Christine tiene 26 años, trabaja como contable en una importante corporación alimentaria y cree ser una hoja al viento tras haber crecido en un orfanato. Su vida transcurre en calma hasta que un inesperado ascenso la lleva al último piso de la empresa, directo al despacho de Rubén, el frío y estricto CEO. Él vive atrapado en una jaula de oro, obligado a cumplir una promesa familiar y casarse con Clarisa, la caprichosa y superficial hija del socio de su padre.
Entre balances financieros y reuniones compartidas, una atracción prohibida e inevitable surge entre la contable y el director ejecutivo. Sin embargo, un trágico accidente y una inesperada emergencia médica en el hospital lo cambiarán todo, sacando a la luz una anomalía biológica que desatará las sospechas del pasado.
Nadie es quien dice ser. En un mundo de lujos falsos y secretos de alcoba, ¿qué misterio se esconde detrás de la cuna de la verdadera heredera? El altar de la verdad está listo para que caigan las máscaras.
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CAPITULO 18 SEÑALES EN LA PIEL Y CONFESIONES A LA ITALIANA
Christine
El olor a desinfectante del hospital ya no se sentía tan amenazante como la noche anterior. Caminé por el pasillo de la tercera planta con un pequeño ramo de margaritas silvestres entre las manos, sintiendo que el corazón me latía con una fuerza inusual. Había cumplido mi promesa con el señor Alejandro. Al terminar mi jornada en la fábrica, me cambié de ropa por un vestido sencillo de punto color beige y tomé un autobús directo al complejo médico. Mentiría si dijera que no estaba nerviosa; el recuerdo del apasionado beso que Rubén me había dado en su despacho seguía quemándome los labios, y tener que ver a la madre de su prometida me hacía sentir en una encrucijada moral sumamente compleja.
Llegué ante la puerta de la habitación 314, tomé aire para serenar mis pensamientos y llamé suavemente con los nudillos.
—Adelante —escuché la voz profunda y pausada del señor Alejandro.
Empujé la puerta despacio. La estancia era amplia y privada, inundada por la suave luz del atardecer. En la cama articulada, apoyada sobre varias almohadas, se encontraba la señora Leonor. Aunque lucía comprensiblemente pálida y conectada a un gotero de suero, sus ojos cobraron una chispa de viva intensidad en cuanto me vio cruzar el umbral. El señor Alejandro, que estaba sentado en un sillón contiguo, se puso de pie de inmediato con una sonrisa caballerosa y cargada de una calidez que me desarmó.
—Buenas tardes, señor Alejandro, señora Leonor. Espero no interrumpir su descanso —saludé con timidez, acercándome a la cama—. Solo pasaba a dejarle estas flores y a comprobar por mí misma que se encuentra recuperándose favorablemente.
—¡Christine! Oh, mi niña, acércate, por favor —pidió Leonor con un hilo de voz trémulo pero lleno de una inmensa ternura. Extendió su mano izquierda hacia mí, implorándome que acortara la distancia—. Alejandro me ha contado todo lo que sucedió anoche mientras yo estaba inconsciente. Me dijo que tú... que tú fuiste quien donó su sangre para que pudieran operarme. No tengo palabras en esta vida para agradecerte semejante regalo de Dios. Me has devuelto la vida, Christine.
—No tiene que agradecerme nada, de verdad —respondí con suavidad, dejando las margaritas en la mesa de noche y tomando su mano con delicadeza—. Me alegra muchísimo ver que la operación ha sido un éxito y que se encuentra con fuerzas.
El señor Alejandro observaba la escena en absoluto silencio desde la esquina de la habitación. Su mirada iba y venía entre el rostro de su esposa y el mío, con una fijeza analítica y una seriedad extrema que denotaba que estaba esperando algo importante, aunque yo no alcanzaba a comprender qué era.
—Christine, por favor, siéntate a mi lado un momento —me suplicó Leonor, dándole unos golpecitos al borde del colchón. Me acomodé allí con cuidado, sintiendo de nuevo esa extraña y hermosa corriente de familiaridad al estar cerca de ella—. Háblame de ti, por favor. Sé que eres la jefa de contabilidad de la fábrica, pero me gustaría saber qué te gusta hacer, qué sueñas... Alejandro me dijo que eres una joven muy independiente.
Sonreí, conmovida por su interés genuino. Durante los siguientes veinte minutos, conversamos de una manera asombrosamente fluida. Le hablé de mi gusto por la lectura clásica, de cómo me relajaba caminar por los jardines botánicos y de mi profunda devoción por Miriam. Leonor escuchaba cada una de mis palabras con una sonrisa iluminada, asintiendo con la cabeza con una complicidad asombrosa.
—Es increíble... a mi madre también le fascinaban las margaritas silvestres y los libros de historia —comentó Leonor en un suspiro, con los ojos humedecidos—. De verdad, Christine, cada minuto que paso contigo me convence más de que...
En ese momento, debido al entusiasmo de la conversación, me subí sutilmente la manga derecha de mi vestido de punto para ajustarme el reloj de pulsera. Al hacerlo, dejé completamente al descubierto la parte interna de mi muñeca derecha, justo cerca de la base del pulgar.
La señora Leonor se interrumpió en seco. Su mirada descendió hacia mi muñeca y vi cómo sus facciones se congelaban por completo en una expresión de absoluto y puro shock. Se quedó sin respiración, con la boca sutilmente entreabierta. Sin pedir permiso, me tomó de la mano con una fuerza tremenda y me giró el brazo para exponer mi piel bajo la luz de la lámpara de la habitación.
Allí, en mi piel clara, lucía una pequeña pero muy particular marca de nacimiento: un pequeño lunar de un color marrón oscuro que tenía una forma sutilmente triangular, rodeado por tres diminutas pecas perfectas.
—Leonor... ¿qué ocurre? —preguntó el señor Alejandro, dando un paso adelante con urgencia, habiendo captado el repentino trance de su esposa.
—Alejandro... mira esto —susurró Leonor con una voz que temblaba de manera descontrolada, señalando mi muñeca con un dedo trémulo mientras las lágrimas comenzaban a desparramarse por sus mejillas—. Mírala... Dios mío, Alejandro, mira la marca. Cuando... cuando di a luz a nuestra pequeña en la clínica del norte, antes de que se la llevaran a los cuneros por esas supuestas complicaciones respiratorias... yo la sostuve en mis brazos unos minutos. Y recuerdo perfectamente que me pasé ese tiempo besándole la manita derecha porque nació con esta misma señal. Un lunar triangular exacto, con tres pequitas alrededor. ¡Te lo juro por mi vida, Alejandro! Yo guardé ese recuerdo en mi corazón durante estos veintiséis años, aunque Clarisa nunca tuvo ninguna marca en su piel al regresar del hospital... ¡Es ella! ¡Mi corazón no se equivocaba!
Me quedé completamente petrificada en el borde de la cama, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies ante las incoherentes y desesperadas palabras de la señora Leonor. ¿Una marca de nacimiento idéntica a la de su bebé fallecido o desaparecido? Miré al señor Alejandro, esperando que calmara el delirio de su esposa convaleciente, pero para mi absoluto asombro, el rostro del socio de la empresa se contrajo en una mueca de inmenso impacto y dolor contenido. El hombre se llevó una mano a la boca, conteniendo un sollozo, mientras miraba mi marca de nacimiento con la confirmación absoluta de una verdad que su intuición ya sospechaba.
Lois
Mientras Christine experimentaba aquel torbellino de emociones en el hospital, yo me encontraba viviendo mi propia y particular velada en un encantador y discreto restaurante italiano en el centro de la ciudad. El lugar estaba decorado con velas tenues, manteles de cuadros y un hilo musical de ópera suave que creaba un ambiente demasiado íntimo para mi gusto, sobre todo considerando que mi acompañante era el engreído pero peligrosamente atractivo Richard.
—Tengo que admitir, señor director de operaciones, que este vino es infinitamente mejor que el champán de la gala —comenté, dejando mi copa de cristal sobre la mesa tras dar un generoso sorbo.
—Te lo dije, preciosa —respondió Richard, apoyando los codos en la mesa y mirándome con esa sonrisa pícara que me derretía las defensas—. Yo nunca bromeo cuando se trata de buena comida y buena compañía. Aunque tengo que admitir que me sorprende verte tan calmada hoy. Pensé que pasarías toda la cena lanzándome dardos verbales por haberte obligado a venir.
—Bueno... supongo que la tregua es justa después de ver que te has comprado una camisa tan bonita para la ocasión —bromeé, haciéndolo soltar una carcajada que resonó de forma agradable en el local. Sin embargo, mi expresión se volvió seria a los pocos segundos, y apoyé la barbilla en mi mano—. Richard... hablando en serio. Estoy muy preocupada por Christine y Rubén. Anoche en el hospital la tensión entre ellos se podía cortar con un cuchillo. Sé que algo fuerte está pasando en esa oficina.
Richard suavizó su postura de donjuán, transformándose de inmediato en el hermano protector y leal que Rubén tanto necesitaba. Suspiró con pesadez y dio un sorbo a su copa antes de hablar en tono confidencial.
—Tienes buen ojo, Lois. La situación es mucho más compleja y dolorosa de lo que parece desde fuera —confesó Richard en voz baja, inclinándose hacia mí—. Rubén está completamente atrapado. Ese compromiso con Clarisa es una maldita condena que le impuso su abuelo en el lecho de muerte para asegurar las acciones de la fábrica. Rubén adora la empresa, ha trabajado desde abajo para ganarse el respeto de los empleados, pero Clarisa le quita la vida poco a poco. Ella solo ve en él un cajero automático y un apellido para presumir en las revistas. Jamás lo he visto tan infeliz... hasta que apareció Christine en su radar.
—Christine ha sufrido muchísimo en esta vida, Richard —le revelé, sintiendo un nudo de lealtad en la garganta—. Salió de ese orfanato con dieciocho años, una maleta con cuatro trapos y el dinero justo para un billete de autobús. Se pagó la carrera trabajando noches enteras de camarera y manteniendo una beca de excelencia sin que nadie le regalara jamás un céntimo. Su único motor diario es ahorrar para comprar una casa y traerse a vivir con ella a Miriam, la cuidadora que la protegió de niña. Es una mujer pura, honesta y maravillosa. No se merece quedar atrapada en el fuego cruzado de un matrimonio de conveniencia ni que la traten como a una amante oculta en los pasillos.
Richard me escuchó con una fijeza absoluta, y por primera vez, vi un brillo de inmensa admiración y seriedad en sus ojos claros mientras miraba mi rostro.
—Te aseguro que Rubén nunca la trataría así, Lois. Él la respeta demasiado —afirmó Richard con total rotundidad, estirando su mano derecha sobre el mantel para posarla suavemente sobre la mía. Su contacto físico fue firme y cálido, enviándome un inesperado vuelco al corazón—. Pero tienes razón en algo. Se avecina una tormenta gigante. Si el padre de Clarisa o los socios se enteran de que Rubén quiere romper el pacto por culpa de la jefa de contabilidad, se va a armar una guerra corporativa. Por eso... creo que tú y yo tenemos que ser su escudo en las sombras. Tenemos que ayudarlos a proteger su amor y a lidiar con las consecuencias de lo que sea que pase. ¿Qué dices? ¿Formamos una alianza secreta, tormenta roja?
Miré nuestra manos unidas sobre la mesa y luego levanté los ojos hacia los suyos, encontrando una complicidad innegable y una química arrolladora que iba mucho más allá de un simple juego de seducción.
—Trato hecho, Richard —cedí con una sonrisa decidida—. Seremos el equipo perfecto.
Nos quedamos mirándonos fijamente en la calidez del restaurante, sellando un pacto silencioso de lealtad hacia nuestros amigos. Lo que ninguno de los dos alcanzaba a vislumbrar en esa mesa era que, mientras nosotros planeábamos protegerlos de una crisis laboral y de los celos de Clarisa, la bomba biológica en los laboratorios del hospital ya había comenzado su cuenta atrás, listos para desenterrar una verdad médica que destruiría por completo el compromiso familiar de Rubén de una vez por todas.