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Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Completas
Popularitas:7.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.

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Capítulo 18: Sin intermediarios

El estruendo de los proyectiles perforando la chapa de zinc del tejado ensordecía el aire. Las virutas de madera y las esquirlas de hierro saltaban como metralla secundaria en la penumbra del taller, iluminada intermitentemente por los fogonazos que llovían desde las pasarelas exteriores.

A ras de suelo, protegidos por el bloque de tres toneladas de fundición gris, Martina y Dereck apenas compartían medio metro de espacio.

—Dos tiradores en la pasarela de la grúa norte con fusiles de asalto calibre 5.56 —analizó Martina en un susurro gélido, con la espalda apoyada contra el hierro grasiento y los dedos firmes sobre la empuñadura de la Glock—. Cuatro hombres de Barone vivos entre los tornos y la salida lateral. Si nos quedamos aquí, nos van a flanquear con granadas o abrirán las válvulas de disolvente para quemar la nave.

—No nos vamos a quedar —respondió Dereck. Sus ojos grises se habían transformado en dos brasas líquidas; la adrenalina de combate le tensaba la mandíbula en una línea de pura ferocidad—. Los fusileros exteriores son profesionales; disparan en ráfagas cortas de tres cartuchos para controlar el retroceso. Barone y sus estibadores son carne de cañón desorientada. Limpiamos el suelo primero; luego neutralizamos las alturas.

—Tú tomas la derecha hacia la bahía de carga —propuso ella, cargando el peso sobre la planta de los pies—. Yo limpio el pasillo central.

Dereck giró la cabeza despacio hacia ella. En mitad del humo denso y el olor agrio a pólvora quemada, sus miradas colisionaron con una intensidad que nada tenía de profesional.

—A mi señal, Moretti. No te adelantes ni un segundo.

—No me des órdenes, guardaespaldas —replicó ella con una media sonrisa feroz—. Solo asegúrate de cubrirte la espalda, porque no pienso frenar por ti.

—Tres —susurró Dereck.

El tamborileo del plomo sobre las vigas descendió una fracción por el cambio de cargador en la pasarela exterior.

—Dos. Uno. ¡Ahora!

Salieron al unísono, no como dos extraños forzados a cooperar por un contrato de sangre, sino como dos piezas de un mismo engranaje asesino.

Dereck se proyectó hacia la derecha con una zancada colosal. Rodó sobre el suelo de hormigón cubierto de serrín y aceite, esquivando una línea de fuego que astilló una caja de herramientas de madera a milímetros de sus botas. Se incorporó sobre una rodilla y alzó la SIG Sauer con ambas manos:

Bang. Bang.

El primer matón de Barone, que intentaba avanzar parapetado tras un bidón de disolvente, recibió un doble impacto en el pecho que lo arrojó hacia atrás contra los engranajes de un torno industrial. Sin perder un ápice de impulso, Dereck pivotó hacia la pasarela interior: un segundo estibador levantó una recortada; Dereck disparó a través del espacio entre dos montacargas, atravesándole la garganta antes de que el hombre pudiera apoyar el dedo en el gatillo.

En el pasillo central, Martina era una sombra líquida.

Aprovechando la cobertura intermitente de las columnas de hierro, corrió con el centro de gravedad bajo. Un tercer matón surgió de la penumbra empuñando una pistola pesada, disparando a ciegas por el pánico.

Martina no buscó cobertura: se deslizó sobre las rodillas por el suelo encerado de aceite, pasando por debajo de la línea de fuego del agresor. Con la pierna derecha enganchó el tobillo del hombre y descargó una patada lateral con el talón izquierdo directamente sobre su rótula.

El crujido del hueso rompiéndose resonó bajo el estrépito.

El hombre cayó aullando sobre el suelo; Martina se incorporó en un resorte elástico, atrapó la cabeza del sujeto por el cabello y le estrelló la mandíbula contra la esquina de una mesa de metal con una violencia quirúrgica que lo dejó inconsciente al instante.

Un cuarto atacante se abalanzó sobre ella desde la oscuridad de una estantería, intentando inmovilizarla por la espalda con un brazo al cuello para aprovechar su ventaja de cincuenta kilos de peso.

Martina sintió la presión del brazo rodeándole la tráquea, pero no intentó forcejear en vano. Hundió sus propios dedos en los ojos del agresor para obligarlo a reclinar la cabeza, flexionó las rodillas, metió la cadera bajo el centro de masa del atacante y proyectó al gigante por encima de su hombro con un derribo de judo impecable.

El hombre se estrelló de espaldas contra el suelo de hormigón, expulsando todo el aire de sus pulmones.

Antes de que pudiera recuperarse, la bota de Martina cayó con el talón reforzado sobre su esternón, quebrando las costillas medias y sellando la pelea.

Un chasquido de percutor a su espalda, en la oscuridad total del fondo del taller, le heló la sangre.

Martina giró la cabeza: Enzo Barone, arrastrándose con la mano derecha destrozada y ensangrentada, sostenía una segunda pistola con la izquierda temblorosa, apuntando directamente al centro de su espalda a menos de cuatro metros de distancia.

No había tiempo de desenfundar la Glock. No había ángulo para esquivar.

El aire se congeló.

Una sombra colosal cubrió a Martina como una muralla de piedra.

Dereck irrumpió en su línea visual, cerrando la distancia en dos zancadas feroces. No se limitó a disparar: se interpuso físicamente entre el cañón del arma y el cuerpo de ella, bloqueando la trayectoria con su propio pecho blindado por la tela del traje.

Bang.

El fogonazo de la pistola de Barone iluminó el rostro de Dereck. La bala rozó la manga exterior de su americana de esmoquin, quemando la lana fina sin penetrar la carne.

En el mismo segundo, el brazo izquierdo de Dereck se disparó como un pistón hidráulico: atrapó la muñeca herida de Barone, aplastando los huesos rotos con una fuerza descomunal que arrancó un alarido gutural del estibador, y con la mano derecha le descerrajó un golpe seco con la culata de la SIG Sauer contra el pómulo.

Barone cayó de rodillas, escupiendo dientes y sangre sobre la grava del suelo.

Arriba, en la pasarela exterior de los contenedores, los fusileros comprendieron que el contingente de tierra había sido exterminado. El sonido metálico de botas corriendo por las rejas de hierro anunció que intentaban descender por la escalera de emergencia hacia el muelle para rematarlos con fuego concentrado.

Dereck no miró a Barone. Dio un paso atrás y su espalda chocó contra la de Martina.

El contacto fue instantáneo, sólido y ardiente.

Espalda con espalda. El calor de sus cuerpos empapados en sudor y lluvia traspasó las capas de ropa. Martina sintió la respiración pesada y acompasada de Dereck contra sus omóplatos; Dereck sintió la rigidez de acero en la columna de ella, la tensión de sus músculos listos para el siguiente asalto.

Ninguno de los dos retrocedió un milímetro. La sincronía era tan natural, tan instintiva, que parecía forjada en cien batallas anteriores.

—Vienen por las escaleras de la dársena dos —susurró Martina, con la Glock levantada a la altura de la vista, cubriendo el sector oeste sin necesidad de girar la cabeza.

—Los tengo —respondió Dereck, cubriendo el este con la SIG Sauer firme entre los dedos.

La compuerta lateral de la nave se abrió con un crujido.

Dos figuras con pasamontañas negros y chalecos tácticos irrumpieron en el hangar, barriendo el espacio con los cañones cortos de sus fusiles.

Martina y Dereck no esperaron.

Giraron sobre su eje común como una sola entidad letal. Dereck disparó tres veces hacia el pecho del primer tirador, neutralizando la amenaza antes de que levantara la culata; Martina se agachó a su costado para no interferir en su línea de fuego y disparó dos veces a la ingle y al cuello del segundo asaltante, derribándolo sobre el charco de aceite del umbral.

El silencio que cayó sobre la nave fue repentino, espeso y absoluto.

Solo se escuchaba el murmullo de las olas golpeando contra el hormigón del muelle exterior, el goteo constante de la lluvia a través de los agujeros de bala en el tejado y el silbido del vapor saliendo de una tubería rota.

Siete hombres inconscientes o abatidos cubrían el suelo del taller.

En el centro de la matanza, Martina y Dereck permanecían pegados el uno al otro, respirando al unísono.

La adrenalina fluía por sus venas como mercurio líquido. Era una sensación tóxica, destructiva y embriagadora: la certeza indiscutible de que en mitad de la masacre, ninguno de los dos había dudado del otro por una milésima de segundo. No había habido órdenes que discutir ni vacilaciones que corregir. Habían bailado con la muerte al mismo compás.

Dereck se giró despacio hacia ella.

Tenía una mancha de hollín en la mandíbula y el cuello de la camisa desgarrado. Sus ojos grises, fijos en el rostro de Martina, ardían con una intensidad tan devoradora que parecía capaz de fundir el metal que los rodeaba. La recorrió de arriba abajo: el vestido verde desgarrado en el dobladillo, los mechones oscuros pegados a sus sienes por el sudor y esa mirada castaña que lo contemplaba con la misma hambre salvaje, desnuda y peligrosa.

—Estás viva —murmuró él con la voz rota por el esfuerzo, dando un paso que anuló el último resquicio de aire entre sus cuerpos.

Martina no dio un paso atrás. Apoyó la mano libre contra el chaleco de él, sintiendo el corazón de Dereck golpeando sus costillas con la fuerza de un ariete. El perfume a cedro, lluvia y pólvora fresca la envolvía como un veneno dulce del que ya no quería protegerse.

—Te dije que no desperdiciaría mis balas, Dereck —respondió ella en un susurro entrecortado, levantando la barbilla para sostenerle la mirada.

Dereck alzó la mano y posó sus dedos enguantados sobre la curva de la mandíbula de Martina. Su pulgar rozó la comisura de sus labios carnosos con una reverencia que rozaba el delirio.

—Peleas como un demonio, Martina Moretti —susurró él, bajando el rostro hasta que su aliento cálido se mezcló con el de ella—. Y no tienes idea de cuánto te deseo por eso.

Martina sintió una sacudida que le quemó la garganta. La muralla de autosuficiencia que había levantado durante seis años se derrumbó en cenizas ante la verdad cruda en los ojos de él.

A escasos metros, un gemido agónico de Barone rompió el trance.

El estibador se retorcía sobre el suelo, intentando alcanzar un teléfono satelital que se le había caído del bolsillo durante la golpiza.

Dereck cortó el contacto con Martina con una frialdad casi dolorosa. Caminó hacia Barone con el paso pesado de un verdugo, plantó la suela de su bota sobre el esternón del hombre y aplastó el teléfono satelital contra el hormigón en una lluvia de cristales y circuitos rotos.

—¿Quién envió a los fusileros de la grúa, Barone? —preguntó Dereck, bajando el cañón de su arma hasta la frente del hombre—. Habla antes de que decida tirar tu cadáver a la hélice de uno de los remolcadores.

Barone escupió un coágulo de sangre, temblando de terror bajo el peso de la mole negra.

—No... no eran míos... —balbuceó el estibador—. Eran de la facción de los Balcanes... el clan Kovačević. Dijeron que la hija de Moretti no debía salir viva de Liguria... que el trono del norte no tendría con quién casarse si ella moría esta noche...

Dereck apretó los dientes hasta que los músculos de su cuello se marcaron como cables de acero. La conspiración era más profunda de lo previsto: los rebeldes del este sabían del pacto matrimonial y buscaban dinamitar la alianza antes de su coronación oficial.

Martina se acercó a su lado, guardando la Glock en la funda de su gabán. Sus ojos brillaron con una furia calculadora.

—Mateo y Luca deben estar conteniendo el perímetro exterior en el acceso a la autopista —dijo ella—. El ruido de este tiroteo va a traer a la capitanía marítima y a la policía provincial en diez minutos. Las carreteras principales van a estar bloqueadas.

Dereck miró hacia la salida del muelle, evaluando la situación con la mente fría de un estratega militar.

—No podemos volver a Milán por las rutas regulares —decretó él, girándose hacia ella—. El convoy de tus hermanos va a ser el señuelo para desviar a las patrullas policiales. Nosotros tenemos que desaparecer del mapa hasta que la marea baje.

—¿A dónde? —preguntó ella.

Dereck la miró fijamente a los ojos, con una promesa oscura sellada en sus pupilas grises.

—A una casa segura que no figura en los mapas de tu padre ni en los de la Alianza. A solas, Martina. Tú y yo.

Martina sostuvo su mirada en mitad del hangar en ruinas, sabiendo perfectamente que aceptar esa retirada implicaba entrar en un territorio donde las armas ya no serían la mayor amenaza para ninguno de los dos.

—En marcha, Dereck —respondió ella sin vacilar—. Llévame allí.

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Leticia Contreras
ahora la va a investigar
Leticia Contreras
los dos igual de peligrosos
Leticia Contreras
los dos letales con las armas
Leticia Contreras
bueno aver que pasa
Leticia Contreras
ese Dereck se cre con el derecho sobre ella una cosa es lo que diga el papa de Martina y otra muy diferente lo que ella pience y sienta
Leticia Contreras
Giancarlo se equivoco de presa Martina no es facil
Leticia Contreras
ese zorro queri intimidar a Martina y salio humillado
Leticia Contreras
Martina no creo que nececite nin̈ero save cuidarce ella sola y ese Dereck tiene que andar con pies de plomo
Leticia Contreras
ese Derek tiene la mente retorcida crello que Martina andaba en celo
Leticia Contreras
Martina y Derek beamos como se llevan en su primer dia
Leticia Contreras
Marina con nin̈ero aver que pasa promete ser buena historia
Graciela Saiz
cada vez me cae peor , mujer estúpida 😏
Cliente anónimo
Esta novela se trata de guerras de magia más que todo, mucha descripción de armamentos y aviones y vehículos de guerras que una persona normal no entiende,
Cliente anónimo
Dereck tiene tiene rayos inflsrojos en los ojos
Graciela Saiz
ella no lo merece, es una soberbia 😏
Cliente anónimo
La verdad que Martina no actúa como hija de un jefe de la mafia, no piensa con la mente, piensa en su orgullo herido
Cliente anónimo
Me parece la posición de Martina absurda
Cliente anónimo
Ya Martina no tiene que oponerse al enlace
Cliente anónimo
Hasta cuando va a esconder su verdadera identidad?
Cliente anónimo
Le faltó más romance en esa entrega, 🥰 una relación entre romance y mafia
Graciela Saiz: falto detalles autora! arranco bien ! y después te me quedaste ! falto pasión , fuego! 🔥🔥🔥🔥🫠🫠🫠🫠😜
total 1 replies
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