Víctima de la traición y de los falsos rumores orquestados por quien creía su hermano de crianza, Melody muere trágicamente en la helada solitud de la corte imperial. Convertida en un espectro atado a la tierra antes de que la magia del tiempo le otorgue una segunda oportunidad, presenciará la macabra verdad tras las sonrisas de la aristocracia y jurará reescribir su destino.
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Capítulo 7: La Gala de Invierno
A pesar de que sus padres le sugirieron encarecidamente que se permaneciera encerrada en la residencia ducal, Melody tomó una decisión firme cuando llegó la noche de la Gala de Invierno en el Palacio Imperial, el evento más grandioso y exclusivo del año social. Quedarse oculta significaba aceptar en silencio las acusaciones de la corte. Melody decidió asistir, dispuesta a mantener la frente en alto y demostrar con su presencia que no tenía nada de qué avergonzarse.
Lució un majestuoso vestido de terciopelo azul pálido, decorado con intrincados bordados de plata que simulaban copos de escarcha y detalles de encaje blanco en las mangas. Su belleza era innegable, pero al cruzar las puertas doradas del gran salón, la frialdad que la recibió fue más agresiva que el clima invernal del exterior.
La música de la orquesta imperial llenaba el salón, pero a medida que Melody avanzaba, una ola de silencio piadoso y despectivo parecía seguir sus pasos. Las risas se cortaban bruscamente cuando ella pasaba cerca, los abanicos de plumas se levantaban de inmediato para cubrir susurros maliciosos y ningún caballero, por más joven o audaz que fuera, se atrevió a acercarse para solicitarle una pieza de baile.
En el centro del salón, bajo la gran araña principal, Felipe y Julieta acaparaban la atención de toda la alta nobleza. Julieta, vestida con un impactante traje de seda rojo pasión, resplandecía rodeada de un séquito de jóvenes aristócratas, mientras Felipe la sostenía por la cintura con arrogancia calculada, proyectando la imagen perfecta del héroe protector y paciente.
Melody se retiró hacia una de las columnas de mármol laterales, intentando mantener la compostura mientras la opresión en su pecho se volvía sofocante. Fue entonces cuando la voz aguda e intencionalmente proyectada de Julieta se alzó por encima del murmullo general.
—...sí, es una situación verdaderamente agotadora y triste —decía Julieta a un grupo de condesas y marquesas que la escuchaban con devoción—. Lady Melody no deja de enviar cartas y notas desesperadas a la residencia de mi prometido. La pobre no parece comprender que la dignidad de una dama radica en aceptar el rechazo y no en rogar por la atención de un hombre comprometido. Felipe es demasiado bueno e incapaz de lastimarla drásticamente, pero la situación roza lo insoportable.
Las damas del grupo soltaron risitas burlonas y dirigieron sus miradas despectivas directamente hacia la columna donde Melody se encontraba.
El rostro de Melody ardió de ira y humillación violenta. La acusación de las cartas era una falsedad absoluta, ruin y descarada. Incapaz de contener durante un segundo más el torrente de impotencia que llevaba acumulando durante meses, la joven duquesa dio varios pasos al frente, saliendo de la sombra de la columna.
—¡Eso es una difamación infame, señorita Julieta! —declaró Melody con una voz temblorosa pero lo suficientemente clara como para resonar en el ala oriental del salón—. ¡Jamás he enviado una sola nota a la residencia del conde de Rosewood! ¡Exijo que detenga inmediatamente esta campaña de calumnias contra mi honor!