Elena es una psicóloga pragmática con un secreto que maneja en estricta privacidad: tiene la capacidad de ver y escuchar a las personas que recién han fallecido, ayudándolas a cerrar asuntos pendientes para poder marchar en paz.
Su rutina profesional se quiebra la noche en que se cruza con el fantasma de un hombre. A diferencia de sus pacientes habituales, él no busca consuelo: busca respuestas. Era un criminal a sueldo ejecutado por sus propios aliados tras fallar en su última misión: asesinar a Elena. El problema es que él tampoco sabe por qué fue incapaz de apretar el gatillo cuando la tuvo enfrente.
Mientras la sombra de este hombre la acecha buscando entender qué los conecta, Elena comienza a experimentar recuerdos que no le pertenecen y visiones de épocas que jamás vivió. Para salvar su vida en el presente, Elena deberá descubrir qué secreto del pasado los ató la primera vez... y por qué alguien está dispuesto a matarla de nuevo.
NovelToon tiene autorización de Joiss Martinez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 13: La consulta en el café
La cafetería olía a grano tostado y a pan recién horneado, un refugio de calidez que contrastaba con el viento helado que aún soplaba afuera. Alana permaneció sentada en la mesa del rincón, con la espalda pegada a la pared de ladrillo y la mirada fija en el morral que descansaba sobre sus piernas. A través de la lona, el contorno rígido del espejo y la forma cilíndrica del reloj de arena le transmitían un peso constante, una presencia física que le impedía convencerse de que todo había sido un mal sueño.
El mozo dejó sobre la mesa una taza de café humeante. El vapor subía en espirales lentas, disolviéndose en el aire antes de tocar el techo. Alana rodeó la cerámica con ambas manos, buscando desesperadamente el calor en sus dedos entumecidos.
—Tranquila, Alana... respira —se dijo en un susurro apenas audible, cerrando los ojos por unos segundos.
Al abrirlos, fijó la vista en el espejo de plata que sobresalía apenas un par de centímetros de la cremallera abierta del bolso. El cristal no reflejaba el techo de madera ni la lámpara colgante del local; en su lugar, la superficie mostraba una viejita envuelta en una bruma violeta que se agitaba lentamente, como si una tormenta diminuta estuviera atrapada al otro lado del vidrio
¿luz María eres tu ? Pero como parecía molesta por lo último que le dije, con cuidado de no llamar la atención de los pocos clientes dispersos en el lugar, extrajo el cuaderno de tapas duras que siempre llevaba consigo para tomar notas de la universidad. Se disculpo por papel, parece no importarle o no ser lo suficiente, Alana decidió ignorarla por ahora, necesitaba volcar los hechos en el papel antes de que la lógica de la rutina intentara borrarlos o distorsionarlos.
Trazó tres puntos en forma de triángulo equilátero en la esquina superior de la página, exactamente iguales a la marca que sentía pulsar en la base de su cuello.
El diario habla de Elena y de una promesa.
El espejo no refleja el presente; muestra pasajes de un tiempo que no recuerdo haber vivido.
El reloj de arena no mide minutos... ¿ Entonces que mide ?
Un escalofrío le recorrió la espalda. El calor en su cuello dio una pulsación suave pero firme, como si la marca estuviera confirmando la autenticidad de la imagen.
Alana comprendió que ya no estaba simplemente investigando un misterio del pasado: el diario, el reloj y el espejo estaban respondiendo a su propia presencia. Si quería entender qué buscaban las sombras que la perseguían y por qué la llamaban Elena, tendría que seguir aunque su vida corra riesgo.??
Apretó el bolígrafo con determinación, cerró el cuaderno con un golpe seco y guardó todo en el morral. La tregua en el café había terminado; era momento de buscar la primera pista real en la biblioteca de la ciudad.
El trayecto hasta la biblioteca central de la ciudad exigió de Alana un esfuerzo consciente por mantener el paso firme y la mirada al frente. Cada transeúnte con gabardina oscura o paso apresurado le hacía dudar, imaginando que tras cualquier rostro anónimo se escondía la misma presencia incorpórea que había intentado interceptarla en el desván. Sin embargo, el peso reconfortante del morral contra su espalda y el latido rítmico de los tres lunares bajo la nuca actuaban como un ancla, recordándole que ya no era una simple espectadora de su propia vida.
Al cruzar las pesadas puertas de madera de la biblioteca, el olor característico a papel viejo, cera y madera encerada la envolvió como un abrazo familiar. El edificio parecía pertenecer a otra época, con sus techos altos sostenidos por columnas de hierro forjado y una luz ámbar que se filtraba a través de los ventanales altos. Era un santuario de silencio, un lugar donde los secretos del pasado solían reposar en paz bajo capas de polvo y catálogos de fichas. Pero ella sabía que, para su historia, ese sitio no era un cementerio de libros, sino el mapa hacia la verdad.
Se dirigió directamente hacia la sección de historia local y archivos antiguos, un laberinto de estanterías metálicas donde los pasillos se estrechaban y la luz escaseaba. Buscó una mesa apartada al fondo, cerca de una ventana lateral que daba hacia un patio interior cubierto de hiedra. Al sentarse, sacó nuevamente el cuaderno de tapas duras.
—Muy bien... veamos dónde encajas todo esto —susurró para sí misma, pasando las yemas de los dedos sobre el trazo purpúreo.
Abrió el morral con cuidado y extrajo el espejo de plata. Al colocarlo sobre la mesa, apoyado contra la pila de libros de consulta que había tomado prestados del estante más cercano, la superficie brillante volvió a despejarse. La bruma violeta giró con mayor intensidad, y de pronto, sobre el vidrio no se reflejó la biblioteca, sino el movimiento de una mano enguantada que pasaba las páginas de un registro eclesiástico fechado a principios del siglo XIX.
El reflejo se detuvo en una lámina ilustrada: un grabado idéntico a la del espejo, acompañada por una inscripción en latín que hacía referencia a la antigua ermita de los guardianes del tiempo, ubicada en las afueras de la ciudad, justo donde los mapas modernos ya solo señalaban ruinas olvidadas.