«Él la celaba como si fuera suya . Ella se cansó del cuento . Ahora la mafia entera hace fila... y al italiano le va a costar el imperio .»
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17
¡No, bueno! Si yo pensaba que Luciano era necio, ahora confirmo que también es lento de reacciones, pero al menos —¡ALELUYA!— el agua ya le llegó al cuello y el foco se le prendió, aunque sea un poquito tarde.
Pero antes de pasar al chisme central , les resumiré rápidamente qué fue lo que pasó en esa biblioteca porque, resulta y acontece, que el ruso hermoso resultó ser un verdadero estuche de monerías. El tipo no solo es una cara bonita tallada en porcelana siberiana; es un conversador magnífico, inteligente, sabe contar chistes en el momento preciso y tiene un sentido del humor tan ligero que, por Dios, ¡al hombre solo le falta volar para ser perfecto! Mientras nuestra pequeña Tessa seguía revisando las montañas de carpetas de los otros pretendientes, Yuri ni se inmutó por la competencia. Al contrario, se sentó a su lado, la ayudó a organizar los papeles y hasta le dio consejos sinceros sobre qué familias eran de fiar y cuáles no. Un caballero con todas las letras.
¿Y Luciano? Bueno, Luciano pasó toda la tarde intentando ahorcarlo mentalmente. Si las vibraciones de odio pudieran asesinar, Yuri Petrov habría caído muerto sobre la alfombra persa unas cien veces.
La tarde transcurrió y todos comieron en santa paz, entre risas, anécdotas y chistes... bueno, todos menos Luciano, que masticaba el corte de carne como si fuera el mismísimo enemigo. Ya para las ocho de la noche, nuestro encantador ruso se despidió con un beso elegante en la mano de Tessa y los Barone finalmente se retiraban a su villa.
El silencio en el gran porche de la mansión Marchesi era denso. Don Vittorio y donna Francesca ya se habían adentrado en la casa, dejando a Luciano parado junto a la escalinata, viendo cómo los autos de seguridad de los Barone se alejaban por el camino de cipreses. Tessa iba en el asiento trasero del primer vehículo, despidiéndose con la mano a la distancia.
Luciano no lo pensó dos veces. El pánico de verla sonreírle a Yuri Petrov le había dejado un vacío amargo en el estómago que ni todo el orgullo siciliano podía llenar. Sacó su teléfono del bolsillo del pantalón con dedos rápidos y marcó el número que se sabía de memoria desde los quince años.
Al segundo tono, la pantalla se iluminó.
—¿Conejita preciosa? —soltó Luciano, y su voz sonó extrañamente suave, casi suplicante, despojada de toda la armadura de capo que había llevado puesta durante la comida.
Al otro lado de la línea, se escuchó el murmullo del motor del auto y la dulce voz de Tessa, un poco cansada pero con ese tono tierno de siempre.
—Dime, Lu. ¿Pasó algo?
Luciano tragó saliva, apretando el teléfono contra su oreja mientras caminaba de un lado a otro por el porche, bajo la luz de los faroles coloniales.
—Te invito a cenar... —soltó de golpe, y luego corrigió, temiendo que ella le dijera que estaba muy cansada por culpa del ruso—. O... o si quieres podemos ir al cine, o a bailar. A donde tú quieras. Pero sal conmigo esta noche, por favor.
Se hizo un pequeño silencio en la línea. Yo, desde el centro de su conciencia, estaba con los dedos cruzados: «Por favor, Tessa, dile que sí, pero hazlo sufrir un poquito primero, que se lo merece por tarado».
—Vamos al cine —respondió Tessa finalmente, y se pudo escuchar una pequeña y ligera risita del otro lado—. Hace mucho que no veo una película y me vendría bien distraerme un poco de tantas carpetas de matrimonio.
Un suspiro de alivio puro escapó de los pulmones de Luciano, ensanchando su espalda. Sintiéndose el hombre más poderoso del mundo otra vez, sonrió hacia la oscuridad del jardín.
—Perfecto. Paso por ti a tu villa en una hora. Estate lista, conejita.
—Sí, te espero. Con cuidado, Lu.
La llamada se cortó. Luciano guardó el teléfono y soltó un puñetazo al aire, celebrando como si hubiera ganado el campeonato del mundo, antes de correr hacia el interior de la mansión a cambiarse de ropa y quitarse el olor a celos y frustración de encima.
Mírenlo... al menos se le prendió el foco después de ver el peligro rubio de cerca. Pero miren, yo conozco perfectamente a este espécimen de dos metros y apuesto mi pie derecho, mi mano izquierda y toda mi reputación de narradora a que esta salida al cine no va a terminar nada, pero nada bien. Un hombre con los celos en la sangre, una niña que busca un esposo romántico y una vocecita descarada metida en medio... preparen las palomitas, señores, porque la cita de estos "amigos" va a ser un campo de minas.