Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.
NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9
...Nina....
El tipo apareció cuando yo estaba guardando el dron en su estuche.
Gorra de béisbol negra, sudadera con capucha a pesar de los treinta y dos grados, manos temblando. Se paró a metro y medio de mí y solo me miraba.
—Hola —dije, sin levantar la vista del estuche—. ¿Necesitas algo?
—Eres Nina. Nina Salcedo.
Algo en su voz me erizó los brazos. Levanté la cabeza.
—¿Nos conocemos?
—Soy K —dijo, como si eso bastara—. Veo todos tus videos. Todos. Los de drones, los de fotografía aérea, los del atardecer sobre la bahía. Ese lo vi catorce veces.
Sonrió. La sonrisa no le llegó a los ojos.
—Ah, gracias —dije—. Qué amable.
Se acercó un paso. Olía a sudor viejo, a encierro. Le vi la cicatriz en el antebrazo izquierdo —larga, rosada, reciente. Se rascó la muñeca con la uña del pulgar mientras hablaba.
—Te sigo desde hace dos años. Dos años, tres meses. Desde el video del volcán. ¿Te acuerdas? Llovía y tú dijiste "esto es lo que pasa cuando una no revisa el pronóstico" y te reíste. Me reí contigo. —Tragó saliva—. Me río contigo cada vez.
Saqué una bandita de mi mochila.
—Tienes el brazo lastimado. Toma.
Le extendí la bandita sin acercarme. Él la tomó. Me rozó los dedos. Los suyos estaban helados.
—Cuídate —le dije, y me di la vuelta.
Caminé hacia la salida con el estuche del dron al hombro. Sentía su mirada en la nuca como un dedo frío recorriéndome la columna. No voltees. No voltees. No voltees.
Voltee. Seguía ahí. Inmóvil. Mirándome.
Apreté el paso.
Dos horas después, frente a mi edificio, vi una gorra negra al otro lado de la calle.
El corazón me dio un golpe seco contra las costillas.
Me giré completa. La gorra se movió. El tipo caminó rápido en dirección contraria y dobló la esquina.
¿Me siguió desde el aeropuerto?
Entré al edificio con las manos temblando. Cerré la puerta con doble llave.
...Nina....
La reunión de ex alumnos era en unas termas a cuarenta minutos de la ciudad. No quería ir. Pero quería respuestas.
Alguien en esa preparatoria me dejó esas bufandas en el casillero durante tres inviernos. Alguien que sabía francés. Alguien que me cuidaba sin decir nada. Y ya no creía que fuera Julián.
Le mandé un mensaje a Santiago antes de salir.
Nina: Voy a una reunión de ex alumnos. Termas El Manantial.
La respuesta llegó en ocho segundos.
Santiago: Paso por ti a las 10. Mándame la ubicación.
Nina: 📍
Santiago: No tomes.
Nina: No eres mi papá.
Santiago: No. Soy tu esposo.
Dejé el teléfono boca abajo sobre la cama. Me puse un vestido azul debajo de la rodilla. Perfecto para sacar información sin levantar sospechas.
Las termas olían a azufre y a nostalgia barata. Globos dorados, un letrero de "10 AÑOS — GENERACIÓN 2016", música muy fuerte. Reconocí algunas caras. Otras no.
—¡Nina! —gritó Valeria desde una mesa—. ¡No puedo creer que viniste!
Me abracé con tres compañeras. Hice las preguntas que necesitaba.
—¿Se acuerdan de las bufandas que me dejaban en el casillero? Eran azul marino. Lana gruesa.
Valeria frunció la frente.
—¿Bufandas?
—Sí. Tres inviernos seguidos. Sin nombre. Sin nota.
—Ni idea —dijo Ana—. ¿No era tu mamá?
Mi mamá. Claro. Como si ella, entre sus turnos dobles y los rumores que la perseguían, tuviera tiempo de tejer bufandas francesas.
—No. No era ella.
Nadie sabía nada. Luego alguien mencionó a la Profesora Herrera.
—¿Supieron? Tiene cáncer. Etapa tres. Está en tratamiento pero...
Se me cerró la garganta.
La Profesora Herrera fue la única maestra que me defendió cuando los rumores sobre mi mamá se extendieron como fuego en la escuela. Se paró frente al salón y dijo: «La vida personal de los padres no tiene nada que ver con el valor de sus hijos. El próximo que repita un chisme sobre la familia Salcedo se las ve conmigo.»
—¿Dónde está? —pregunté—. ¿La puedo visitar?
—En el Hospital Central. Pero no quiere visitas. Ya sabes cómo es.
Asentí. El estómago me pesaba como piedra.
Busqué a Julián con la mirada. Él que me insistió en venir, que me mandó tres mensajes con la dirección, que dijo "va a estar increíble, te espero ahí."
No estaba.
...Santi....
Marcos estaba tirado en el piso de su sala, roncando, con una lata de cerveza volcada junto a la cabeza. Tres cervezas. Ex fuerzas especiales y lo tumban tres cervezas.
Me senté en su sillón después del entrenamiento de box. Me dolían los nudillos. Bien. Quería que me doliera algo simple.
Revisé el teléfono. Una notificación de Instagram.
@JulianRioArriba publicó una nueva foto.
No debí abrirla.
La abrí.
Nina. Mi Nina. Caminando junto a un arroyo, levantándose la falda del vestido azul para no mojarla. Tomada desde lejos, desde atrás, sin que ella supiera.
La leyenda: "Después de tanto tiempo al fin levanto la mirada... y ahí estás tú, en la otra orilla, caminando tan despacio."
Los comentarios: "¿Es su novia? 😍" — "Se ven hermosos juntos" — "Julián tiene novia??? QUIÉN ES" — "Necesito esta historia de amor."
Setecientos cuarenta y tres likes en dos horas.
Me quedé mirando la pantalla. Los dedos me empezaron a hormiguear. Algo caliente me subía por el pecho y me llenaba la cabeza de estática.
Abrí el perfil de Nina.
Su última publicación: el mismo arroyo. Mismo ángulo. Misma hora. Los árboles iguales. La luz igual. Publicaciones que combinaban. Como pareja.
Mi esposa.
La mesa de centro de Marcos era de vidrio templado. Gruesa. Pesada.
Mi puño la atravesó.
El vidrio explotó. Me corté los nudillos, la muñeca, el antebrazo. No sentí nada. Solo el estruendo y las esquirlas cayendo sobre la alfombra.
Marcos se despertó de un salto.
—¡¿QUÉ PASA?! —Se puso en posición de combate, tambaléandose—. ¡¿Nos atacan?!
Me levanté. Tenía vidrio en los nudillos. Me lo sacudí.
—Tu mesa —dije.
—¿Qué... qué le hiciste a mi mesa?
Agarré las llaves del carro.
—Te compro otra.
—¡Santiago! ¡Estás sangrando! ¡SANTIAGO!
Cerré la puerta de un golpe.
...Nina....
Verdad o reto. Como si tuviéramos quince años otra vez.
Giré la botella. Cayó en mí. Elegí reto porque soy idiota.
—El reto es... —Valeria se tapó la boca— que te vendemos los ojos y te llevamos a un cuarto. Lo que encuentres ahí, te lo quedas.
—¿Qué?
—¡Reglas son reglas!
Me amarraron un pañuelo en los ojos. Risas. Manos guiándome por un pasillo. Me empujaron suavecito. La puerta se cerró.
Me quité el pañuelo.
Julián.
Traje gris. Corbata suelta. Recargado contra la pared como si llevara horas esperándome. El cuarto olía a su colonia —madera y bergamota.
—Hola, Nina.
—¿Qué es esto?
—Una conversación.
—No vine a tener conversaciones privadas contigo.
Se separó de la pared. Dio un paso hacia mí.
—Tú me querías —dijo. Sin pregunta. Sin duda—. ¿Puedes admitirlo?
El corazón me latía en la garganta. Diez años de quererlo desde lejos, de inventarme una historia donde él era el héroe silencioso que me dejaba bufandas en el casillero.
Pero ya no tenía quince.
—Estoy casada —dije.
—¿Y crees que él es el problema?
La puerta REVENTÓ.
La cerradura saltó. La madera pegó contra la pared y el cuarto tembló. Julián retrocedió dos pasos.
Santiago en el umbral. Camisa negra arremangada, nudillos destrozados, sangre seca en el antebrazo. Los ojos le brillaban con algo que nunca le había visto. Algo animal.
—El problema soy yo, definitivamente —dijo. La voz baja. Controlada. Mil veces peor que un grito.
Entró al cuarto. Cada paso resonó en el piso de madera.
—Subiste una foto de mi esposa a tus redes —dijo, mirando a Julián—. Sin su permiso. Desde lejos. A escondidas. —Ladeó la cabeza—. ¿Qué querías decir con eso?
Julián levantó las manos.
—Tranquilo, hermano. Solo era una foto del paisaje...
—Tu leyenda dice "ahí estás tú en la otra orilla." —Santiago sacó el teléfono. Mostró la pantalla—. ¿El paisaje se llama Nina?
—Santiago —dije.
No me miró.
—Bórrala —dijo.
Julián no se movió.
—Bórrala —repetí yo, y los dos me voltearon a ver—. No te di permiso de tomarla ni de subirla. Bórrala. O mi esposo se va a enojar.
Santiago me miró. Algo cambió en su cara. La mandíbula se le relajó medio milímetro.
Julián sacó su teléfono. Tres toques en la pantalla.
—Listo —dijo, sin mirarme.
Santiago se acercó a mí. Me pasó el brazo por los hombros. Tibio, sólido, real. Olía a sudor y a sangre y a algo que me apretaba el pecho.
—Vámonos a la casa —me dijo al oído—. Si nos vamos ahorita, no me enojo contigo.
—¿Conmigo? —siseé—. ¿Yo qué hice?
—Vámonos.
Me guió hacia la puerta. Pasamos por el pasillo, por la sala donde estaban todos los ex compañeros con las bocas abiertas.
—Espera —dijo alguien—. ¿Ese no es Santiago Reverte? ¿El de primer año A?
—¡¿Están CASADOS?!
Santiago no volteó. Yo tampoco.
Pero entonces, atrás de nosotros, una voz:
—Ay sí, Santiago Reverte. ¿No tenía novia en la universidad? La de Derecho. Cuatro años estuvieron juntos, ¿no?
Me tropecé.
Santiago me apretó el hombro. Seguimos caminando.
Cuatro años. Una novia de verdad. Una relación elegida, voluntaria. No un contrato. No un acuerdo de conveniencia.
El aire de la noche me golpeó la cara cuando salimos. Santiago me abrió la puerta del carro. Me senté. Él dio la vuelta, se sentó al volante, arrancó.
No dijo nada. Yo no dije nada. La carretera estaba oscura y las luces de los otros carros nos pasaban como cometas.
«Cuatro años.»
Me apreté las manos sobre el regazo. El vestido azul se me arrugaba entre los dedos.
«¿Cómo se llamaba? ¿Qué cara tenía? ¿La quiso como nunca me va a querer a mí?»
Santiago manejaba con la mano izquierda. La derecha sobre su pierna, los nudillos rotos, sangre oscura entre los dedos. No se había limpiado. No se había quejado.
Rompió una mesa por mí. Tiró una puerta por mí. Y tuvo a otra persona durante cuatro años.
El pecho se me cerró como un puño. Miré por la ventana. Las luces pasaban y pasaban y yo no podía respirar bien y no sabía por qué.
No. Sí sabía.
—————————————————————————————————