En el majestuoso Imperio de Valoria, Mariana Mancilla, duquesa viuda de Monteluna, creía que su destino era proteger a su familia y disfrutar de la tranquilidad junto a su hijo y su pequeño nieto. Pero el destino le concede una segunda oportunidad para impedir la ruina que una vez destruyó todo lo que amaba.
Cuando viaja a la capital para desenmascarar las intrigas de un conde ambicioso, conoce a Roberto Cáceres, el poderoso Gran Duque y consejero del joven emperador. Treinta años de edad, admirado por todas las nobles y heredero de un poder inmenso… pero incapaz de resistirse a una mujer quince años mayor que él.
Pronto, los murmullos de la corte se convierten en escándalo. Mientras sus enemigos conspiran para destruirlos, Mariana deberá decidir si se atreve a vivir el amor que creyó perdido.
¡Porque esta vez no permitirá que nadie le robe su felicidad!
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El camino de Teresa
Antes de que el sol asomara por el horizonte, la pequeña comitiva ya estaba en marcha. Teresa vestía un traje sencillo de viaje, de lana gruesa color café oscuro, y llevaba una capa con capucha que la protegía del viento fresco de la madrugada. En su bolsillo interior guardaba el salvoconducto firmado por Roberto Cáceres, doblado con cuidado. Junto a ella viajaban dos sirvientes de confianza, y a cierta distancia, disfrazados de comerciantes que transportaban lanas y quesos, iban los dos guardias que Roberto le había asignado. Nadie hablaba de más. El plan era simple: llegar a Monteluna en tres días, recuperar los documentos y regresar sin que nadie notara la importancia de su misión.
Mariana la abrazó en el umbral de la puerta antes de partir.
—Vuelve sana y salva —le susurró—. No te arriesgues por nada. Si notas que te vigilan, cambia de ruta. Lo más importante eres tú, no los papeles.
—No se preocupe, Doña Mariana —respondió Teresa con una sonrisa tranquila—. He recorrido estos caminos desde que era niña. Conozco cada sendero, cada aldea, cada posada donde no hacen preguntas incómodas. Volveré con lo que buscamos. Puedo prometerle eso.
El carruaje pequeño se alejó por la calle silenciosa, y Mariana se quedó mirando hasta que desapareció entre la niebla de la mañana. Ahora solo quedaba esperar, y esperar era lo que peor se le daba.
Los días siguientes transcurrieron con una lentitud angustiosa. En la corte, la presión aumentaba cada hora. Peredo no permanecía ocioso: cada vez que se cruzaba con ellos, saludaba con una cortesía excesiva que solo disfrazaba su satisfacción anticipada. En las salas de reuniones, en los jardines, en los pasillos del palacio, Mariana escuchaba fragmentos de conversaciones que la helaban la sangre: "Pobres Mancilla, no saben lo que les espera", "Si el Gran Duque no ha dicho nada en su favor, será porque no tiene nada que defender", "Una viuda y un joven contra todo el Consejo… no tienen ninguna oportunidad".
Un mediodía, mientras caminaba por uno de los corredores exteriores, escuchó a dos funcionarios hablar cerca de una columna de piedra:
—Dicen que el Gran Duque está protegiendo a esa familia por simple capricho. Que no le importa la ley, solo su propia voluntad. Es peligroso. Si el Emperador se entera, podría pensar que Roberto abusa de su poder.
—¿Y qué hay de extraño en eso? —respondió el otro con malicia—. Es una mujer distinguida, sí, pero viuda y mucho mayor que él. Algunos dirían que hay motivos menos honorables detrás de tanta protección.
Mariana apretó los labios y siguió caminando, aunque cada palabra le dolió como un latigazo. No solo estaban atacando a su familia; estaban empezando a manchar el nombre de Roberto por su culpa. Y no podía hacer nada para detenerlo sin empeorar las cosas.
Esa tarde, recibió una nota breve y anónima en su residencia. No tenía firma, pero reconoció la caligrafía de inmediato: "Cuidado con lo que dicen de nosotros. No me importa lo que digan de mí, pero no permitiré que dañen su reputación. Manténgase discreta. Cuanto menos se nos vea juntos, más a salvo estará."
Mariana quemó el papel en la llama de una vela, con el corazón agitado. Él también lo sabía. Estaba asumiendo un riesgo enorme al estar de su parte, y lo hacía sin dudar. Esa conciencia le daba fuerzas y a la vez le pesaba como una deuda que no sabía cómo devolver.
Mientras tanto, Teresa avanzaba por los caminos de tierra. En la segunda jornada, al llegar a una posada apartada cerca del río, notó que un carruaje oscuro los seguía desde la salida de la capital. No era un error de su imaginación: se detenía cuando ellos se detenían, avanzaba cuando ellos avanzaban, y mantenía siempre la distancia justa para no ser evidente pero sin perderlos de vista. Esa noche, mientras los demás descansaban, uno de los guardias disfrazados se acercó a ella en voz baja:
—Señora, los que nos siguen son hombres de Peredo. Lo confirmé en la taberna. Preguntaron por Monteluna y por usted. No podemos seguir por el camino principal. Nos esperan en los puentes y en las garitas. Nos tenderán una trampa antes de que lleguemos a las tierras seguras.
Teresa reflexionó unos instantes mirando la oscuridad afuera, donde el río corría con fuerza y el viento agitaba los árboles.
—Conozco un camino antiguo que atraviesa el bosque de robles —dijo finalmente—. Es más lento y difícil, pero nos lleva directamente al valle de Monteluna sin pasar por ningún puesto de vigilancia. Partiremos antes del amanecer, sin hacer ruido. Deje que el carruaje vacío siga por la ruta principal mañana al mediodía, como si nosotros aún fuéramos dentro. Así creerán que nos tienen en su trampa mientras nosotros ya estamos lejos.
El guardia asintió, impresionado por su sangre fría.
—Muy bien planeado. Pero el bosque no es seguro. Hay bandidos y terreno difícil.
—Más peligrosos son los hombres que nos persiguen —respondió ella con firmeza—. Y más vale llegar tarde que nunca. Mañana, cuando el sol salga, ya estaremos entre los árboles. Que busquen sombras donde no estamos.
Al amanecer del tercer día, abandonaron el carruaje escondido entre unos arbustos y partieron a pie por un sendero estrecho cubierto de hojas secas y raíces viejas. El bosque era silencioso y fresco, y los rayos del sol apenas lograban filtrarse entre las ramas altas. Caminaron durante horas, cansados pero decididos, sin detenerse excepto para beber agua y comer un poco de pan. Cuando al atardecer llegaron a la cima de una colina y vieron abajo los valles verdes de Monteluna, con sus casitas y sus campos bien cuidados, Teresa soltó un suspiro de alivio y se llevó una mano al pecho. Lo habían logrado. Estaban a salvo. Y mañana, muy temprano, buscaría los documentos y emprendería el viaje de regreso. Esta vez, con la verdad en sus manos.
Pero también sabía que la parte más difícil apenas comenzaba. Porque Peredo no se rendiría tan fácil. Si no los había interceptado en el camino de ida, lo intentaría con más fuerza en el camino de vuelta. Y esta vez, llevarían algo que él estaba dispuesto a destruir a cualquier precio.
Helena está casada con Andrés hijo de Mariana,.
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