Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.
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Capítulo 9
...Val....
El taxi frenó en seco y yo me estrellé contra el asiento de adelante.
No un frenón normal. Un frenón de "algo se nos metió enfrente y el chofer eligió entre chocar de frente o dar un volantazo y chocar de lado". Eligió de lado. El auto giró, escuché el chirrido de las llantas, el golpe del metal, el cristal reventándose, y después todo se volvió blanco y silencioso por un instante que duró una eternidad.
Cuando abrí los ojos estaba de lado. El taxi estaba volcado a medias contra un poste. Me dolía el hombro izquierdo donde me pegué contra la puerta, me dolía la frente donde algo me cortó, y me escurrió algo caliente por la ceja que era sangre.
—¿Señorita? ¿Señorita, está bien? —El taxista sangraba de la nariz pero estaba consciente—. No se mueva, ya vienen los paramédicos.
No era grave. Lo supe en ese momento porque podía mover todo: manos, piernas, cuello. Pero la sangre de la frente no paraba y el hombro me punzaba cada vez que intentaba levantarme.
Me llevaron al hospital más cercano en ambulancia. Me suturaron la ceja — seis puntos—, me tomaron placas del hombro — contusión, no fractura—, me pusieron un cabestrillo y me sentaron en la sala de espera a que me dieran el alta.
Eran las nueve de la noche. Estaba sola, con el uniforme del aeropuerto manchado de sangre, el brazo en cabestrillo, y la cara parchada. Llamé a Nati: buzón. Llamé al taxi de aplicación: cuarenta y cinco minutos de espera. Me recargué en la silla de plástico y cerré los ojos.
—¿Mendoza?
Abrí los ojos.
Seb estaba parado frente a mí. Jeans, chamarra, cara de haber visto un fantasma. A su lado estaba Rodri, con la misma expresión.
—¿Qué demonios te pasó? —Seb se agachó frente a mí y me tomó la cara con la mano, girándola para ver la sutura. Sus dedos estaban calientes contra mi piel fría y yo estaba demasiado agotada para quitarme—. ¿Quién te hizo esto?
—Nadie. Choque de taxi. —Mi voz sonó pastosa—. ¿Qué hacen aquí?
—Rodri se cortó un dedo abriendo una lata de atún —dijo Seb, sin dejar de examinarme la cara.
—¡No se lo cuentes así! —Rodri levantó la mano vendada—. Me corté profundo, casi me quedo sin dedo.
—Fue un rasguño, Rodri.
—Fueron tres puntos. TRES.
—¿Estás sola? —Seb me miró a los ojos—. ¿Nadie vino contigo?
—Voy a pedir un taxi.
—No vas a pedir ningún taxi. Te llevo.
—No necesito que me lleves.
—Mendoza, tienes sangre en la cara y un brazo en cabestrillo. No seas necia.
—No soy necia, soy independiente.
—Son lo mismo.
Rodri nos miraba como quien ve una telenovela.
—Capitán —dijo, con la cara más seria que pudo poner—. Creo que lo correcto es que la acompañe a su casa. Yo tomo un taxi. Mi dedo puede esperar.
—Tu dedo está bien, Rodri.
—Mi dedo sufre, capitán. Pero mi corazón sufre más al ver a esta dama en estas condiciones.
—Rodri.
—Ya me callo.
Seb me miró. Yo lo miré. Estaba cansada. Me dolía todo. Y la alternativa era esperar cuarenta y cinco minutos sola en una sala de hospital que olía a cloro.
—Está bien —dije—. Llévame.
El auto de Seb era una camioneta negra, limpia, que olía a cuero nuevo y a su colonia. Me abrió la puerta del copiloto y me ayudó a subir con una mano en mi espalda que se sentía como lo único estable en mi vida en ese momento.
No hablamos los primeros cinco minutos. Él manejaba mirando al frente. Yo miraba por la ventana con el brazo pegado al cuerpo y la cabeza recargada en el vidrio.
—Hay un embotellamiento en la salida de la autopista —dijo, mirando el mapa en su teléfono—. Si vamos por ahí, tardamos una hora y media. Mi departamento está a diez minutos.
Lo miré.
—No voy a ir a tu departamento.
—No te estoy invitando a nada, Mendoza. Estoy diciendo que tienes sangre seca en la cara, un brazo jodido y cara de no haber comido en dos días. Puedes esperar una hora y media en el tráfico o puedes ir a un lugar donde hay agua, comida y un sofá.
—¿Y tú dónde duermes?
—En mi cama. Solo. A menos que me invites, y no veo que vayas a hacerlo con un brazo en cabestrillo.
Me mordí el labio. El dolor del hombro me estaba matando y la idea de estar otra hora sentada en un auto era peor que la idea de estar en el departamento de Sebastián del Fuego.
—Si intentas algo, te rompo el otro brazo —dije.
—Con el que te queda, dudo que puedas.
—Es un riesgo que deberías considerar.
Sonrió. No la sonrisa de lado. Una sonrisa real. Y algo se me calentó en el pecho que no tenía nada que ver con el dolor.
Su departamento era exactamente como lo habría imaginado si me hubiera permitido imaginarlo. Limpio, ordenado, muebles oscuros, pocos adornos. Un librero lleno. Una vista de la ciudad desde el piso catorce que quitaba el aliento.
Me sentó en el sofá, me trajo un vaso de agua, una pastilla para el dolor y una toalla húmeda para limpiarme la sangre seca de la cara. Todo sin preguntar. Todo sin hacer comentarios.
Luego fue a la cocina y veinte minutos después puso frente a mí un plato de sopa de pollo con arroz que olía tan bien que el estómago me rugió antes de que pudiera disimular.
—Come —dijo.
—No tengo hambre.
Mi estómago rugió más fuerte. Seb me miró. Levantó una ceja.
—Come, Mendoza.
Comí. Con una mano, torpe, derramando caldo en la mesa, pero comí. Y la sopa estaba buena. Ridículamente buena. El tipo cocinaba como si cada comida fuera su último plato en la tierra.
—¿Dónde aprendiste a cocinar? —pregunté, limpiándome la boca.
—Mis padres. Mi mamá me enseñó las recetas y mi papá me obligó a aprender a no quemarlas. Ella sigue viva. Él murió años después de que terminamos la preparatoria.
Lo miré. Era la primera cosa personal que me decía. La primera grieta en esa fachada de "tengo todo bajo control".
—Lo siento —dije, y lo dije en serio.
—Fue hace mucho. —Se sentó frente a mí—. ¿Y la tuya?
—Coma. Diez años. Clínica Santa Lucía.
Silencio.
—Mierda —dijo, bajito.
—Sí.
No dijo "lo siento". No dijo "qué horrible". Solo se quedó ahí, mirándome, con la expresión de alguien que entiende que una familia puede seguir existiendo y aun así quedar rota.
Me quedé dormida en su sofá sin darme cuenta. La pastilla para el dolor, la sopa caliente, el agotamiento de tres días sin dormir bien — todo me cayó encima al mismo tiempo y me apagué como si alguien hubiera jalado el enchufe.
Cuando desperté, estaba tapada con una cobija que olía a suavizante y a él. Había luz entrando por las cortinas. Eran las seis de la mañana.
Me senté. El hombro me dolió pero menos. Sobre la mesa de centro había una bolsa de papel de una panadería, un café en vaso térmico con una nota pegada:
«Americano con un chorrito de leche. Tuve que salir temprano. La llave extra está en el cajón de la entrada. Cierra cuando te vayas. No te robes nada. — S.»
Me reí. Sola, en su sofá, con la cara parchada y el brazo en cabestrillo, me reí.
Maldito Del Fuego.
Me comí el pan. Me tomé el café. Lavé el plato de la sopa, doblé la cobija y dejé todo como estaba. Encontré la llave, cerré la puerta y la dejé bajo el tapete.
En el aeropuerto, la mañana transcurrió normal hasta que Seb apareció en el pasillo principal. Vestido de capitán. Impecable. Como si anoche no me hubiera recogido ensangrentada de un hospital y cocinado sopa en su casa.
Traía algo en la mano.
—Mendoza —dijo, y frente a tres sobrecargos y un técnico de mantenimiento, me extendió una bolsita de terciopelo negro—. Se te olvidó esto.
Abrí la bolsita. El collar. Me lo había quitado antes de dormir y lo dejé en la mesa sin darme cuenta.
—Gracias —dije, poniéndomelo.
—Ya son dos veces que se te cae. Deberías ponerle un seguro mejor.
—Deberías dejar de guardar mis cosas.
—Deberías dejar de perderlas en mi casa.
Nos miramos. A nuestro alrededor, las tres sobrecargos se codeaban entre sí sin disimulo. El técnico de mantenimiento fingía revisar su tableta.
—Eh... ¿capitán? —Una de las sobrecargos se acercó—. Su vuelo sale en cuarenta minutos.
—Gracias, Daniela. —Sin dejar de mirarme—. Cuídate, Mendoza.
Se fue. Y yo me quedé parada en el pasillo con el collar en el cuello y el corazón latiendo demasiado fuerte para fingir que no pasaba nada.
Mi teléfono vibró. Rodri.
«Capitán, ¿sabe que toda la terminal los acaba de ver? 😏»
Después, al grupo de los pilotos:
«Ustedes no van a creer lo que vi hoy en el aeropuerto.»
Luciano me llamó cuatro veces esa tarde. No contesté ninguna.
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