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La Maldición Del Cielo

La Maldición Del Cielo

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Romance / Época / Completas
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias

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La Traición de la Sombra

​No todos los nobles buscaban influencia a través de alianzas matrimoniales. Una facción del Consejo Privado, liderada por Lord Malakor —un influyente noble partidario de las viejas costumbres—, consideraba que Manuel representaba un factor de inestabilidad inaceptable para la economía del reino.

​Malakor añoraba la época del rey Theron. Prefería la monotonía de un clima plomizo pero predecible al dinamismo impredecible de las emociones del joven soberano. El noble comenzó a urdir un plan con el propósito de llevar a Manuel a una crisis que lo obligara a abdicar o lo recluyera definitivamente.

​Durante una sesión del Consejo, Malakor presentó un informe con datos alterados deliberadamente por sus colaboradores.

​—Majestad —expresó Malakor en tono grave, mostrando los documentos a los presentes—. Debo informar que la helada provocada el pasado martes destruyó las reservas de grano en el cantón norteño de Lórien. Cientos de familias enfrentan desabastecimiento severo y se desplazan hacia la capital en condiciones precarias.

​Las palabras impactaron a Manuel con dureza.

​—¿Desabastecimiento... en Lórien? —murmuró el rey, poniéndose en pie con dificultad. Su rostro perdió el color—. Yo... dispuse el envío de provisiones... ordené la apertura de los depósitos auxiliares...

​—Vuestras disposiciones no llegaron a tiempo, Sire —insistió Malakor, dando un paso al frente con actitud acusadora—. Vuestra falta de control emocional está afectando directamente a la población. ¿Cuántas pérdidas más causará vuestro próximo estado de ánimo?

​El impacto psicológico fue inmediato. La culpa, el desconcierto y la angustia desencadenaron un episodio de pánico severo en la mente del monarca.

​Manuel se llevó las manos a la cabeza, intentando recobrar el aliento. En el exterior, el cielo de mediodía se oscureció súbitamente. Una tormenta de gran intensidad se desató sobre la capital. Piedras de granizo de gran tamaño cayeron sobre la ciudad, dañando cubiertas y derribando estructuras provisionales en los mercados.

​El rey cayó de rodillas en el suelo de la sala de consejo, afectado por la falta de aire, mientras los miembros de la mesa abandonaban apresuradamente el lugar buscando refugio.

​A raíz de la crisis provocada por los informes de Malakor, la ciudad requirió semanas para reparar los desperfectos materiales. Manuel, sumido en un profundo desaliento, descubrió la falsedad del documento gracias a una investigación discreta llevada a cabo por Caelen y los oficiales leales a la corona. Las reservas de Lórien estaban intactas; no se había producido desabastecimiento alguno.

​Al constatar la traición, Manuel no actuó de forma impulsiva —sabía que un estallido de ira habría causado graves daños a la capital—. Con determinación firme, decretó la confiscación de los bienes de Lord Malakor y su expulsión definitiva de los territorios centrales de Eldamar.

​A pesar de desarticular la conspiración, el impacto emocional en el soberano fue significativo.

​El rey atravesaba un periodo de profunda fatiga mental. Erguido en el balcón de la Torre del Firmamento, contemplaba la capital a sus pies. En las calles, los ciudadanos vestían mantos impermeables y consultaban la posición de las banderas en las torres antes de iniciar sus jornadas. Habían aprendido a convivir con las manifestaciones climáticas de su rey, pero Manuel no encontraba la manera de lograr la paz interior.

​El cielo sobre la fortaleza reflejaba el cansancio de su ánimo: un movimiento lento de nubes grises matizado por destellos dorados y violetas; un equilibrio frágil que amenazaba con alterarse en cualquier momento. Manuel comprendía que no podía continuar de ese modo. Rechazaba la idea de convertirse en la estatua insensible que fue su padre, pero tampoco deseaba sucumbir a la inestabilidad que consumió a su madre.

​Mientras la brisa fresca recorría el balcón, la puerta de la terraza se abrió con suavidad. Era Caelen, portando una bandeja de plata con un documento sellado.

​—Majestad —dijo el veterano servidor con tono sereno—. Un mensajero de los puestos fronterizos ha llegado al patio principal.

​Manuel no modificó su postura.

​—¿Otras demandas de la aristocracia, Caelen? ¿Otro balance de pérdidas ocasionadas por mis estados de ánimo?

​—No, Sire. Es un aviso de la frontera oriental —respondió Caelen, dando unos pasos con respeto—. Una comitiva diplomática procedente del Reino de Valoria ha cruzado el paso de las montañas. Avanzan con estandartes de paz y sin escolta armada.

​Manuel entornó los ojos. Valoria era una región distante sobre la cual apenas existían registros en los anales del palacio: una tierra donde no se conocían anomalías climáticas de origen dinástico.

​—¿Qué asunto los trae a Eldamar? —inquirió el rey.

​—Los pliegos indican que procuran restablecer los acuerdos de comercio marítimo, Majestad —mencionó Caelen, observando el rostro de su señor—. Sin embargo, el capitán de la guardia señala un detalle en el parte. Junto a los delegados viaja la hija menor del archiduque de Valoria... una joven que no figura en los registros de alianzas nobiliarias y cuya presencia no estaba anunciada en las misivas previas.

​Manuel dejó escapar un aliento pausado. El viento que azotaba la torre redujo paulatinamente su intensidad. Sobre las estructuras rectangulares de Eldamar, un rayo de sol cálido logró abrirse paso entre el manto plomizo, iluminando la plaza mayor. Un nuevo capítulo comenzaba a trazarse en el destino del reino.

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