Sinopsis: Un amor prohibido
Todo comenzó cuando empecé a ir a la casa de Juan Alcázar, mi mejor amigo. Al principio, todo era normal, hasta que comencé a mirar a su mamá con otros ojos. Ella era una mujer hermosa, madura y completamente diferente a todas las que había conocido. Sin darme cuenta, empecé a sentir algo que jamás imaginé sentir por la madre de mi mejor amigo. Intenté luchar contra aquellos sentimientos, pero el corazón no entiende de reglas ni de prohibiciones. Hasta que una mirada se convirtió en deseo y comenzamos a vivir un amor a escondidas, capaz de destruir nuestra amistad y cambiarlo todo.
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### Capítulo 24: Mi sueño es ser doctor
POV: Joaquín Zapata
Regresamos al hotel después de pasar una tarde muy bonita en la playa. Parce, hacía rato no me sentía tan tranquilo. Gabriela y yo habíamos jugado en el agua, comido algo rico y conversado de todo un poquito. Por unas horas me olvidé de los problemas con Andrés y de lo complicado que podía ponerse nuestro secreto.
Cuando entramos a la habitación, dejé las llaves sobre la mesa y me quité los tenis.
—¡Ave María, mi reina! Estoy cansado, ome. Caminar por esa playa sí que da hambre y sueño.
Gabriela soltó una carcajada.
—Ay, Joaquín, pero si vos fuiste el que no quería salir del agua.
—¡Porque estaba disfrutando con mi novia, mujer! ¿O qué quería, que me quedara sentado mirando las nubes?
—Bueno, pues, señor hablador. Vamos a descansar.
Nos duchamos y después nos pusimos ropa cómoda. Cuando terminamos, nos acomodamos en la cama. Gabriela se acercó a mí y apoyó la cabeza sobre mi pecho, rodeándome la cintura con un brazo.
Yo pasé suavemente la mano por su cabello y me quedé mirándola.
Parce, no sé cómo explicar lo que sentía cuando ella se acostaba así conmigo. Era una tranquilidad muy distinta a cualquier otra. Sentía que podía hablarle de cosas que nunca me había atrevido a contarle a nadie, sin miedo a que se burlara de mí o me dijera que estaba equivocado.
Me gustaba tenerla cerquita, escuchar su respiración y sentir que, por un momento, no tenía que demostrarle nada a nadie.
—Mi reina, ¿te puedo pedir algo? —pregunté después de un rato.
Ella levantó la cabeza para mirarme.
—Claro, amor. ¿Qué pasó? Decime.
Tragué saliva y miré hacia el techo.
—Es que, sinceramente, quiero cambiarme de carrera. No me gusta Administración de Empresas.
Gabriela se incorporó un poquito, sorprendida.
—¿Cómo así, mi vida? ¿Y por qué elegiste esa carrera si no te gusta?
Suspiré.
—Porque cuando estaba en el colegio, Juan decía que quería estudiar Administración de Empresas. Hablaba de eso a cada rato y decía que sería una chimba estudiar juntos, graduarnos juntos y montar algún negocio algún día. Como somos tan amigos, yo terminé metiéndome en la cabeza que también quería eso.
Ella me escuchaba atentamente, sin interrumpirme.
—Al principio pensé que me iba a gustar —continué—. Creí que, con el tiempo, le iba a coger cariño a la carrera. Pero no, mi reina. Cada semestre me siento más aburrido. Cuando estoy en clase, a veces me pongo a pensar en qué estaría haciendo si hubiera escogido otra cosa.
—¿Y qué es lo que realmente querés estudiar, amor?
La miré a los ojos.
—Medicina. Yo quiero ser doctor.
Gabriela se quedó callada unos segundos y después me acarició la mejilla.
—¿De verdad, Joaquín?
—Sí, mi vida. Me gustaría trabajar en un hospital, ayudar a la gente cuando esté enferma, aprender sobre el cuerpo humano y poder hacer algo importante por los demás. No sé si me entendés, pero cuando pienso en esa profesión, siento una emoción que no me pasa con Administración.
Ella sonrió con ternura.
—Claro que te entiendo, amor. Y me parece muy bonito que tengas ese sueño.
—¿No pensás que estoy muy loco por querer cambiarme ahora?
—No, mi vida. Loco sería que siguieras estudiando algo que no te gusta solamente por miedo a decepcionar a alguien.
Sus palabras me hicieron guardar silencio.
Yo llevaba meses pensando en aquello, pero nunca me había atrevido a hablarlo en serio. Me daba miedo que Juan creyera que estaba abandonando nuestro plan o que mis papás pensaran que había perdido el tiempo.
—Es que no quiero decepcionar a Juan —confesé—. Él siempre ha sido mi parcero, casi mi hermano. Cuando me metí a la universidad, estaba feliz porque íbamos a estudiar lo mismo. No quiero que piense que ya no me importa lo que soñábamos juntos.
Gabriela me tomó la mano.
—Joaquín, una amistad verdadera no debería depender de que estudien la misma carrera. Juan puede sentirse sorprendido al principio, pero también tiene que entender que vos tenés derecho a elegir tu propio camino.
—¿Vos creés que debería hablar con él?
—Por supuesto, amor. Pero primero informate bien. Averiguá cuáles son los requisitos para cambiarte a Medicina, cómo funciona el proceso de admisión, cuánto dura la carrera y qué necesitás para entrar. No tomés la decisión solamente porque estás aburrido; hacelo porque estás convencido de que ese es tu sueño.
Asentí lentamente.
—Tenés razón, muñeca. Quiero averiguar todo eso cuando regresemos a Pereira.
Gabriela volvió a acomodarse sobre mi pecho y yo la abracé.
—Y otra cosa, mi amor —añadió—. No tenés que resolver toda tu vida hoy. Podés investigar, comparar opciones y hablar con tu familia. Lo importante es que no sigás ignorando lo que realmente querés.
Le di un beso en la frente.
—¿Sabés qué me gusta de vos?
—¿Qué, pues?
—Que puedo contarte mis cosas sin sentirme juzgado. Con vos siento que puedo ser yo mismo.
Ella levantó la cabeza y me dio un beso en los labios.
—Y quiero que siempre podás hacerlo, Joaquín.
La abracé un poquito más y volví a acariciarle el cabello.
Esa noche, mientras Gabriela descansaba sobre mi pecho, entendí algo que llevaba mucho tiempo evitando: no podía construir mi futuro basándome únicamente en los sueños de otra persona, por mucho que quisiera a esa persona.
Yo amaba a Juan como a un hermano, pero mi vida también era mía.
Y si de verdad quería convertirme en doctor, tenía que empezar a tomar en serio ese sueño.
—Te amo, mi reina —murmuré.
—Yo también te amo, mi vida.
Cerré los ojos con ella entre mis brazos, sintiendo que por fin había compartido una parte de mí que llevaba demasiado tiempo guardada.
Al día siguiente, cuando regresáramos a Pereira, empezaría a averiguar cómo cambiarme de carrera.
Esta vez no lo haría para complacer a nadie.
Lo haría por mí.