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LA GORDITA Y SUS AMANTES

LA GORDITA Y SUS AMANTES

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Dejar escapar al amor / Romance de oficina / La mimada del jefe
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Sanfueca

Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...

NovelToon tiene autorización de Sanfueca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Reflejos crueles, cafés calientes y la realidad que duele

Habían pasado tres días desde que Julián le había dicho que se tomara su tiempo. Tres días de cafés perfectos en su escritorio, de miradas respetuosas en los pasillos, de validaciones profesionales en las reuniones. Sandra empezaba a sentirse... diferente. No como si estuviera enamorada (eso aún no), pero sí como si alguien hubiera encendido una luz en una habitación que llevaba años a oscuras.

El sábado por la mañana, Sandra decidió salir a caminar por el centro comercial para despejarse. Llevaba unos jeans oscuros que le quedaban bien, una blusa color mostaza y su cabello rojo suelto. Se sentía bien. Se sentía... normal.

Entró a la cafetería de la esquina, esa que tenía las mesas afuera y el olor a pan recién horneado. Hizo fila, pidió un capuchino y un croissant, y buscó una mesa libre.

Fue entonces cuando la vio.

Valeria Montes estaba sentada en una mesa del fondo, rodeada de tres mujeres impecables, todas delgadas, todas con ropa de diseñador, todas riendo con esa risa aguda y falsa de quien se cree superior. Sandra dudó un segundo. Podía darse la vuelta, pedir su café para llevar e irse. Pero estaba cansada de huir. Cansada de que su cuerpo dictara sus movimientos.

Caminó hacia una mesa vacía cerca de la ventana, fingiendo que no las veía. Se sentó, tomó un sorbo de su capuchino y trató de concentrarse en el libro que había traído.

—Miren nada más quién está aquí —dijo una voz que Sandra reconoció al instante.

Valeria.

Sandra cerró los ojos un segundo, respirando hondo. No les des importancia. No les des importancia.

—Es la amiga de Julián, ¿verdad? —dijo una de las otras mujeres, con voz de falsa inocencia—. La que trabaja en el bufete.

—Ah, sí —dijo Valeria, y Sandra pudo escuchar el arrastre de la silla cuando se puso de pie—. La "abogada junior".

Sandra sintió que el aire se le espesaba en los pulmones. Valeria y sus amigas se acercaron, parándose justo al lado de su mesa. Las cuatro la miraban de arriba abajo, con esas sonrisas que no llegaban a los ojos.

—Hola, Sandra —dijo Valeria, con un tono dulzón que era más venenoso que un ácido—. Qué... sorpresa verte aquí.

Sandra levantó la vista, forzando una sonrisa profesional.

—Hola, Valeria. Buenos días.

—Oye, tengo que preguntarte algo —dijo Valeria, cruzándose de brazos y mirando el croissant en el plato de Sandra—. ¿No te da miedo engordar más con eso? Digo, ya estás... bastante llenita, ¿no?

Una de las amigas de Valeria soltó una risita ahogada. Otra se llevó la mano a la boca, fingiendo escándalo, pero con los ojos brillando de crueldad.

Sandra sintió que el mundo se le venía encima. El croissant, que hace un segundo le parecía delicioso, de repente se sintió como una piedra en su estómago.

—Estoy bien, gracias —murmuró Sandra, bajando la mirada al libro.

—Ay, no te hagas la que no le importa —insistió Valeria, inclinándose ligeramente sobre la mesa—. Es solo que me da curiosidad. Julián es tan... refinado. Tan elegante. Y tú... bueno, tú eres muy... accesible. Muy real. Muy de... barrio.

Las amigas rieron. Esta vez sin disimular.

Sandra apretó los puños bajo la mesa. Sus uñas se clavaron en sus palmas. Quería llorar. Quería gritar. Quería desaparecer. Pero sobre todo, quería creer que Valeria estaba equivocada. Que Julián no la veía así. Que no era solo un capricho exótico para él.

—Déjame en paz, Valeria —dijo Sandra, con la voz temblorosa pero firme.

—Ay, qué dramática —dijo Valeria, enderezándose y sacudiéndose una mota de polvo imaginaria de su blusa—. Solo te doy un consejo de amiga. Los hombres como Julián no se casan con chicas como tú. Se divierten un rato, sí. Pero al final, siempre eligen a alguien... más adecuada. Alguien que quepa en un vestido de muestra.

Valeria y sus amigas se alejaron riendo, dejando a Sandra sola en la mesa, con el croissant intacto y el capuchino enfriándose.

Sandra se quedó mirando el libro sin ver las palabras. Las lágrimas le picaban en los ojos, calientes y humillantes.

¿Y si tiene razón?, pensó, con el corazón encogiéndose. ¿Y si Julián solo está jugando? ¿Y si soy solo un experimento para él? Los hombres como él no se enamoran de chicas como yo. Valeria lo dijo. Y Valeria lo conoce mejor que yo.

La realidad la golpeó con la fuerza de un martillo: no importaba cuánto la validara Julián en la oficina, no importaban los cafés perfectos o las palabras amables. Para el mundo, ella siempre sería "la gordita". Siempre sería la que no encaja. Siempre sería la burla.

Pagó la cuenta con manos temblorosas, dejó el croissant intacto y salió de la cafetería con la cabeza gacha.

Esa noche, Sandra llegó al departamento en la colonia Roma con los ojos hinchados de tanto llorar en el autobús.

Diego estaba en la sala, trabajando en su laptop. Al verla entrar, cerró la pantalla de inmediato y se puso de pie.

—San... —dijo él, acercándose con preocupación—. ¿Qué pasó? ¿Estás bien?

Sandra negó con la cabeza, dejando caer el bolso en el suelo.

—No, Diego. No estoy bien.

Diego la guió hacia el sofá y se sentó a su lado.

—Cuéntame. ¿Qué pasó? ¿Te hicieron algo en el bufete?

Sandra negó de nuevo.

—No. Fue... fue Valeria. La encontré en el centro comercial. Estaba con sus amigas.

Diego apretó los puños, sus ojos oscuros brillando con rabia contenida.

—¿Qué te dijo?

Sandra tomó aire, sintiendo que las lágrimas volvían a subir.

—Me dijo que Julián no se casaría conmigo. Que los hombres como él no eligen a chicas como yo. Que soy muy... accesible. Muy de barrio. Muy... —su voz se quebró— muy gordita.

Diego sintió que algo se le rompía por dentro. Quería abrazarla. Quería ir a buscar a Valeria y decirle cuatro cosas. Quería gritarle al mundo que Sandra era perfecta tal como era. Pero sobre todo, quería decirle: "Yo sí te elijo. Yo sí te quiero. Yo sí me casaría contigo."

Pero el miedo, ese viejo y cobarde miedo, le selló los labios.

En lugar de eso, la abrazó. La atrajo hacia su pecho y la sostuvo mientras lloraba.

—Valeria es una imbécil, San. Una imbécil amargada y envidiosa. No le hagas caso.

—Pero... ¿Y si tiene razón? —sollozó Sandra contra su pecho—. ¿Y si Julián solo está jugando? ¿Y si soy solo un... experimento para él?

Diego apretó el abrazo, sintiendo que cada palabra era una puñalada.

—Julián no es un idiota. Si le interesas, es por quién eres, no por... nada más. Eres brillante, Sandra. Eres graciosa. Eres buena. Eso es lo que importa.

Sandra se separó un poco, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. Lo miró a los ojos. Diego estaba ahí, siempre ahí. Pero sus palabras, aunque sinceras, no lograban apagar el fuego de inseguridad que Valeria había encendido.

—Gracias, Diego —murmuró ella, forzando una sonrisa—. Eres el mejor.

Diego asintió, tragando saliva. Quería decirle tanto. Quería gritarle todo lo que sentía. Pero se quedó en silencio, como siempre.

El lunes por la mañana, Sandra llegó al bufete con el ánimo por los suelos. Evitó mirar a Julián, evitó sonreír, evitó todo contacto visual. Se sentó en su cubículo y fingió estar muy ocupada con unos documentos.

A las 10:30, Julián se acercó a su escritorio con dos vasos de café.

—Buenos días, Sandra. Traje tu...

—No tengo hambre —lo interrumpió ella, sin levantar la vista—. Y no necesito café, gracias.

Julián se quedó parado, con el vaso en la mano. Notó inmediatamente el cambio. Sus ojos hinchados, su postura cerrada, su voz fría.

—Sandra... —dijo él, con voz suave—. ¿Qué pasó?

—Nada —respondió ella, finalmente levantando la vista. Sus ojos estaban rojos, cansados—. Solo... creo que tienes razón. Creo que debería tomarme más tiempo. Mucho más tiempo.

Julián frunció el ceño, confundido.

—¿Por qué? ¿Qué pasó el fin de semana?

Sandra negó con la cabeza, volviendo a su trabajo.

—Solo... déjame trabajar, Julián. Por favor.

Julián se quedó allí un segundo más, con el café en la mano y el corazón encogiéndose. Algo había pasado. Algo la había lastimado. Y él iba a descubrir qué fue.

Se dio la vuelta y regresó a su oficina, pero no antes de ver cómo Sandra escondía la cabeza entre las manos y lloraba en silencio.

Julián García apretó los puños. Alguien había lastimado a Sandra. Y él iba a asegurarse de que esa persona se arrepintiera.

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