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EL GLACIAR Y LA SALSA

EL GLACIAR Y LA SALSA

Status: Terminada
Genre:Comedia / Mujer poderosa / Romance de oficina / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Una CEO implacable, fría y adicta al control que vive bajo la sombra de una traición pasada. Un técnico de mantenimiento alegre, gigante y de espíritu libre que contagia ritmo de salsa y sonrisas a cada paso. Cuando los mundos opue stos de Ariadna Riquelme y Jonathan Guedez chocan en los pasillos de un corporativo de lujo, el caos está garantizado. Entre hojas de cálculo imposibles, miradas que queman y un choque cultural inminente, Jonh pondrá de cabeza la perfecta y fría rutina de la jefa... demostrando que la armadura más dura a veces solo necesita un buen golpe de sabor y un corazón dispuesto a latir sin permiso.

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EL INCENDIO Y LA DECLARACIÓN

​La modesta sala de estar de la familia Guedez aún vibraba con el eco de la última salsa. La fiesta había terminado, pero el aire estaba cargado de una electricidad residual que envolvía a Ariadna y a Jonh. Él la había acompañado al patio trasero, buscando un poco de aire fresco bajo la noche estrellada de Caracas. El contraste entre el calor de la sala y la brisa nocturna era un reflejo de la tormenta interna que sentía Ariadna.

​El Glaciar había desaparecido, sí, pero lo que había quedado en su lugar era un territorio inexplorado, salvaje y volcánico. Y el epicentro de ese cataclismo era el hombre que estaba a su lado.

​Jonh, con los ojos claros fijos en los de ella, se quitó la camisa de lino blanca, revelando su torso bronceado y esculpido, perlado de sudor tras el baile. Ariadna, por primera vez en su vida, no vio a un empleado. Vio a un hombre. Un hombre que la miraba con una intensidad que le cortaba la respiración.

​—Jefa —dijo Jonh, con su voz grave y ronca, acercándose un paso.

​Ariadna, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, no se echó atrás. Al contrario, sintió una atracción magnética que la obligó a dar un paso hacia él. El vestido de seda rojo pasión se ajustó a su cuerpo, marcando sus curvas.

​—No hay "jefa" aquí, Jonh —susurró Ariadna, con voz temblorosa—. Solo somos tú y yo.

​Jonh soltó un gemido bajo y gutural. En un movimiento rápido, la tomó por la cintura con sus brazos de gladiador y la levantó del suelo, pegándola a su cuerpo. Sus bocas chocaron con una fuerza desmedida. No fue un beso romántico y comedido; fue un incendio. Un beso salvaje, desesperado, hambriento, que quemó los diez años de frialdad y protocolo que habían separado sus mundos.

​Ariadna, con los brazos alrededor de su cuello, se dejó llevar. Sus dedos se enredaron en su cabello negro y rebelde. El sabor a ron y a tabaco se mezclaba con la pasión cruda y visceral. Sus cuerpos, que habían encontrado una armonía perfecta en el baile, ahora buscaban un ritmo nuevo, más íntimo y frenético.

​Jonh la bajó suavemente al suelo, sin romper el beso. Sus manos exploraban cada centímetro de su cuerpo, y Ariadna respondía con un ardor que desconocía. El Glaciar había entrado en erupción, y la lava ardía con una intensidad abrasadora.

​—Ariadna —susurró Jonh contra sus labios, con una voz que era un ruego—. Quiero que seas mía. No solo esta noche. Quiero que seas mi novia, Jefa.

​Ariadna, con los ojos cerrados, asintió con la cabeza. Las palabras, por primera vez en su vida, le fallaban. No necesitaba más. En ese momento, en ese patio trasero bajo las estrellas de Caracas, la CEO de acero había tomado la decisión más importante y arriesgada de su vida.

​—Sí, Jonh —dijo Ariadna, con voz firme y clara—. Quiero ser tu novia.

​Jonh la abrazó con fuerza, enterrando su rostro en su cuello. Un sollozo ahogado escapó de su pecho. No era un sollozo de tristeza, sino de una alegría desbordante, de un alivio inmenso.

​—¡Jefa! —exclamó Jonh, con voz entrecortada por la emoción—. ¡Me has hecho el hombre más feliz del mundo! Prometo cuidarte, protegerte y amarte cada día de mi vida. Y prometo no poner salsa en tu oficina… al menos, no todos los días.

​Ariadna, con una risa contagiosa que resonó en el patio, se separó de él y lo miró a los ojos.

​—Eso espero, Sr. Guedez. Y en cuanto a la oficina… estoy segura de que encontraremos un término medio.

​A la mañana siguiente, el Corporativo Riquelme vivió un fenómeno sin precedentes: la CEO llegó sonriendo. Una sonrisa radiante, genuina, que iluminaba su rostro y contagiaba a todos los que se cruzaban en su camino. Llevaba el mismo traje sastre burdeos del día anterior, pero algo en su postura, en su mirada, había cambiado. Ya no había rigidez, ni frialdad. Solo había una mujer enamorada, una mujer que había descubierto que el amor era el activo más valioso de todos.

​Ariadna entró en su oficina, en el piso 50, con paso ligero. Sobre su escritorio, junto a la cesta de arepas vacía, encontró un ramo de flores tropicales de colores brillantes. Y una nota manuscrita: "A mi novia, la Jefa más hermosa del universo. Nos vemos en el ascensor… si se atreve a bajar conmigo. ;) - Jonh".

​Ariadna sonrió, guardando la nota en su bolsillo. Se acercó a la ventana y observó el skyline de la ciudad. La ciudad ya no parecía una maqueta fría; parecía un escenario lleno de vida, de posibilidades, de música esperando ser bailada. Y ella, por primera vez en su vida, sabía que ella era la protagonista de esa historia.

​A las 10:00 AM, tenía programada una reunión con el equipo directivo. Entró en la sala de juntas con paso firme y radiante. Los directores, acostumbrados a la CEO de acero, se quedaron pasmados al verla.

​—Buenos días, a todos —dijo Ariadna, con voz cálida y vibrante—. Me alegra verlos hoy. Tengo algunas noticias emocionantes para compartir con ustedes. Pero antes… me gustaría invitar a Jonathan Guedez, del equipo de mantenimiento, a unirse a nosotros.

​La sala se sumió en un silencio sepulcral. Los directores se miraron entre sí con incredulidad.

​—¿Jonathan Guedez? —preguntó el director financiero, con voz temblorosa—. ¿El técnico?

​—Sí, el técnico —dijo Ariadna, con una sonrisa pícara—. Y mi novio.

​La sala estalló en un caos de susurros y exclamaciones. El director financiero se levantó de la silla con los ojos como platos. La directora de marketing, Daniela Padrón, con una cerveza Polar en la mano, soltó una carcajada contagiosa.

​—¡Oh, vamos, Glaciar! —exclamó Daniela, con los ojos brillantes de diversión—. ¡Nunca pensé que vería el día! ¡La CEO de acero, enamorada del técnico! ¡Esto es mejor que una telenovela venezolana!

​Ariadna, lejos de molestarse, se acercó a Daniela y le dio un abrazo.

​—Gracias, Celestina —susurró Ariadna con voz temblorosa—. Gracias por no rendirte conmigo.

​Daniela, con una sonrisa de oreja a oreja, le guiñó un ojo.

​—Siempre supe que el Glaciar necesitaba un poco de fuego, Ariadna. Y ese gigante tuyo es un volcán. ¡Haznos un favor a todos y no lo apagues!

​Jonh entró en la sala de juntas con su uniforme de mantenimiento, impecablemente limpio, y una sonrisa deslumbrante. Al ver a Ariadna, su mirada se iluminó con un amor y una admiración que no ocultó.

​—¡Jefa! —exclamó Jonh, con su voz grave y cálida—. ¡Me han llamado!

​Ariadna se acercó a Jonh y le tomó la mano. Ya no había distancia, ni protocolos, ni corazas. Solo había dos personas que, contra todo pronóstico, habían formado un equipo invencible.

​—Sí, Jonh —dijo Ariadna, con voz firme y clara—. Te he llamado. Para que todos sepan que eres el activo más valioso de mi vida. Y de esta empresa.

​La sala de juntas, que un día fue un templo de la formalidad y la frialdad, se transformó en un escenario de celebración, de risas y de amor. El Glaciar había desaparecido, y en su lugar, había nacido un ritmo nuevo, vibrante e invencible. La auditoría de la vida de Ariadna había arrojado un resultado definitivo: el amor era el activo más valioso de todos, y ella, finalmente, había aprendido a invertir en él. Y el primer beso salvaje, el beso que lo cambió todo, había sido solo el principio de una historia que apenas acababa de empezar.

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