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PRIMER DIA
Al día siguiente, a las cinco y quince de la mañana, Nathaly estaba lista para ir a la que sería su nueva escuela. Antes de irse, ella, María y Yeidi se tomaron de las manos para hacer una oración.
NATHALY: Señor, pongo este nuevo comienzo en tus manos, guía mis pasos, dame sabiduría para enseñar y un corazón lleno de paciencia y amor para cuidar de cada niño, que todo salga bien en este primer día. Amén.
Al terminar, las tres se abrazaron para sentir el apoyo unas de otras, la madre se separó y dijo.
MARIA: Que Dios te acompañe hija.
YEIDI: Te va a ir muy bien hermanita, tú naciste para esto.
Con el corazón lleno de ilusión y un poco de nervios, Nathaly emprendió el camino a su nuevo empleo.
Al llegar a la institución, se dirigió a la oficina de la directora. Allí firmó su contrato de trabajo y recibió el uniforme que la identificaría como docente de la escuela.
Después de cambiarse, la directora la invitó a acompañarla hasta el salón donde estaría a cargo, los niños iban llegando poco a poco, algunos de la mano de sus padres y otros acompañados por familiares. La directora los recibía en la puerta con una sonrisa. Cuando Gael llegó se le hizo extraño ver a la directora con una joven bonita, saludo y se fue a su puesto; al estar todos los estudiantes la directora procedió a presentar a Nathaly.
DIRECTORA: Buenos días, ella es la profesora Nathaly. Apartir de hoy estará con ustedes.
Los pequeños levantaban la mirada con evidente curiosidad, muchos se sorprendían al ver que su nueva maestra era tan joven y bonita. Ellos conocían a casi todas las profesoras de la escuela, y la mayoría eran mujeres de mayor edad, por lo que la llegada de Nathaly llamaba inmediatamente su atención.
Nathaly los saludo con una sonrisa cálida que transmitía confianza.
NATHALY: ¡Buenos días! Me alegra mucho conocerlos, espero que este sea unos días lleno de aprendizajes, juegos y momentos muy felices para todos.
Algunos niños respondían con timidez, mientras otros le sonreían sin dejar de observarla. Sin decir una sola palabra, Nathaly ya comenzaba a ganarse la atención de quienes, sin saberlo, pronto ocuparían un lugar muy especial en su corazón, en especial uno.
Esa mañana, Nathaly comenzó su primer día de clases con mucho entusiasmo. Antes de iniciar las actividades, decidió sentarse con los niños para conversar y aprenderse el nombre de cada uno. Quería conocerlos más allá de la lista de asistencia.
Mientras hablaba con ellos, reía y escuchaba sus ocurrencias, notó que uno de los pequeños permanecía en silencio, era Gael. A diferencia de los demás, no participaba en las conversaciones ni mostraba el mismo entusiasmo; Nathaly se acercó con tranquilidad y se sentó a su lado.
NATHALY: Hola Gael. ¿Cómo estás?
El niño levantó la mirada por un instante y respondió en voz baja:
GAEL: Bien.
Durante unos minutos, Nathaly intentó conversar con él, pero sus respuestas eran muy cortas, contestaba con un "sí", un "no" o simplemente asentía con la cabeza.
Lejos de insistir o hacerlo sentir incómodo, Nathaly le dedicó una cálida sonrisa y le preguntó:
NATHALY: Gael, ¿te gustaría hacer algo diferente?
El pequeño la miró sorprendido, nadie le había hecho esa pregunta antes, generalmente, los niños hacían lo que la maestra decidía, sin que les preguntaran qué les gustaría hacer, más el con su padre, tenía que obecer a lo que él mandara, bajó la cabeza y respondió con timidez:
GAEL: Lo que usted decida esta bien.
Aquella respuesta llamó la atención de Nathaly, no era la respuesta de un niño que simplemente fuera tímido; había algo más detrás de esa actitud. Parecía un pequeño acostumbrado a guardar lo que sentía y a aceptar siempre las decisiones de los adultos; sin demostrar preocupación para no incomodarlo, Nathaly sonrió nuevamente.
NATHALY: Está bien. Entonces hoy decidiremos entre los dos, ¿te parece?
Gael levantó la vista por un momento, no respondió con palabras, pero un leve movimiento de su cabeza fue suficiente. Nathaly comprendió que no debía apresurarse, la confianza no se imponía; se construía con paciencia, respeto y cariño. Estaba convencida de que, poco a poco, descubriría qué escondía el silencio de aquel niño de ojos tristes
Con el paso de la mañana, el ambiente en el salón se volvió más relajado. Los niños comenzaron a sentirse en confianza con Nathaly. Reían, participaban y ya no tenían tanta timidez para hablar con ella.
De repente, uno de los pequeños levantó la mano y dijo con total sinceridad:
— ¡Eres la maestra más bonita que hemos tenido!
● ¡Y la más joven!
Una niña, sin querer quedarse atrás, comentó entre risas.
—¡Sí! De todas las profesoras de la escuela, eres la más bonita.
Las palabras hicieron que Nathaly se sonrojara un poco, soltó una pequeña risa y respondió con mucho cariño:
NATHALY: Gracias mis amores, qué lindos son ustedes. Pero ¿saben una cosa? Ustedes también son hermosos, cada uno es especial y tiene algo bonito que lo hace único. Lo más importante no es cómo nos vemos por fuera, sino el corazón que tenemos y la forma en que tratamos a los demás.
Los niños sonrieron satisfechos con la respuesta de su nueva maestra. Poco a poco, la cercanía y la dulzura de Nathaly estaban derribando la distancia que existía entre ellos. Incluso Gael, desde su puesto, observaba la escena en silencio. Aunque no decía nada, por primera vez desde que ella había llegado, una leve sonrisa apareció en su rostro.
Nathaly era consciente de que apenas era su primer día de trabajo. Recordaba perfectamente cada una de las indicaciones que la directora le había dado: mantener siempre una conducta profesional, respetar los protocolos de la institución y no sobrepasar los límites establecidos en el trato con los estudiantes.
Sabía que trabajar en aquella escuela implicaba seguir las normas al pie de la letra. Cualquier error podía costarle el puesto que tanto esfuerzo le había costado conseguir.
Sin embargo, también tenía muy claro por qué había elegido ser maestra.
Para Nathaly, enseñar no consistía únicamente en explicar letras, números o colores. También significaba escuchar, comprender y acompañar a los niños cuando lo necesitaran, siempre dentro de los límites de su profesión y con respeto por las normas de la institución.
Desde que conoció a Gael, sintió que detrás de su silencio había una historia que nadie se había detenido a escuchar. No sabía cuál era el motivo de su tristeza, pero estaba decidida a ganarse su confianza poco a poco, con paciencia, respeto y pequeños gestos que le hicieran sentir que en el salón tenía una maestra dispuesta a apoyarlo.