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La Vida Que Nos Falta

La Vida Que Nos Falta

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Reencuentro / Amor prohibido
Popularitas:712
Nilai: 5
nombre de autor: Y.Valeri

Victoria tenía dieciocho años cuando conoció a Stefano.
Él tenía veintidós, una sonrisa imposible de ignorar y demasiadas verdades que decidió callar.

Para ella fue su primer gran amor. Para él, una historia que nunca debió comenzar.

Victoria creyó conocer al hombre del que se estaba enamorando, hasta que descubrió que Stefano guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo. Intentó alejarse. Volvió. Lo perdonó. Y cuando finalmente creyó haber aceptado la verdad, descubrió que apenas conocía una parte de ella.

Lo que siguió fueron años de encuentros, despedidas y decisiones que terminaron llevándolos por caminos distintos.

Victoria creció. Amó. Construyó una vida que ya no dependía de Stefano.

Pero algunas historias no terminan cuando dos personas se separan.

A veces solo esperan el momento en que ambos tengan suficiente vida encima para entender lo que realmente perdieron.

NovelToon tiene autorización de Y.Valeri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Lo que decidí perdonar

Victoria llegó siete minutos tarde.

Lo hizo a propósito.

No era una gran venganza, pero le dio cierta satisfacción ver a Stefano ya sentado cuando entró a la cafetería.

Él se puso de pie.

—Pensé que no venías.

—Yo también.

Victoria dejó el bolso sobre la silla y se sentó.

Stefano hizo lo mismo.

—Gracias por venir.

—No me agradezcas todavía.

—Está bien.

—Y no me pidas perdón otra vez hasta que terminemos de hablar.

Stefano asintió.

Victoria había preparado preguntas.

Las llevaba escritas en una hoja doblada dentro del bolso porque no quería que él la distrajera con una sonrisa, una explicación bonita o esa forma de mirarla que siempre conseguía hacerle olvidar qué estaba intentando decir.

Sacó la hoja.

Stefano la miró.

—¿Hiciste una lista?

—Sí.

—Eso da miedo.

—Debería.

Por primera vez en días, a Victoria le dieron ganas de reírse.

No lo hizo.

—¿Cómo se llama tu hijo?

Stefano respondió.

Victoria escuchó el nombre sin repetirlo.

Todavía no quería apropiarse de ningún detalle.

—¿Nació hace seis meses?

—Sí.

—Entonces cuando me conociste tenía tres.

—Sí.

—¿Renata fue tu novia?

Stefano respiró.

—Sí.

—¿Por cuánto tiempo?

—Bastante.

Victoria levantó la hoja.

—Las respuestas vagas cuentan como mentira a partir de hoy.

Stefano bajó la mirada.

—Casi dos años.

Victoria sintió una punzada incómoda.

Dos años.

A los dieciocho, dos años sonaban a una vida entera.

—¿Terminaste con ella antes de conocerme?

El silencio fue mínimo.

Pero estuvo.

—Nuestra relación ya estaba mal desde antes.

Victoria apoyó la espalda en la silla.

—Eso no responde.

—No estábamos bien.

—Stefano.

Él sostuvo su mirada.

—No funcionábamos como pareja.

Victoria miró la hoja.

La respuesta seguía sin gustarle, pero no supo cómo obligarlo a convertir una relación complicada en un sí o un no.

—¿Ella sabe que existo?

—No.

Victoria levantó la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque no hablamos de nuestra vida personal de esa manera.

—Pero tienen un hijo.

—Precisamente.

—Eso tampoco tiene sentido.

—A veces no lo tiene.

Victoria apretó los labios.

—¿Vives con ella?

Stefano miró la mesa.

—Paso noches ahí cuando el bebé está mal o cuando necesita ayuda.

—¿Y el resto?

—Tengo otro lugar.

—¿Solo?

Él asintió.

Victoria lo observó.

No tenía forma de comprobarlo.

Eso era lo que más le molestaba.

Antes confiaba porque no sabía que tenía razones para no hacerlo.

Ahora cada respuesta venía acompañada de una pregunta nueva.

—¿Hay algo más?

Stefano levantó la vista.

Victoria dejó la hoja sobre la mesa.

—Piénsalo bien antes de responder. No quiero enterarme dentro de dos meses de otra parte de tu vida que decidiste que era mejor no contarme.

Él tardó unos segundos.

—No hay nada que cambie lo que siento por ti.

Victoria frunció el ceño.

—No pregunté eso.

Stefano cerró los ojos un instante.

—No quiero seguir mintiéndote.

—Eso tampoco es un no.

—Victoria...

Ella recogió la hoja.

—Está bien.

—No, esperá.

—No me voy.

Stefano se quedó quieto.

Victoria guardó el papel.

—Estoy intentando decidir qué puedo perdonar, no qué puedo demostrar.

Él no dijo nada.

—Que tengas un hijo no es algo que tenga que perdonarte. Haberlo escondido, sí.

—Lo sé.

—Y no voy a competir con un bebé.

—Nunca te pediría eso.

—Más te vale.

Stefano asintió.

Victoria bajó la voz.

—Si tu hijo te necesita, te vas. No quiero que algún día puedas decir que dejaste de ser papá por estar conmigo.

La expresión de Stefano cambió.

Por primera vez desde que se sentaron, pareció desarmarse un poco.

—Gracias.

—No me agradezcas. Es lo mínimo.

—Para mí no.

Victoria lo miró.

Y ahí estaba otra vez aquello que la había metido en problemas desde el principio: la sensación de que debajo de todos sus errores había un hombre al que ella entendía incluso cuando no quería entenderlo.

• • •

No volvieron ese día.

Eso se lo repitió Victoria varias veces.

Hablaron.

Caminaron.

Stefano la acompañó hasta la parada.

No intentó besarla.

Ella agradeció que no lo hiciera.

Tres días después volvió a llamarla.

Victoria contestó.

Dos días más tarde tomaron café.

Una semana después Stefano apareció cerca de la universidad con una bolsa de pan dulce que ella le había mencionado una vez.

—No podés comprar mi perdón —dijo Victoria.

—Bien, porque esto me costó muy barato.

Ella lo miró mal.

—Era una broma.

—Pésima.

—¿Querés uno?

Victoria tomó la bolsa.

—Solo para que no se desperdicie.

Volver no ocurrió en un momento exacto.

No hubo una conversación donde ambos dijeron «intentémoslo otra vez».

Fue más pequeño.

Una llamada que duró demasiado.

Un café.

Un trayecto en carro.

La mano de Stefano rozándole la espalda al cruzar una calle.

Victoria permitiendo que se quedara ahí un segundo más.

Hasta que una tarde se encontraron frente a frente y él la besó.

Victoria respondió.

Después se apartó.

—No significa que confíe en ti como antes.

—Lo sé.

—Vas a tener que ganártelo.

—Lo sé.

—Y deja de decir «lo sé».

Stefano sonrió.

—Eso no lo sabía.

Victoria terminó riéndose.

Y así volvieron.

No porque Victoria hubiera olvidado.

No porque la explicación de Stefano hubiera arreglado todo.

Volvieron porque ella tenía dieciocho años, estaba enamorada y todavía creía que conocer una verdad dolorosa era lo mismo que conocer toda la verdad.

• • •

Las semanas siguientes fueron distintas.

Stefano hablaba más de su hijo.

No demasiado.

Lo suficiente.

Victoria aprendió que dormía mal algunas noches, que había empezado a agarrar todo con las manos y que tenía una forma muy particular de arrugar la nariz antes de llorar.

Al principio escuchar aquellas historias le producía una emoción difícil de reconocer.

No eran celos del niño.

Nunca del niño.

Era la evidencia de una vida de Stefano en la que ella no existía.

Una tarde él sacó una fotografía nueva.

—Mirá.

Victoria dudó antes de tomarla.

El bebé estaba sentado con ayuda, mirando hacia algún punto fuera de la cámara.

—Está más grande.

—Come como si le debieran algo.

Victoria sonrió.

—Se parece a ti.

—Pobrecito.

Ella se rio.

Después miró la fotografía un poco más.

—¿La tomó Renata?

Stefano tardó una fracción de segundo.

—Sí.

Victoria le devolvió la foto.

No preguntó nada más.

Había decidido perdonar una mentira.

Todavía no sabía que, para hacerlo, había tenido que aceptar una versión de la verdad cuidadosamente incompleta.

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Yara
/Proud/
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