Valentina Mendoza, una joven humilde, de corazón noble, que lucha por salir adelante y ayudar a su familia. No tiene dinero ni contactos, pero sí una dignidad que nadie podrá comprar, y por otro lado Alejandro Montenegro, un empresario multimillonario, atractivo, serio y dominante. Está acostumbrado a conseguir todo lo que desea, hasta que aparece una mujer que no se deja impresionar por su dinero.
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Capítulo 8. La mujer que no podía permitirse un vestido
A las seis de la tarde, Valentina se encontraba frente al espejo de su habitación.
Sobre la cama tenía tres prendas: una falda negra, una blusa blanca y un vestido azul oscuro que había comprado años atrás para una ocasión especial.
No tenía dinero para comprar algo nuevo.
Ni siquiera podía permitirse pensar en ello.
Se puso el vestido azul, se recogió el cabello y añadió unos pendientes pequeños que habían pertenecido a su abuela.
Se miró por última vez.
No era un vestido costoso. No llevaba joyas ni zapatos de marca. Pero se sentía cómoda, y eso era suficiente.
Su madre apareció en la puerta.
—Estás preciosa.
Valentina sonrió con timidez.
—Es solo una cena de trabajo, mamá.
—Entonces ve y haz tu trabajo. No necesitas parecerte a nadie. Elenaa le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Y recuerda algo: si alguien te mira por encima del hombro, no significa que esté por encima de ti.
Valentina la abrazó.
—Te quiero, mamá.
—Yo también, mi niña.
A las siete menos diez, Valentina llegó a la dirección que Alejandro le había enviado.
Se quedó inmóvil frente a la entrada del restaurante.
Era uno de los establecimientos más elegantes de la ciudad. Los automóviles de lujo se detenían frente a la puerta y los empleados recibían a los invitados con una cortesía impecable.
Valentina respiró profundamente.
No iba a dejar que la vergüenza le impidiera hacer su trabajo.
Entró. Alejandro ya estaba allí, conversando con dos hombres.
Cuando la vio, interrumpió la frase que estaba diciendo.
Valentina llevaba el cabello suelto y el vestido azul resaltaba la sencillez de su apariencia.
No había intentado impresionar a nadie, y quizá por eso llamó su atención de una manera que no esperaba.
Alejandro la miró durante unos segundos más de lo necesario.
Ella se acercó.
—Buenas noches, señor Montenegro.
Disculpe, ¿llego tarde?
Él tardó un instante en responder.
—No. Ha llegado a tiempo.
—Perfecto. Traje la carpeta con los documentos.
Alejandro la observó una vez más.
—Está bien. Valentina frunció ligeramente el ceño.
—¿Ocurre algo, señor?
—No.
—¿Está seguro?
—Señorita Mendoza, ¿siempre hace tantas preguntas?
Ella sonrió apenas.
—Solo cuando mi jefe se queda mirándome como si tuviera algo en la cara.
Uno de los socios soltó una carcajada.
Alejandro le dirigió una mirada severa, pero el hombre levantó las manos.
—Disculpa, Alejandro. No sabía que tus empleados tenían tanto carácter.
—Todavía no ha visto nada —respondió Alejandro antes de poder evitarlo.
Valentina lo miró sorprendida.
Y, por primera vez, creyó ver una sonrisa auténtica en el rostro del hombre más frío que había conocido.
Fue apenas un instante.
Pero lo suficiente para que algo cambiara.
La cena transcurrió entre conversaciones sobre inversiones, contratos y proyectos empresariales.
Valentina tomó notas, organizó los documentos y permaneció atenta a cada detalle. Alejandro descubrió que no necesitaba repetirle las instrucciones y que su secretaria tenía una facilidad sorprendente para detectar información importante.
Cuando uno de los socios confundió dos cifras de un contrato, ella se lo señaló discretamente.
Alejandro corrigió el dato antes de firmar.
Más tarde, cuando los demás se levantaron para atender una llamada, él se quedó a solas con ella.
—Ha hecho un buen trabajo esta noche.
Valentina levantó la vista.
—Gracias, señor.
—Podría acostumbrarme a tenerla en estas reuniones.
—No se emocione. Solo estoy haciendo mi trabajo.Alejandro soltó una risa breve.
Una risa verdadera.
Valentina se quedó mirándolo.
Nunca lo había escuchado reír de aquella manera.
Por un instante, él dejó de parecer el empresario distante que todos temían. Pareció simplemente un hombre.
Y eso la desconcertó.
—¿Qué? —preguntó Alejandro al notar su mirada.
—Nada.
—Otra vez está mintiendo.
—Y usted otra vez está haciendo preguntas que no necesita hacer.
Alejandro negó con la cabeza, divertido.
Pero antes de que pudiera responder, su teléfono vibró.
En la pantalla apareció un mensaje de Isabella.
**Estoy en el restaurante. Necesito verte ahora.**
El rostro de Alejandro cambió.
Valentina lo notó.
—¿Ocurre algo?
Él guardó el teléfono.
—Tengo que atender un asunto. Espéreme aquí.
Se levantó y caminó hacia el pasillo privado del restaurante.
Valentina volvió a revisar sus notas.
No quería entrometerse en la vida de su jefe, pero la expresión que había visto en su rostro le había dejado una sensación extraña.
Unos minutos después, escuchó voces detrás de una puerta entreabierta.
—¡Me prometiste que esto no volvería a pasar! —dijo Isabella.
Valentina reconoció inmediatamente su voz.
—Baja la voz —respondió Alejandro.—
¿Quieres que me quede tranquila mientras llevas a tu secretaria a cenas privadas?
—No es una cena privada. Es una reunión de negocios.
—¡No me mientas!
Valentina dejó de escribir.
—Isabella, no voy a discutir contigo aquí.
—Entonces dime la verdad. ¿Sigues viéndola?
Se produjo un silencio.
Valentina sintió que no debía escuchar ni una palabra más.
Pero entonces Alejandro respondió algo que la dejó paralizada.
—Lo que pasó entre nosotros terminó hace tiempo. No voy a permitir que sigas utilizando aquello para controlar mi vida.
Isabella soltó una risa amarga.
—¿Terminó para ti? Tal vez. Pero si tu familia supiera lo que hiciste aquella noche, ¿seguirías siendo el hijo perfecto que todos admiran? Valentina retrocedió.
No sabía qué había ocurrido entre ellos. No quería saberlo.
Solo entendió una cosa: detrás de aquella relación aparentemente perfecta existía un secreto capaz de destruir la reputación de Alejandro.
Y ella acababa de escucharlo.
Regresó a la mesa antes de que alguien la descubriera.
Cuando Alejandro volvió, llevaba el rostro endurecido.
—Nos vamos.
Valentina guardó los documentos.
—¿La reunión terminó?
—Sí.
Ella no preguntó nada más. Durante el trayecto hacia la salida, Alejandro caminó a su lado sin decir una palabra.
Pero al llegar al automóvil, se detuvo.
—Valentina.
Era la primera vez que pronunciaba su nombre sin llamarla señorita Mendoza.
Ella se volvió.
—¿Sí?
Alejandro la observó con una intensidad que la hizo olvidar, por un momento, lo que acababa de escuchar.
—¿Ha oído algo mientras yo no estaba?
Valentina sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
Podía decir la verdad.
Podía confesar que había escuchado parte de su discusión con Isabella. Pero algo en la mirada de Alejandro le advirtió que aquella respuesta podía cambiar la relación profesional que apenas estaban construyendo.
Así que mintió.
—No, señor. No he oído nada.
Alejandro sostuvo su mirada durante varios segundos.
Después abrió la puerta del automóvil.
—Bien. La llevaré a casa.
Valentina se quedó inmóvil.
—No es necesario. Puedo tomar un autobús.
—Es tarde.
—Pero…
—No era una pregunta, señorita Mendoza.
Ella apretó los labios.
—Como usted diga. Subió al automóvil sin saber que acababa de cometer el mismo error que tanto temía: ocultarle una verdad a la persona que, sin darse cuenta, empezaba a importarle.
Y Alejandro tampoco sabía que aquella noche había dado el primer paso hacia su propia caída.
Porque Isabella no había terminado de hablar.
Antes de marcharse del restaurante, había enviado un mensaje a su padre.
Tenemos que adelantar la boda. Alejandro está empezando a cambiar.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Entonces haz lo que sea necesario. No podemos permitir que esa empresa termine en manos de otra familia.
Isabella leyó el mensaje y sonrió sin alegría.
La boda ya no era una cuestión de amor.
Era una cuestión de poder.
Y Valentina Mendoza acababa de convertirse en el obstáculo que ninguno de los dos había previsto.