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EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Embarazo no planeado / Posesivo
Popularitas:419
Nilai: 5
nombre de autor: Paula_noches de tintas

⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.

Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.

Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.

Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.

Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.

NovelToon tiene autorización de Paula_noches de tintas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Fronteras invadidas.

La puerta principal se cerró con un chasquido seco al otro lado del pasillo, marcando el fin oficial de la peor reunión familiar de nuestras vidas.

Minutos antes, había visto a Liam acompañar a sus padres hacia la salida, metiéndose todos en el coche para cruzar la ciudad de regreso a su zona, mientras yo me quedaba atrás con la sensación de haberme tragado un ancla de plomo. El silencio que dejaron tras irse no se sintió como un respiro, sino como una trampa. Me quedé inmóvil junto al ventanal, con los brazos cruzados y la mirada perdida en la calle oscura, sintiendo cómo el eco de todo lo que acabábamos de confesar todavía zumbaba en mis oídos. Ya no había coartadas. Ya no podíamos fingir que éramos dos enemigos acérrimos que apenas se cruzaban miradas despectivas. La farsa se había desmoronado por completo.

Me dejé caer en el sofá de la sala, agotada, intentando poner la mente en blanco mientras las horas pasaban con una lentitud desesperante.

Ya era pasada la medianoche cuando el zumbido vibrante de mi teléfono sobre la mesita de centro rompió la quietud de la casa. Di un respingo, frunciendo el ceño con recelo antes de alargar la mano para tomar el aparato.

En la pantalla iluminada brillaba un mensaje de texto directo desde el número de Liam.

> **Liam:** *Mañana paso temprano por ti. No me sales con que tienes planes, tenemos que ir a ver lo del médico y prefiero que lo resolvamos antes de que se arme otro circo con los viejos.*

Miré la pantalla con los ojos entrecerrados de pura indignación, sintiendo cómo la sangre me hervía de inmediato. ¿Con qué derecho asumía que podía planificar mi vida con esa ligereza?

Desbloqueé el teléfono a toda velocidad dispuesta a escribirle la peor grosería que se me viniera a la cabeza, recordándole que no éramos una parejita feliz haciendo planes de fin de semana. Mis dedos volaron sobre el teclado, tecleando un *"No me da la gana, haz lo que quieras tú solo"*, pero antes de darle al botón de enviar, me detuve en seco.

Miré el mensaje de nuevo, luego la sala vacía y oscurecida, y un amargo nudo se instaló en mi garganta. Borré cada palabra con rabia, bufando al aire mientras lanzaba el teléfono boca abajo sobre el cojín del sofá.

No respondí nada. Pero sabía, con una frustración infinita, que a la mañana siguiente estaría esperándome en la puerta.

***

La luz del sol de la mañana se filtró a través de las cortinas de la sala con una puntualidad insultante. Me había quedado dormida en el sofá, envuelta en una maraña de cojines y con el cuello completamente adolorido. El eco de la noche anterior seguía pesando en el aire, pero no tuve ni cinco minutos para compadecerme de mí misma.

A las ocho en punto, el timbre de la puerta resonó por toda la casa.

-¡Ya va! -grité con voz ronca, pasando una mano por mi cabello revuelto mientras caminaba arrastrando los pies hacia la entrada.

Abrí la puerta con mala cara, dispuesta a soltarle una grosería al primer vendedor matutino que se me cruzara, pero las palabras murieron en mi garganta.

Ahí estaba Liam. Apoyado contra el marco de la puerta con una naturalidad infuriante, enfundado en una sudadera negra y con esa expresión de suficiencia que siempre lograba sacarme de mis casillas. No traía una actitud conciliadora ni pretendía fingir amabilidad; era simplemente él, dispuesto a dinamitar lo poco que quedaba de mi paciencia matutina.

-Te ves terrible -fue lo primero que dijo, dedicándome una media sonrisa cínica mientras cruzaba el umbral sin que lo invitaran, empujando la puerta para cerrarla a su espalda.

-Y tú sigues respirando, lo cual me parece un desperdicio monumental de oxígeno -le contesté de mala gana, cruzándome de brazos mientras lo seguía con la mirada hasta la sala-. ¿Quién te ha dicho que puedes entrar a mi casa como si fuera tu maldita oficina?

Liam se giró con lentitud, clavando sus oscuros ojos en los míos con una intensidad que hizo que el aire se volviera de repente denso y pesado.

-Tus padres están al tanto de todo, Zoé. Ya no hay espacio para jueguitos de niñitos ofendidos -respondió, acortando la distancia entre los dos con pasos firmes-. Y sabiendo perfectamente que ibas a intentar ignorar mi mensaje de anoche, vine a asegurarme de que cumplas. El coche está afuera. Nos vamos al médico.

La sangre me hirvió de inmediato. Quise gritarle, recordarle que me negaba a ser tratada como una prisionera o un proyecto que él debía gestionar. Pero antes de que pudiera abrir la boca para soltarle el primer insulto, Liam dio un paso más, invadiendo mi espacio personal de esa forma tan suya que me descolocaba los sentidos.

Levantó una mano y, con una lentitud deliberada que me robó el aliento por un segundo, apartó un mechón rebelde de mi frente, rozando apenas la piel de mi mejilla con sus nudillos. El toque fue fugaz, pero dejó una estela de fuego invisible que me hizo congelarme en el sitio, con el corazón martillándome las costillas por pura rabia... o por algo peor que me negaba a admitir.

-No pongas esa cara, Zoé -susurró él muy cerca de mis labios, con la voz ronca y cargada de una tensión eléctrica que cortaba la respiración-. Al final del día, los dos sabemos perfectamente que te encanta llevarme la contraria, pero hoy no te vas a salir con la suya.

Tragué saliva con dificultad, odiándolo por tener razón, y sobre todo, odiándome a mí misma por el temblor traidor que amenazaba con delatarme.

-Apúrate y muévete, Zoé -dijo Liam con voz cortante, echando un vistazo al reloj de su muñeca-. Ya es la hora justa si queremos llegar a tiempo para los exámenes de laboratorio. No estoy para esperarte media vida.

Sin esperar a que le respondiera, dio media vuelta con total comodidad y se dejó caer pesadamente en el centro del sofá de la sala, estirando las piernas como si estuviera en su propia casa y clavando los ojos en el techo con absoluta indiferencia.

Apreté los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula. Las ganas de arrojarle el primer objeto pesado que encontrara cruzaron por mi mente, pero sabía que tenía razón y eso me frustraba todavía más. Giré sobre mis talones y marché a zancadas hacia mi habitación, azotando la puerta a mis espaldas con la esperanza de que el eco le llegara directo a los oídos.

Me metí al baño de inmediato, dejando que el agua tibia cayera sobre mi cuerpo para despejar la neblina del sueño y la rabia acumulada. Diez minutos después, salí envuelta en una toalla, con la piel húmeda y el cabello goteando sobre mis hombros.

Mientras me dirigía hacia el vestidor, alcancé a escuchar el eco inconfundible del motor del auto de mis padres encendiéndose en el estacionamiento de abajo. Unos segundos más tarde, el portazo seco de la puerta principal resonó por toda la casa, seguido del sonido del coche alejándose calle abajo. Se habían ido. Habían dejado la casa completamente a nuestra merced, dándonos el espacio que tanto exigían pero cayendo directamente en la trampa de la incomodidad absoluta.

Entré a mi habitación, cerrando la puerta con y comencé a untarme una crema hidratante corporal por los brazos y las piernas. Estaba completamente desnuda frente al espejo de cuerpo entero, concentrada en masajear la crema sobre mi piel, cuando un crujido seco en el marco de la puerta me hizo dar un respingo de terror.

Alcé la vista de golpe hacia el reflejo.

La puerta de la habitación estaba entreabierta. Y allí, apoyado contra el dintel con una tranquilidad pasmosa y los brazos cruzados sobre el pecho, estaba Liam.

No se había inmutado. No había apartado la mirada. Sus ojos oscuros, fijos y devoradores, recorrieron cada centímetro de mi cuerpo desnudo con una lentitud descarada y ardiente, quemándome la piel con la intensidad de una caricia invisible. Su respiración se volvió un punto más pesada, y en su mirada no había ni rastro de inocencia, solo un deseo crudo y posesivo que me dejó completamente petrificada en medio de la habitación.

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