Cinco años de luto familiar y silencio absoluto fue el precio que Leonor pagó por quedarse atrás mientras Héctor, su amigo de la infancia, triunfaba en el extranjero. Fiel a una promesa implícita, guardó su pureza en un santuario vacío... hasta que llegó el sobre dorado: la invitación de boda de Héctor con otra mujer. Atrapada por el orgullo y el pánico a dar lástima, Leonor miente asegurando que tiene una pareja estable. El destino mueve sus hilos cuando Adrián Valero, el imponente y frío CEO de su multinacional, se queda sin asistente para un viaje de negocios a la misma ciudad del enlace. Lo que empieza como un pacto de urgencia para salvar la dignidad de Leonor se convierte en una farsa de noche y oficina de día dentro de una suite compartida con una sola cama. Entre los celos viscerales del pasado y la protección feroz de un hombre inalcanzable, las amarras se rompen. ¿Podrá Leonor proteger su corazón cuando la farsa se convierta en la verdad más peligrosa de su vida?
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CAPITULO 19. PRISCILA ENTRA EN ESCENA
El regreso a la casa de invitados se produjo en un silencio denso, pero ya no era el silencio cargado de timidez de las primeras noches; era la tregua necesaria tras una batalla campal de miradas y tensiones. Al cruzar el umbral de la suite, me descalcé de inmediato, dejando caer los tacones sobre la alfombra con un suspiro de puro cansancio físico y mental. Me apoyé contra el marco del gran ventanal, observando el reflejo de mi vestido esmeralda bajo la luz de la luna. El altercado con Héctor en la pista de baile me había dejado un sabor amargo en la boca. No por nostalgia, sino por la decepción de ver en qué clase de hombre egoísta se había convertido mi confidente de la adolescencia.
Adrián se quitó la chaqueta del esmoquin, la dejó caer con elegancia sobre el respaldo del sofá y se aflojó los primeros botones de la camisa blanca, remangándose los puños con esa parsimonia tan suya. Se acercó a mí con pasos firmes y silenciosos, deteniéndose a escasos centímetros de mi espalda. Su cercanía física, como siempre, alteró de inmediato el ritmo de mis pulsaciones.
—Lo has hecho muy bien en la pista, Leo —comentó con su voz profunda, ahora suave y desprovista de cualquier formalidad ejecutiva—. Te mantuviste firme ante el ataque de celos de tu amigo. Has demostrado una madurez impecable.
Me giré despacio para quedar frente a frente con él, teniendo que levantar la cabeza para sostenerle la mirada.
—Gracias por intervenir a tiempo, Adrián. Y gracias por dejar el "usted" de lado. Tenías razón, seguir tratándonos de forma tan rígida en público habría levantado sospechas en un segundo. Pero... me preocupa Héctor. Está fuera de control. Su actitud de esta noche ha sido una temeridad absoluta delante de todos sus invitados.
Adrián esbozó esa media sonrisa irónica y enigmática que tanto me descolocaba, aunque sus ojos oscuros brillaban con una fijeza analítica y protectora.
—A Héctor le duele el orgullo de ver que ya no eres la chica sumisa que esperaba en el rincón. Se ha dado cuenta de la mujer que dejó escapar, y ver que yo estoy a tu lado le resulta insoportable. Pero Héctor no es el verdadero peligro en esta finca, Leo. El verdadero peligro lleva un vestido rosa pastel y tiene el colmillo mucho más afilado.
—¿Priscila? —pregunté, frunciendo el ceño con una punzada de preocupación en el estómago.
—Exacto —asintió Adrián, reduciendo la distancia entre nuestros cuerpos hasta que el aroma a madera y ámbar de su piel me envolvió por completo—. He estado vigilando sus reacciones durante toda la gala. Priscila no es una mujer tonta; tiene una mente calculadora y fría. Ha visto la escena del baile y el colapso de su prometido. No se va a quedar de brazos cruzados viendo cómo eclipsas su boda. He notado cómo nos observaba al final de la noche... Tiene dudas. Está buscando cualquier fisura en nuestra historia, cualquier contradicción en nuestro supuesto noviazgo para desenmascararnos y recuperar el control de la situación.
Un frío extraño me recorrió la espalda al escuchar su advertencia. Sabía perfectamente que Adrián tenía razón. Priscila nos miraba con una fijeza felina que denotaba que estaba encajando piezas en su cabeza.
—¿Qué crees que haga? —susurré, sintiendo que el corazón me daba un sutil vuelco ante la expectativa del peligro.
Adrián dio un paso más, y su mano grande y asombrosamente cálida se posó con una suavidad firme en mi hombro descubierto, rozando la piel con una delicadeza que me erizó el vello de la nuca. Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad espesa y madura que me dejó sin respiración.
—Va a intentar ponernos una trampa, Leo. Buscará interrogarnos por separado o registrar nuestras pertenencias para encontrar un cabo suelto. Por eso debemos ser impecables. A partir de este momento, la farsa debe ser nuestra única realidad dentro de estos muros. No podemos cometer ni un solo error. Pero no te preocupes —añadió con una suavidad pausada que me devolvió el alma al cuerpo—, yo estoy aquí contigo. No voy a permitir que esa mujer te humille ni un solo segundo. Ve a cambiarte, ponte ese camisón negro que compramos. Necesitas descansar para la batalla de mañana.
Le dediqué una mirada cargada de una gratitud profunda, sintiendo que el calor de sus dedos sobre mi piel se quedaba grabado a fuego. Me retiré al cuarto de baño y me desvestí, deslizando el satén del camisón negro azabache sobre mi cuerpo. Al salir a la habitación en la penumbra azulada de la suite, me deslicé bajo el edredón de plumas, sintiendo que la frontera de la línea invisible ya no existía entre nosotros. Adrián se acomodó a mi lado en la cama king size, manteniéndose a una distancia corta pero respetuosa, infundiéndome una seguridad que jamás pensé encontrar en los brazos de mi jefe.
Mientras la suite compartida se sumía en el silencio de la madrugada, en el ala oeste de la casa principal de la finca, las luces seguían encendidas.
Priscila caminaba de un lado a otro del lujoso salón de roble, con los brazos cruzados y una expresión de absoluta frialdad en el rostro. Héctor se había retirado a dormir hacía horas, balbuceando excusas debido al alcohol, pero ella no podía pegar ojo. La humillación de la gala esmeralda seguía ardiéndole en el pecho. Recordaba cada mirada de complicidad entre Adrián y Leonor, la naturalidad con la que se hablaban de "tú", pero también recordaba un pequeño detalle que todo el mundo había pasado por alto: el primer día en el coche, Leonor se había tensado visiblemente cuando Adrián le rozó la mano por accidente.
Priscila se detuvo frente al ventanal que daba a la casa de invitados, entornando sus ojos analíticos con una sonrisa maliciosa y despiadada.
—Una asistente de una sucursal local y el director ejecutivo de una multinacional... —murmuró para sí misma, con un tono de voz gélido—. Todo es demasiado perfecto para ser real. Esa muerta de hambre de Leonor se ha inventado un romance para no dar lástima ante mi éxito, y el señor Valero le está siguiendo la corriente por alguna extraña razón laboral. Pero voy a descubrir la verdad. Mañana mismo voy a mover mis contactos en la oficina central y voy a revisar hasta el último papel de esa casa de invitados. Si estás jugando conmigo en mi propia boda, Leonor... te juro que te voy a hundir delante de todo el mundo de la forma más patética posible.
La prometida de Héctor apagó la lámpara del salón, sumiendo la estancia en una oscuridad cómplice. La maquinaria de la sospecha ya se había puesto en marcha, y la trampa de Priscila estaba lista para cerrarse sobre la intimidad de nuestra suite compartida.
Muchas felicidades autora!!!!!