El futuro regresa al pasado para evitar la destrucción completa, pero ¿como haces para pelear contra algo que es inevitable? ¿como fue posible que ellos terminaran juntos y encima tuviesen descendencia? quizás del odio al amor hay un solo paso o quizás, solo quizás, nunca fue odio ni rechazo.
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Las heridas que no se ven
El patio trasero del instituto estaba completamente vacío.
A esas horas, la mayoría de los estudiantes ya se encontraban dentro de las aulas, en la biblioteca o regresando a sus hogares. Sin embargo, Avelina no tenía fuerzas para moverse.
Estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra uno de los grandes árboles que rodeaban el jardín.
Sus piernas estaban recogidas contra su pecho y sus brazos las rodeaban con fuerza, como si de esa manera pudiera contener todo aquello que amenazaba con romperla desde dentro.
Las lágrimas descendían silenciosamente por sus mejillas.
Una.
Luego otra.
Y otra más.
Las palabras de Savvana continuaban repitiéndose en su cabeza.
Fue tu culpa.
Si te hubieras quedado, tu madre estaría viva.
Avelina cerró los ojos con fuerza.
No quería recordarlo.
Llevaba años intentando enterrar aquella noche en lo más profundo de su memoria.
Pero bastaba una frase.
Una sola.
Y todo volvía.
Flashback
—Madre, tengo que ir a ayudar a los heridos.
Avelina guardaba rápidamente varias pociones dentro de su bolso mientras revisaba que llevara suficientes ingredientes para preparar otras en caso de necesitarlas.
Lirio permanecía frente a ella, pálida y visiblemente angustiada.
—Hija, no debes salir.
—Madre...
—La guerra ha comenzado. Tu padre ya está allí. Nosotros estamos seguras en esta casa. Por favor, Avelina.
La joven bruja dejó de moverse por unos segundos.
Miró a su madre.
Sabía que Lirio tenía miedo.
No por ella misma.
Por su hija.
—No puedo quedarme aquí mientras hay personas heridas.
—Avelina...
Una esfera de luz atravesó repentinamente la ventana.
Ambas retrocedieron por instinto.
La esfera quedó suspendida en el centro de la habitación y una voz comenzó a escucharse desde su interior.
—El concilio está siendo atacado. Necesitamos refuerzos y médicos para los heridos. El búnker de seguridad está lleno de niños y necesitamos un traslado urgente.
La esfera desapareció tan rápido como había aparecido.
Avelina apretó los labios.
—Madre, comprendo tu angustia, pero debo ir.
—No.
—Los niños que están en el búnker son de las clases de herbología de Luc. Cony y Luna también están allí ayudando.
—Tu padre...
—Papá sabe cuidarse.
—Y tú no eres invencible.
Avelina se acercó a ella y tomó sus manos.
—No, no lo soy.
Le dedicó una sonrisa pequeña.
—Pero puedo ayudar.
Lirio negó con la cabeza mientras las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.
—Prométeme que regresarás.
Avelina la abrazó con fuerza.
—Siempre vuelvo.
Depositó un beso suave sobre su mejilla.
—Siempre.
Un segundo después, su cuerpo desapareció en una nube azul.
Lirio permaneció inmóvil.
Sabía que no podía detenerla.
Desde pequeña, Avelina había sido incapaz de mirar hacia otro lado cuando alguien necesitaba ayuda.
Incluso durante los primeros días de aquella guerra había protegido a familias enteras, incluyendo miembros de clanes que durante generaciones habían sido considerados enemigos.
Era imposible cambiarla.
Y quizá ese era su mayor defecto.
O su mayor virtud.
Avelina apareció en medio del caos.
Explosiones mágicas iluminaban el cielo.
Gritos.
Hechizos.
Criaturas corriendo.
El olor a sangre impregnaba el aire.
No tuvo tiempo de pensar.
Sacó su varita y corrió hacia dos elfos que estaban siendo atacados por varios licántropos.
—¡Aléjense de ellos!
Uno de los lobos se lanzó sobre ella.
Avelina giró sobre sí misma y levantó una barrera.
El impacto hizo temblar el suelo.
—¡Stupefactio!
El licántropo salió despedido.
Avelina corrió hacia los dos elfos y los ayudó a levantarse.
—¿Pueden caminar?
Uno de ellos asintió.
—Entonces corran hacia el edificio del concilio. Allí están atendiendo a los heridos.
Sin esperar respuesta, Avelina siguió avanzando.
Durante las siguientes horas no dejó de moverse.
Ayudó a hadas heridas.
Curó mordidas de licántropos.
Cerró cortes provocados por espadas.
Eliminó maldiciones.
Preparó pociones improvisadas.
Y cuando alguien estaba al borde de la muerte, utilizaba hasta la última gota de magia que tenía para mantenerlo con vida.
No todos sobrevivían.
Y cada vez que alguien moría frente a ella, sentía que una pequeña parte de su alma se rompía.
Pero no podía detenerse.
—¡Necesito ayuda aquí!
Avelina corrió hacia otro grupo de heridos.
—¡Lina!
Luna apareció cubierta de polvo y sangre.
—¿Dónde necesitas que vaya?
—Segundo pasillo. Hay tres humanos con heridas graves.
—Voy.
Avelina continuó.
Fue entonces cuando encontró a un vampiro apoyado contra una pared.
Tenía una profunda herida de espada atravesándole el pecho.
—¿Has visto a mi padre?
El vampiro la miró sorprendido.
—¿El señor Parker?
—Sí.
—Estaba con un grupo de médicos en el segundo piso. Pero vi una horda de lobos dirigirse hacia allí.
Avelina frunció el ceño.
—Bien. Quédate aquí escondido hasta que la poción haga efecto.
—Pero...
—No es una sugerencia.
El vampiro cerró la boca.
Avelina salió corriendo.
Subió las escaleras de dos en dos.
Al llegar al segundo piso se detuvo detrás de una columna.
Vio a los lobos.
Y a varios humanos avanzando con ellos.
Avelina extendió ambas manos.
Una niebla espesa comenzó a extenderse por el pasillo.
Los atacantes perdieron visibilidad.
Avelina avanzó.
Esperó.
Y cuando estuvo suficientemente cerca...
—¡Congelatio!
El suelo se cubrió de hielo.
Las patas de los licántropos quedaron atrapadas.
Los humanos intentaron avanzar, pero Avelina levantó otra barrera.
—¡Fuera de aquí!
Los médicos aprovecharon la oportunidad para escapar.
Avelina corrió hacia las grandes puertas de hierro.
—¡Padre!
Evans Parker apareció al otro lado.
—¡Lina! ¡Por Salazar! ¿Qué haces aquí?
Corrió hacia ella y la abrazó.
—Deberías estar segura en casa.
—Quiero ayudar.
—No.
—Traje pociones y suficientes ingredientes.
—Avelina...
—Déjame ver a los heridos.
Evans suspiró.
Conocía esa mirada.
Era la misma que tenía su hija desde pequeña.
—Está bien.
Avelina sonrió.
—Gracias.
Cuarenta minutos después, una ola de calor recorrió el edificio.
Todos se quedaron inmóviles.
Avelina levantó la cabeza.
El aire había cambiado.
Algo se acercaba.
Algo antiguo.
Algo que no pertenecía a aquel mundo.
Balrroj.
El demonio del mundo antiguo.
El nombre que había provocado pesadillas durante generaciones.
El suelo comenzó a vibrar.
Evans miró hacia su hija.
—Debes volver.
Avelina negó con la cabeza.
—No.
—Lina.
—Lo que pase esta noche definirá nuestro futuro.
Sacó de su bolsillo una piedra azul con una runa tallada.
—Y te guste o no, debemos pelear.
Arrojó la piedra al aire.
Una enorme barrera de energía cubrió a todos aquellos que ya no podían continuar combatiendo.
Abajo, Kael Draven y un grupo de guerreros vampiros formaron una muralla frente a la entrada del concilio.
Detrás de ellos, elfos y licántropos custodiaban las puertas.
Evans y los representantes de las otras cuatro grandes familias mágicas salieron también al campo de batalla.
Y entonces Avelina lo vio.
Kael.
Por primera vez no había una sonrisa burlona en su rostro.
No había provocaciones.
No había palabras destinadas a hacerla enfadar.
Solo respeto.
Kael la observó durante unos segundos.
Ella hizo lo mismo.
Ninguno habló.
Pero ambos comprendieron algo.
Aquella noche no eran enemigos.
Eran aliados.
Los cinco grandes brujos comenzaron a recitar el antiguo conjuro en latín.
La magia comenzó a acumularse.
El cielo se oscureció.
Balrroj rugió.
Las criaturas oscuras avanzaron.
Y finalmente...
La dimensión se abrió.
El demonio fue arrastrado hacia ella.
El conjuro funcionó.
Balrroj desapareció.
La guerra terminó.
Pero la victoria tuvo un precio.
Demasiadas vidas quedaron atrás.
Avelina permaneció casi tres días en el concilio.
No quiso descansar.
No podía.
Todavía había heridos.
Todavía había personas que necesitaban ayuda.
—Deberías dormir.
La voz de Luna consiguió hacerla levantar la mirada.
Avelina estaba frente a un caldero.
—Aún debo preparar dos pociones de recuperación de sangre y una de crecimiento de carne.
—Lina, ellos están bien.
—Pero...
—Nuestros cuidados fueron excelentes.
Luna se acercó y apoyó una mano sobre su hombro.
—Tenemos que volver a casa.
Avelina bajó la mirada.
—¿Mi madre respondió?
Luna negó con la cabeza.
Avelina tragó saliva.
—Creo que sigue enojada conmigo.
—No lo está.
—Se lo prometí.
—¿Qué?
—Que volvería.
Luna la abrazó.
—Tu padre volverá contigo. Y sabes que siempre te defiende.
Avelina sonrió débilmente.
—Terminaré esto y regresaré.
Dejó la poción a fuego lento.
—Bien.
Luna sonrió.
—Ahora vamos a conseguirte una escoba.
Cony se encontraba cuidando a Luc.
El pobre brujo había recibido una mordida de hada.
Para él apenas era un rasguño.
Para Cony, era la oportunidad perfecta para demostrar cuánto le importaba.
Avelina y Luna se quedaron en la puerta observándolos.
—Creo que deberíamos irnos.
—Sí.
Pero antes de marcharse escucharon la declaración que tanto tiempo habían esperado.
Avelina sonrió.
—Bueno, al menos salió algo bueno de todo esto.
Luna soltó una carcajada.
Sin embargo, los gritos provenientes del exterior las hicieron detenerse.
—¡Intenten agarrarlo!
—¡No dejen que escape!
—¡Solo Kael puede tener una bestia así!
Avelina salió rápidamente.
Y entonces lo vio.
Un enorme pegaso negro corría desesperadamente entre los soldados.
Sus alas estaban extendidas.
Parecía aterrorizado.
—Oh, por favor.
Una muchacha se reía mientras observaba los intentos de los hombres.
—No pueden atrapar a una simple bestia.
Avelina la miró.
—¿Simple bestia?
Se acercó lentamente.
—Ya déjenlo en paz.
Un vampiro agotado la miró.
—No sabes lo peligroso que es.
—Bestia serás tú.
Luna soltó una carcajada.
Avelina continuó acercándose.
—Está cansado. Se nota que extraña a su dueño y todos ustedes lo están asustando. Es normal que ataque.
Se detuvo a unos metros.
—Hola, precioso.
El pegaso levantó la cabeza.
Sus ojos oscuros se clavaron en ella.
Avelina extendió lentamente una mano.
—Estos malos te están molestando, ¿verdad?
El animal resopló.
Nadie respiró.
Entonces ocurrió algo que dejó a todos completamente sorprendidos.
El pegaso avanzó.
Un paso.
Luego otro.
Hasta que finalmente permitió que Avelina acariciara su hocico.
Ella sonrió.
—Eso es...
Tomó las riendas.
—Vamos. Te llevaré con tu dueño.
Luna la observó maravillada.
Era increíble.
Avelina tenía esa capacidad.
Conseguía calmar incluso a aquellos que parecían imposibles de controlar.
Kael se encontraba bajo un árbol junto a varios miembros de su ejército y su hermano menor, Kiam.
Cuando vio acercarse a su corcel, quedó completamente inmóvil.
El pegaso no permitía que nadie lo tocara.
Ni siquiera Kiam.
Mucho menos los padres de ambos.
Y, sin embargo...
Avelina caminaba tranquilamente junto a él.
—Disculpa.
Le entregó las riendas.
—Lo estaban molestando.
Kael tomó las riendas sin dejar de mirarla.
El pegaso volvió inmediatamente a su postura imponente y miró con desprecio a todos los presentes.
Kiam abrió la boca.
—¿Cómo demonios...?
Kael tampoco tenía respuesta.
—Quién diría que una simple bruja podría dominar a semejante bestia.
Avelina arqueó una ceja.
—Quizá no sea tan difícil si dejas de tratarla como una bestia.
Kiam sonrió.
Kael la observó unos segundos.
Por primera vez, no encontró ninguna respuesta sarcástica.
—Gracias.
Avelina simplemente asintió.
Y se marchó junto a Luna.
Llegaron a casa riendo.
Por primera vez en días, Avelina sentía que podía respirar.
Abrió la puerta.
—Madre, ya estoy...
El grito de Lina murió en su garganta.
Luna se detuvo.
Su sonrisa desapareció.
El mundo pareció detenerse.
Lirio estaba tendida en medio del salón.
Inmóvil.
Rodeada por un enorme charco de sangre.
—No...
Avelina dejó caer el bolso.
—No...
Corrió hacia ella.
—¡MADRE!
Pero Lirio ya no respiraba.
Sobre la pared había cuatro palabras escritas con sangre.
NO DEBIERON DEJARLA SOLA.
Avelina cayó de rodillas.
Y por primera vez en su vida...
No pudo salvar a alguien.
Fin del flashback
Avelina abrió los ojos.
Las lágrimas continuaban cayendo.
—Fue mi culpa...
Su voz apenas era un susurro.
Luna se sentó detrás de ella y la abrazó.
—No debes culparte.
—Ella me pidió que me quedara.
—Savvana fue cruel contigo.
—Debería haberme quedado.
Su respiración comenzó a entrecortarse.
—Debería haberla escuchado.
—Lina...
—Si me hubiera quedado...
Luna la abrazó con más fuerza.
—No puedes vivir castigándote por algo que no podías saber.
Avelina negó con la cabeza.
—Todas las noches sueño con ella.
Su voz se quebró.
—La escucho llamándome.
Luna cerró los ojos.
—Entonces llora.
Acarició su cabello.
—Saca todo ese dolor que llevas dentro.
Avelina escondió el rostro entre sus brazos.
—Pero después tienes que volver a sonreír.
Luna hizo una pausa.
—Tu hija no merece verte así.
Avelina se quedó completamente quieta.
No sabía que alguien más había escuchado aquellas palabras.
A unos metros de ellas, oculto detrás de uno de los pilares del patio, Kael permanecía inmóvil.
Había seguido a Avelina porque quería disculparse.
Él y los demás habían sido unos idiotas.
Habían seguido el juego de Savvana.
Habían permitido que sus palabras se convirtieran en una herida.
Kael había preparado incluso lo que iba a decir.
Pero ahora no podía hablar.
Porque acababa de escuchar algo que jamás había imaginado.
Avelina no estaba llorando por debilidad.
Lloraba porque llevaba años castigándose por la muerte de su madre.
Y por primera vez, Kael comprendió que aquella sonrisa que ella mostraba frente a todos escondía una herida mucho más profunda de lo que cualquiera podía imaginar.
Su mirada se endureció.
Recordó las palabras de Savvana.
Y sintió una punzada de rabia.
No contra Avelina.
Contra él mismo.
Había sido cruel.
Había participado en aquellas burlas.
Y nunca se había detenido a preguntarse qué había detrás de aquella mujer que siempre parecía tener una respuesta para todo.
Kael dio un paso hacia ellas.
Se detuvo.
Todavía no.
Avelina necesitaba a su amiga.
Pero mientras la observaba llorar, tomó una decisión.
La próxima vez que alguien intentara utilizar aquella herida contra ella...
No permitiría que estuviera sola.
Ni siquiera si ella todavía no sabía que él estaba dispuesto a protegerla.