.

Evelyn se llevó la mano al rostro.

Allí, debajo de su ojo izquierdo, sintió una pequeña marca que nunca había notado antes.

—No puede ser…

Seraphine la observó con tristeza.

—Ahora lo recuerdas.

Una nueva visión la atravesó.

Un jardín. Un hombre arrodillado ante ella. Una niña llorando en sus brazos. El mismo rostro de Adrian, pero con ropa de una época muy anterior.

Y su propia voz pronunciando unas palabras que parecían surgir desde lo más profundo de su alma.

«Si el tiempo no quiere devolverme a mi hija, entonces yo volveré a buscarla.»

Evelyn cayó de rodillas.

No era un recuerdo de su primera vida.

Era algo anterior.

Algo que había ocurrido antes de que existieran los Ashbourne, los Blackthorne y todos los nombres que conocía.

Seraphine se arrodilló frente a ella.

—Tú no eres solamente mi descendiente, Evelyn. Eres la mujer que hizo la primera petición.

Evelyn levantó el rostro, llorando.

—¿Yo?

—En la primera historia, antes de que el pacto existiera, tú perdiste a una hija. Pediste al tiempo que te permitiera volver a encontrarla. Yo fui la primera que respondió a tu deseo. Y desde entonces, nuestras vidas quedaron unidas.

Evelyn sintió que el corazón le dolía de una manera imposible de describir.

—¿Y Elara?

—Es la hija que has buscado desde el principio. No solo en esta vida. En todas.

La cámara comenzó a temblar.

La cinta azul se elevó en el aire y se convirtió en una línea de luz que atravesó la puerta secreta. Al otro lado apareció un corredor interminable, lleno de retratos.

En cada uno, Evelyn tenía un rostro diferente.

En algunos era anciana. En otros, una joven vestida de novia. En otros, una mujer con las manos manchadas de sangre.

Y en todos aparecía una niña de ojos grises.

Elara.

Evelyn se puso de pie lentamente.

—Voy a buscarla.

Seraphine asintió.

—Lo sé.

—Y voy a terminar con esto.

—Eso también lo sé.

—Pero no voy a sacrificar a nadie para hacerlo.

Por primera vez, Seraphine sonrió sin tristeza.

—Entonces quizá hayas aprendido lo que yo nunca pude aprender.

Evelyn dio un paso hacia el corredor.

Adrian intentó seguirla, pero cayó de rodillas.

—¡Evelyn!

Ella se volvió de inmediato.

—¡Adrian!

Se arrodilló junto a él y le sostuvo el rostro.

—No te atrevas a morir ahora. ¿Me escuchas? Todavía tenemos muchas cosas que resolver.

Él sonrió débilmente.

—Siempre encuentras la manera de darme órdenes.

—Y tú siempre encuentras la manera de desobedecerlas.

Adrian apoyó la frente contra la de ella.

—Te amo.

Evelyn cerró los ojos.

—Yo también te amo.

Lo besó suavemente y después se puso de pie.

No podía quedarse.

No esta vez.

Alexander se acercó para ayudar a Adrian a levantarse.

—Ve —le dijo a Evelyn—. Yo cuidaré de él.

Evelyn lo miró con gratitud.

—Gracias.

Alexander asintió.

—Tráenos a Elara.

Ella se internó en el corredor.

Los retratos parecían observarla a medida que avanzaba. Escuchaba voces, risas, llantos y promesas pronunciadas por versiones de sí misma que no recordaba haber sido.

Al final del corredor encontró una puerta blanca.

En el centro había una inscripción:

«Solo podrá entrar quien recuerde el primer nombre de su hija.»

Evelyn apoyó la mano sobre la madera.

Cerró los ojos.

Elara.

Marianne.

Eleanor.

Ninguno de aquellos nombres parecía suficiente.

Entonces recordó la voz de su hija cuando era pequeña. La forma en que se acurrucaba contra su pecho. La promesa que le había hecho antes de perderla.

Y comprendió.

El primer nombre de Elara no era el que le habían dado al nacer.

Era el nombre que Evelyn había pronunciado antes de conocer su rostro.

Un nombre que había elegido en aquella vida anterior, cuando todavía creía que podía proteger a su hija de todo.

Evelyn abrió los ojos.

—Mi pequeña estrella.

La puerta se abrió.

Al otro lado había una habitación llena de luz.

En el centro, Elara estaba sentada en una cama blanca, sosteniendo un libro negro sobre las rodillas.

Cuando vio a Evelyn, se levantó de un salto.

—¡Mamá!

Evelyn corrió hacia ella y la abrazó con todas sus fuerzas.

—Te encontré.

Elara lloraba contra su hombro.

—Pensé que no vendrías.

—Siempre voy a buscarte.

—¿Incluso si tienes que dejar a papá?

Evelyn se apartó para mirarla a los ojos.

—No voy a dejar a nadie. Vamos a encontrar otra manera.

Elara le entregó el libro.

—Entonces tienes que leer la última página.

Evelyn abrió la cubierta.

Todas las páginas estaban llenas de nombres. Miles de nombres, escritos con distintas caligrafías. Algunos estaban tachados. Otros tenían fechas junto a ellos.

En la última página había dos nombres.

EVELYN ASHBOURNE.

ADRIAN DE BLACKTHORNE.

Debajo aparecía una fecha.

12 de noviembre de 1816.

Y una frase escrita con la letra de Evelyn.

«Cuando ambos recuerden quién mató a la primera Evelyn, el pacto exigirá su último precio.»

Evelyn sintió que el libro temblaba entre sus manos.

—¿Quién escribió esto?

Elara bajó la mirada.

—Tú.

—¿Cuándo?

La niña respiró profundamente.

—Después de que mataras a papá.

Evelyn dejó de respirar.

—¿Qué?

Elara la miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Mamá… en la primera vida, no fue Adrian quien te mató.

El libro se cerró de golpe.

Y una voz masculina surgió desde detrás de ellas.

—No. Fui yo.

Evelyn se volvió lentamente.

En la puerta estaba Lucien.

Pero ya no tenía el rostro de Adrian.

Era un hombre completamente distinto, con ojos claros y cabello plateado. En sus manos sostenía una daga antigua.

Y detrás de él, con el rostro cubierto de sangre, estaba Adrian.

___________🌸

1
Dayana Fuchs
🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔

No puede ser Evelyn, de nuevo caíste en la trampa niña.

😟😟😟😟😟😟😟😟😟😟😟😟😟
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Que abra pasado???

Quede en suspenso.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳
Dayana Fuchs
🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯
Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.

Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.

En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.

Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Oooooooo cielos.

En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳

Me encanta la Historia

👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
Dayana Fuchs
Me super, encanta esta novela, me tiene en constante suspenso y eso me fascina.

🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me volví masoquista.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
🌸SugarBloom🌸: Amo que te encante gracias por leerla😊😊
total 1 replies
Dayana Fuchs
😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.

👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀
Dayana Fuchs
Me parece super interesante la personalidad del Duque.

😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊
Dayana Fuchs
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me encanta Margaret,.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Anonimus✨
Aaah que interesante😊
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