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El Yacuza Tiene Un Amante

El Yacuza Tiene Un Amante

Status: En proceso
Genre:Mafia / Matrimonio arreglado / BL / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Liam solo quería salvar a su hermano.

Cuando el profesor Duncan Ashford descubre al muchacho robando en su oficina, lo denuncia ante la universidad. Desesperado, Liam le ruega que retire los cargos. Su hermano podría ser expulsado y quedar marcado para siempre.

Entonces Duncan le hace una pregunta:

—¿Qué estarías dispuesto a dar para salvarlo?

Liam responde sin pensar:

—Lo que sea.

Acaba de cometer su primer gran error.

Duncan no es solamente un profesor. Es el líder de una poderosa familia yakuza, un hombre casado que nunca deja que nadie altere sus reglas.

Pero Liam ha despertado su interés.

Una noche. Un trato. Un precio que jamás imaginó pagar.

Y cuando Liam descubra quién es realmente el hombre al que le entregó su inocencia, será demasiado tarde para escapar.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La correa

El sábado a las dos de la tarde, Liam estaba en la cocina de la residencia friendo huevos.

Su hermano estaba sentado a la mesa, con los libros de física abiertos y un bolígrafo mordido entre los dientes. La radio sonaba bajo. Una canción pop que Liam no reconocía. El aceite chisporroteaba en la sartén. El olor a huevo frito llenaba el pequeño espacio.

Era normal. Era un sábado. Era lo más parecido a una vida que Liam había tenido en semanas.

El teléfono vibró en el bolsillo de su pantalón.

Liam apagó el fuego. Se secó las manos en el trapo. Sacó el teléfono.

Duncan: Ahora. Torre Sur. B. 7-3.

Dos palabras. Una dirección. Sin hora. Sin por favor. Sin cuando puedas.

Ahora.

Liam miró la pantalla. Miró la sartén. Miró a su hermano, que seguía mordiendo el bolígrafo, garabateando ecuaciones en el margen del cuaderno.

—¿Qué pasa? —preguntó su hermano, sin levantar la vista.

—Nada. —Liam apagó la pantalla. La guardó en el bolsillo—. Tengo que salir.

—¿Ahora? Estás friendo huevos.

—Me llamaron de la biblioteca. Un turno extra. —La mentira salió automática, ensayada. Llevaba semanas mintiendo—. No tardo.

Su hermano levantó la vista. Lo miró. Frunció el ceño.

—Llevas tres sábados con turnos extra.

—Es fin de semestre. —Liam cogió la chaqueta del respaldo de la silla—. Come lo que hay en la nevera. Vuelvo en un par de horas.

Salió antes de que su hermano pudiera preguntar más. Antes de que viera el temblor en sus manos. Antes de que notara que el turno de biblioteca no requería que se pusiera la camisa que Duncan le había dicho que le gustaba. La azul. La de cuello redondo.

El ascensor subió. El código. La puerta del 7-3 estaba entornada.

Liam entró.

El departamento estaba en silencio. Las cortinas a medio cerrar. La luz de la tarde filtrándose en franjas doradas sobre el suelo de madera. La cocina limpia. El sofá vacío.

Duncan estaba en el sillón junto a la ventana. Con las piernas cruzadas. Un libro en la mano. Un vaso de whisky en la mesa auxiliar. Llevaba una camisa blanca, remangada, y pantalón de traje gris. El pelo peinado hacia atrás. Las gafas de lectura sobre la nariz.

No levantó la vista cuando Liam entró.

—Cierra la puerta.

Liam cerró. El cerrojo chasqueó. Se quedó de pie en el vestíbulo, con la mochila colgando de un hombro y las manos sudando.

Duncan pasó una página. Bebió un trago de whisky. Siguió leyendo.

Liam esperó.

Un minuto. Dos. Cinco. El silencio era tan denso que podía oír el zumbido de la nevera en la cocina y el tic-tac de un reloj en alguna pared. Duncan no lo miraba. No le hablaba. No le decía que se quitara la ropa. No le decía que viniera. No le decía nada.

Solo leía.

Liam se quedó de pie. No sabía si sentarse. No sabía si hablar. No sabía si respirar. El cuerpo le dolía de la tensión, de la expectativa, de esperar un golpe que no llegaba.

Diez minutos. Quince. Veinte.

Duncan pasó otra página. Dejó el libro sobre la mesa. Se quitó las gafas. Se frotó los ojos. Miró a Liam.

—¿Has comido?

Liam parpadeó.

—¿Qué?

—Si has comido. Son las dos y media.

—No. Estaba... estaba friendo huevos.

Duncan asintió. Se levantó. Caminó a la cocina. Abrió la nevera. Sacó un recipiente de cristal. Lo puso en el microondas. Pulsó un botón. El zumbido del aparato llenó el silencio.

—Siéntate —dijo Duncan, señalando la mesa de la cocina.

Liam se sentó. Duncan sacó el recipiente. Arroz. Pollo. Verduras. Lo puso frente a Liam con un par de palillos.

—Come.

Liam miró el plato. Miró a Duncan. Duncan ya estaba de vuelta en el sillón, con el libro abierto otra vez.

Liam comió. En silencio. Con los palillos temblando entre los dedos. El arroz estaba tibio. El pollo, seco. Pero comió. Porque Duncan le había dicho que comiera.

Cuando terminó, Duncan no levantó la vista del libro.

—Lava el plato.

Liam lavó el plato. Lo secó. Lo guardó en el armario. Se quedó de pie junto a la encimera, con las manos goteando.

—Siéntate.

Liam se sentó en el sofá. En el borde. Con la espalda recta. Las manos sobre las rodillas.

Duncan leyó. Pasó páginas. Bebió whisky. El sol de la tarde se movió por el suelo, trazando líneas doradas que se estiraban y se encogían. Una hora. Dos horas.

Liam no se movió. No habló. No preguntó. Solo miró la pared. Miró la estantería. Miró la foto de Duncan y Elena frente al templo. Miró la ciudad por la ventana.

A las cuatro y media, Duncan cerró el libro. Lo dejó sobre la mesa. Se quitó las gafas. Miró a Liam.

—Puedes irte.

Liam parpadeó.

—¿Qué?

—Puedes irte. —Duncan se levantó. Estiró el cuello. Se sirvió otro whisky—. Ya no te necesito.

Liam se levantó. Las piernas le temblaban por haber estado sentado dos horas sin moverse. Cogió la mochila. Caminó hacia la puerta.

—Duncan.

—¿Qué?

Liam se giró. Duncan estaba de espaldas, mirando la ciudad por la ventana. El vaso de whisky en la mano. El tatuaje asomando por el cuello de la camisa.

—¿Para esto me llamaste? ¿Para... para que me sentara?

Duncan no se giró. Bebió un trago.

—Te llamé para ver si venías.

Silencio.

—¿Y si no hubiera venido?

Duncan se giró. Lo miró. Sonrió. Con los ojos. Siempre con los ojos.

—No me hagas esa pregunta, Liam. Porque la respuesta no te gustaría. —Pausa—. Y la próxima vez, no tardes tanto en contestar el mensaje. Tardaste cuatro minutos.

Liam abrió la puerta. Salió. El pasillo estaba vacío. El ascensor tardó treinta segundos.

Bajó. Cruzó el vestíbulo. Salió a la calle. El sol de la tarde le golpeó la cara. El aire olía a tráfico y a pan de la panadería de la esquina. La gente caminaba. Los coches pasaban. El mundo seguía funcionando.

Liam caminó hacia la parada del autobús. Se sentó en el banco. Miró sus manos. Estaban vacías. Limpias. No había pasado nada. Duncan no lo había tocado. No lo había besado. No lo había tumbado en la cama.

Solo lo había sentado. Dos horas. Para ver si venía.

Para ver si la correa funcionaba.

Y funcionaba.

Liam cerró los ojos. Apoyó la cabeza contra el cristal de la parada. Y entendió, con una claridad que dolía más que cualquier golpe, que ya no importaba lo que Duncan hiciera cuando estaba en ese departamento. Lo que importaba era que Liam iba. Que dejaba los huevos friendo. Que mentía a su hermano. Que cruzaba la ciudad un sábado a las dos y media porque dos palabras en una pantalla decían ahora.

La jaula no tenía barrotes. No tenía cerradura. No tenía código.

La jaula estaba dentro de él.

Y Duncan tenía la llave.

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D_a_r_r
Realmente estoy esperando el momento que sufra Duncan 😭
Dalia Lara
me va gustando mucho la historia 🥰🥰más capítulos por favor
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