Isabella sabe convertir cualquier viaje en una experiencia inolvidable.
Alessandro Moretti sabe conseguir todo lo que desea.
Entre destinos de lujo, miradas que dicen demasiado y una atracción imposible de ignorar, ambos descubrirán que hay encuentros que no estaban en ningún itinerario.
Porque algunas tentaciones llegan para cambiarte el destino.
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Un mal lunes y un anhelado martes
Alessandro lo supo antes de las ocho de la mañana.
No había ocurrido nada grave, Ningún cliente había cancelado, ningún vuelo había tenido problemas, Ningún empleado había cometido un error importante.
La agenda estaba exactamente como debía estar Y, aun así, algo no estaba bien.
Él.
—Buenos días, señor Moretti.
—Buenos días.
La recepcionista levantó la mirada cuando él pasó.
Alessandro casi nunca entraba a la oficina sin una sonrisa o algún comentario que consiguiera hacer reír a alguien.
Aquella mañana no, entró directamente a su despacho, dejó el teléfono sobre el escritorio, Lo miró, Nada.
Abrió su computadora, Nada, Volvió a mirar el teléfono, Nada.
Isabella no había escrito.
Alessandro apretó los labios.
—Perfecto.
No sabía por qué esperaba un mensaje.
Ni siquiera habían acordado hablar, de hecho, ella había sido bastante clara y tampoco habia respondido su mensaje de buenas noches.
Pero él había despertado el domingo pensando en ella Y el lunes no había mejorado.
Había estado con muchas mujeres, ni siquiera podría intentar contarlas. Descubrió a una mujer apasionante, sin pudor, dispuesta a hacer de todo en la cama, se dedicó a complacerlo. Sus movimientos fueron certeros, con una agilidad y experiencia única. Isabella era insaciable, era fuego, candela viva, ardiente, fogosa y no bastando eso era inteligente, audaz, meticulosa y estaba siempre a dos pasos de todo. Para Alessandro ella era una mujer completa.
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A las nueve, Alessandro estaba revisando una propuesta para un cliente europeo cuando su asistente entró.
—Señor Moretti, la reunión de las nueve y media...
—Cancélala.
Ella se sorprendió.
—¿La de París?
Alessandro levantó la mirada.
—No.
Suspiró.
—No la canceles. Adelántala quince minutos.
—Claro.
Cuando la mujer salió, Alessandro volvió al documento.
Leyó una línea, después otra, no recordaba nada, su mente estaba en otro sitio.
En un vestido color vino, en una mujer pelirroja caminando hacia él, en una mano pequeña apoyada sobre su pecho, en los besos.
Alessandro cerró la computadora.
—Esto es ridículo ¿Qué mierda me pasa?.
Tomó el teléfono.
Abrió la conversación con Isabella, el último mensaje seguía allí.
- Buenas noches, Isa.
Sin respuesta.
Escribió:
Buenos días.
Se quedó mirándolo, Lo borró.
Escribió:
¿Que haces?
Lo borró también.
Finalmente dejó el teléfono, No iba a escribirle, No iba a convertirse en uno de esos hombres que esperan mensajes de una mujer como idiotas.
Él no esperaba a nadie, las mujeres lo buscaban, siempre había sido así.
Entonces, ¿por qué demonios estaba esperando que ella lo hiciera?
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A las once y media, la reunión terminó.
A las doce, Alessandro había corregido tres documentos.
A la una, había discutido con el director financiero por una cifra insignificante.
A las dos, rechazó un menú para un cliente porque "no tenía personalidad".
A las tres, Mateo apareció en su despacho.
Lo observó durante unos segundos.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—¿Estás de mal humor?
—No estoy de mal humor.
—Le gritaste a Roberto porque puso un informe en tu escritorio.
—Lo puso encima de otro, eso es incompetencia.
—Alessandro.
—¿Qué?
Mateo se sentó frente a él.
—No estás bien.
Alessandro se recostó en su silla.
—Estoy perfectamente.
—¿Isabella no te ha escrito?
Silencio.
Mateo sonrió.
—Ah, pero recuerdo cuando me ponía a esperar los mensajes de Sofia, me decías cursi, tonto y estúpido.
—Deja la burla.
—No me estoy burlando.
— Tu cara lo dice todo.
—La tuya dice mucho más.
Alessandro tomó un bolígrafo.
—Tengo trabajo.
Mateo se levantó.
—Entonces trabaja.
Antes de salir, añadió riendo:
—Pero deja de mirar el teléfono cada treinta segundos. Es tonto, estúpido y cursi.
La puerta se cerró.
- Maldito
Alessandro miró el teléfono.
Habían pasado exactamente veintisiete segundos, no treinta.
Lo dejó boca abajo.
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Mientras Alessandro tenía uno de los peores lunes laborales de su vida, Isabella vivía un día completamente diferente.
A las siete de la mañana estaba arrodillada frente a Emma, ayudándola a ponerse los zapatos.
—Ese no.
—¿Por qué?
—Quiero los rosados.
—Los rosados están mojados.
—¡Pero quiero los rosados!
Daniel apareció en la puerta.
—Princesa, los rosados se quedaron en la lavadora.
Emma hizo un puchero.
—Pero...
Daniel se agachó.
—Hoy usamos estos y mañana usamos los rosados.
Emma lo pensó y aceptó enojada.
Isabella le hizo cosquillas y la niña olvidó su rabieta.
Había algo hermoso en la forma en que Daniel trataba a su hija. Nunca tenía prisa cuando se trataba de ella. Nunca parecía molesto, Siempre encontraba una solución.
Emma corrió hacia él y lo abrazó.
—Mi papi.
Daniel la levantó.
—Mi princesa.
Isabella sonrió.
Y durante unos segundos sintió que todo estaba exactamente donde debía estar.
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Después de dejar a Emma en la escuela, Daniel se marchó a trabajar.
Isabella regresó a casa, Intentó trabajar. Pero su concentración no duró demasiado.
Abrió su correo. Tenía varias propuestas.
Una inspección, Dos itinerarios, Una reunión. Y un mensaje de Alessandro.
No era nuevo.
Seguía siendo el de la noche anterior.
Buenas noches, Isa.
Lo había leído varias veces. No había respondido. No sabía por qué. Quizás porque responder significaba abrir una puerta Y ella ya sabía que detrás de aquella puerta estaba él.
Por la tarde salió con Daniel y Emma, Fueron de compras. La niña eligió una muñeca.
Daniel fingió que no la había visto esconderla en el carrito. Isabella se dio cuenta.
—Dani, tiene muchas.
—¿Qué?
—Muñecas.
—¿Y?
Isabella señaló el carrito.
Daniel miró a Emma.
—Ah.
La niña sonrió.
—¿Es bonita papi? Me gusta.
Daniel suspiró.
—Es linda nena.
Emma lo abrazó.
—¡Mi Papi es el mejor!
Daniel soltó una carcajada.
Isabella sonrió, no podía creer los astuta que podría llegar a ser una niña de tres años.
Después compraron algunas cosas para la casa.
Regresaron al anochecer.
Prepararon palomitas.
Emma eligió una película animada.
Daniel se sentó con ella en el sofá, Isabella se acomodó junto a ambos.
Emma terminó dormida entre ellos antes de que terminara la película.
Daniel la miró.
—La llevamos a la cama.
Isabella asintió.
Entre los dos llevaron a la niña a su habitación.
Después regresaron al sofá.
Daniel puso otra película, Isabella apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Te extrañé.
Daniel besó su cabello.
—Yo también.
Ella cerró los ojos.
Y por primera vez en varios días consiguió no pensó en Alessandro O eso creyó.
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El martes llegó.
Isabella tenía una nueva inspección.
Cuando recibió la asignación, vio el nombre del responsable.
Alessandro Moretti.
Respiró profundamente.
—Otra vez.
El viaje estaba programado para esa misma tarde. Durante el trayecto intentó concentrarse en el informe.
No funcionó.
Sabía que iba a verlo y no sabía qué era peor: que quería verlo o que una parte de ella esperaba que él todavía quisiera verla.
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Alessandro llegó primero.
Estaba revisando algunos documentos cuando escuchó que se abría la puerta.
Levantó la mirada Y la vio. Isabella, Cabello rojo, Traje elegante. Una pequeña maleta.
La misma mirada que había intentado olvidar durante dos días.
Todo su cuerpo reaccionó antes de que pudiera pensar.
Se puso de pie, ella cerró la puerta, sus miradas se encontraron.
Ninguno habló.
Alessandro caminó hacia ella.
Isabella permaneció inmóvil.
—Hola.
—Hola.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—Yo no.
Ella tragó saliva.
—Alessandro...
No terminó, el llegó hasta ella y la besó.
Fue un beso intenso, desesperado, cargado de todo lo que había reprimido desde que se separaron.
Isabella se quedó paralizada durante un instante. Después sus manos buscaron instintivamente los hombros de él.
Alessandro la rodeó por la cintura, La atrajo hacia sí.
Isabella debería haberlo detenido.
No lo hizo, Al contrario, respondió al beso.
Aquello fue suficiente para que Alessandro perdiera la poca distancia que había intentado conservar.
La sostuvo con firmeza, acercándola más. Isabella sintió su respiración contra sus labios.
—Dime que pare —murmuró él.
Ella abrió los ojos.
Lo miró Y no dijo nada.
Alessandro volvió a besarla.
Ella pasó los brazos alrededor de su cuello.
Durante unos segundos, ninguno recordó que habían llegado allí por trabajo.
No existía el itinerario, Ni reunión, No existía el resto del mundo. Solo aquella atracción que había crecido mientras intentaban negarla.
Alessandro besó su mejilla.
Después su mandíbula, Isabella cerró los ojos.
—Esto está mal.
—Lo sé.
—Tenemos que detenernos.
Él se apartó apenas.
—Entonces dilo.
Ella lo miró, Su respiración estaba agitada.
—No puedo.
Alessandro acarició su rostro.
—Yo tampoco.
Ella volvió a besarlo.
Esta vez fue el quien tomó la iniciativa. Alessandro la abrazó con fuerza y la levantó ligeramente del suelo.
Isabella soltó una pequeña risa.
—Bájame.
—No quiero.
—Aless.
Él sonrió.
La dejó nuevamente en el suelo, Pero no se alejó.
Sus frentes quedaron juntas.
—Pensé en ti todo el lunes —confesó.
Isabella cerró los ojos.
—Yo intenté no pensar en ti.
—¿Funcionó?
Ella abrió los ojos.
—No.
Alessandro sonrió.
—Entonces estamos igual.
Isabella acarició suavemente su rostro.
—Esto se nos está saliendo de las manos.
—Lo sé.
—Y no sé cómo detenerlo.
Alessandro tomó su mano y besó sus dedos.
—No tienes que decidirlo ahora.
Ella lo miró, Sabía que debía alejarse. Sabía que tenía una vida fuera de aquella habitación.
Pero en ese momento no quiso pensar en ella,Lo besó nuevamente.
La tensión acumulada durante días terminó por romperse.
Entre besos, abrazos y caricias, fueron perdiendo poco a poco la distancia que todavía intentaban conservar.
Alessandro la llevó hacia el escritorio, las manos de Alessandro parecían tentáculos.
Bajó sus bragas, subió su falda hasta los muslos e introdujo su rostro en la entrepierna de Isabella.
La besó, lamió y succionó hasta el cansancio. Isabella contenía sus gemidos y un órgano la alcanzó haciendo presión en el rostro del hombre.
Alessandro lamió sus labios, besó a la pelirroja devorando sus labios y luego casi sin darle tiempo a la de reponerse bajó sus pantalones junto con su ropa interior y se introdujo haciendo que Isabella se sobresaltara.
La pelirroja colocó una de sus manis en su boca para ahogar sus gemidos y Alessandro dijo.
-Puedes gritar lo que quieras, nada se escucha.
Isabella empezó a sentir el golpeteo que estrujaba su cuerpo, estaba húmeda y el miembro de Alessandro entraba hasta lo más profundo y salía dejando un vacío temporal.
Alessandro salió y la volteó colocando la mejilla blanca de Isabella contra el frío escritorio.
La embestida fue contundente y Alessandro golpeó su trasero dejando sus manos pintadas en las blancas n*lgas de Isabella.
-Jefe...
-Repite eso pequeña zorra.
-Ah... Jefe...
-Mierda me voy a venir.
-Sin miedo Jefe, rebósame.
Una explosión de emociones inundó la oficina. Alessandro gimió y detrás Isabella.
Alessandro cayó en las espaldas de su musa, besando su cuello.
Isabella intentaba recuperar el aliento.
-¡Muévete Moretti! Me aplastas.
Alessandro soltó una carcajada, salió dejando una ausencia en el interior de la pelirroja.
Horas después, Isabella en el sofa bebiendo una soda y Alessandro a su lado.
El miraba el techo.
—¿Estás cansada?
—No.
—¿Te arrepientes?
Isabella tardó en responder.
—No.
Él extendió la mano y tomó la de ella.
—Entonces no pienses.
Ella lo miró, Alessandro acarició sus dedos.
— Tenemos que trabajar.
—Si señorita Laurent.
El buen humor de Alessandro volvió. Tomaron los documentos y empezaron a trabajar.
Ese día, ninguno de los dos quería pensar en el mañana. Entre papeles y discusiones, había también miradas, sonrisas y roces.
Ese día solo existían ellos.
Y por primera vez, ambos comenzaron a sospechar que aquello ya no podía llamarse simplemente deseo.