Ella lo obligó a casarse. Él hará que se arrepienta de haberlo conseguido.
Alexander Ríos tenía poder, fortuna y un solo amor: Andrés. Pero una conspiración lo llevó al altar con Ángela Casamayor, la mujer que más odiaba. Ella creyó haber conquistado al heredero. Sin embargo, Alexander tiene sus propias reglas para aquel matrimonio: convertir la vida de su esposa en una guerra donde el amor no tendrá cabida y la venganza será apenas el comienzo.
¿Qué sucede cuando la mujer que consiguió todo lo que quería descubre que su mayor victoria será también su peor castigo?
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El hombre en las sombras
Hay secretos que una familia guarda porque teme la vergüenza. Otros porque teme la ruina y luego están aquellos que se esconden porque, si alguna vez salen a la luz, pueden cambiar para siempre el equilibrio de poder de una familia entera. El secreto de los Casamayor pertenecía a la tercera categoría. Ángela lo descubrió cuando tenía dieciséis años. No estaba buscando un hermano. Ni siquiera sospechaba que pudiera existir. Buscaba otra cosa. Una cuenta bancaria. Una pequeña anomalía en los movimientos financieros de su madre. Algo que le permitiera amenazarla. Su madre jamás cometía errores y Ángela la odiaba por ello, pero fingía que no.
Su madre era una mujer meticulosa hasta la obsesión. Guardaba documentos durante décadas, utilizaba distintas cajas de seguridad y jamás conservaba en casa aquello que pudiera comprometerla, pero Ángela había heredado de ella una característica mucho más peligrosa que la belleza: la incapacidad de dejar una pregunta sin respuesta. Había encontrado un pago mensual ridículamente pequeño para una mujer de la fortuna de los Casamayor, pero llevaba realizándose durante cinco años. Siempre el mismo día a la misma cuenta, bajo el mismo concepto. Mantenimiento.
Ángela pagó a un hacker que pasó tres semanas intentando descubrir qué significaba. Mientras se portó como una hija ejemplar. No preguntó. No confrontó. No cometió el error de alertar a su madre. Investigó y encontró una dirección. Un antiguo orfanato privado en las afueras de Londres. El hacker accedió a un expediente. No estaba a nombre de los Casamayor. Estaba a nombre de un niño de cinco años llamado Owen, el número veinticinco. La fecha de nacimiento coincidía con unas prolongadas vacaciones de su madre por Europa en aquella época. Ángela empezó a atar cabos. Encontró una antigua agenda de su madre. En ella venía, casi que como al azar, el nombre de una clínica y el de un médico. Pagó nuevamente al hacker para que buscara información sobre aquel lugar y sobre la persona.
Tres horas después Ángela se quedó mirando la carpeta con la información impresa. Había incluso una fotografía. Un bebé pequeño. Cabello oscuro. Ojos claros. Una pulsera de identificación alrededor de la muñeca y una anotación escrita a mano: "La madre solicita absoluta confidencialidad. El padre no será informado. El niño será enviado al orfanato". Ángela sintió algo extraño. No tristeza. Todavía no. Primero sintió curiosidad. Después sospecha y finalmente aquella sensación fría que siempre aparecía cuando estaba a punto de descubrir algo importante. Siguió tirando del hilo.
La madre de Ángela había tenido una relación clandestina. No con un cualquiera. Con un hombre que había trabajado temporalmente para los Casamayor. Sergei Hale, cuya identidad había sido cuidadosamente borrada de los registros familiares. Un hombre extranjero. Peligroso. Inteligente. Con una reputación que, incluso años después, seguía provocando que algunas personas bajaran la voz al pronunciar su nombre. Su madre había quedado embarazada y había ocultado el embarazo. Con ayuda del hacker rastreó paso a paso esos años de su madre.
En esa época la señora Casamayor había decidido tomar unas largas vacaciones por Europa. Dejó de asistir a determinados eventos y viajó al extranjero bajo la excusa de un tratamiento médico. Se la veía en fotos por todas partes del continente europeo. Durante meses utilizó ropa holgada. El niño nació lejos. Sin prensa. Sin familia. Sin apellido y después fue entregado a un orfanato. Su madre regresó a casa y continuó con su vida. Como si nunca hubiera ocurrido nada. Perfecta, inmaculada y tan autoritaria como siempre. Nunca la odio Ángela más que en ese entonces y aunque tenía la llave del secreto que podía destruirla no la utilizó. No por miedo, sino por instinto.
Ángela cerró la carpeta y la ocultó. Intuía que algo no encajaba. Si aquel niño era hijo del amante de su madre... y su padre había necesitado años de tratamiento para concebirla. ¿Sería el verdadero padre de ella? La sospecha se instaló en su alma y ya no salió de allí. Lo consiguió todo con maña y esfuerzo. La prueba de ADN fue realizada en secreto. No hubo dramatismo. No hubo lágrimas. Solo una pequeña muestra de saliva y una espera de diez días. Cuando llegó el resultado, Ángela estaba sola en un salón de clases. Leyó el informe. No existía relación biológica entre ella y el hombre al que había llamado padre toda su vida. Ángela se quedó inmóvil.
No sintió el golpe que cualquier otra persona habría sentido. No lloró. No rompió nada. No llamó a su madre y mucho menos a su padre. Calculó. Simplemente comprendió algo. Su madre no había cometido una infidelidad. Había construido una vida entera sobre una mentira y Ángela era otra parte de esa mentira. Ella tampoco era una Casamayor por sangre. Aquello debería haberla destruido. En cambio, la liberó. Por fin entendía porque siempre se sentía fuera de lugar como la manzana podrida. No es que se sintiera diferente. Lo era. Poseía un poderoso secreto y sin embargo no podía abrir la boca o ella también lo perdería todo. El apellido nunca había sido lo que la hacía peligrosa. Lo peligroso era ella y entonces recordó al niño. Su hermano.
Un muchacho que llevaba años viviendo sin saber quién era. Se esforzó en la escuela y sacó notas excepcionales. Pidió como recompensa un viaje a Londres con su niñera. Le fue concedido. Ángela no se preocupaba por esta mujer. La tenía bien cogida, pues le había tomado fotos íntimas con su padre y también con uno de los guardaespaldas. Con la ayuda de esta mujer Ángela buscó a su hermano. Lo encontró en una institución de protección infantil. Tenía nueve años y había sido abusado de maneras inimaginables. Era delgado. Silencioso y había aprendido demasiado pronto que nadie venía a buscar a los niños como él sin un precio. Ángela lo observó durante tres días completos antes de acercarse.
Lo vio pelear. Lo vio estudiar. Lo vio dormir con un cuchillo improvisado escondido bajo la almohada. Lo vio rechazar una familia de acogida porque no confiaba en ellos y comprendió algo que la impresionó. Aquel muchacho no necesitaba que alguien le enseñara a sobrevivir. Necesitaba que alguien le enseñara para qué hacerlo. Ángela se sintió afecto verdadero. Este era su hermano. El niño que fue abandonado a su suerte. El error de su madre. La primera vez que hablaron fue en una cafetería. Ángela tenía dieciséis años.
Él solo nueve. Ella dejó un sobre con fotos en la mesa.
-¿Sabes quién eres?
-Sí.
-No. -lo corrigió ella. Él la miró hosco. Ángela deslizó una fotografía hacia él. Era de su madre. -Ella es tu madre. -Owen no tocó la fotografía.
-No.
-Sí.
-¿Por qué debería creerte? -Ángela sacó otra fotografía. Después otra y finalmente el informe de ADN. Owen lo leyó. Sus dedos infantiles comenzaron a temblar. No por miedo. Por rabia. -¿Dónde está? Ángela supo inmediatamente de quién hablaba.
-En casa.
-Quiero verla.
-No. -Owen levantó la mirada irritado.
-¿Por qué?
-Porque no te va a reconocer como hijo. -el silencio fue brutal.
-¿Cómo lo sabes? -Ángela sostuvo su mirada.
-Porque te abandonó. -aquellas palabras hicieron más daño que cualquier mentira. Owen apartó la mirada.
-¿Y tú? -Ángela respiró lentamente.
-Yo tampoco soy hija de mi padre a lo mejor, lo soy del tuyo.
Él volvió a mirarla. Era un chico inteligente comprendió que ellos compartían algo mucho más profundo que la sangre. Habían sido engañados, utilizados y descartados de alguna manera, pero había una diferencia. Ángela había tenido apellido.
Él había tenido un número de expediente. Ella pudo haberlo dejado allí. No lo hizo. Le ofreció algo que nadie le había ofrecido jamás. Una elección.
-Ahora no tengo poder, pero puedo darte dinero. -Owen negó con la cabeza.
-No necesito dinero.
-Puedo darte un padre.
-No quiero el tuyo.
-No pensaba hacerlo. Puedo sacarte de aquí.
-¿Para qué? -Ángela lo observó y entonces dijo algo que cambió su vida.
-Para que dejes de ser el hijo que ella escondió y te conviertas en alguien que nadie pueda volver a esconder. -Owen guardó silencio.
-¿Qué quieres de mí? -Ángela sonrió apenas.
-Nada.
-Todos quieren algo.
-Yo quiero un hermano.
Fue la primera vez que Owen la miró como si realmente la estuviera viendo. No como una desconocida. No como una muchacha rica. Como familia. Ángela no lo llevó a casa. Jamás. No podía. Su existencia habría destruido demasiadas cosas. Así que construyó otra vida para él. Un nombre. Una nacionalidad distinta. Documentación perfectamente legal. Una cuenta bancaria. Un fondo privado. Lo logró contactando al verdadero padre del chico. Ella solo era una adolescente sin poder real, pero ese hombre era poderoso y ahora estaba en deuda con ella.
Juntos comenzaron el verdadero proyecto. Enviaron a Owen primero a una academia de disciplina y combate. Su padre era un personaje del hampa criminal rusa. Había que enseñarle al chico a ser letal para sobrevivir en su mundo. Después fue entrenamiento táctico. Idiomas. Seguridad. Conducción. Primeros auxilios. Análisis de inteligencia. Negociación. Tecnología. Protección ejecutiva. Supervivencia refinada. No pretendía convertirlo en un asesino. Pretendía convertirlo en un hombre que pudiera entrar en cualquier lugar del mundo y salir de él sin dejar una huella. Owen aceptó. Porque lo habían elegido a él.
Ángela viajaba a verlo cuando podía. Especialmente en verano. Nunca llevaba escoltas. Solo su fiel niñera. No le traía regalos absurdos. Llevaba libros. Información. Noticias y algunas veces, simplemente se sentaba frente a él durante horas. Con el tiempo, Owen dejó de preguntarle por qué hacía todo aquello. Porque había comprendido la respuesta. Ángela lo había encontrado y después había elegido quedarse. Cuando Owen cumplió veinte años, ya no era el muchacho del orfanato. Era otra cosa. Más alto. Más fuerte. Más frío. Muy guapo. Había aprendido a observar antes de actuar. A escuchar antes de responder. A detectar una amenaza sin necesidad de verla y sobre todo, había aprendido una verdad que Ángela jamás le había ocultado: el mundo no iba a regalarle nada, pero quería a su padre y a ella. Una noche, los dos estaban sentados en una terraza privada en Ginebra.
-Algún día. -dijo ella. -Voy a necesitarte. -él sonrió.
-Ya lo sé.
-No sabes para qué.
-No importa. -Ángela lo observó.
-Podría pedirte algo terrible.
-Entonces seré terrible.
-Podría equivocarme.
-Entonces nos equivocaremos juntos.
-Podría destruirlo todo. -Owen sostuvo su mirada.
-Entonces yo estaré allí cuando todo caiga y mi padre también. Te lo debemos.
Ángela bajó la mirada. Aquella fue la única vez que estuvo a punto de llorar, pero no lo hizo. Porque Ángela Casamayor no lloraba. Simplemente extendió la mano. Owen la tomó y desde aquel momento dejó de ser solamente su hermano. Se convirtió en su secreto. Su sombra. Su última carta. Nadie sabía que existía. Ni los abogados. Ni los socios. Ni siquiera los miembros más antiguos de la familia Casamayor. Para todos ellos, Ángela estaba sola y eso era exactamente lo que ella quería que creyeran.
Owen nunca aparecía cuando Ángela estaba en peligro. Aparecía antes. Nunca estaba a su lado. Estaba donde ella necesitaría que estuviera tres días después. No recibía órdenes delante de nadie. No utilizaba el mismo teléfono dos veces y jamás pronunciaba el nombre de Ángela en público, pero había una regla que jamás rompía: si Ángela lo llamaba, él acudía. No importaba el país. No importaba la hora. No importaba el riesgo. La noche en que Ángela comprendió que la guerra contra Dimitri y Alexander estaba comenzando de verdad, tomó un teléfono que nadie sabía que poseía. Marcó un número. Una sola llamada. Owen respondió al segundo tono.
-¿Dónde estás?
-Londres.
-Necesito que desaparezcas.
-¿Cuánto tiempo? -Ángela miró por la ventana.
-Hasta que te necesite. -hubo un silencio.
-Entendido. -Ángela cerró los ojos.
-Owen.
-Sí.
-Si alguna vez tienes que elegir entre salvarme y salvarte... -la respuesta llegó inmediatamente.
-No existe esa elección. Tú eres la razón por la que sigo vivo. Me encontraste cuando nadie me quería. Me diste un nombre cuando yo solo tenía un número. Me enseñaste quién era mi madre cuando ella ni siquiera quiso saber quién era yo y nunca me pediste que te perdonara por algo que no hiciste. Me devolviste a mi padre. Tú me elegiste, Ángela.
-Eres mi hermano. No mi soldado.
-Lo sé.
-Entonces no mueras por mí.
-No puedo prometerte eso.
Ángela cerró los ojos comprendiendo la verdadera magnitud de lo que había creado. No había comprado su lealtad. Ni lo había manipulado. Tampoco lo había obligado. Simplemente lo había querido sinceramente. Había tomado a un muchacho abandonado por su propia madre, le había dado una identidad, una familia y un propósito y él había convertido todo aquello en una devoción absoluta. Owen no obedecía porque Ángela fuera poderosa. Obedecía porque, en el momento más oscuro de su vida, cuando nadie lo había querido, ella había sido la única persona que lo eligió y eso era mucho más peligroso que el miedo. Porque el miedo podía desaparecer. El dinero podía acabarse. El poder podía perderse, pero la gratitud de alguien que había pasado toda su vida creyendo que nadie lo quería, podía convertirse en una forma de amor tan feroz que resultara indistinguible de la locura.
Ángela colgó. En Londres, Owen se levantó. Abrió el armario. Dentro no había fotografías. No había recuerdos. No había objetos personales. Solo una pequeña caja negra. La abrió. Dentro había una única fotografía. Ángela a los diecisiete años. La muchacha que había cruzado medio mundo para encontrarlo. La muchacha que le había dicho: "Yo quiero un hermano". Owen tomó la fotografía. La guardó en el bolsillo interior de su chaqueta. Después apagó todas las luces y desapareció en la noche. Nadie en la familia Casamayor sabía que existía. Ni su verdadero nombre. Ni qué podía hacer. Ni que Ángela tenía un hermano. Detrás de cada movimiento de Ángela, existían dos manos poderosas moviendo las piezas. La mano de Sergei Hale y de Owen Hale. Ellos eran su secreto mejor guardado. Su única familia y los hombres que, llegado el momento, serían capaces de incendiar un imperio entero si Ángela se lo pedía.
Owen Hale