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Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones

Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / CEO / Romance de oficina / Completas
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16: La sospecha de carbono

A las dos de la tarde del martes, el aire acondicionado del piso ejecutivo zumbaba a diecinueve grados, pero en el despacho principal la temperatura parecía rozar el punto de ebullición.

Matteo Castelli tenía sobre su mesa tres carpetas de investigación privada y un mapa digitalizado de la red de tráfico metropolitano de Milán.

Su jefe de seguridad corporativa, un exoficial de los Carabineros con cara de pocos amigos, permanecía de pie frente al escritorio con las manos entrelazadas a la espalda:

—El rastro se pierde en el nudo de Navigli, señor Castelli —explicaba el hombre con tono monótono—. La Panigale V4 SP2 ingresó en un callejón industrial sin cobertura de cámaras municipales a las dos y cuarenta y cinco. Las placas pertenecen a un lote provisional de pruebas registrado a nombre de un taller mecánico de exportación que cerró hace seis meses. Quienquiera que conduzca esa máquina tiene acceso a documentación falsa de alto nivel o conoce los puntos ciegos de la provincia mejor que el servicio de patrullas.

Matteo tamborileó los dedos sobre el cristal templado de la mesa. Sus ojos avellana estaban inyectados en una mezcla densa de furia y obsesión:

—¿Y los registros de la señorita Novak?

El agente carraspeó, incómodo:

—Limpia como un quirófano. Pasaporte estadounidense emitido en Chicago, visado de trabajo corporativo por doce meses tramitado por la consultora externa de Hayes Global, residencia temporal en un piso modesto en Vía San Vittore. No posee vehículo registrado a su nombre en Italia. Se desplaza a pie o en la línea uno del metro; las cámaras del suburbano la captaron entrando en la estación de Cadorna el sábado por la mañana vestida con un impermeable beige y un paraguas plegable.

Matteo apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su rostro parecieron de mármol:

—No me importa el metro de Cadorna. Quiero que vigilen las salidas nocturnas de ese callejón en Navigli. Si esa moto vuelve a encender el motor, quiero saberlo antes de que meta segunda marcha. Puede retirarse.

El jefe de seguridad inclinó la cabeza y salió del despacho, cerrando la puerta con un chasquido hermético.

Matteo se levantó del sillón, se quitó la americana de paño italiano y caminó hacia la mampara de cristal polarizado que daba a la recepción.

A través del panel translúcido, la figura de Gabriela Novak recortaba su habitual silueta de desastre indumentario.

Ese día llevaba una blusa de cuello alto en tono gris topo bajo un chaleco de lana jacquard con rombos en verde botella y mostaza podrida que desafiaba cualquier norma elemental de armonía cromática. La falda recta de paño grueso le caía pesada por debajo de las rodillas, combinada con sus inseparables zapatos ortopédicos de suela de goma. Sobre la mesa descansaba su termo metálico y una libreta de notas abierta en la que trazaba números con su caligrafía milimétrica.

Matteo apoyó la palma abierta contra el cristal, devorando la imagen con una incredulidad exasperante:

¿Esa mujer sobre una Panigale inclinada a cincuenta grados rozando los pianos de Monza a doscientos sesenta por hora?

Era una aberración lógica. Era el equivalente a ver a una monja de clausura pilotando un caza F-16 en combate cerrado.

Sin embargo, el recuerdo de su muñeca izquierda atrapando la caja de quince kilos en el aire, la marca de fricción en su pulgar y la precisión con la que había desmantelado las debilidades aerodinámicas del coche de Christian Vance se negaban a encajar en el casillero de una secretaria ordinaria.

Matteo respiró hondo, ajustó los botones de sus puños y abrió la puerta de cristal con paso elástico y amenazante.

Al escuchar el mecanismo, Gabriela no levantó la cabeza. Movió el bolígrafo dos centímetros sobre el papel:

—Dos y catorce, señor Castelli. El director de compras de aleaciones confirmó la recepción del lote de titanio de Chicago. El informe de telemetría del túnel de viento para el señor Vance fue encriptado y enviado a su servidor seguro en Brackley. Y su llamada de las dos y media con la Federación Italiana de Automovilismo está confirmada en la línea dos.

Matteo no respondió de inmediato. Se detuvo a medio metro del mostrador, cruzándose de brazos mientras la escaneaba de arriba abajo con una intensidad que habría hecho temblar a un consejo de administración entero.

—Novak.

Gabriela terminó de trazar una cifra antes de levantar la vista despacio. Detrás de las monturas gruesas de carey, sus ojos verdes devolvieron el impacto con una calma tan gélida que Matteo sintió que el suelo de mármol se cubría de escarcha:

—Dígame, señor Castelli.

—Esta tarde no se queda en la oficina.

Gabriela arqueó una ceja apenas un milímetro:

—Tengo pendientes trescientas páginas de conciliación aduanera para la entrega de los alerones de fibra de carbono.

—Las aduanas pueden esperar —sentenció él, bajando la voz a un registro cavernoso y dominante mientras apoyaba un puño cerrado sobre el mostrador, inclinándose hacia su rostro—. A las cuatro de la tarde salimos para el complejo de pruebas privadas en Balocco. Christian Vance y su equipo técnico tienen pista reservada para evaluar la estabilidad lateral de su monoplaza con el nuevo difusor, y yo voy a sacar a Horizonte para una sesión de cincuenta vueltas de resistencia.

Gabriela sostuvo su mirada sin pestañear:

—Mi presencia en Balocco no es necesaria. El ingeniero Marcozzi dispone de los protocolos de adquisición de datos en tiempo real a través de telemetría remota.

Matteo curvó los labios en una sonrisa lobuna, peligrosa y afilada como una hoja de afeitar:

—Marcozzi sabe apretar tuercas, Novak; usted sabe interpretar por qué el aire se desprende del chasis a trescientos por hora. Y como Christian Vance no para de recordarme que usted le salvó dos décimas de segundo en el simulador... quiero a la responsable de los cálculos en el muro de boxes controlando los tiempos de vuelta.

Matteo dio un paso lateral, rodeando el mostrador hasta colocarse justo detrás de la silla ergonómica de la chica. Se inclinó sobre su hombro derecho, invadiendo su respiración con una proximidad calculada para romperle los nervios:

—A menos, por supuesto, que la señorita Novak le tenga miedo a la velocidad real en pista. Es muy fácil hablar de sustentación negativa detrás de una pantalla en Milán, ¿verdad? Pero cuando un motor de novecientos caballos brama a diez centímetros de sus tímpanos... la teoría suele evaporarse bastante rápido.

Gabriela sintió el calor corporal de Matteo quemándole la espalda a través de la lana del chaleco de rombos. El perfume denso a cedro y pimienta negra llenó sus pulmones con esa familiaridad magnética que a cualquier otra mujer la habría dejado sin aire.

Por debajo de su camuflaje, la piloto de carreras que llevaba adentro sintió un latigazo salvaje de orgullo deportivo: el idiota creía que el ruido de los motores en Balocco la iba a asustar.

Gabriela giró la cabeza despacio, sosteniéndole la mirada a escasos diez centímetros de distancia. Sus labios, sin una gota de carmín, se tensaron en una línea milimétrica:

—El ruido no me asusta, señor Castelli. Lo que me preocupa es su tendencia a sobrevirar en las curvas rápidas cuando se frustra porque sus tiempos no mejoran. Si voy a Balocco, es para asegurarme de que no destruya un motor de un millón de euros por un arrebato de soberbia masculina.

Matteo contuvo la respiración. La distancia entre sus bocas era tan ridículamente corta que pudo ver el destello dorado que salpicaba el iris verde de la chica tras los cristales de carey. Una ráfaga limpia de almendras amargas y piel tibia le golpeó el olfato con la violencia de una sobredosis sensorial.

Matteo bajó la mirada hacia los labios de ella, sintiendo una punzada visceral, hambrienta y oscura en el bajo vientre que lo dejó paralizado durante una fracción de segundo:

—A las cuatro en el garaje subterráneo, Gabriela —susurró él, y su voz sonó tan rota, tan cargada de una tensión eléctrica inconfundible que el aire en la recepción pareció vibrar—. Y traiga ropa de abrigo. La pista de Balocco al atardecer no perdona a los débiles.

Gabriela no bajó los ojos:

—Llegaré a las tres y cincuenta y ocho, señor Castelli. Intente no olvidar su casco; parece que la falta de oxígeno le está afectando la capacidad de juicio.

Matteo se enderezó despacio, con las pupilas dilatadas y una sonrisa tensa en la mandíbula antes de regresar a su despacho con zancadas largas.

En cuanto la puerta se cerró tras él, Gabriela abrió de inmediato la consola de mensajería encriptada en su terminal:

> G. Novak: Castelli nos lleva a Balocco a las cuatro. Vance estará en la pista con su equipo.

> C. Bennett: ¡Alerta roja! Gaby, intercepté la orden de seguridad de la planta hace media hora: Matteo mandó a rastrear las cámaras del callejón de Navigli. Sabe que la Panigale entró por esa zona.

> G. Novak: No tiene nada concreto. Las placas eran ciegas y el taller está a nombre de una sociedad fantasma de Delaware.

> C. Bennett: Tendrá o no tendrá pruebas, pero ese tipo no es estúpido. Tiene el instinto de un sabueso en celo. Si te lleva a una pista de carreras cerrada con Vance rondando por ahí, te está tendiendo una emboscada para hacerte cometer un error.

> G. Novak: Que intente lo que quiera. He corrido en circuitos más rápidos que Balocco con lluvia torrencial. No va a sacarme ni media palabra.

> C. Bennett: El problema no es la pista, cariño. El problema es cómo te mira. Vi el registro de pulsaciones que tu tableta sincronizó durante el vals en el Visconti: subiste a ciento diez cuando te puso la mano en la cintura. Ten cuidado. Un paso en falso y ese hombre te desmonta el disfraz antes de que puedas pestañear.

>

Gabriela cerró la ventana de chat con un golpe seco de teclado, sintiendo una punzada de calor incómodo encendiéndole las mejillas mientras miraba por el ventanal hacia el horizonte industrial de Lombardía.

A las cuatro y media de la tarde, el complejo de pruebas de Balocco —una pista de alta velocidad rodeada de arrozales y bosques en la llanura piamontesa— recibía los últimos rayos de un sol de otoño frío y dorado.

El box principal de Castelli Automotive estaba en plena ebullición.

Mecánicos con monos ignífugos negros calibraban los calentadores de neumáticos alrededor de Horizonte, mientras el olor penetrante a gasolina de competición de ciento dos octanos y goma caliente saturaba el ambiente. Al otro lado del pit lane, los técnicos británicos de la escudería de Christian Vance ajustaban el alerón de su prototipo Aston Martin GT bajo la atenta mirada de su piloto estrella.

Matteo Castelli ya estaba enfundado en su mono ignífugo negro con detalles en azul cobalto, ceñido a su cuerpo atlético como una armadura moderna, con la cremallera bajada hasta la mitad del pecho dejando a la vista una camiseta térmica oscura. Llevaba los guantes de competición metidos bajo el brazo y conversaba con Marcozzi junto a la telemetría.

La furgoneta de apoyo frenó junto a la puerta trasera del box.

Gabriela Novak descendió del vehículo.

Llevaba un abrigo largo de paño grueso en tono marrón tabaco sobre su jersey de rombos espantosos, con una bufanda de lana beige enrollada tres veces alrededor del cuello y sus gafas de carey perfectamente ajustadas. Sostenía una tableta industrial de pantalla mate en la mano enguantada y caminaba con esa compostura monótona que parecía insultar el dinamismo de la pista.

Christian Vance, que estaba ajustándose el sotocasco junto a su coche, detuvo sus movimientos en seco al verla entrar.

Una sonrisa brillante y socarrona iluminó el rostro del británico. Dejó el casco sobre el pontón de su monoplaza y cruzó el pit lane con paso desgarbado, deteniéndose frente a ella con una reverencia teatral:

—¡Señorita Novak! Qué honor tener a la mente maestra de la aerodinámica europea en el fango de los boxes. Pensé que Castelli la mantenía encerrada en su torre de marfil contando monedas de oro.

Gabriela inclinó la cabeza con una cortesía milimétrica:

—Señor Vance. El señor Castelli consideró que era necesario verificar en pista que las dos décimas que le regalamos a su equipo no fueran producto de un error de muestreo.

Christian soltó una carcajada limpia, mirando de reojo a Matteo, que avanzaba hacia ellos desde el fondo del taller con los ojos avellana encendidos en una furia territorial que no se molestaba en disimular.

—Tranquila, señorita Novak —bromeó Christian en voz alta, asegurándose de que Matteo escuchara cada sílaba—. Sus cálculos fueron tan precisos que en Silverstone ya están pensando en ofrecerle la dirección técnica del equipo. Y le aseguro que en Inglaterra sabemos tratar a una dama: nada de oficinas frías ni jefes con delirios de grandeza.

Matteo se detuvo junto a ellos, interponiendo su cuerpo entre Christian y Gabriela con esa agresividad física que parecía brotarle de forma involuntaria cada vez que el británico respiraba cerca de ella:

—Vance, deja de perder el tiempo intentando reclutar a mi personal y súbete a tu coche. Tienes tres tandas de quince vueltas antes de que caiga la noche. Y si te saco medio segundo en el sector dos... te recuerdo que la cena en Turín corre por tu cuenta.

Christian sonrió con una tranquilidad letal, guiñándole un ojo a Gabriela antes de retroceder hacia su box:

—Acepto el reto, Matteo. Pero no te distraigas mirando el muro de boxes... No querrás que Horizonte termine en la grava antes de que me entregues las llaves en Mónaco.

La palabra llaves resonó en el aire frío con el peso de una sentencia judicial.

Matteo apretó los dientes, conteniendo las ganas de partirle la mandíbula a su rival en ese mismo instante.

Se giró hacia Gabriela. La chica ya se había instalado frente a la pantalla secundaria de telemetría de Marcozzi, conectando su tableta a los canales de adquisición de datos con una rapidez de dedos que desmentía la torpeza aparente de su ropa holgada.

Matteo dio dos pasos hacia ella, apoyando una mano con guante sobre el borde de la consola, acorralándola contra los monitores:

—Quiero los datos de temperatura del tren delantero cada tres vueltas, Novak. Si la presión de los neumáticos sube más de cero coma dos bares en la curva tres, me lo canta por la radio de equipo de inmediato.

Gabriela no apartó los ojos de las líneas de código que fluían por la pantalla:

—El canal de radio está configurado en la frecuencia cuatro, señor Castelli. Intente moderar el lenguaje cuando Christian Vance le recorte distancia en la chicana; la telemetría graba el audio para las auditorías técnicas y no quiero perder tiempo editando sus improperios.

Matteo soltó una risa seca, oscura y gutural.

Se inclinó hacia adelante de golpe, atrapando con su mano enguantada la muñeca derecha de Gabriela antes de que ella pudiera apartarla.

El contacto fue un disparo eléctrico.

A través de la lana del puño, los dedos de Matteo se cerraron con firmeza sobre la articulación de la chica, sintiendo bajo la tela la estructura ósea delgada pero sorprendentemente compacta y fibrosa de su antebrazo. Con el pulgar enguantado, Matteo presionó deliberadamente la base del pulgar de Gabriela: el punto exacto donde esa mañana había visto la marca circular de fricción.

Gabriela contuvo la respiración. Sus pupilas no temblaron, pero sus ojos verdes se clavaron en los de él con una frialdad asesina:

—Suelte mi brazo, señor Castelli. Está cometiendo una infracción de contacto físico no consentido según el artículo cuarenta y dos del reglamento interno.

Matteo no soltó el agarre. Al contrario: apretó apenas un milímetro más, devorando su rostro a escasos quince centímetros de distancia, bajando la voz a un susurro que vibró como un motor a ralentí:

—El pulso se le acaba de disparar a noventa y cinco, Novak. No me diga que el ruido de los motores ya empezó a asustarla.

Gabriela sostuvo su mirada sin ceder un solo palmo de terreno. La cercanía era un incendio forestal en mitad del frío de Balocco: el olor a gasolina, el mono ignífugo de él pegado a su espacio vital y esa mirada avellana cargada de una obsesión que amenazaba con devorarla entera.

Con un movimiento elástico y seco de torsión que solo un piloto experimentado en desarmes articulares habría podido ejecutar, Gabriela rotó su muñeca hacia afuera, rompiendo el agarre de Matteo con una facilidad desconcertante que dejó los dedos del italiano flotando en el vacío.

Se acomodó las gafas de carey con el nudillo de la mano liberada, mirándolo desde una altura moral que lo dejó pulverizado:

—Mi pulso sube, señor Castelli, porque la estupidez humana en espacios reducidos me genera una ligera reacción alérgica. Póngase el casco y súbase a su coche de una vez. Christian Vance acaba de encender el motor... y usted sigue perdiendo tiempo intentando demostrar que tiene fuerza en las manos.

Matteo se quedó congelado frente a ella, con la mano aún suspendida en el aire y el corazón golpeándole el pecho con una violencia demencial.

El desenganche articular había sido instantáneo, limpio, técnico... militar.

Una secretaria de Chicago no rompía una presa de muñeca con esa soltura biomecánica. Una mujer sedentaria no tenía la fuerza en los tendones para doblarle los dedos a un atleta de su envergadura sin pestañear.

Antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, el aullido atronador del motor Aston Martin de Vance rasgó el pit lane, saliendo hacia la pista en una ráfaga de ruido blanco.

Marcozzi gritó desde el coche:

—¡Matteo! ¡Luz verde en pista! ¡Cinco minutos para abrir la ventana de tiempos!

Matteo clavó sus ojos en Gabriela durante tres segundos interminables: tres segundos donde la sospecha, el deseo y una fascinación que rozaba la locura se fundieron en un nudo ciego en su garganta.

—Usted y yo no hemos terminado, Novak —gruñó él en un susurro áspero antes de darse media vuelta, calarse el sotocasco y subir al habitáculo de fibra de carbono de Horizonte.

Gabriela esperó a que la cúpula del coche se cerrara con un golpe neumático.

Bajó la vista hacia su muñeca derecha, donde el calor de los dedos de Matteo todavía quemaba bajo la lana, y apretó los dientes en la penumbra del box mientras las pantallas cobraban vida con la telemetría de la primera vuelta.

—Idiota arrogante... —susurró para sí misma, con el pulso latiéndole con fuerza en las sienes—. Cree que puede acorralarme en su propio circuito.

Ajustó los auriculares de radio con un movimiento seco, clavando sus ojos verdes en la pantalla donde el punto azul de Horizonte comenzaba a devorar el asfalto a trescientos kilómetros por hora, lista para demostrarle que en esa pista... el único que estaba corriendo a ciegas era él.

1
Corina Galantti
otro capítulo repetido! es un garrón!
Mary Garbolino
me canso.que repitan tanto.prefiero dejar de leerla
Mary Garbolino
odio que repitan los capitulos
Corina Galantti
una pena que repitan capítulos!
Flor Perez
no puede ser que hayan repetido dos capítulos seguido, ahí les encargo porque si sigue así la novela tendré que abandonarla , ya que
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