Victoria Black fue víctima de una terrible traición por parte de su hermana y su esposo llevándola a una muerte con arrepentimientos, pero el universo le ha regalado una segunda oportunidad, esta vez con conocimiento del futuro le va a conocer el verdadero amor y los que la hicieron sufrir se las van a pagar con intereses.
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La fotografía de Rodrigo
Capítulo 17
La fotografía de Rodrigo
No esperé a que amaneciera. Fui directamente a buscar a mi padre y lo encontré en su despacho, revisando unos documentos.
—¿Por qué estabas con Rodrigo?
Levantó la mirada.
—¿De qué hablas?
Le mostré la fotografía y su expresión cambió.
—¿Quién te dio eso?
—No respondiste.
—Victoria, hay cosas que no entiendes.
—Entonces explícamelas.
Se levantó.
—No es asunto tuyo.
—Todo lo relacionado con mi herencia es asunto mío.
Mi padre apretó la mandíbula.
—Estás obsesionándote con cosas que no existen.
—¿Como un testamento falso?
Silencio. Fue suficiente.
—¿Tú lo falsificaste?
—No.
La respuesta fue inmediata, demasiado inmediata.
—Entonces, ¿quién?
—No lo sé.
—Pero sabes que existe.
Mi padre se quedó callado.
—¿Qué estás escondiendo?
—Intento protegerte.
Solté una risa.
—¿Protegerme?
Me acerqué.
—¿De qué?
—De personas que quieren utilizarte.
—Ya lo hicieron.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que en mi vida anterior...
Me detuve. Él me miró confundido.
—¿Qué ibas a decir?
—Nada.
No podía arriesgarme, no todavía, así que me di la vuelta para irme.
—Victoria.
Me detuve.
—Aléjate de Adrián.
Mi corazón se aceleró.
—¿Por qué?
—Porque él no es quien parece.
—Eso ya me lo han dicho.
—Entonces escúchame.
—No.
Me giré.
—Primero dime por qué tú sí deberías ser diferente.
Mi padre no respondió, así que salí. Fui a caminar al jardín y encontré a Adrián esperándome afuera.
—¿Todo bien?
—No.
—¿Qué ocurrió?
—Mi padre quiere que me aleje de ti.
Su expresión se endureció.
—¿Te explicó por qué?
—No.
Adrián guardó silencio.
—¿Qué?
—Tu padre y el mío tuvieron negocios hace años.
—¿Qué clase de negocios?
—No lo sé.
—Todos parecen saber cosas sobre mi familia.
—No todos.
—¿Tú sí?
Me miró.
—Sé algunas cosas.
—Entonces cuéntamelas.
—Todavía no.
Sentí frustración.
—No quiero otro secreto.
—No es un secreto.
—¿Entonces qué es?
—Una promesa.
—¿A quién?
Adrián respiró profundamente.
—A tu abuela.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué te pidió?
—Que nunca te dijera nada hasta que estuvieras preparada.
—¿Y quién decide cuándo estoy preparada?
—Tú.
Lo miré.
—Entonces pregúntame.
Adrián se acercó.
—¿Estás preparada?
Asentí.
—Sí.
Él tomó mi mano.
—Tu abuela sospechaba que alguien dentro de tu propia familia intentaría quedarse con todo.
—¿Quién?
—No lo sabía.
—¿Y por qué tú?
—Porque ella confiaba en mí.
Me quedé en silencio.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Tu abuela dejó una carta para mí.
—¿Dónde está?
—No la tengo.
—¿Quién la tiene?
Adrián me miró.
—Tu padre.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Mi padre tenía una carta de mi abuela y llevaba tiempo ocultándola.
—¿Qué decía?
—No lo sé.
—¿Nunca la leíste?
—No.
—Entonces, ¿por qué sabes que existe?
—Porque Elena me habló de ella antes de morir. Me dijo que algún día tendría que entregártela.
—¿Y nunca te la entregó?
—No.
—¿Por qué?
Adrián bajó la mirada.
—Porque tu padre la encontró primero.
El silencio entre nosotros se volvió pesado.
—Entonces mi padre sabía que mi abuela desconfiaba de alguien.
—Sí.
—¿Y nunca me lo dijo?
—No.
Sentí rabia.
No sabía si estaba dirigida contra mi padre, contra Lucía o contra todos los adultos que habían decidido qué podía saber y qué no.
En mi primera vida había aceptado sus silencios porque creía que los adultos sabían más que yo. Ahora entendía que saber más no significaba tener buenas intenciones.
A veces solo significaba tener más secretos.
—¿Por qué nunca me buscaste para contarme esto? —pregunté.
Adrián sostuvo mi mirada.
—Porque tu abuela me pidió que esperara.
—¿Y si ella se equivocó?
Él guardó silencio.
—Entonces debí encontrar otra manera de protegerte.
Su respuesta me sorprendió.
No intentó justificarse.
No culpó a mi abuela.
Simplemente aceptó que también había cometido un error.
—Estoy cansada de que todos intenten protegerme ocultándome la verdad.
Adrián apretó suavemente mi mano.
—Lo sé.
—No quiero que vuelvas a hacerlo tú.
—No lo haré.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Mi teléfono vibró.
Lo saqué.
Un mensaje de un número desconocido.
"La carta para Adrián nunca llegó a sus manos".
Antes de que pudiera reaccionar, apareció otro.
"Tu padre la encontró primero".
—Necesito hablar con mi padre otra vez.
—¿Ahora?
—Ahora.
Porque si aquella carta existía, podía contener la primera verdad que me habían robado en mi primera vida, y esta vez no pensaba permitir que nadie decidiera por mí qué parte de mi propia vida tenía derecho a conocer.
Adrián me miró con preocupación.
—No deberías ir sola.
—No voy a ir sola.
Tomé su mano.
—Esta vez quiero que vengas conmigo.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Entonces voy.
Miré hacia la casa.
Detrás de aquellas paredes estaba mi padre y quizá también estaba la carta que mi abuela había dejado.
No sabía qué contenía.
Podía ser una explicación.
Podía ser una advertencia.
O podía demostrar que mi familia llevaba años preparando algo que yo nunca había visto.
Pero ya no importaba cuánto miedo tuviera. Había pasado una vida entera huyendo de verdades que otros escondían; en esta segunda oportunidad iba a buscarlas todas.
Y si mi padre tenía una pieza del rompecabezas, yo misma se la quitaría de las manos.