Tras ser ignorada y abandonada emocionalmente por Mateo, Lucía queda hecha pedazos. Sin embargo, una noche de desesperación, un encuentro místico con una poderosa bruja cambia el rumbo de su vida. Mediante un poderoso hechizo de amor, Lucía deja atrás a la chica insegura y renace como una mujer magnética, empoderada y peligrosa.
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Capitulo 16
Soraides se acomodó en el sofá, cruzando las piernas con una elegancia pausada. El perfume a rosas secas y tabaco suave parecía densificarse a su alrededor. Lucía se tomó un momento para procesar la presencia de la mujer antes de tomar asiento frente a ella, atenta a cada uno de sus movimientos.
—Escúchame con atención, Lucía —comenzó a explicarle Soraides, con un tono firme y aleccionador—. Un hombre jamás debe saber la medida exacta de tu interés. Si les entregas certeza, les entregas el control. De ahora en adelante, serás tú quien marque los tiempos, quien decida las distancias y quien otorgue o retire la atención a tu antojo. Si un hombre busca buscarte, que le cueste; si busca conservarte, que aprenda a temer perderte.
Lucía asimilaba cada instrucción, sintiendo cómo esas palabras terminaban de moldear la frialdad recién nacida en su pecho. Durante horas, la conversación transcurrió entre reflexiones sobre el poder, la manipulación del deseo y las sutilezas de la seducción.
En un momento de pausa, Soraides fijó la mirada en la nada, y la tenue luz de la lámpara pareció apagarse levemente sobre sus rasgos. Su voz bajó un tono, volviéndose sombría.
—Yo también fui como tú —confesó la mujer, con una calidez melancólica que contrastaba con su porte imponible—. Hace mucho tiempo, me perdí por completo por amor. Entregué mi dignidad, mi paz y mi valor a un hombre que no supo apreciarlo. El dolor fue tan insoportable que, en un acto de pura desesperación, decidí quitarme la vida, dejando que mi alma se sumergiera en la oscuridad absoluta.
Lucía abrió los ojos de par en par, sintiendo que un aire helado le erizaba la piel.
—¿Entonces... tú no estás viva? —preguntó en un susurro, sobrecogida por la noticia.
Soraides ladeó los labios en una sonrisa enigmática y miró fijamente a Lucía.
—Sí, estoy viva. He revivido —respondió con voz grave—. Pero ahora solo me alimento de los llantos, las obsesiones y la desesperación de los demás. Busco, a través del sufrimiento de hombres como los que nos dañaron, poder satisfacer mi alma de una vez por todas del inmenso dolor que sentí alguna vez.
Lucía contempló a Soraides en silencio. El impacto de la revelación no le provocó rechazo, sino la certeza absoluta de que el pacto que las unía era definitivo.
De repente, la pantalla del teléfono celular de Lucía se iluminó, interrumpiendo el denso silencio de la sala. El aparato comenzó a sonar de manera persistente sobre la mesa ratona. Lucía echó una mirada rápida a la pantalla; era un número desconocido, pero intuyó de inmediato de quién se trataba. Julián había encontrado la forma de conseguir su contacto.
Soraides ladeó la cabeza con una sonrisa felina y enigmática en sus labios carmesí. Miró a Lucía directamente a los ojos y se levantó del sofá con una elegancia impecable.
—Tu primera víctima —murmuró Soraides con voz profunda y aterciopelada—. Espero que la disfrutes.
Lucía la observó fijamente, sintiendo cómo una corriente de seguridad helada le recorría las venas. Deslizó el dedo sobre la pantalla para atender la llamada.
—¿Hola? —dijo Lucía con tono firme, pausado y seductor.
—Hola, Lucía. Disculpa la atrevimiento y la hora, habla Julián —se escuchó al otro lado de la línea, con una mezcla de caballerosidad y ligero nerviosismo—. Conseguí tu número con la administración del lugar. No podía quedarme con la duda sin intentarlo... Me encantaría invitarte a desayunar mañana antes de entrar a la oficina, si me lo permites.
Lucía hizo una breve pausa estratégica, dejando que el silencio al otro lado de la línea generara la expectación justa.
—Me encantaría, Julián. Acepto encantada —respondió con una sonrisa sutil.
En ese preciso instante, al bajar la vista por un segundo y volver a levantar la mirada hacia la sala, descubrió que la presencia de Soraides se había esfumado por completo. No había rastro de la mujer, solo el tenue y persistente perfume a rosas secas y tabaco flotando en el aire de la habitación.
Lucía caminó hacia la ventana, contempló las luces nocturnas de la ciudad y guardó el teléfono. El juego había comenzado.